Jueves, 13 de diciembre de 2012

Todos los evangelios empiezan con un fondo histórico, pero el de Juan establece un comienzo diferente, más bien abstracto y filosófico.  Mateo abre con la genealogía de Jesús conectándolo con David y Abraham. Marcos inicia con la predicación de Juan el Bautista. Lucas lo hace con la predicción del nacimiento de Juan el Bautista, si bien dedica el libro a Teófilo. Pero Juan, como ya dijimos, por su abstracción se convierte en el más teológico al hablarnos del Dios hecho hombre. Esta introducción de Juan a su evangelio contiene información muy valiosa que categoriza con elementos léxicos isotópicos, en el hilo de abstracción presentado a través de la lengua griega. Luz y tinieblas, vida y luz, verdad y gloria, mundo y gracia. Sin embargo, el Logos es el elemento más significativo que supone antes que un título del Cristo, mostrarlo como el centro de cualquier pensamiento, razón y lógica posible de todo lo que haya sido hecho.

El orden histórico de Juan comienza con el Logos en la eternidad y en el tiempo. Lo eterno no supone tiempos, pero en sí mismo es también otra forma de oposición de lo temporal. Sin pasado, presente o futuro, lo que es eterno continúa por los siglos de los siglos, pero como nosotros estamos sometidos a la dimensión del espacio-tiempo, viene a mostrarnos paradigmáticamente lo que el sintagma de la temporalidad indica. Lo efímero, lo que deja de ser por la fuerza del desgaste, se contrapone y cobra inteligibilidad gracias a lo eterno que nunca se desgasta. Pero al contrario, para comprender la eternidad se hace necesario la comprensión de lo pasajero.

Por eso dice: En el principio era el Verbo. Hasta ahora es un sintagma temporal, como si ese Verbo tuviese origen y fuese limitado por el tiempo, gracias a la categoría principio o comienzo. Si el Verbo comenzó en un punto, entonces no es eterno. Esto es un plato bien servido para los gnósticos y para los arrianos, quienes supusieron que Jesucristo no era consustancial con el Padre -o no era Dios eterno- por cuanto tuvo un comienzo. Sin embargo, la claridad teológica de Juan conduce el texto por otros derroteros. De inmediato iguala el Verbo a Dios:  Y el Verbo era Dios. En este punto, sabemos que Dios no puede tener principio ni fin, por pura definición. Entonces uno se pregunta a cuál principio se refiere el apóstol cuando dijo En el principio era el Verbo.

¿Puede referirse el apóstol al comienzo de todas las cosas que pueden ser conocidas por la mente humana, o tal vez se remonta al principio de la eternidad? Pero de nuevo, eso sería un oxímoron, ya que lo eterno no comienza ni termina. Cabe entonces otra opción interpretativa del concepto, a lo cual también se presta el vocablo griego. El modelo, el arquetipo de todo es el principio de Juan. El texto griego lo dice: En arxé en jo Logos, en la fonética de las grafías griegas, que traducen que en el modelo de todo lo que suponemos potencialmente existente era y estaba el Verbo, pues el Verbo era Dios. También puede referirse al principio o comienzo de la historia humana, ya que Dios es el creador soberano de ella. Con esto en mente no hay espacio para los arrianistas ni para los gnósticos. Ambas interpretaciones son heréticas, por cuanto la reversibilidad de la proposición lingüística lo exige: y el Verbo era Dios. De manera que aunque Juan esté refiriéndose al comienzo humano y de la creación, sitúa al Verbo de Dios hecho hombre en ese momento, pero lo coloca en igualdad eterna a Dios. Por lo tanto, ambos, el Padre y el Hijo, comparten la misma sustancialidad y propósito para lo que estuvieron haciendo.  

El otro aspecto teológico de la introducción del evangelio de Juan lo constituye el tratado sobre la Trinidad.  El Verbo estaba con Dios, en la compañía de Dios. De inmediato, el apóstol añade: y el Verbo era Dios. Esta tesis guarda relación con el Génesis 1, cuando se nos dice que En el principio creó Dios los cielos y la tierra, para más adelante afirmar que el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Después de ciertos actos de la creación, Dios dijo en forma plural: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, lo cual patentiza la idea Trinitaria desde siempre. Además, un hecho gramatical de la lengua hebrea nos expone el texto con el verbo en singular  y el sujeto en plural (Los Dioses creó los cielos y la tierra). Si bien pudiera entenderse como un plural mayestático, es gramatical en la lengua hebrea este tipo de construcción sintáctica, lo cual nos indica, una vez más, que Dios es plural pero al mismo tiempo uno. Plural por  el sustantivo, uno por el verbo (la acción voluntaria) en singular.

Juan está consciente de esta situación, en parte por haber compartido por ciertos años el Ministerio de Jesús en la tierra, lo que le permitió aprender acerca del concepto Trinitario del Dios de la Biblia; en parte por la revelación recibida.  Esta teología es de gran importancia por cuanto destruye las herejías construidas en base a erróneas interpretaciones acerca del Hijo y del Espíritu. Primero, el Hijo es coeterno y consustancial con el Padre, no empezó a ser Hijo una vez que naciera de la virgen María, como afirman algunos connotados predicadores. El Verbo era Dios desde el principio, de manera que son coeternos. Segundo, el Espíritu se movía sobre la faz del abismo en el momento de la creación. Innumerables textos del Antiguo y del Nuevo Testamento señalan la presencia del Espíritu de Dios como una persona:  hasta que sobre nosotros sea derramado el Espíritu de lo alto (Isaías 32:15); El Espíritu de Jehová los pastoreó, como a una bestia que desciende al valle; así pastoreaste a tu pueblo, para hacerte nombre glorioso (Isaías 63:14); El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová (Isaías 61:1);  He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones (Isaías 42:1);  Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16).  Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos (Isaías 11: 1-3).

El Nuevo Testamento está lleno de las manifestaciones del Espíritu Santo como Persona. Él es el otro Consolador, el que nos guía a toda verdad, el que nos ayuda en nuestras oraciones porque entiende la mente del Señor. Todos estos atributos son de una persona, no de una fuerza etérea. El Espíritu es el que da vida, el que opera el nuevo nacimiento, el que nos hace recordar las palabras de Jesucristo. Por otro lado, el Señor dijo que perdonaría todo pecado menos la blasfemia contra el Espíritu. Estas palabras no tendrían ningún sentido si esa blasfemia fuese contra una fuerza y no contra una Persona del Dios Trino. También se habla de bautizarnos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cónsono con lo que escribe en su evangelio, Juan lo dijo en una de sus cartas de manera muy explícita:  Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno (1 Juan 5: 7). Hay muchos otros textos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que hablan de las tres Personas de la Divinidad.

El arjé o principio, denota el comienzo, el arquetipo, el modelo. El Logos de Juan puede traducirse como palabra, discurso, cosa, una palabra dicha por una voz viva, idea, lógica, lo dicho, la máxima de Dios, la razón, dentro de tantos otros conceptos. El verbo ser es el mismo utilizado para el gran Yo soy el que soy. Luego dice que ese Verbo era Dios (Teos), la cabeza de la Trinidad, el Santo Espíritu, Dios el Padre, también el Cristo. De manera que dependiendo del contexto de aparición, el mismo vocablo puede tomar diversos sentidos, aunque todos apuntan a la misma divinidad bíblica. La razón de esta declaración descansa en que fuera de Dios no existe nada, ya que Él es el Creador de todas las cosas, y ese Verbo fue el agente de la Creación (1 Corintios 8: 6: para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.  En Colosenses 1:16 leemos: Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.

Juan agrega que en ese Verbo estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La más importante posesión humana es la vida, precisamente la vida verdadera está en Cristo. Jesús como fuente de vida es al mismo tiempo la luz de los hombres:  La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. Dentro de la simbología bíblica, la oscuridad está ligada a la muerte, al pecado, a la ignorancia, a la separación de Dios; por lo tanto la luz, como oposición, se liga a la vida. Isaías lo dijo muy claramente:  El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos (Isaías 9:2). Cuando Juan afirma que las tinieblas no prevalecieron sobre la luz, da a entender que el reino de Satanás no puede frustrar el poder de la luz.

Ese Verbo encarnado vence sobre las tinieblas, lo que es también lógico. Una luz, por pequeña que sea, denuncia la oscuridad. Pero la oscuridad, por muy grande no puede extinguir la fuente de la luz. Cuánto más el Hijo de Dios, cuando la Escritura dice que Dios es luz. La misma naturaleza de la luz presupone el disipar de las tinieblas. Aunque los hombres amen más las tinieblas que la luz, la razón se descubre porque sus obras son malas. No obstante, hay muchos que amamos más la luz que las tinieblas, no porque nuestras obras sean dignas de admiración sino porque la obra de Cristo se imputa a favor nuestro y allí no hay ninguna oscuridad.

El evangelio de Juan inicia con un planteamiento mucho más abstracto y menos histórico, pero de inmediato nos damos cuenta de que lo que intenta hacer el autor es demostrar que el Verbo hecho carne no es otra cosa que Dios metido en la historia de los hombres. La diferencia esencial con los otros evangelios es que la genealogía tratada en Juan es divina, por lo cual va en forma directa al inicio de todo, donde sin duda estaba Dios Padre con su Hijo y con el Espíritu haciendo posible todas las cosas. La metáfora del sol nos puede ayudar a entender y discernir lo lógico de lo cronológico. El fuego ardiente del astro rey, su luz generada y su calor pueden ser vistos lógicamente como uno que precede al otro. Sin embargo, cronológicamente los tres aspectos son simultáneos: no podríamos decir que primero existe el calor, luego la luz y finalmente el fuego del sol; tampoco podríamos afirmar una inversión del orden o asegurar un orden alternativo. Desde el plano del tiempo tanto el sol (como materia) como su luz y su calor coexisten sin que ninguno preceda al otro. De igual forma, cuando pensamos en el Padre, el Hijo y el Espíritu, tendemos a verlos lógicamente como si uno viniera después del otro. No obstante, desde el plano de la cronológico los tres coexisten eternamente, sin que uno preceda al otro. Eso es lo que nos intenta decir Juan, cuando escribió que en el principio de todas las cosas era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Si lo miramos desde el relato del Génesis, comprendemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu (quien se movía sobre la faz del abismo) estaban juntos desde el comienzo de todo, en el pleno acto de la creación de todas las cosas.

César Paredes

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