S?bado, 15 de diciembre de 2012

¿Hasta qué punto es confiable una iglesia? Esta interrogante tal vez no fue necesaria en la época del nacimiento de la denominada Iglesia Primitiva. A pesar de que también había un sinnúmero de herejías en aquel entonces, el grupo se mantenía a salvo por los pastores y las cartas apostólicas. Pero a medida que los fundadores fueron muriendo y la iglesia fue creciendo, los peligros la abordaron de manera diferente. Sabemos de la época del emperador Constantino, en el siglo IV de nuestra era, período que tendió el gran puente entre el Estado Imperial y la Iglesia. Desde ese momento dos instituciones corren de manera conjunta, no necesariamente en forma paralela, complementándose la una a la otra.

Lo que se fue heredando desde entonces permitió que en posteriores concilios los teólogos y pastores se preguntasen acerca del legado original encontrado en el fundamento apostólico. De manera notoria tomaron auge los intérpretes, los grandes artesanos y artistas de la palabra, los que intentaron reacomodar los vocablos recopilados del gran libro a las ideologías que gobernaban los momentos históricos. Sabemos que la Reforma Protestante fue una reacción en contra de la Institución Eclesiástica comprometida en su momento con dos Estados: el gobierno del rey y el gobierno de los Papas. Pero fue eso, una reforma que pretendía mantener intacta a la Institución Religiosa; no buscaba una revolución que la volteara, aunque su propósito histórico tuvo éxito en gran medida, ya que surgió una nueva visión acerca de la interpretación de las Escrituras. Estas nunca debían ser de interpretación privada, sino del Espíritu Santo. Como el Espíritu es dado a cada creyente se supone que cada hermano está en la capacidad de comprender la Palabra de Dios, lo cual pretendía erradicar de la potestad institucional el monopolio interpretativo de las Escrituras.

Este principio interesante es revolucionario, pero bíblico al mismo tiempo. No obstante, es como una espada de doble filo: por un lado libera del amarre religioso, mas por otro lado puede crear micro-instituciones, cada una con una interpretación un tanto diversa de la anterior.  Pero la Reforma logró varias cosas positivas, que convienen recordar: 1) liberó las Escrituras de la atadura a una lengua extraña a los pueblos; 2) con su traducción a lenguas vernáculas y con la aparición de la imprenta, permitió su propagación; 3) se enfrentó al poder de Roma para ser testigo del evangelio de Jesucristo; 4) con su reflejo exhibió las tinieblas de la Institución Romana; 5) abrió las posibilidades ideológicas para que los Estados se liberaran de su atadura a la dictadura papal; 6) permitió que ciertos países se declararan protestantes, haciendo oficial la nueva doctrina religiosa inspirada en las Escrituras.

Podríamos seguir enumerando muchos otros logros a costa del sacrificio de muchos mártires perseguidos por uno de los más horrendos exterminios en materia de fe que montara la Compañía de Jesús, más conocida hoy como los Jesuitas. El Nuevo Mundo recibió a los peregrinos que vinieron a refugiarse de la persecución religiosa, reclamando y conquistando la libertad de culto de la cual se goza en diversos países hoy día. El camino no ha sido fácil, ni la contrarreforma se ha extinguido. Esta vive por la fuerza de las almas engañadas, ya que sigue la misma estrategia de antaño: tender puentes que alcancen al otro a través de la persuasión de la palabra interpretativa humana.

Eso es lo que motiva nuestra pregunta inicial, acerca de la confiabilidad de la Iglesia. Precisamente, la Compañía de Jesús sembró la droga del arminianismo en el siglo XVI en el seno del Protestantismo. La teología arminiana se oponía al calvinismo, pero más allá de eso se oponía a la doctrina bíblica de la Predestinación y de la Absoluta Soberanía de Dios. Arminio siguió los consejos jesuitas de la gracia habilitante, en donde la voluntad divina neutralizaba su soberanía en beneficio de la libertad de decisión de los hombres en torno a su destino eterno. Luis de Molina fue un jesuita español, defensor de la libertad humana, pretendió conciliar las dos posturas opuestas en el debate de la Reforma. Para ello sostuvo su tesis de la Divina gracia y la libertad humana, que posteriormente se esparció como el Molinismo. El Renacimiento sostuvo que el hombre es libre por naturaleza y la tesis de Molina apoyaba dicha idea, por lo cual oponía a la tesis bíblica de la Predestinación la contraparte de la libertad de la voluntad humana (el libre albedrío). Su argumento creó la tesis de la Ciencia Media (scientia media), en donde el futuro es contingente (no necesario), por lo cual Dios prevé lo que hará el hombre con su libre albedrío, pero no preordina.  Así, Dios no predestina ab aeterno, sino que prevé en base a su Omnisciencia la conducta que habrá de seguir la humanidad.

Conviene aclarar que este humanismo absoluto siempre ha sido para el deleite de la humanidad, pero tiene vieja data. Este planteamiento copiado de siglos anteriores pertenece a Pelagio, en el siglo IV y V de nuestra era.  Pelagio negó el pecado original, y atribuyó al hombre la absoluta libertad para salvarse; lo que tenemos alrededor son malos ejemplos, pero conservamos la inocencia primitiva. Jesucristo fue reducido a un simple ejemplo a imitar para evitar caer en pecado. En su sistema teológico, el hombre es su propio salvador y Jesucristo se reduce a una ayuda secundaria. Mas aún lo enseñado por Pelagio tuvo su origen en un personaje presentado en el Génesis bíblico: el ángel de luz, quien le dijo a Eva que la desobediencia a Dios no traería como consecuencia la muerte, sino el ser como Dios. Ese ángel no es otro que la serpiente antigua, la cual se llama diablo y Satanás; allí ya se predicaba por primera vez para los humanos su necesidad de la independencia de Dios, su autonomía y desprendimiento del Padre.

Después que la tesis de Pelagio fue condenada por un concilio eclesiástico, toma nueva vida bajo otra forma: el semipelagianismo. Dentro de esta nueva interpretación se reconoce el pecado original con sus consecuencias fatales para la raza humana representada en Adán como cabeza federal, pero se continúa dándole todo el peso salvífico a la libre decisión humana (el libre albedrío). Dios lo que había hecho era prever quién sería salvo y quién rechazaría su oferta de salvación. Con esto en mente, la supuesta conciliación molinista no es más que un trapo viejo que intenta ocultar la teología bíblica acusadora de la soberbia humana. El molinismo no constituye una doctrina sobria, pues si Dios prevé no puede profetizar de Sí mismo, sino que atado de pies y manos se rinde ante la absoluta voluntad humana, por respeto al libre albedrío humano.  A pesar de ello, esta semilla fue introducida en el corazón de Arminio, supuesto sostenedor de la Absoluta Soberanía de Dios y seguidor de la tesis de la Predestinación en la universidad holandesa. Después de su muerte, sus discípulos elaboraron un documento de cinco puntos de divergencia contra el calvinismo clásico, que no es otra cosa que un contraargumento contra la tesis bíblica. Más allá de que Calvino coincidiera con las Escrituras, no es sano suponer que quien coincide con una tesis precedente llega a convertirse en el autor de dicha tesis. De manera que cuando los Remonstrantes (los que protestaban) se oponían a la tesis calvinista sobre la Predestinación Divina, lo que hacían era oponerse a la tesis bíblica de la Soberanía de Dios. La refutación de estos cinco puntos arminianos permitió que el Sínodo de Dort (en Holanda) condenara la tesis arminiana por peligrosa, herética y dañina.

Resultaba claro que la oposición a una doctrina a la Palabra de Dios es un peligro para el alma que busca el conocimiento de la verdad. Pero más allá de eso, en el argumento de que las almas elegidas no podrán ser engañadas por las artimañas de Satanás, la cizaña que se esparce como monte asfixia al trigo y no lo deja producir el fruto que por naturaleza lleva. No hablamos acá del fruto de ganar almas, lo cual es un sinsentido, sino del fruto del Espíritu que implica gozo, entre tantos otros que enumera la carta a los Gálatas. Hoy día, gracias al florecimiento de la tesis de la contrarreforma, las iglesias protestantes se alejaron de los principios bíblicos para dar paso a los fundamentos humanistas. De esta manera pueden ver sus templos llenos y sus arcas repletas. A esta nueva iglesia le ha surgido una nueva preocupación: ganar almas para Cristo. Entonces, metidos en el mito arminiano católico-romano, se ha dado a la tarea de crear espacios y ambientes satisfactorios para que las masas puedan recrearse con la torcida palabra de Dios. El hombre ha venido a ser el centro de la teología cristiana, Dios ha sido relegado a un Padre amoroso como San Nicolás, que recibe pedidos y responde con regalos.

La iglesia de hoy es humanista, antes que cristiana. En ese sentido no es confiable y urge a quienes sienten la necesidad de congregarse revisar la doctrina que comulgan.  La Biblia nos advierte que tenemos que salir de en medio de ella, no reformarla. También nos educa a no decirles bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo. El problema para muchos que han crecido en medio de esas organizaciones religiosas estriba en que desconocen lo que es la doctrina de Cristo. ¿Cómo puede llamarse cristiano a alguien que ignora la doctrina enseñada por Jesús, el Cristo? El problema no es tan simple, pues en las advertencias hechas por Jesucristo a través de Juan, por ejemplo, se nos conmina a salir de esa iglesia presunta y a no comulgar con sus fieles para no acarrear el castigo de sus plagas: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18:4); Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras (2 Juan 1: 10-11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:17
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