S?bado, 10 de noviembre de 2012

Cuando la reina Jezabel se enteró de lo que el profeta de Jehová, Elías Tisbita, había hecho con los profetas de Baal, se enardeció. Su furor la llevó a proferir palabras, muchas de ellas parecen ser habituales en la literatura bíblica. Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos (1 Reyes 19:2). ¿Cuáles dioses? Los mismos que no pudieron librar a sus propios profetas de la mano de Elías, ni pudieron enviar fuego del cielo para consumir el holocausto ofrecido. Pero la ira de la reina se bastaba a sí sola para dar cumplimiento al deseo de su alma, de manera que el llamado a sus dioses se mantuvo por capricho, bajo una conciencia obnubilada incapaz de seguir los pasos que la razón pudiera dictar a su mente.

Otro ejemplo de palabras similares lo encontramos en la boca del rey de Siria, Ben Adad, quien le anunció al rey Acab, de Samaria, de forma parecida: Así me hagan los dioses y aun me añadan, si el polvo de Samaria bastará para llenar las manos de todo el pueblo que me sigue. (1 Reyes 20:10). Este era un juramento típico de entonces, pues incluso Rut, le dijo a Noemí su suegra que no la abandonaría en ese trance por el que ella atravesaba: Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos (Rut 1:17). Así también lo hizo Salomón (1 Reyes 2:23). Hasta Jehová juró por sí mismo: Juró Jehová por su mano derecha, y por su poderoso brazo: Que jamás daré tu trigo por comida a tus enemigos, ni beberán los extraños el vino que es fruto de tu trabajo (Isaías 62:8).

A nosotros se nos exige que no juremos ni por el cielo, ni por la tierra, sino que nuestro decir sea sí o no, pues no sabemos que dará de sí el día. Nuestro caso es Jezabel, la necia reina compañera del rey Acab. La influencia de la princesa fenicia, como también se le llama, fue muy grande, una de las razones por las cuales Jehová había advertido a su pueblo de no tomar mujeres ajenas a la nación que conocía su pacto. Lo mismo se ordenó para la era de la iglesia: no os unáis en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? El texto añade: ¿o qué comunión Cristo con Belial? Es en este contexto en que el mandato cobra fuerza, pues deja de lado toda opinión retórica acerca de la luz y las tinieblas, ya que coloca a los dos representantes de esos espacios. El unirse en yugo desigual con el incrédulo implica pretender unir a Jesucristo con el demonio. Eso exactamente le sucedió al rey Acab, lo mismo que también le aconteció al rey Salomón, quien pasó parte de su vida en medio de mujeres paganas, a cuyos dioses les construyó templos por doquier, ofreciéndoles sacrificios.

Elías estaba al tanto del problema que el pueblo de Israel tenía por la malévola influencia de una princesa fenicia con carácter de reina, así como de la debilidad del rey Acab frente a su esposa. El rey se encapricharía con la finca de Nabot y se consumiría en quebranto, pero Jezabel le recordaría que él era el rey y que bien podría tener dicha heredad con la facilidad ofrecida por su poder. Lo mismo hacen muchos gobernantes hoy en día sobre la tierra. Obtienen prebendas como producto del ejercicio del poder político alcanzado, y lo hacen en forma natural, como si ese fuese el objetivo al alcanzar el cargo por el cual han batallado. Jezabel sabía hacer muy bien su trabajo sucio, pues su relación con los demonios era cotidiana. Albergaba en su casa (o palacio real) a los profetas de Baal y de Asera, los cuales comían en su mesa, pero ellos no eran otra cosa que sacerdotes de los demonios, como lo explica en Nuevo Testamento. Si bien un ídolo no es nada, el que sacrifica a los ídolos a los demonios sacrifica. De manera que los demonios están detrás de ellos, son representados por ellos (1 Corintios 10:20), y estos no tienen comunión con Jesucristo. ¿Puede alguna persona que tenga el Espíritu de Cristo vivir en paz, si se ha unido en yugo desigual con quien tenga al demonio o a Belial como su guía y supuesto protector? ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? (Amós 3: 7).

Por estar consciente de semejante situación, Elías se había enfrentado al rey Acab. El profeta pidió a Dios que no lloviera por cierto tiempo sobre Israel, de manera que se castigara el ejercicio idolátrico del pueblo y de su rey. Después de haber vivido cierto tiempo escondiéndose de Acab, cuando llegó el momento oportuno, Elías se enfrentó al rey y a los profetas de Baal. Aconteció la escena del monte Carmelo, la enorme prueba confirmatoria de que él habitaba en la presencia de Jehová. Descendió fuego del cielo para consumir el holocausto, pero los baales no pudieron escuchar nada, por lo cual no pudieron actuar ante el llamado de sus sacerdotes que los invocaban. Elías ironizaba frente a ellos, diciéndoles que gritaran más fuerte, pues tal vez estaban dormidos. Estos baales eran semejantes a los dioses de la literatura griega, que fueron hechos a imagen y semejanza de los hombres; semejantes a ellos son los que los hacen. Lo que no sabía el pueblo de Israel Elías sí que lo conocía: que los demonios estaban detrás de esas actividades paganas. ¿Cómo lo conocía Elías? Porque habitaba en la presencia de Jehová, y cualquiera que tenga su Espíritu también puede saberlo. Y los que no lo tienen se enterarán por las Escrituras de lo que afirmó el apóstol Pablo.

Sin embargo, la noticia de la amenaza de la reina sobre Elías, con el sello del juramento clásico: así me hagan los dioses, y aún me añadan, abatió al profeta. Acá descubrimos lo que anunció Santiago acerca de la personalidad de este hombre de fe: que era un ser humano sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. A pesar de haber orado para que no lloviera y luego para que cayera lluvia del cielo, a pesar de haber pedido que descendiera fuego y consumiera a los capitanes con sus cincuenta, y más tarde que consumiera el holocausto de Jehová, pese haber corrido como un atleta delante del carruaje del rey Acab cuando cayó agua como torrentes al terminar la larga sequía, pese a que recordaba cómo los cuervos le llevaban la carne día a día mientras estuvo en una cueva, de cómo bebía agua del arroyo, de cómo la viuda lo alimentaba con una harina y con un aceite que no se extinguían, y de haber resucitado al niño de aquella pobre mujer que le había brindado hospedaje, Elías tuvo miedo y se fue huyendo por causa de las palabras de Jezabel.

No hubo una acción concreta que lo amedrentara, sino el aviso de la reina. Bien podemos suponer que al anuncio siguen las acciones, pero seguros estamos que Elías pudo haber enfrentado tales acciones con más intervenciones del Dios a quien servía. Sin embargo, su naturaleza, su carne, se impusieron para vencerlo. En su mente retumbaban las palabras del emisario real: que la reina Jezabel había jurado matarlo. Su instinto de supervivencia lo hizo huir,  tal vez un poco derrotado. Recordemos que después de la matanza de los profetas de Baal, Elías habría supuesto que esa lección sería suficiente advertencia para que Jezabel y el rey Acab no se metieran con Jehová ni con su profeta. Supuso que el rey ejercería su influencia, agradecido por la lluvia que traía consigo más cosechas. Tal vez su lealtad mostrada al correr delante de su carro como si fuese un atleta a su servicio, habrían cambiando la actitud del rey. Pero Acab temblaba ante Jezabel, la princesa extranjera, por lo que el rey seguía el mandato de su mujer. La soledad de Acab también debió ser muy grande, pues tuvo que acudir al cariño de una forastera para sentirse un rey completo; sin mirar a las mujeres de Israel, anduvo en yugo desigual con otra. Se había convertido él a ella y no a la inversa, contrario a como Jehová hablaría tiempo después por boca de Jeremías: Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos (Jeremías 15:19).

Elías comprendió la borrasca en que Jezabel lo había metido. El podía ser dañado o maltratado hasta la muerte por la reina, pues conocía muy bien de la debilidad del rey Acab por su esposa. Esquivó el peligro de confrontar a la reina y escapó hacia Beerseba para dejar allí a su criado. Quizás no quiso que su ayudante fuese sacrificado junto a él por causa de las intenciones de Jezabel, con lo cual se exhibe otra cualidad importante en el profeta. Lo que no sabía el turbado Elías era que todo esto conformaba parte del plan de Dios. Una cosa lleva a la otra, dejando a su criado en Beerseba continuó su camino por el desierto donde tuvo que ser consolado por el ángel de Jehová con comida y agua. Al final de sus días se encontró con Eliseo, a quien tiró su manto, de acuerdo a lo que Jehová había planificado. Por eso, dentro de la más absoluta soberanía de Dios, el que Elías haya huido ante las amenazas de Jezabel conformaba parte del guión preparado para él. Poco importó que en su aciago momento de terror haya huido hacia el desierto, sin tener conciencia de que eso era lo que Jehová le estaba indicando. No sabemos todo lo que ocurría en su mente, pero podríamos elucubrar que después de semejante victoria en el recorrido de héroe de la fe un poco de vanagloria pudo  colarse en su espíritu. De allí que en pleno desierto exclamó que él no era mejor que sus padres, poco después de haber descubierto un Enebro, el arbusto frondoso que le brindó la sombra necesaria para intentar el descanso,  donde también exclamó a Jehová que le quitara la vida. Ya bastaba tanto sufrir en vano. 

Elías se vio a sí mismo como un hombre lleno de fe y del poder de Dios, pero no escapó de la naturaleza de Adán. A lo mejor supuso que era mejor que sus padres por haber sido escogido para semejante misión, con el poder que quizás no había visitado a ningún otro profeta anteriormente. Pero el reconocimiento de Elías, más que mostrarnos su pecado, nos habla de su humildad. El comprendió que no tenía diferencia con sus ancestros, por lo que al no sentirse superior reclama su sitio natural: la muerte como destino final, el retiro de los sinsabores de un mundo que no era digno de lo que hacía. Su cansancio y temor lo llevaron a quedarse profundamente dormido debajo de aquel Enebro. Al sueño profundo siguió un alimento ordenado por el ángel, una torta cocida sobre las ascuas y una vasija de agua. No era un gran banquete, pero sí lo necesario para recobrar fuerzas, aunque de nuevo volvió a dormirse. ¡Cuán agotado estaba el profeta por todo lo que había hecho!

El ángel de Jehová vino por segunda vez y lo volvió a tocar, pero esta vez le pidió levantarse, comer y caminar. Le quedaba mucho por hacer en su vida, tenía que finiquitar muchos asuntos que desconocía. Fortalecido caminó cuarenta días con sus noches, hasta el monte Horeb, el monte de Dios, donde también Moisés había subido. En una cueva, Jehová le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? Esto recuerda un estilo de preguntas usadas por el Todopoderoso en épocas anteriores. Con Adán, con Eva y con Caín. ¿Dónde estás tú?, le dijo a Adán. ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses?  A Eva le dijo: ¿Qué es lo que has hecho? A Caín le preguntó: ¿Dónde está Abel tu hermano? ¿Qué has hecho? Por supuesto que quien todo lo ve y todo lo conoce no tenía necesidad de preguntar para saber. Son preguntas retóricas que demuestran la manera en que Él trata con sus criaturas. Son las preguntas que a veces nos envía a nuestra conciencia cuando hacemos algo indebido. A Elías también le preguntó de la misma manera, no porque hubiese hecho algo erróneo sino porque quería demostrarle algo diferente.

Elías estaba por conocer otra faceta del Dios que lo cuidaba y que lo enviaba a misiones imposibles para el hombre común. El profeta exclamó que sentía un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos, porque los hijos de Israel habían dejado el pacto con Dios. Dejó ver que solamente él había quedado contra los Baales, que el pueblo se quedaría sin profeta ya que ahora lo buscaban para matarlo. Por su expresión bajo el Enebro: ¡Basta ya!, Elías anhelaba ser sustituido. Que otro tomase su lugar, para que no se quedaran sin profeta. Fue entonces cuando Jehová le dio la lección del enorme torbellino, del terrible terremoto y del fuego, donde Él no estaba. Vino después un silbo apacible y delicado que al oírlo Elías hubo de cubrir su rostro con su manto, hasta ponerse a la puerta de la cueva. De nuevo la pregunta: ¿Qué haces aquí, Elías? La respuesta fue la misma. Entonces Jehová le dio instrucciones para irse de allí hasta un sitio donde ungiría a Hazael como rey de Siria y a Jehú como rey sobre Israel. Dios también le buscó un sucesor, el profeta Eliseo, a quien Elías ungiría en su viaje. Pero Jehová también le indicó que no estaba solo, que se había reservado para Sí mismo a 7000 hombres que no doblaron su rodilla ante Baal.

Más adelante leemos que cuando hubo ocurrido lo de la viña de Nabot y el asesinato ordenado por Jezabel para satisfacer el capricho de Acab, Elías fue el profeta que anunció ambas muertes:  En el mismo lugar donde lamieron los perros la sangre de Nabot, los perros lamerán también tu sangre, tu misma sangre... De Jezabel también ha hablado Jehová, diciendo: Los perros comerán a Jezabel en el muro de Jezreel (1 Reyes 21:19 y 25). Elías bajo el Enebro nos enseña que los momentos difíciles llegan, cargados de depresión para los siervos de Dios, pues nuestra lucha no es contra sangre y carne sino contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Esos mismos espíritus o demonios son a los que la gente les rinde culto cuando se postran ante sus ídolos, cuando los besan, cuando los pasean, cuando los llevan en una estampa o cuando le dicen oraciones o ruegos. Si bien el ídolo es nada, los demonios sí que son algo muy serio. Contra ellos es nuestra lucha, contra los principados y potestades, pero la batalla se gana cuando estamos atentos acerca de quién es Jehová. Elías recobró fuerzas por la presencia del ángel, con la manifestación de Dios en su silbo apacible. No busquemos tanto el juicio de Dios sobre nuestros enemigos, porque eso es un hecho seguro como lo fue la sentencia sobre Jezabel y sobre Acab. Lo que Dios quiso enseñarle a Elías nos lo muestra hoy a nosotros, que en la quietud Él se recrea con sus hijos, para mostrarnos su benevolencia. Elías ya acabado, tenía muchas cosas por hacer, entre ellas profetizar acerca de sus crueles enemigos, pero también conseguir el sustituto adecuado, su gran amigo en el final de sus días, el profeta Eliseo.

En el Enebro Elías se echó a morir, pero halló gracia ante los ojos de Dios quien envió a su ángel para fortalecerlo. De allí fue enviado a la cueva del monte Horeb, donde Moisés había tenido su gran experiencia con Dios. En esa cueva, o santuario, Elías conoció mejor al Dios al cual servía, a través de las manifestaciones instructivas acerca de donde está Dios y donde no está. En los relatos del Nuevo Testamento se nos muestra la transformación de los Hijos del trueno en auténticos discípulos de amor. En especial Juan, conocido como el discípulo amado, en cuyas epístolas y evangelio la palabra amor es predominante. Sin embargo, este apóstol fue apodado por Jesús, desde su mismo llamamiento, como hijo del trueno, junto a Jacobo su hermano. El Dios que te llama como eres te trasforma como él quiere. Cuando una aldea samaritana rehusó recibir a Jesús, estos Hijos del trueno estuvieron dispuestos a hacer bajar fuego del cielo para aniquilar a sus habitantes. Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea (Lucas 9: 54-56). Este mismo Juan, ya en su vejez, escribió: Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios (1 Juan 3:1).

A Elías le tocó vivir muchas facetas en su vida para ir transformándose en la persona que Dios quiso. El Enebro nos enseña el sitio último al que debemos acudir, cuando ya no podemos más. Aún allí tendremos el cuidado del Padre. Pero la cueva del monte Horeb nos muestra el santuario ideal donde conoceremos mejor a quien servimos. Asaf descubrió ese Santuario, cuando escribió el Salmo 73: hasta que entrando en el Santuario de Dios comprendí el fin de ellos (de los arrogantes, de los que no tienen congoja por su muerte, de los que ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra, cuyos ojos se les saltan de gordura y logran con creces los antojos del corazón). Ese lugar es el sitio donde conoceremos a Dios como amor, cuyo silbo apacible es preferible al terremoto, al fuego y al recio viento. El Enebro es el primer refugio que se encuentra en el desierto de la vida, un arbusto en medio del sequedal para cobijarnos del feroz calor del ataque del fuego enemigo, pero que no ofrece muchas garantías de protección. El ángel ayudó a Elías mientras estuvo en ese terreno, pero después de recobradas las fuerzas lo envió a la caminata hacia donde Dios le dirigía: una montaña cuya altura es de 2.285 metros en la península del Sinaí. Se trataba del monte Sinaí o monte Horeb, el lugar donde Dios  entregó a Moisés los Diez Mandamientos.

Así como Abraham guardó silencio ante el mandato de Dios en relación a Isaac, Elías solamente habló con Jehová de su mal que le agobiaba. Estos son ejemplos de lo que se escribió para beneficio de nosotros, un modelo a imitar, como también nos lo legó Asaf. El enfrentamiento en este sitio elegido por Dios es entre Él y cada uno de nosotros, en forma individual. La gente a veces se confunde con la institución eclesiástica, en la pretensión de que ese es el Santuario. Pero la institución se ha convertido en un club más, en una imitación de los lugares del mundo, con su coreografía y ornamento similares a las exhibiciones de la cultura del momento. Muchos de los dirigentes de la institución se parecen a los fariseos del Sanedrín; normas religiosas y grupos de alabanza, en una enrarecida atmósfera a ritmo del son que más repite la costumbre de los ciudadanos. Pero la idea del Santuario sigue vigente en la Biblia, como el sitio preferido para llegar a conocer a Dios. El Enebro puede ser un paliativo, pero no la meta escogida para la comunión con el Altísimo. Ante las dificultades de comprensión acerca de lo que acontece en el mundo y la relación de cómo Dios actúa en él, a veces corremos desesperados hacia el Enebro, para echarnos a morir. Eso lleva mucho trabajo y es inseguro, no obstante, la Biblia nos muestra la solución: entrar en el Santuario de Dios.

César Paredes

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