Martes, 13 de noviembre de 2012

Cuando leemos el libro de Job surgen inquietudes que uno no se hubiese imaginado, a no ser porque el relato ya es ampliamente conocido en la faz de la tierra. Hay gente que llega a exclamar ¡he sufrido más que el justo Job! Por supuesto, este decir es alegórico, porque francamente en esta vida no hay otro que haya sufrido tanto como el personaje bíblico mencionado. La trama de la historia es tan importante como el mensaje del relato, pues por su comprensión distinguimos una perspectiva magnífica de la soberanía de Dios. Más allá de que se quiera entender como una mecánica soberana, la predestinación implica la sorpresa de lo desconocido por parte del predestinado.

Job desconoce en su historia que lo que le acontece es parte de un programa narrativo de uso que su Dios le ha preparado. Jehová es el escritor e inventor de este personaje, de manera que tiene que padecer ignorando la razón de todo lo que le acontece. Sus amigos suponen que hay algo raro en su vida por lo cual merece lo que le sucede. Su esposa es testigo casi mudo del caos súbito acontecido. Casi muda, porque lo único que dijo en todo el relato fue una frase que la ha condenado como el organum satani (la encarnación de Satanás), en palabras de Calvino. Ella dijo: Maldice a Dios y muérete.

Sin embargo, este personaje secundario tiene también sufrimientos primarios. Los hijos que se mueren son mutuos, la herencia que se desploma es de ambos, el matrimonio convertido en tragedia no es únicamente de su marido. Pero a ella se le recuerda por esa frase terrible. En su defensa, los expertos en lengua hebrea argumentan que la palabra barak, usada para maldice, se puede traducir también como bendice. Muy posiblemente quiso decir: Bendice a Dios y muérete. Al menos así lo traduce la versión Reina Valera Antigua (1909):  barech Elohim vamuth es Bendice á Dios, y muérete (Job 2:9).

A pesar de esta posición, hay quienes examinan el contexto y descubren que por la respuesta de Job ante la frase de su mujer, en realidad lo que dijo fue Maldice a Dios y muérete. La respuesta de Job parece referirse a la idea de la insensatez de maldecir a Dios: Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. También recibimos el bien de Dios, ¿y el mal no recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios. La fatuidad de la mujer estuvo en el hecho de sugerir hablar mal (maldecir) de Dios y echarse a morir de una vez. Su desesperación resulta obvia, porque descubrió que su dolor de madre, que pierde a todos sus hijos, aunado a su hecatombe económica al ver extinguidos los bienes de su marido, podía ser consecuencia del posible pecado de Job. Al único que le había caído la plaga en el cuerpo era a su marido, no a ella. En eso eran distintos: ella sufría lo relacionado a la comunidad conyugal -los hijos y los bienes-, pero él padecía en su propio cuerpo un maltrato que lo había convertido en un esperpento humano.

En el cielo Dios y Satanás se encontraron y hablaron de Job. Dios se lo presentó en bandeja de plata, bajo la única condición de no tocar su vida. Lo demás podía disponerse: los hijos, los criados y los bienes. El reto de Satanás fue que Job era fiel porque estaba colmado de bendiciones. ¿Teme Job a Dios de balde?, fueron las palabras del acusador de los hermanos. Sin perder un minuto, Satanás salió de la presencia de Jehová y ejecutó los planes que no tuvo ni que pensar, pues de suyo propio fluía el mal. En la tierra, Job fue colmado de malas noticias acerca de los desastres económicos y pérdidas familiares. La frase célebre de Job fue la siguiente: Jehová dio, y Jehová quitó: sea el nombre de Jehová bendito (Job 1:21).

Como esto no bastó, Satanás se devolvió al cielo y tuvo otra plática con Dios. En esta ocasión él mismo sugirió tocar su cuerpo, lo cual es aceptado bajo la repetida encomienda de respetar su vida. Acto seguido, Job es invadido con una terrible sarna por todo su cuerpo. Fue en ese momento que su mujer le dijo que maldijera a Dios y que se muriera, tal vez entendiendo que el del problema era él, pues a ella no le había sucedido nada en su cuerpo. Como dice el refrán, del árbol caído todos hacen leña; Job estaba destruido en múltiples formas, pero el mal en su cuerpo lo acusaba solo a él. Por eso su mujer no tuvo mejor salida que alejarse de la situación con esa frase tan perversa como el diablo mismo. Maldecir a Dios era lo que se proponía Satanás, y con la esposa del afligido podía alcanzar su propósito. ¿Quién mejor para persuadirlo a tomar la decisión equivocada que el soporte emocional del enfermo en la tragedia? En los momentos de desespero es fácil encontrar una voz que lo induzca a uno a cometer error tras error.   

Pero la respuesta de Job fue una oportuna reprensión al discurso infeliz de su mujer. Mas no bastó eso, pues llegaron algunos de sus amigos. Después de haber pasado siete días en silencio sin tener que decirse, Job irrumpió en una maldición para con el día en que nació. Tal vez Satanás, que no todo lo conoce, creyó que estaba cerca de alcanzar su objetivo, que Job maldijera a Dios. Pero no, apenas maldijo el día en que nació y deseó haber sido un abortivo. Cuando el primero de sus amigos dio un prolijo discurso, sentenció a Job como un hombre digno del castigo de su Hacedor: He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga: Por tanto no menosprecies la corrección del Todopoderoso (Job 5:17).

Job respondió con un extenso discurso y clamó a Dios por su liberación, deseando morir lo antes posible: Acuérdate que mi vida es viento, Y que mis ojos no volverán a ver el bien ... ¿Y por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad? Porque ahora dormiré en el polvo, y si me buscares de mañana, ya no seré (Job 7: 7 y 21).  Cuando el segundo amigo intervino, este se tornó más enfático contra la supuesta justicia de Job. El tema que resume su discurso está en esta sentencia: ¿Acaso pervertirá Dios el derecho, o el Todopoderoso pervertirá la justicia?  (Job 8:3). 

El justo Job tomó su turno para dar respuesta a su amigo, pero es llevado por un impulso de reclamo a Dios. No entendía lo que le sucedía, por eso dijo: Diré a Dios: No me condenes;
Hazme entender por qué contiendes conmigo. ¿Te parece bien que oprimas, que deseches la obra de tus manos, y que favorezcas los designios de los impíos? ¿Tienes tú acaso ojos de carne?
¿Ves tú como ve el hombre? (Job 10:2-4). El tercer amigo intervino y arremetió contra Job, diciéndole: Mas !oh, quién diera que Dios hablara, y abriera sus labios contigo, y te declarara los secretos de la sabiduría, que son de doble valor que las riquezas! Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece (Job 11:5-6).

Job retomó la palabra para argumentar a favor de Dios. La cúspide de su drama llegó con su famosa frase: He aquí, aunque él me matare, en él esperaré; no obstante, defenderé delante de él mis caminos (Job 13:15). Disertó sobre la brevedad de la vida y acerca de que nadie puede hacer limpio lo inmundo.  Sus amigos tomaron turno, y a cada uno de ellos respondió Job. Como ya no resistía más, clamó por misericordia a sus consejeros, que vinieron a recriminarle sus pecados, en vez de fortificarle su alma: !Oh, vosotros mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí! Porque la mano de Dios me ha tocado (Job 19:21). Y en ese mismo discurso, se encuentra la confesión que es sin lugar a dudas una revelación espectacular que obtuvo, la cual demuestra su gran conocimiento de la realidad salvífica de Jesucristo y de su destino como redimido: Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios (Job 19: 25-26).

El relato o poema continúa con la percepción que tiene Job acerca de la prosperidad de los impíos, de quienes dijo que sus toros no fallaban, ni sus vacas malograban sus crías. Por eso, el hombre malo exclama: ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos? ¿Y de qué nos aprovechará que oremos a él? (Job 21:15). Sin embargo, de repente parece reconocer que eso es una verdad a medias, pues Dios también les apaga su lámpara a los impíos (verso 17), y también les reparte dolores. Job también reconoció la más absoluta soberanía de Dios, pues dijo: Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13). En realidad, apenas hemos oído el susurro del poder de Dios, pero nadie ha podido comprender el trueno de su poder.

El último de los visitantes en tomar la palabra fue Eliú, quien por ser el menor de todos ellos había tenido respeto a la intervención de los otros, en guarda de su turno. Aprovechó la ocasión para recriminar justamente a Job por creerse justo, por suponer que no había razón alguna en Dios para enviarle su aflicción. Después de sus palabras, Jehová intervino con sus discursos y desafió a Job directamente. Ahora ciñe como varón tus lomos; Yo te preguntaré, y tú me contestarás. ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:3-4).

Ese es el principio soberano con el cual se debe confrontar toda criatura racional de Dios. ¿Acaso no somos polvo, y en polvo nos convertiremos? Todo nuestro razonar acerca de la sabiduría divina, acerca de los objetivos humanos, del humanismo separado de Dios, del hombre como medida de todas las cosas, se vuelve añicos ante esta pregunta del Omnipotente. ¿Dónde estábamos nosotros, cuando el mundo fue creado? ¿Acaso no somos obra de sus manos, hechos de la misma masa? A unos hizo como quiso, y a otros también. Unos fueron hechos por Él vasos de honra, pero otros también fueron hechos por Él vasos de ira (Romanos 9). Jehová está involucrado con toda su creación, con los cuervos, con la falta de inteligencia del pavo real, con el behemot así como con el leviatán. ¿Diste tú al caballo la fuerza?
¿Vestiste tú su cuello de crines ondulantes? ¿Le intimidarás tú como a langosta?
El resoplido de su nariz es formidable
(Job 39:19-20).

Job debe responder derrotado ante la magnificencia de Jehová, por lo cual son célebres estas palabras: De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza (Job 42:5-6). No puede haber otra salida posible ante la presencia de Dios, pues ¿quién podrá estar de pie y resistirle? Ese es el mensaje del libro o del poema de Job, la más estricta soberanía de Dios y la más minúscula posición del hombre frente a la voluntad de Dios.

Hay quienes encuentran en este tipo de literatura poética la interpretación acerca de Israel frente al silencio e inactividad aparentes de Dios. Pero más allá de esas elucubraciones o posibilidades, la clave del relato de Job radica en los discursos divinos, así como en la revelación hecha por el personaje central del libro acerca de que su Redentor vive. Job reconoció al Hijo de Dios, sabía acerca de la resurrección de los muertos. Pero como dato final, sucumbió ante las continuas preguntas retóricas de su Hacedor. Antes de escuchar a Dios podía refutar las palabras de sus amigos visitantes, pero después se quedó perplejo. Es de interés formal el observar a Eliú, quien parecería ser el anticipo discursivo o la preparación discursiva para el turno de Dios en el debate.

El relato que se dio en principio en el cielo, tocó con sus consecuencias la esfera terrenal. Pero una vez vencido Satanás, al no lograr su objetivo -que Job maldijera a Dios-, Jehová mismo descendió desde el cielo y tomó la palabra frente a Job y sus amigos. Por cierto, no respondió ninguna de sus interrogantes anteriores, antes bien se dispuso a interrogarlo. El Dios que pregunta transforma a Job al punto de arrepentimiento; en esta oportunidad, este siervo que ofrecía holocaustos por sus hijos se dio cuenta de lo impropio de su actitud frente a los acontecimientos en el mundo, en especial en su vida. El arrepentirse en polvo y ceniza es una expresión resaltante de su estado de consciencia. Además, Dios también arremetió contra esos amigos que hablaron mal de Job. Tal parece que el único con derecho a una opinión acertada de los hechos es Dios mismo; por un lado, Job estaba equivocado con su apreciación acerca de que Dios guardaba silencio frente a los impíos; desde otro ángulo, los amigos de Job también erraron diciendo que lo que le acontecía a este personaje era un justo castigo de Dios. En realidad, la soberanía de Dios confunde a veces, pues desde nuestra perspectiva limitada de los eventos no opinamos adecuadamente. Pero Dios todo lo había planificado en la vida de Job, aún su entrega a Satanás para unos momentos de prueba dificultosa.  Por dicha razón Él no sufrió preocupación alguna, ya que sabía el final desde el principio.

Este libro presenta una estructura interesante: un prólogo acerca de la calamidad sucedida en Job; un soliloquio del personaje central. Después tenemos los diálogos con sus amigos, los cuales están repartidos en tres ciclos. Vienen los monólogos, seguidos de una meditación acerca de cómo alcanzar la sabiduría. Ya casi al final, Job llega a ciertas conclusiones y a un juramento. Apareció Eliú, un personaje que no había sido puesto en escena hasta el momento, quien reprendió a Job y lo acusó de creerse demasiado justo. Hubo un diálogo con Dios, aunque más bien parecía un reto inalcanzable para el hombre sometido a prueba, si bien se atrevió a responder que él era vil y que prefería poner su mano sobre su boca para no continuar con sus habladurías. Dios prosiguió con su intervención cargada de preguntas retóricas: ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). Job respondió a Dios tomando prestado su mismo estilo, pero con otro tono retórico. Esta vez le dijo: Oye, te ruego, y hablaré;
Te preguntaré, y tú me enseñarás
(Job 42: 4). Si Dios le había dicho antes que le iba a interrogar para que le respondiera, ahora con humildad Job derrotado dijo que era mejor que él le preguntase, pero no ya para que le respondiese sino para que le enseñase. Esta es la única manera de interrogar al Creador, no se trata de demandar respuestas sino de pedir enseñanza.

Una vez que es conminado por Dios a pedir por sus amigos, llega el final feliz para Job, quien es restaurado a un estatus mejor que el anterior, con nuevos hijos, nuevas propiedades y un mejor conocimiento acerca de su Redentor. Dice la Escritura que murió viejo y lleno de días. Job entre dos aguas es una imagen de lo que suele sucedernos a veces, aunque tal vez no con la misma intensidad. Aprendamos de su disposición final, la de adquirir la enseñanza de Dios y no pretender que Él responda a nuestros interrogatorios judiciales. Sólo desde el plano de la humildad tendremos la esperanza de ser oídos.

César Paredes

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destino.blogcindario.com

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:16
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Comentarios
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Martes, 13 de noviembre de 2012 | 14:00

Es un buen comentario sobre el libro de Job estimado César, gloria a Dios por ello claro. 

Slds