Viernes, 30 de noviembre de 2012

Si los demonios creen y tiemblan, eso no les es suficiente para entrar en el reino de los cielos. Sabemos que en la historia de Job se narra un evento único, Satanás visitando a Dios. Pero eso tampoco indica que él vive en la casa del Altísimo, pues la Escritura dice que él cayó como un rayo del cielo, que ha sido ya juzgado y vencido por Jesucristo. Ese mismo Jesús declaró que el reino de los cielos se había acercado a nosotros; la Biblia también señala que el mismo no consiste en bebida ni en comida, sino que es justicia, gozo y paz en el Espíritu.

Los demonios no pueden tener paz, pues en ellos no se eliminó la enemistad de Dios. Por otro lado, tienen conciencia de lo que les aguarda, ya que la Biblia dice que el infierno fue creado para el diablo y sus ángeles. En el relato acerca del endemoniado de Gadara, el demonio llamado legión (porque eran muchos) le pide a Jesús que no los envíe todavía al castigo, pues no era el tiempo para ello. Jesús les concedió enviarlos a los cerdos, los cuales perecieron en el mar. Eso habla de la falta de paz y de la falta de justicia -por cuanto no gozan del beneficio de la expiación que significa Cristo, la  justicia de Dios-, lo que trae por consecuencia el que no puedan disfrutar del gozo que el perdón absoluto representa.

La justicia, el gozo y la paz son solo para los creyentes elegidos del Padre. Cristo nuestra justicia, nuestra pascua, decía Pablo, Cristo, la justicia de Dios. Hemos sido justificados por la fe, por lo tanto tenemos paz para con Dios. Por eso se nos recomienda gozarnos siempre, regocijarnos, estar siempre gozosos. En otros términos, se nos conmina a tomar conciencia de que aquel reino de los cielos se ha acercado a nosotros. En medio de la calamidad que representa el mundo, podemos intuir lo que significa el reino de los cielos gracias a que somos depositarios de la paz de Dios, de la justicia de Cristo y del gozo del Espíritu. Decía uno de los profetas del Antiguo Testamento que el gozo del Señor era su fortaleza. ¿Cuál gozo? En Hebreos 12 se habla de que Jesús soportó su trabajo por el gozo puesto delante de él, menospreciando el oprobio. Ese es el gozo del Señor, del que hablaba el profeta Nehemías: Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza (Nehemías 8: 10).

Resulta por demás llamativo que tanto Jehová (como Padre) y el Hijo (cuando soportó la cruz), sentían gozo. De hecho, Jesucristo sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, con la intención de que nuestro ánimo no decayera hasta el desmayo. La idea central radica en que Jesús es el autor y consumador de la fe; él es quien empezó la buena obra en nosotros, el cual también habrá de terminarla. Entonces, a pesar de su trabajo, existía un gozo continuo en él, pues se había declarado en la profecía de Isaías que el Mesías vería fruto y sería saciado. Esa garantía dada por el Padre le era suficiente para estar con el corazón dichoso, pero se añade aún más a ese estímulo pues el hecho de rescatar a su pueblo de sus pecados ha debido ser una tarea dichosa.

De manera que cuando pensamos en el acercamiento del reino de los cielos hacia nosotros, tenemos que inferir que se hace a través del gozo, la justicia y la paz recibida por el trabajo de Jesucristo y por la actividad operativa del Espíritu. Ese fue el propósito del Padre quien prometió a través de sus profetas que nunca más se acordaría de nuestros pecados y que los depositaría en el fondo del mar. Por si fuera poco, esa ilustración viene a ser remarcada en el libro de Apocalipsis, pues se describe allí que en los nuevos cielos y en la nueva tierra el mar no existirá más. Se habla de un mar de cristal, pero como parte de la nueva creación. Este hecho mencionado presupone que los pecados han sido absolutamente olvidados y no existirán nunca más. Por la justicia de Cristo, el Padre restableció su amistad con nosotros, lo cual produce gozo como parte del fruto del Espíritu en nosotros.

Tuyos son los cielos, tuya es también la tierra; el mundo y su plenitud, tú los fundaste (Salmo 89:11). Esta es una premisa de gran importancia, por cuanto si Dios es el dueño absoluto de todo cuanto existe -aún del malo que hizo para el día malo (Proverbios 16:4)-, entonces no hay nada por lo cual se haya de tener miedo. Aquellos cielos donde Él habita, ese reino que se ha acercado a nosotros, por necesidad fuerza al consuelo de su pueblo. La tierra le pertenece, todo el mundo y los que en él habitan, de manera que no hay razón para la angustia porque no tengamos donde vivir. Si somos sus hijos, también somos sus herederos. El Hijo nos recomienda pedir, buscar y llamar, pues recibiremos, hallaremos y seremos oídos. Algunos piden mal, para gastar en sus deleites y por ello no reciben. ¿Qué es un deleite, en el pensamiento de Santiago? Es la amistad con el mundo de la cual nos habla Juan. No podemos ser amigos del mundo porque nos constituimos en enemigos de Dios, y no podemos pedirle a un enemigo que nos dé una dádiva o un don perfecto.

Para que el reino de los cielos (no el de la tierra) siga acercándose y permanezca en nosotros, se hace necesario distanciarnos del reino terrenal. Satanás le ofreció a Jesucristo todos los reinos de la tierra, si postrado le adoraba. Pero Jesús no le refutó su derecho de ¨propiedad¨ sobre esos reinos, o digamos mejor su derecho de gobierno. Simplemente se atuvo a su precepto instituido en la Escritura: Solamente hemos de adorar y servir al Señor, nuestro Dios. Es así de simple, el reino de los cielos se acerca más y más a nosotros en la medida en que nos alejamos del reino terrenal, cuyo príncipe es el dios de este siglo. La oposición que hace la Biblia de estos dos reinos es comparada a la que existe entre la luz y las tinieblas. Sabido es que los hombres han amado más las tinieblas, y se han alejado de la luz porque sus obras son malas. Si se acercan a la claridad de la verdad, sus pecados son exhibidos. Pero en la medida en que nosotros somos luz del mundo, descubrimos las tinieblas que el mundo envuelve. Es en ese momento que llegamos a ser una carga pesada para los que moran en la tierra, por lo cual se abre la discusión y el disimulo.

El mundo no tolera la luz de la verdad, por lo tanto disfraza su mentira con eufemismos. Como dijéramos en otra oportunidad, a la depravación humana la llaman orgullo, a su desconsuelo le dicen alegría, a lo malo llaman bueno, pero al mismo tiempo llaman a lo bueno malo. Es en este punto de quiebre donde el peligro del mundo se yergue en contra de nosotros. Comenzamos a ser perseguidos porque al ser sal de la tierra, el salitre irrita la piel herida por el pecado. En vez de buscar la sanación, se molestan por la denuncia del mal, se incomodan por el remedio que muchos hemos recibido. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). Este texto tiene otro sentido, no solamente se producirá odio o persecución de parte de los que viven en las tinieblas, antes es posible que haya una positiva reacción y glorifiquen al Dios de los cielos.

¿No es eso lo que ha sucedido en nosotros? Éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás, siendo gobernados por el príncipe de este mundo, haciendo cosas que no convienen. Pero un día alguien expuso el mensaje salvífico de Jesucristo, alguien nos dijo que vino a salvar lo que se había perdido, que no vino a buscar sanos sino enfermos, que no vino a condenar al mundo sino a salvarlo. Esa palabra nos gustó, porque un destino había sido señalado en nuestra existencia, el cual nos haría creer en el momento oportuno. En ese instante también se produjo el gozo del Señor, pues de un lado nosotros nos alegramos por esta salvación tan grande, mas por otra parte Jesucristo sigue viendo el fruto de su trabajo para quedar satisfecho. Por si fuera poco, hay alegría en el cielo cuando un pecador se arrepiente.

Mirad, no tengáis en poco a ninguno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos siempre ven el rostro de mi Padre que está en los cielos. Así que, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno de estos pequeños (Mateo 18: 10 y 14). La continua referencia de Jesús a su Padre que está en los cielos, es relevante. Ese es el lugar de su morada, pero será también el nuestro. Es nuestra patria, la de la nueva ciudadanía, por lo cual en este mundo andamos como extranjeros y peregrinos. Tenemos ángeles en los cielos para cuidarnos en la tierra; pero tenemos una promesa mucho más grande, la voluntad del Padre a favor nuestro, pues no quiere que ninguno de nosotros nos perdamos. Hablemos sobre esa voluntad del Creador en nosotros: respecto de sus hijos, nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1: 13).

Existe una gran diferencia entre la voluntad humana y la divina. La voluntad humana es impotente para alcanzar el reino de los cielos, pues el hecho del nuevo nacimiento atribuido a la voluntad divina implica que la nuestra es inútil. Todo lo que es de voluntad de la carne, de varón, de sangre, es inservible. El apóstol Pablo lo dice con énfasis, se declara a sí mismo miserable, pues reconoce su impotencia (aún teniendo el Espíritu de Dios en su vida) para hacer lo bueno que por su nueva naturaleza desea (la naturaleza del Espíritu), pues una ley en sus miembros lo vence y lo seduce para hacer aquello que más odia, el pecado. Yo sé que en mí, a saber, en mi carne, no mora el bien. Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero; sino al contrario, el mal que no quiero, eso practico. Y si hago lo que yo no quiero, ya no lo llevo a cabo yo, sino el pecado que mora en mí. Por lo tanto, hallo esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está presente en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;  pero veo en mis miembros una ley diferente que combate contra la ley de mi mente y me encadena con la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7: 18-24). ¿Cómo es que quiere hacer el bien y no desea hacer el mal? ¿Cómo es que se deleita en la ley de Dios? Porque ha nacido de nuevo, de lo contrario sería como los demás, lleno de odio contra Dios, amando más las tinieblas que la luz. El apóstol reconoce que tiene un hombre interior que busca el bien, la nueva naturaleza dada por el Espíritu en el nuevo nacimiento. No obstante, a pesar de su conciencia y su nuevo deseo, lo viejo en él, la antigua naturaleza pecaminosa, batalla fuertemente y le obliga, en ocasiones, a hacer lo que no desea hacer y a dejar de hacer lo que conviene.

Entonces, hemos probado que la voluntad humana es esclava del pecado. Aún con el nuevo nacimiento ella es débil ante el pecado y ante la tentación. Pero también hemos probado que si no hay una intervención directa de la voluntad del Padre, nadie sería salvo. El Espíritu es el que da vida, y es el que produce en nosotros el nuevo nacimiento, pero después también sigue operando el querer como el hacer, por la buena voluntad de Dios. Al mismo tiempo, Jesucristo reiteró que por nosotros mismos nada podemos hacer, enfatizó el siguiente argumento: Nadie puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final (Juan 6:44). En otras palabras, expresó que solamente la voluntad (el querer) de Dios es suficiente para salvar, sin embargo, no quiso Dios salvar a todos sino a muchos: Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

Claro, estos muchos son pocos en comparación con la masa que se pierde. Jesús así lo expresó: muchos son los llamados y pocos los escogidos. Y es que todo se sujeta por fuerza y mandato a la voluntad de Dios, sin la cual no hay salvación. Jesucristo lo enfatizó muchas veces, doctrina que recogió de manera muy clara el apóstol Juan. Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al que a mí viene, jamás lo echaré fuera. Porque yo he descendido del cielo, no para hacer la voluntad mía, sino la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de todo lo que me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que mira al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el día final. (Juan 6:37 - 40 y 44).

Conocemos la absoluta voluntad divina gobernando los corazones de los hombres para que hagan según sus planes y propósitos eternos, si bien la humanidad también manifiesta una voluntad relativa, de aceptación sin resistencia. Por un lado, en los que se pierden Dios pone el deseo de hacer aquello que les hace perderse más. En Apocalipsis 13 leemos acerca de que Dios permitió que la bestia hiciera guerra contra los santos hasta vencerlos (en la tierra, en el cuerpo). Pero ¿quiénes adoraron a la bestia? Solamente los moradores de la tierra (los que moran quiere decir los que tienen su ciudadanía y residencia en la tierra, los que no son extranjeros ni peregrinos en este mundo, los que no tienen su ciudadanía en el reino de los cielos). Solamente aquellos cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo. En Apocalipsis 17 se nos expone acerca de la bestia, y se vuelve a hablar de los moradores de la tierra, cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida (verso 8); porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (verso 17).

Por otro lado, la voluntad en el creyente es guiada por la voluntad del Espíritu, pues produce en nosotros el querer como el hacer. No obstante, esta voluntad batalla con la vieja naturaleza, como ya explicara Pablo, quien con su mente servía a la ley de Dios, pero con su carne, a la ley del pecado. Nuestro deber como cristianos es la de ser luz del mundo y sal de la tierra. En la medida en que actuemos cónsonos con ese sentir, el reino de los cielos se dará a conocer en nosotros y por nosotros, para alabanza del que nos escogió por siempre. Sabemos que nadie puede resistir la voluntad de Dios, quien siempre ha hecho como ha querido y que no hay quien le detenga su mano y le diga ¿qué haces? Un Dios tan absoluto es digno de temer, pero a nosotros se nos ha dado tal amor que hemos sido llamados hijos de Dios. Vivamos el reino de los cielos desde ahora, pues no es otra cosa que justicia, gozo y paz en el Espíritu Santo.

César Paredes

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Publicado por elegidos @ 12:08
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