Lunes, 10 de diciembre de 2012

Tener o no tener fe, he allí el dilema. Esta podría ser la consigna existencial de millones de cristianos a lo largo de su vida. Creemos, pero nos falta creerle más a Dios. Una cuantiosa cantidad de promesas se exponen en las Escrituras, pero asumirlas como válidas para nosotros requiere discernimiento de lo ofrecido, así como confianza en que hemos sido llamados. Tal vez alguno pueda pensar que Jesucristo habló más para sus discípulos que para nosotros. El hecho de que haya un gran número de ofertas hechas en forma específica para los que fueron los que sembraron su doctrina nos hace preguntarnos cuáles son las promesas para nosotros. A los apóstoles se les dijo que el veneno de las víboras no les haría daño (y  Pablo dio testimonio de ello); Pedro y Juan levantaron a un cojo en la puerta de la Hermosa. Así, podemos ir enumerando los extraordinarios milagros -incluso de resurrección, como le aconteció a Dorcas por intermedio de Pedro y a Eutico gracias a Pablo (Hechos 20: 7-12 y 9: 36-42).

Sin embargo, no hay registro en el libro de los Hechos de los Apóstoles de milagros realizados por intermedio de los demás creyentes en Jesucristo. Al parecer, un cúmulo de señales seguirían a los encargados de iniciar la predicación desde Judea y Samaria hasta lo último de la tierra. No se recoge desconsuelo alguno por parte de los creyentes que fueron mártires en medio de fosos de leones, por la espada cruel de los gladiadores del circo romano, ni por recibir pedradas de turbas malhumoradas. Si ellos esperaron un milagro fue el de poder aguantar hasta el final de su sacrificio y poder glorificar el nombre del Señor. No esperaron nada más sino una muerte de gloria, pues de lo contrario hubiesen muerto defraudados.

Mal es suponer que los milagros primigenios que se dieron en los apóstoles y en la vida de Jesús tienen que seguir por fuerza en la vida de los creyentes. La Biblia da razón de lo contrario, pues si bien Pablo tuvo el don de sanidad no operó ese don en su amigo y hermano Timoteo. Al contrario, le dijo que por causa de su estómago no tomara más agua sino vino. En cuanto a él, pidió tres veces al Señor para que lo librara de un aguijón en la carne, y el Señor le respondió que le bastaba con su gracia, pues su poder se perfeccionaba en su debilidad.

Esa es la enseñanza bíblica, en forma simple y plana. La enseñanza de muchas iglesias es contraria a las Escrituras, y no conformes con eso enseñan a hacer milagros. Hay cursos para aprender a hablar en lenguas (como si el don de lenguas bíblico fuese un balbuceo ininteligible, o como si no hubiese cumplido su propósito en la historia de la iglesia incipiente). Por otro lado, la fuerza de lo que leemos, de lo que vemos en los diversos medios de comunicación, nos lleva a asumir a los héroes como posibilidades reales. Queremos ser como ellos, con poderes especiales para combatir el mal. Suponemos que ciertas destrezas son necesarias para combatir a los principados y potestades espirituales de maldad. Sin embargo, el combate se realiza día a día con nuestras débiles fuerzas, pues el poder de Dios es lo que controla todo y es a través de él que logramos la victoria.

Jesucristo un día dijo: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, como una de las semillas más pequeñas, podríamos decir a un monte quítate de en medio y se quitaría. Nosotros no hemos necesitado quitar montañas físicas nunca, pues si eso nos aconteciera la geografía sería otra. Sin embargo, como muchas de sus enseñanzas conllevaban una alegoría, la relacionada con la fe nos ayuda a comprender varios elementos en el concepto fe. 1) No se necesita tener mucho de ésta para lograr el propósito deseado; 2) lo que realmente importa es que la tengamos; 3) el obstáculo a vencer no es la montaña, sino la extracción de la fe. Es natural que si la semilla de mostaza es muy pequeña, el tamaño de la fe no es de mayor importancia. Lo que realmente interesa es que tengamos la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Por ello resulta evidente que la montaña externa es reflejo de la montaña interna que imposibilita la salida de la fe.

La mayoría de nuestros problemas son de índole mental, imaginario. Los otros problemas concretos, materiales, son casi siempre bien abordados. Si estamos enfermos y deseamos sanar, acudimos a las medicinas. Si necesitamos dinero buscamos un préstamo o más trabajo para tener más ingresos. Tal vez oramos en ocasiones para pedir por esos suministros necesarios, pero el que hayamos pedido no nos deja inactivos. Por eso siempre es bueno repasar el concepto de fe dado en la Biblia. Recordemos que Jesucristo es el autor y consumador de la fe; que hemos de andar y pensar con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno (Romanos 12:3). Si sabemos que la fe es la certeza de lo que pedimos, y que cada uno tiene una medida de fe específica, no deberíamos preocuparnos por el tamaño de ella. Basta con que sea de la misma dimensión de un grano de mostaza para ser poderosa y vencer los obstáculos. La razón de esta aseveración descansa en el autor y consumador de la fe: Jesucristo.

Dado que Él nos da la confianza y la certeza de aquello que hemos pedido en oración, así como de la convicción de lo que no vemos, podemos suponer que tenemos las cosas que le hayamos pedido. ¿Quién aguanta un rato en la presencia del Señor para pedir lo que no conviene? Si nos acercamos a Dios y creemos que Él es, que además es galardonador de los que le buscan, entonces ese esfuerzo no es para desperdiciarlo en pedir cosas que no son propias de lo que la mente de Cristo enseña y exige. De allí que si pedimos conforme a su voluntad él nos oye, y si nos oye tenemos las cosas que le hayamos pedido. El círculo se cierra de esa manera, pues siendo Él el autor es también el consumador; como autor de la fe nos da el querer y el hacer conforme a su voluntad, y como autor de la consumación de esa fe dada nos otorga lo que queremos y pedimos.

Hubo un hombre que le dijo al Señor: creo, ayuda mi incredulidad. Estaban en la escena de un muchacho maltratado por un demonio, y su padre se lo llevó a los discípulos, pero no pudieron hacer ese milagro. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. Dice la Escritura que el padre dijo de inmediato: Creo; ayuda mi incredulidad (Marcos 9: 23-24). ¿Cuánta fe hizo falta para que Jesús echara fuera al demonio? El padre creía que Jesús podía hacer el trabajo completo, pero al mismo tiempo lo abrigaba la duda. Con todo se resteó y confió en el Señor, al punto en que fue tan sincero que no le ocultó su duda. Lo que hizo este hombre es digno de ejemplo para nosotros, pues le pidió a Jesús que le ayudara con su incredulidad. Nosotros también tenemos momentos malos o débiles,  cuando creemos que Dios es Todopoderoso, que para Él no hay nada que sea difícil, que nadie puede detener su mano, que nos cuida con sus ángeles, que está pendiente de nuestras oraciones, pero, con todo, no creemos que seamos dignos de que nos dé una segunda oportunidad en algunas cosas que deseamos.

Tal vez tuvimos un primer chance de hacer las cosas bien, pero fallamos y ahora nos cuesta confiar que Él nos proveerá con una nueva coyuntura para alcanzar lo que nos hace más felices. Este hombre con su hijo atormentado por un demonio nos ha mostrado el modelo a seguir: Creo, pero ayuda mi incredulidad. Hemos de decirle al Señor que le creemos, pero que como sabemos que no merecemos nada pensamos que no obtendremos lo que pedimos. Sin embargo, antes de la decepción y de la huída, conviene expresar esas simples palabras sinceras de un corazón ambiguo, donde se debate la ley de nuestra mente y la ley del pecado. Con el hombre interior le creemos a Dios, pero por causa de nuestra vieja naturaleza nos quedamos contemplando la montaña, su tamaño, sus dificultades naturales y no nos decidimos a avanzar.

De nuevo la Biblia nos recomienda por muchas entradas: si tuviereis fe como un grano de mostaza; creo, ayuda mi incredulidad; la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Nunca llegaremos a estar vacíos de fe, pues Él es su autor y consumador, y todo este concepto conlleva a Su gloria y a nuestro beneficio. En ocasiones se nos olvida que Él es el Dios del placer, no sólo del dolor; también ha hecho la alegría, y no sólo la tristeza. Hay esperanza en Él y esa no avergüenza; pidamos confiados que se nos ha prometido por muchas vías que todo aquel que busca, halla; al que llama se le abrirá; al que pide se le dará.  Sus propias palabras fueron estas, y conviene meditarlas:  Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11: 10-13).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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