Jueves, 22 de noviembre de 2012

Cuando leemos la primera carta de Juan comprendemos dos cosas muy importantes en la vida de los creyentes: 1) el amor del Padre; 2) el desprecio del mundo. Este choque es una manifestación de la tensión entre estas dos fuerzas, el amor y el odio, el Padre y el mundo. Un mundo llamado Cosmos, que en principio sería orden, belleza, de cuya palabra deriva cosmética. Cuando Dios creó al mundo, lo hizo en forma ordenada y con armonía, por lo tanto le resultó algo bello, hermoso, cosmético. Todavía la creación muestra su belleza en múltiples formas. Sin embargo, en el reino del espíritu, por la negación de esa estética original del hombre en el huerto, podemos ver el concepto de lo inmundo.

El mundo no nos conoce, fueron palabras de Juan, como una consecuencia del amor del Padre en nosotros. El tipo de amor, su nivel o grado, muestra la ternura esencial para que nos sintamos satisfechos. No hay más grande amor que ese, que seamos llamados hijos de Dios.   El concepto mundo se cargó de un significado que en un principio no tenía, de tal forma que la proposición estar en el mundo en lugar de referir a la idea de estar en el orden, en el cosmos, viene ahora a referir estar en lo ruin, en el caos moral. La inmunditia latina no era otra cosa que la falta de limpieza, de orden y de estética. La idea bíblica de buscar las cosas de arriba, las celestiales, de tener nuestra ciudadanía no en la tierra sino en el cielo, va a dar ese impulso para transformar la significación de este término. El hecho mismo de que Satanás sea llamado el príncipe de este mundo, opuesto al reino de los cielos, ayuda a configurar toda la carga negativa que contiene el vocablo mundo.

Pablo ha declarado que nosotros andábamos en desobediencia, lo mismo que los demás, por lo cual éramos por naturaleza hijos de la ira. Pero hemos recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! (Romanos 8: 15). La gran prueba de ello es que el Espíritu testifica ante nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Pero el mundo no nos conoce, como tampoco conoció a Jesús, pues si le hubieran conocido no lo habrían crucificado. Se evidencia que el espíritu de impiedad gobierna en los hijos de desobediencia, y les testifica al espíritu de ellos que no son hijos de Dios.  Por lo tanto, ambos grupos saben a ciencia cierta a quién pertenecen, pero solamente los hijos de Dios han experimentado el cambio de conciencia de pertenencia. Si antes era hijo de la ira, ahora exclama con Juan acerca del amor recibido por el Padre.

¿Qué significa que el mundo no nos conozca? Quiere decir que no entiende nuestros principios, ni las razones de nuestra conducta. No puede comprender cómo un tesoro tan grande es guardado en un vaso de barro tan frágil: somos atribulados en todo, mas no angustiados; estamos en apuros, mas no desesperados; nos someten a persecución, pero no quedamos desamparados; podemos ser derribados, pero no destruidos.(2 Corintios 4: 7-9). El desconocimiento del mundo sobre nosotros pasa por calificarnos como fanáticos, obtusos, unos locos entusiastas que preferimos abandonar los placeres cotidianos para aferrarnos a una esperanza que a ellos les es incierta. Nosotros practicamos en alguna medida un tipo de austeridad, para introducirnos en el carácter de lo que consideramos cristiano. Más allá de los ejemplos deshonrosos de personas que militan en las filas del cristianismo, cuyo testimonio afecta la imagen del grupo, la vida cristiana implica una actividad de renuncia a la aparente facilidad mundana, para recibir a cambio el rechazo de los que no pueden conocernos.

Juan señala el hecho de que el mundo tampoco conoció a Jesús. Lo tomaron por un impostor, un loco, un entusiasta, un pacifista que no quiso levantar su mano contra el imperio romano para causar una revuelta social y liberar al pueblo de Israel del yugo político a que estaba sometido. Desde luego, si el mundo no comprendió el carácter ni la misión de Jesús, tampoco comprenderá el propósito de sus seguidores. Nosotros hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Corintios 2: 8-9). Este es el resumen por el cual el mundo nos desconoce y nos toma por locos e incluso nos desprecia.

Pablo aclara que nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, por lo cual sabemos lo que nos ha sido concedido. De manera que el mundo tiene un espíritu también, pero es distinto al Espíritu de Dios dado a los creyentes. Por supuesto que el mundo tiene conocimiento de nosotros, así como tuvo conocimiento de la venida de Jesús a la tierra, pero no lo aprueba ni lo aprobó, por eso se dice que ni conoció a Jesús ni nos conoce a nosotros. De nuevo el verbo conocer en la Biblia supone el tener una comunión especial con el objeto conocido. Más allá de la percepción intelectual, existe la comunión personal.  Esa diferencia hace que el mundo no nos pueda conocer, más bien se queda perplejo y nos denomina de muchas maneras. Nos catalogan en los rangos más bajos del intelecto, nos llaman dogmáticos e irracionales, pero no olvidemos que a Jesucristo lo llamaron Beelzebú, es decir, el señor de las moscas. 

Lo profundo, lo largo, lo ancho, lo alto de ese amor de Dios no se puede describir. Solamente pudo decir Juan mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios (1 Juan 3:1). Nosotros ni habíamos clamado por ese amor ni lo merecíamos, como para que se nos diera ese calificativo de ser hijos de Dios. El amor del Padre de Jesucristo es ahora transferido a nosotros como hijos escondidos en Cristo. Hemos sido adoptados en Su familia, y se nos ha regenerado por su gracia, por lo cual se nos ha dado un nuevo nombre: hijos de Dios. Ya lo había anunciado Isaías: Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz (Isaías 9: 6);  Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: !Abba, Padre! (Gálatas 4:6). De esta forma no hemos de temer nada en este mundo, pues si bien el mundo nos aborrece, el Padre nos ama.

La ganancia final está de nuestro lado, pues Jesucristo lo afirmó en su oración intercesora:  Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste (Juan 17:25). Así que existe un equilibrio entre el conocer y el aborrecer, que se da en dos tipos de espíritus. El espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia aborrece a los creyentes; por otro lado, el espíritu nuestro recibe el testimonio del Espíritu de que somos hijos de Dios. El mundo no conoció a Dios, ni al Hijo, por lo tanto tampoco nos conoce. Pero nosotros conocemos a Dios y al Hijo y hemos sido separados del mundo. Le hemos perdido la amistad al mundo, ya no somos más sus amigos porque eso nos constituiría en enemigos de Dios.

Están en pugna dos ciudadanías, dos gobiernos, dos habitáculos. La tensión generada nos afecta positiva y negativamente. No obstante, el sufrimiento de ahora no es nada comparado con la gloria que en nosotros ha de ser manifiesta. La pugnacidad entre la luz y las tinieblas no es un problema de dualidad, como si estuviésemos entre dos fuerzas que batallan por prevalecer; es más bien una tensión didáctica que se produce en nosotros, para saber de qué hemos sido librados y manifestar la fe y la esperanza de nuestra completa redención. También nosotros mismos, los que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8:23).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:06
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios