Viernes, 14 de diciembre de 2012

Muchos dicen que la esperanza es lo último que se pierde. A ella se aferran los moribundos, los enfermos, los que tienen problemas económicos, los desechados de la tierra. La esperanza es una creencia, una imagen mental, alimentada por un sentimiento de credibilidad en el futuro. Es una garantía imaginaria de que las expectativas tenidas se alcanzarán. La Biblia hace mención a la esperanza, pero la coloca en una balanza para exhibir el resultado de los que tendrán fruto y de los que serán avergonzados por tenerla. Pablo habló de dos grupos de personas, unos que tenían esperanza y otros que no la tenían, porque les era imposible. Respecto a la muerte, sostuvo: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13). En otros términos, tenemos que saber cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, pues cuando la gente está sin Cristo, ajenos al pacto de la promesa, está sin esperanza y sin Dios en el mundo.

Otros viven hasta que se les acabe esta creencia, de manera que se exponen avergonzados y confusos ante el camino que encuentran. La esperanza de los que no tienen a Dios será cortada y su confianza es tela de araña (Job 8: 14). La red de este insecto deja atrapados a sus víctimas para que posteriormente les sea inoculado su veneno; esa es la comparación bíblica hecha para la esperanza de los que no creen. Un salmista le pregunta al Señor qué cosa ha de esperar, pero de inmediato responde: Mi esperanza está en ti (salmo 39:7). En otro contexto hallamos una exhortación: Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza (Salmo 62:5). Otro dice: Porque tú, oh Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud (Salmo 71:5). Asaf tuvo dudas en cuanto a los arrogantes de la tierra, aquellos que no tienen congoja por su muerte ni sufren como los demás mortales, los que exhiben su lengua contra el cielo. El pensó que había sido en vano mantenerse en la integridad de Dios, pero entrando en el Santuario comprendió todo: Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras (Salmo 73:28). Si recordamos el salmo 91 tendremos una alusión continua a este concepto: Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré (91:2); Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, al Altísimo por tu habitación (91:9).

Como habíamos dicho, la Biblia habla de la esperanza que avergüenza y de la que no avergüenza. Susténtame conforme a tu palabra, y viviré; y no quede yo avergonzado de mi esperanza (Salmo 119: 116). De los charlatanes agoreros, brujos y adivinos, falsos profetas y predicadores se nos dice:  Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová (Jeremías 23:16). Los judíos tenían una esperanza errónea: No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza (Juan 5:45). Si la esperanza de los justos es alegría, la de los impíos es para perdición; cuando muere un hombre impío perece su esperanza y su expectativa se acaba (Proverbios 11:7). Sin embargo, el hombre justificado por la fe en Jesucristo tiene esperanza frente a la muerte.

Isaías escribe contra aquellos que confían en caballos para salvarse, en sus jinetes y carruajes, porque creen que por su multitud podrán librar la batalla y ganarla; o tal vez reposan en su valentía y prudencia, pero no buscan al Señor. De ellos dice en una clara metáfora para nosotros: ¡Ay de los que descienden a Egipto por ayuda! (Isaías 31:1). Pero el apóstol Pablo nos aclara que nuestra esperanza no avergüenza, por causa del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5: 5). Asimismo, la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza (Romanos 8: 20). Todo este discurso bíblico, desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, se ha escrito para nuestra enseñanza, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza (Romanos 15:4).

En cuanto a esperar la segunda venida de Jesucristo, se nos dice que eso trae la consecuencia de purificarse a sí mismo, así como Él es puro (1 Juan 3:3). La esperanza es una profesión para el cristiano, que debemos mantener firme, sin fluctuar, ya que quien prometió es fiel (Hebreos 10:23). En medio de las luchas y pruebas del valle de sombra de muerte por donde tenemos que transitar, la esperanza nos gobierna y nos protege contra la pesadumbre de lo incierto. Hay quienes se encuentran extraviados en el mundo, cuya brújula es el dinero o las posesiones que ingresan a diario, hay quienes confían en la palabra vacía de los hombres, en las promesas humanas, a quienes Dios les declara maldición. Sí, Dios maldice a quienes maldicen a su pueblo Israel -el que en un momento fue escogido para ser el depositario de su palabra. A pesar de que ese pueblo conspiró contra el Mesías hasta la muerte, a pesar de que se apartó por su camino y hace maldad, Dios quiso que por su extravío entrasen los gentiles (el resto del mundo no judío)  al conocimiento de su evangelio. Pero Dios no ha desechado para siempre a ese pueblo, sino que en su momento lo hará recapacitar para arrepentimiento. No obstante, lo que profirió respecto de él fue que bendeciría a los que lo bendijeren y maldeciría  a los que lo maldijeren. Y esa palabra no ha pasado todavía, no ha sido quitada de en medio ni invalidada.

Pero Dios continúa maldiciendo a los que confían en las personas y no depositan en Jehová su esperanza. El profeta Jeremías escribió unos textos que pudiéramos memorizar para que nos hagan mucho bien en esta tierra por donde andamos:  Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada.  Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17: 5-8).

Dos cosas suceden en la bendición y maldición de Jehová: 1) Los malditos no verán cuando venga el bien, por lo tanto no lo aprovecharán; 2) Los benditos no se fatigarán ni dejarán de dar fruto, aún en el año de sequía. Esto ocurre porque el eterno Dios es nuestro refugio, y acá abajo los brazos eternos (Deuteronomio 33:27). El juramento de Dios es inmutable, por definición teológica y bíblica; asimismo, Dios es inmutable, pues no cambia ni tiene sombra de variación. De esta manera, cuando juró por Sí mismo lo hizo por dos cosas que no cambian jamás: por Él y por su consejo y juramento. Lo que es lo mismo, por Él y por sus promesas hechas. En esta base podemos tener un fortísimo consuelo para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec (Hebreos 6). Hermosa metáfora del autor de Hebreos, interpretada por Gill de la siguiente forma: este mundo es considerado como un gran mar, cada creyente puede ser tenido por un barco, el puerto es el cielo, Cristo el piloto, y la esperanza es el ancla. Pero este ancla no tiene ninguna utilidad si no está atada a un cable y éste aferrado al barco; asimismo, Cristo mantiene el alma estable e inamovible. Sin embargo, un ancla es de poca ayuda en la tempestad, pero no así la fe con la cual es comparada: el ancla de la esperanza no es arrastrada a ningún lado por las fuerzas de la desesperación. Gill cita a Pitágoras, quien  utiliza una metáfora similar: La riqueza es débil, como lo es el cuerpo y como lo son los principados y los honores. Lo que es fuerte es la prudencia, la magnanimidad, la valentía, a quienes ninguna tempestad agita. Sin embargo, agrega Gill, estas virtudes morales y filosóficas no son nada comparadas con la gracia y la esperanza del cristiano, las cuales se sustentan en el amor divino, en la sangre y la rectitud de Cristo, en su inmutabilidad y fidelidad, así como en el poder de Dios (John Gill's Exposition of the Bible).

Es gracias a esa esperanza del cristiano que podemos asumir no estar afanosos por nada, pues Jesucristo oye nuestras peticiones y las responde de acuerdo a lo que nos conviene. La esperanza del creyente no se pierde nunca, a no ser que encuentre aquello que anhela. Una vez alcanzado lo que se espera, ¿a qué seguirlo esperando? Pero mientras hagamos realidad nuestra promesa, sigamos esperando con la certeza brindada por un Dios que no miente.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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