Domingo, 16 de diciembre de 2012

La filosofía define eternidad como lo que no tiene antes ni después, lo que supone una duración continua, simultánea, infinita. La Biblia habla del eterno Dios (Deuteronomio 33:27 e Isaías 40:28). El tiempo fue un elemento de la creación de Dios;  como dijera Agustín de Hipona: No en el tiempo, sino con tiempo, creó Dios los cielos y la tierra. El Salmo 90:2 lo dice de otro modo: Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. Dos vocablos son usados en las Escrituras para nombrar a Dios como eterno: 1) En el Antiguo Testamento, la lengua hebrea utiliza olam, que apunta a la idea de la continuidad infinita, tanto en pasado como en futuro. Pero los hebreos no consideraban suficiente a ese término para indicar la inmensidad del concepto, por lo cual en ocasiones la repetían: Bendito sea Jehová Dios de Israel, de eternidad a eternidad (olam olam) (1 Crónicas 16:36). 2) En el Nuevo Testamento se usa el vocablo griego aiön, el cual traduce siglo. De igual modo, en ocasiones se repite para connotar la inmensidad del concepto: Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén (Romanos 11:36); Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos (Apocalipsis 5:13).

Pero el valor de la eternidad no sólo ha de referirse a Dios, como el Eterno. Podríamos hablar de los ángeles, criaturas creadas, de los que no sabemos si serán o no eternos. En cuanto al hombre, la corona de su creación, de él se dice que es invitado a tener la vida eterna. Si una persona es creyente, entonces tiene vida eterna. Por un lado es Jesucristo quien nos recomienda a examinar las Escrituras, pues a nosotros nos parece que en ellas tenemos la vida eterna (Juan 5: 39); por otra parte, el mismo apóstol en una de sus cartas escribió: Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios (1 Juan 5:13). Este tipo de vida eterna es hacia el futuro, pues sabemos que fuimos creados en un momento en la historia y en el tiempo. La misma idea la encontramos en Juan 3:16 (para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna).

Dado que el Eterno habita con el humilde y quebrantado de espíritu, para hacer vivir su espíritu y vivificar sus corazones (Isaías 57), se implica que Dios no está desconectado de los actos finitos en el tiempo. Dios sólo conoce en forma permanente, pero no llega a conocer, porque es Omnisciente y porque es Eterno (sin pasado ni futuro). El conocimiento atribuido a Dios es perfecto, pero bien puede hacer distinciones temporales. Lo que decimos de Dios en cuanto a predestinación o presciencia, pasado o futuro, se dice en un sentido antropopático (Escoto Erígena, siglo IX d.C.). Tomás de Aquino (siglo XIII de nuestra era) sostuvo en su Suma Teológica, acerca de la inmutabilidad de Dios,  que no hay falsedad ni posibilidad de falsedad en el conocimiento divino, sería imposible que Dios tuviera conocimiento de sucesos contingentes futuros si los conoció como futuro. Conocida es su ilustración de la torre alta donde alguien desde su cúspide puede ver todas las partes de una procesión en forma simultánea, el inicio, el centro y el final. El llama a esto totum simul (totalmente simultánea). Pero eso supondría a un Dios desligado o disociado del tiempo, imposibilitado de ver el progreso de los sucesos.

Si la eternidad excluye la idea de la sucesión de eventos, Dios sería reducido a un ser inmóvil, a un eterno Ahora. Dios no es un océano estancado sino siempre viviendo, pensando, actuando. El es un Dios de vivos, no de muertos. El dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, nos dio su Espíritu para que gimiera dentro de nosotros. Es un Dios que tiene cuidado de su pueblo elegido, que pese a su preordinación de los eventos en la historia dice: dame hijo mío tu corazón. Es un Dios activo, no un eterno pasivo. Sin embargo, la Biblia enseña que Dios es inmutable, que no cambia ni tiene sombra de variación. Como dijera el salmista: ¿A dónde huiré de tu presencia? El todo lo abarca, pasado, presente y futuro. Dios conoce todas las cosas tal como son, tanto lo que es como lo que se muestra posible, lo actual y lo necesario. Podemos valorar la profecía del sacrificio de Su Hijo. Una cantidad de detalles dados en el tiempo, que deben cumplirse en una forma sucesiva y ordenada: primero habría de nacer el niño, luego tendría que crecer, fundar su ministerio con la elección de sus apóstoles, hacer señales y milagros asombrosos, liberar a los cautivos de Satanás, echar fuera demonios, ir a la cruz pero traicionado por un amigo, con quien compartiría el pan.  También le darían a tomar hiel y vinagre por agua, echarían suertes sobre sus vestiduras, le traspasarían pero sus huesos no serían quebrados; tendría una muerte con los malhechores y su sepultura con los ricos. Al tercer día resucitaría, y un gran etcétera que podemos leen en las Escrituras. Todos ellos son eventos sucesivos, pero que pudieron ser previstos en un instante o en menos que eso, pues no podríamos hablar de instante (concepto temporal) en la eternidad (atemporal).

Con esto no se niega en forma alguna la sucesión de los eventos y la participación activa de Dios en ellos. Esta actuación divina no lo hace a Él un ser temporal, pero mucho menos lo muestra como un ser quieto, inamovible desde el plano descriptivo filosófico del Ser. Su eternidad no niega su providencia. Pongamos el ejemplo de la oración que hacemos ante su presencia. El conoce de antemano todas nuestras necesidades, y sabe lo que le vamos a decir, conoce lo que habrá de otorgarnos. Sin embargo, eso no anula el consejo de pedir para recibir, de buscar para hallar, de llamar para que se nos abra. Su grandeza le hace saber nuestras palabras aún antes de que las pronunciemos: Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda (Salmo 139:4); Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21:17). De manera que Dios sabe perfectamente ahora lo que sabrá, cuando el mañana llegue a ser el ayer.

¿QUE ES EL TIEMPO?

Jehová es el Sublime, que habita la eternidad (Isaías 57:15). Nuestra eternidad es hacia el futuro, de allí la noción de esperanza: no esperamos el pasado sino lo que vendrá. En el reino de los cielos esperaremos cosas nuevas para nosotros, porque Jesucristo definió la vida eterna como el conocimiento del Padre y del Hijo (Juan 17). Por otro lado, Dios ha declarado que nunca más se acordará de nuestros pecados. El está hablando de un futuro y de un pasado: no se acordará del mal que hicimos. Él mismo está haciendo referencia hacia una actividad futura relacionada con el pasado, a pesar de que Él es el Eterno. Pero en Su mente, el futuro no puede ser contingente, porque sería incierto. La Biblia no da pie para el Teísmo Abierto, la idea de un Dios que desconoce lo que sucederá por virtud del libre albedrío de sus criaturas. Ese Dios estaría cambiando continuamente sus profecías y habitaría en un algoritmo de si A entonces B; si no A, entonces C... La contingencia en Dios no puede existir, pues el futuro le es cierto, no por virtud de haberlo escudriñado en una bola de cristal, como un mago o prestidigitador, que mira en base a poderes especiales, sino porque Él ha hecho el futuro. El conoce lo que ha hecho y como Ser perfecto no necesita cambiar nada de lo que ha sido hecho. La Omnisciencia de Dios lo aleja de los sucesos libres o contingentes. Nosotros ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús, en declaración del apóstol Pablo; sin embargo, por nuestra temporalidad estamos en este tránsito llamado historia (espacio-tiempo) y hemos de esperar el pasaje a la eternidad concreta.

Definir el tiempo presupone una relación el entre pasado y futuro de un evento. El evento es el punto de referencia, el hecho real o imaginario que ocurre en un momento dado. En nuestra visión física del universo existe la sucesión de acontecimientos; por ejemplo, para escribir una frase colocamos una palabra primero y después la otra. Para escribir una palabra, colocamos una letra primero y después la siguiente. Lo mismo hacemos al pronunciar un discurso, donde se pone de manifiesto el orden natural al cual estamos sometidos por la relación espacio-tiempo. En el plano metafísico, la Biblia nos enseña que para Dios el Cordero fue inmolado desde la fundación del mundo. En Apocalipsis 13:8, que refiere a los versos anteriores acerca de la imagen de la bestia,  leemos en la versión griega del Texto Recibido, así como en la Reina Valera y otras versiones fieles al original, de la manera siguiente:  Y será adorada por todos los moradores de la tierra, cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio (la fundación) del mundo. En 1 Pedro 1:19 también encontramos referencia al Cordero desde antes de la fundación del mundo: sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros.

Muchas cosas pasaron con nosotros antes de la fundación del mundo, porque estábamos en el propósito de Dios para su creación ... según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:4), lo cual supone que Dios nos ve sin pecado, escondidos en Cristo. Por supuesto, también la Biblia enseña que Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo, pero eso lo hace en la historia, en nuestro tiempo y espacio. Más allá de eso, su amor sigue con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, habiéndonos declarado justificados por la fe en el Hijo. Es de esa manera que tenemos paz en nuestra relación con Él, y en la misma medida ya estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús. El problema del tiempo no es un problema para Dios, sino para nosotros. Nosotros envejecemos, pero Dios no caduca ni tiene fecha de vencimiento; el Dios de la eternidad, llamado el Eterno de Israel, es también denominado nuestra Providencia, pues a pesar de no pertenecer al tiempo interviene en nuestra esfera y da dones a los hombres.  Si Él no nos proveyera estaría desligado del tiempo, por lo tanto de sus criaturas, pero envió a su Hijo para que se hiciera carne entre nosotros y con su sangre compró nuestra redención. Hemos sido justificados en forma definitiva, aquellos cuyos nombres han estado escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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