S?bado, 15 de diciembre de 2012

Uno se pregunta  cómo puede ser cierto eso de la oración respondida. Un Dios que conoce de antemano nuestras necesidades no necesita que se las expongamos. Pero todo lo contrario, Él ha dicho que es conveniente que le digamos cada cosa anhelada. Entonces, ¿cuál sería la razón para pedirle a un Dios que ya lo conoce todo? Simplemente que eso nos conviene a nosotros, pues incrementa nuestra confianza en el Dador; por otro lado, el momento de la oración es llamado también el de la comunión. Por supuesto, no solamente oramos para pedir, también lo hacemos para conversar, para preguntar, para exponer nuestras emociones y descargar en Él nuestras angustias.

Ciertos textos de las Escrituras nos dicen que no hemos de afanarnos por nada, sino más bien hemos de dar a conocer nuestras necesidades ante Dios, con el sólo propósito de que Su paz gobierne nuestros corazones, mentes y pensamientos; asimismo, para que obtengamos mucho más abundantemente de lo que pedimos o decimos. Pero eso no es todo lo que la Biblia dice, también agrega que Él produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Si Dios produce todo, entonces también genera las ganas y deseos de orar. Hay un texto en particular que llama la atención al respecto: Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis (Jeremías 29:11). El Señor conoce de antemano, pero además tiene buena voluntad para con los suyos, con un propósito permanente hacia nosotros: darnos el fin que anhelamos. Y si lo anhelamos es porque Él ha puesto en nosotros ese querer. Jesucristo nos exhortó a la oración y dio ejemplo con su práctica, pues cuando tenía la oportunidad se retiraba a solas al monte a orar. En ocasiones pasaba la noche en esa actividad; su legado fue la enseñanza a sus discípulos para que se introdujeran en esa obra de éxito asegurado.

Orar es conversar con Dios; cuando entablamos una relación con una persona en base al afecto, solemos abrirnos espontáneamente en el diálogo. Lo mismo hacemos cuando estamos en la cámara secreta, cerrada la puerta, orando a nuestro Padre que ve en lo secreto y que nos recompensará en público. El cristiano tiene esta experiencia a lo largo de su existencia como creyente; el orar viene a ser el oxígeno del espíritu para continuar con las fuerzas necesarias nuestra peregrinación hacia la patria celestial, pues nuestra ciudadanía está en los cielos.

Al creyente le será dado lo que desea; esa es una promesa de las Escrituras: Deléitate asimismo en Jehová, y Él te concederá las peticiones de tu corazón (Salmo 37:4). Pero la palabra deleitar tiene unas implicaciones interesantes: significa dar y recibir placer, lo que le sucede a los enamorados. Si nos fascinamos con Dios al punto de quedar seducidos en sus cuerdas de amor, podemos afirmar que estamos alcanzando el deleite. Pero el verbo expuesto presupone reciprocidad, de manera que tenemos que deleitarlo a Él por igual. No obstante, no hay nada en nosotros que le resulte atractivo como para que se detenga a escucharnos. En su percepción del mundo, de acuerdo a Su revelación, el hombre es nada y como menos que nada. El mismo salmista se pregunta: ¿Quién es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? (Salmo 8:4).

Si nos detenemos acá, estaremos en problemas para ser oídos por el Altísimo. Sin embargo, la Biblia también dice que a los justos les será dado lo que desean. Sabemos que no hay justo, ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, que todos los hombres se han desviado y cada cual se apartó por su camino. Pero también conocemos y estamos seguros de que Jesucristo es la justicia de Dios, así como es nuestra pascua. Hemos sido justificados por la fe en el Hijo de Dios, por lo tanto tenemos paz para con Dios. Ya no somos considerados sus enemigos sino sus amigos; hemos llegado a ser la niña de sus ojos y se nos ha llamado hijos de Dios. Con ese amor tan grande a nuestro favor, estamos seguros de que Dios se deleita en nosotros. Por eso, aquel texto de Jeremías, antes citado, no concluye allí, sino que continúa: Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jeremías 29: 13).

El texto completo dice que Dios tiene buenos pensamientos hacia nosotros, pues son de paz y no de mal; agrega que nos dará el fin que esperamos y anhelamos, lo cual es una promesa salida de su boca. Es imposible que Dios mienta, por lo tanto esa es una gran verdad a nuestro favor. En el Nuevo Testamento se añade que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que amamos a Dios; en otros términos, a los que nos deleitamos en Jehová. Jeremías continúa escribiendo lo que el Señor le había dicho y añade que como consecuencia de lo anterior, nosotros invocaremos y oraremos a Dios, con otra promesa como consecuencia, o con otra consecuencia que es una promesa: Dios nos oirá. Pero ese oír no es la simple escucha de alguien que toma nota de un pedido, o de una persona al otro lado del teléfono, que nos pone atención pero que puede estar haciendo otra actividad no vinculada con nosotros.  Dice que le buscaremos y le hallaremos; al mismo tiempo, la razón de hallar a Dios descansa en que lo hagamos de todo nuestro corazón.

En otros términos, solamente le encontraremos si lo hacemos de buena gana, con ánimo y entusiasmo, con afecto, con vívido interés y sin la mente dividida. Santiago nos dijo que el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos, que pedimos y no recibimos porque pedimos mal, para gastar en nuestros deleites. Recordemos el sentido del salmo 37: hemos de deleitarnos en Dios, no en nosotros. Si hemos sido llamados conforme a Su propósito, todas las cosas nos ayudan a bien, lo cual incluye los sí y los no en las respuestas de Dios. Jesucristo hizo una comparación con un padre terrenal que daba comida a sus hijos cuando éstos se lo pedían; no les daba una serpiente o un alacrán. El padre terrenal, siendo malo en su naturaleza, sabía dar buenas dádivas a sus hijos. El Padre Celestial, bueno por naturaleza, sabe de sobras lo que necesitamos y nos dará con creces lo que anhelamos.

Reconocer que Dios es soberano, que hace como quiere, implica deleitarnos en Él. También supone darle el honor de la comprensión de su gobierno del mundo y del universo. Hemos de pasar algún tiempo estudiando Su palabra para entender Su corazón; pero de igual modo hemos de escuchar lo que nos dice cuando estamos en Su presencia. Saber que ha hecho al malo para el día malo, que está airado todos los días contra el impío, que ama a sus escogidos pero no a los otros, implica interpretar Su carácter y deleitarnos en quién es Él. ¿Cómo podemos llegar a conocer a Dios si pretendemos ignorar la forma en que expone su soberanía en nosotros? ¿Cómo comprender su corazón si desconocemos la manera en que su grandeza cubre el universo? No podemos huir de su presencia, nos decía David; pero de igual forma cantaba que su alma clamaba por Jehová, como el ciervo bramaba por las corrientes de las aguas. La sed del salmista era una sed que solamente podía saciar en la presencia del Altísimo. Jesucristo dijo que él era el agua viva; que quien tomara de esa agua, de su interior correrían ríos de agua viva. Por eso Isaías habló como profeta acerca de los ríos en la soledad y del camino abierto en el desierto (Isaías 43:19): He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.

Ese otra vez es la segunda, la tercera oportunidad o la número setenta, es una más. Es el Dios de lo imposible el que ha prometido hacer honra a su nombre: Jehová, que significa: Yo soy el que hace posible todas las cosas, o Yo soy el que soy. El gran Yo soy es quien brinda la segunda oportunidad, por eso dice que nos abrirá camino en el desierto otra vez. La primera vez también lo hizo, pero la segunda la brindó a través de Jesucristo, su promesa. El es un Dios de oportunidades infinitas para sus hijos, de tal forma que no se detiene por nuestros fracasos. Vivimos en una sociedad entrenada para admirar al héroe; los países necesitan héroes militares, heroínas de la bondad. Por ello construyen personajes que parecen de ficción para presentarlos a las masas, de manera que éstas puedan estar confortadas con la mentira. Pero nuestra mente también se deleita en los actos heroicos presentados en los escritos, en las imágenes del cine; por ello queremos parecernos a ellos o hacer actos heroicos para llamar la atención a los seres que nos ocupan el afecto. Mas por esta razón, entre tantas, sentimos que no calificamos lo suficiente con nuestras credenciales, para lograr pedir una nueva oportunidad a Dios.

Hay negocios quebrados, matrimonios idos al vacío; hijos descuidados, trabajos rechazados. Tal vez hemos tenido vicios ocultos o descubiertos; tal vez existan cosas que dañen nuestra reputación. Sabemos del perdón infinito de Dios, pero creemos que eso es un asunto para entrar al reino de los cielos, cuando partamos de esta vida. Mas ¿qué sucede en nuestra existencia, mientras tanto? No hay tal cosa como ir al cielo pero no ser atendido en esta vida por el Dios que nos permite su entrada. Pedro el apóstol fue testigo personal del fracaso, al mentir y maldecir tres veces antes de que el gallo cantase. David también obró mal con un hombre a su servicio, tomando su mujer y enviándolo al frente de la batalla para que muriese. Elías era un hombre sujeto a pasiones como las nuestras. Manasés fue un rey perverso que fundó altares a los ídolos, pero fue recibido con misericordia cuando se arrepintió y oró a Jehová. A Manasés le dieron su segunda oportunidad también, pues Dios lo restituyó como rey. El hijo pródigo volvió a casa y también fue recibido con los atributos y honores de hijo, no de siervo. Por si fuera poco, el Hijo del Hombre aseguró: Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá (Lucas 11:10).

¿Qué hemos de pedir como conviene? No lo sabemos, pero el Espíritu intercede por nosotros y Él entiende la mente del Señor, de manera que tenemos ese gran Ayudador para poder entrar a la cámara secreta y hablar con nuestro Padre. Allí seremos oídos en secreto, pero seremos recompensados públicamente. El sabe de qué tenemos necesidad, antes de que le pidamos, pero quiere oírnos. Asimismo, nosotros queremos decírselo a Él, pues eso nos hace bien para el alma cargada y abatida. Buscad a Jehová y su poder; buscad su rostro continuamente (1 Crónicas 16:11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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