Domingo, 18 de noviembre de 2012

Las decisiones que los hombres toman a diario pueden llamarse actos predichos desde el cielo. Un Dios que se dice soberano no puede darse el lujo de fallar ninguna profecía, por lo tanto tiene que estar en control de todo cuanto existe. Uno puede preguntarse si ese control implica las cosas malas que acontecen en el planeta. Muchos dicen que no, pues un Dios que es absolutamente puro no puede ni siquiera pensar el mal. Pero dejemos que Él mismo hable por Sí solo, para dar respuesta a esta interrogante. Un profeta llamado Amós escribió un libro en el cual existe un texto muy esclarecedor, pero igualmente poco conocido. A pesar de estar en la Biblia, muchos de sus lectores lo ignoran. Es bueno recordarlo siempre: ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3: 6).

Con esta premisa partimos para entender el control soberano de Dios sobre todas las cosas, sea lo bueno o sea lo malo. Por supuesto, sabemos que Dios no tienta a nadie ni puede ser tentado. Pero sabemos también que Él hace la luz y crea las tinieblas, e incluso ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Sin embargo, a pesar de toda esta actividad soberana de Dios, el hombre también es responsable. La responsabilidad humana respecto a sus actos es parte del decreto soberano divino. Por eso el apóstol Pablo, al acercarse al tema de la soberanía de Dios y la responsabilidad humana, no tiene más nada que decir, sino: !Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

A pesar de los planes de Dios, el hombre parece sentirse libre en sus acciones. Tenemos el ejemplo de Judas Iscariote, el hijo de perdición que tenía que entregar a Jesús. Sabemos por las palabras de los profetas que el que de su pan comía le habría de traicionar: Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar (Salmo 41:9), lo cual fue corroborado antes de que sucediera por Jesucristo:  Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce (Juan 6: 70-71). Este mismo Judas nunca se quejó de estar predestinado para cometer tan horrenda traición, sino que más bien actuó orgánicamente buscando algunos frutos que suponía válidos dentro de su ideología política y su capacidad espiritual. A lo mejor pensó que si Jesús era entregado surgiría una revuelta popular contra el régimen de Herodes al servicio de Roma. A lo mejor pensó en gastarse el dinero recibido a cambio de la traición con su célebre beso. Lo importante es que la Escritura se cumplió al detalle, y también importa que lo que Judas hizo fue pecado. De igual forma, muchos otros ejemplos pueden ser mostrados en relación a la crucifixión de Jesús: el que lo escupieran, la corona de espinas en su cabeza, rifarse sus vestiduras, mirar al que traspasaron, morir en un madero en medio de malhechores, recibir azotes y burlas, y un gran etcétera. Todos estos actos pecaminosos fueron preordinados por Dios mismo, y anunciados por sus profetas.

El que Dios ordene los actos pecaminosos no implica que Él peca. Él no puede cometer pecado porque pecar es rebelarse contra Dios y sus mandamientos. Dios no tiene mandamientos que seguir, a no ser su propia voluntad. Pero no tiene un ser superior que le ordene, ni nadie que le aconseje y le diga ¡Epa! ¿qué haces? Un Dios de esta magnitud conviene temer y respetar. Recordemos lo dicho por otro de sus profetas:  ¿Qué dirás cuando él ponga como cabeza sobre ti a aquellos a quienes tú enseñaste a ser tus amigos? ¿No te darán dolores como de mujer que está de parto?  Si dijeres en tu corazón: ¿Por qué me ha sobrevenido esto? Por la enormidad de tu maldad fueron descubiertas tus faldas, fueron desnudados tus calcañares. Tal vez estos versos sugieran que la causa y la consecuencia radica plenamente en nosotros, pero el texto que sigue complementa el panorama:  ¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jeremías 13: 21-23).

Esto de la piel del etíope y de las manchas del leopardo nos recuerda lo que dijo Jesucristo respecto del árbol bueno que no puede dar frutos malos y del árbol malo que no puede dar frutos buenos. Asimismo, viene a nuestra memoria su enseñanza acerca de las ovejas que oyen su voz y le siguen, las cuales no se van tras el extraño porque no conocen su voz. De igual forma, el mismo Jesús también les dijo a un grupo de sus oidores y seguidores que no podían creer porque no eran de sus ovejas. La cabra no puede convertirse en oveja, así como la oveja nunca se transformará en cabra. Pero Dios a quien ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo. Eso lo dijo también respecto a Israel:  A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades (Amós 3:2).

El profeta Isaías fue otro de los escritores bíblicos que cantó a la soberanía de Dios. Esos escritores no tuvieron miedo de anunciar un Dios que era el que había predestinado todo cuanto acontece en el universo. De igual valía son cada uno de los escritores de la Biblia, que dijeron las cosas como les fue ordenado decirlas. Entonces, ¿por qué callarlas ahora?  ...yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:6-7). Y esa luz que ha formado es la que ha venido al mundo, pero los hombres aman más las tinieblas.  Dios también ha ordenado que se produzca la salvación y la justicia, que se liberen a sus cautivos, no por precio ni por dones (Isaías 45: 13).

Por eso el apóstol Juan dijo que en el principio de todo era el Verbo, y que el Verbo era con Dios, y que Dios era el Verbo. Por él fueron creadas todas las cosas. Sin embargo, también le tocó a Isaías declarar que muchos pleitean con su Hacedor, lo cual no es provechoso para el hombre. Así dice Jehová, el Santo de Israel, y su Formador: Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos (Isaías 45: 11). Pablo presenta a un objetor en Romanos 9, el cual pregunta por qué Dios inculpa, ya que nadie puede resistir su voluntad. Sabemos la historia narrada acerca de Jacob y Esaú, a uno amó Dios y a otro aborreció (odió). Pero lo que más disgusta a muchos expositores bíblicos, los cuales parecen alineados con el objetor de Romanos 9, es el hecho de que el Espíritu dice a través del apóstol que sin haber hecho bien o mal fueron escogidos para sus respectivos destinos. En otros términos, el castigo no es un asunto judicial sino un cargo a la soberanía de Dios. Semejante Dios es de temer, y de nada vale tomarlo a la ligera. De nada sirve abaratar el evangelio para ensanchar el camino y derribar las puertas, de manera que quepa más gente de la que ha sido escogida para salvación.

La misma Escritura lo dice en todos sus libros. Aún en el Apocalipsis, que se presume habla de cosas que habrán de acontecer, se declara en los capítulos 13 y 17, que Dios puso en los moradores de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia. Pero aclara que aquellos que lo hagan, que se inclinen ante su imagen y lleven su marca, son los mismos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. De manera que aunque nos parezca extraño que un Dios condene ciertos actos humanos y al mismo tiempo los ordene, la respuesta del Espíritu dada en Romanos 9 y en el espíritu de toda la profecía bíblica es que ¿quiénes somos nosotros para discutir con Dios? No somos más que barro en las manos del Alfarero.  Por cierto, el barro es moldeado fácilmente por las manos del Hacedor, que además ha  creado su propia arcilla. De la misma masa hizo unos vasos para honra y otros para deshonra.  Por eso dice el último libro de la Biblia, El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía (Apocalipsis 22:11).

Más claro no ha podido hablar Dios. El no tiene miedo de que lo señalen como el mundo siempre lo ha señalado, no teme a ser decretado culpable. Simplemente proclamó su verdad desde los siglos y ella permanece. Esta verdad halla cabida en sus ovejas, pero resulta en escozor en los que no han nacido todavía. Tal vez, dentro de esto últimos, algunos oirán su voz y les nacerá la fe, pero otros se mantendrán reacios a la palabra revelada. Así ha sido la historia humana en relación con Dios, pero no olvidemos que Él es el hacedor de la historia y así lo ha dispuesto conforme a su voluntad. Un Dios semejante, conviene temer.

Finalmente, recordemos el canto de Ana, cuando entró al templo para dar gracias por el niño recibido y de esa manera presentar a Samuel ante Dios. Jehová mata, y él da vida; El hace descender al Seol, y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece; abate, y enaltece. El levanta del polvo al pobre, y del muladar exalta al menesteroso, para hacerle sentarse con príncipes y heredar un sitio de honor. Porque de Jehová son las columnas de la tierra,
y él afirmó sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos,
Mas los impíos perecen en tinieblas; porque nadie será fuerte por su propia fuerza
(1 Samuel 2:6-9).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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