Lunes, 05 de noviembre de 2012

Al leer el capítulo 11 de Hebreos, veo que se hace una apología a la fe. En especial, encontramos su definición, así como su propósito. Pero además, se hace una especial mención a ciertos personajes encontrados en las Escrituras, que fueron connotados por su gran fe en el Todopoderoso. Por ejemplo, Moisés no temió la ira del Faraón, porque se sostuvo como viendo al Invisible. Es decir, la fe capacita para hacer maravillas, las de la vida cotidiana, cuando nos enfrentamos a las cosas simples y complejas de nuestro diario vivir. Por la fe en Jesucristo, podemos soportar a nuestros empleadores en nuestros trabajos, podemos aguantar a los políticos que nos gobiernan, a los que se vuelven tiranos, podemos sufrir con cierta tranquilidad las inconveniencias propias de vivir en un mundo plagado de mentiras y maldad.

El autor de Hebreos -que no se sabe quién fue, si bien algunos dicen que pudo haber sido Pablo, o tal vez Apolo- en realidad lo que dejó fue un esquema de una homilía. Esto es, los eruditos argumentan que se trata de un sermón predicado en alguna iglesia, pues el libro no está escrito en forma de carta dirigida a ninguna persona o institución. Más allá de esta descripción, su énfasis se centra en el tema relacionado con el mundo hebreo, el mundo judaico. Es notoria la mención a los tópicos sobre los sacrificios de animales ofrecidos en el Antiguo Testamento, como la importancia del sacerdocio levita y su relación con el sacerdocio eterno de Jesucristo. Al parecer, el autor de esta prédica lo que quería hacer resaltar era el contraste entre lo vivido en el Antiguo Testamento, aquella sombra de lo que habría de venir, con el sacrificio de Jesucristo. En este sentido, el capítulo 11 hace énfasis en todos aquellos santos que esperaban la venida del Mesías, pero que no pudieron alcanzar la dicha de verlo en la tierra. Ellos tuvieron que morir, a excepción de Enoc y Elías, quienes fueron traspuestos al cielo.

En este capítulo 11, se exhibe la galería de la fe. Son cuantiosos los nombrados, pero fueron más los dejados por fuera. De manera que aquellos seguidores de la fe (en Cristo, en el Mesías a venir) fueron muy numerosos. De ellos se ha dicho que enfrentaron grandes obstáculos: algunos fueron aserrados, otros tuvieron que enfrentar leones, fuegos ardientes (Daniel y sus amigos), otros sufrieron distinto martirio, pero todos ellos fueron alentados por la gracia del Omnipotente a través de su legado de fe. Dios les dio la confianza necesaria para proseguir, para resistir, pues sin fe es imposible agradarle a Él. Como Jesucristo es el autor y consumador de la fe, ésta nos es garantizada a todos los que conformamos su pueblo. Pero esta certeza nos es dada para poder resistir en este mundo, no para imitar milagros que hicieron otros. Los milagros que se dan en nuestra vida, por medio de nuestra fe, también son cuantiosos, pero diferentes. En ocasiones enfrentamos el desempleo, pero recordamos que la Escritura nos exhorta a trabajar: el que no trabaje, que no coma (2 Tesalonicenses 3:10), y allí terminan nuestras excusas. No necesariamente resucitamos muertos, pero hemos sido librados del peligro de muerte, de cárcel, a veces de persecución. A otros les ha tocado ir a prisiones, pero la fe los ha conducido a mirar al Invisible, como Moisés frente al Faraón.

De todos ellos, el autor de Hebreos asegura que el mundo no era digno. Cuando un mártir de la fe es sacrificado por las manos enemigas del cielo, ese martirio es un testimonio de fe acerca de quién servimos, pero el mundo no participa de esa dignidad. Lo mismo le sucedió a Juan el Bautista, vivió en el desierto, vestido con pieles de animales, alimentado con miel y langostas. El predicó a voces, diciendo que él era la voz del que clama en el desierto. Era el último de los profetas del Antiguo Testamento, como lo testificara el mismo Señor, y el mundo no era digno de tener a semejante hombre cargado de la bondad y del anuncio del Altísimo.

El mundo no es digno ni siquiera de hablar la palabra de Dios: Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? (Salmo 50:16). La gracia que nos ha sido dada es muy grande, viene de lo alto, de lo perfecto, como toda buena dádiva que desciende de arriba. De manera que el mundo, el cual está bajo el maligno, no es digno de tener a los hijos de Dios en medio de él. Pero el Señor nos dejó en el mundo, en medio de la aflicción, para que aprendiésemos a ejercer la fe que agrada a Dios, para dar testimonio de que somos sus hijos. Esto agrada y glorifica al Padre, al testificar de su presencia en nuestras vidas, lo cual se ve por el contraste con el mundo mismo; por otro lado, con este mecanismo del testimonio de la fe se alcanzan las ovejas perdidas, aquellas que vino a buscar Jesucristo. Recordemos que nosotros también estábamos perdidos en el mundo, sin esperanza alguna. Pero un día la palabra nos fue predicada y se operó en nosotros el nuevo nacimiento, por la sola gracia de Dios, bajo la merced de su predestinación y de su voluntad inmutable. En ese sentido, debemos continuar en el mundo con el anuncio del mensaje del evangelio, que el hombre no tiene salida posible para resolver el problema de su pecado y su enemistad natural con Dios.  Se anuncia que todo aquel que crea en Jesucristo como el Señor y Salvador de su vida será salvo. Esto solamente sucederá de veras en los escogidos de Dios desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), por lo cual hay muchos cuya profesión de fe es vana. A estos les ha acontecido como a la semilla que cayó en pedregales o en espinos, o en mala tierra, de acuerdo a la parábola del sembrador.

El autor de Hebreos nos recuerda que el mundo no es digno de tener a semejantes héroes de la fe, cuando sus héroes son los líderes del mal, los que se divierten con la impunidad, los que esclavizan con salarios escasos. Ellos son siervos de su príncipe y se congregan en sus sinagogas o templos. El mundo no es digno de la luz del evangelio, pero ésta se muestra para revelar su pecado y para alcanzar a los que Dios ha llamado desde la eternidad.  Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra (Hebreos 11: 36-38).

La dignidad o dignitas, se refiere a lo único, a algo que es intangible y al mismo tiempo subjetivo. Está íntimamente ligada al fuero interno, a lo que tradicionalmente se ha considerado moral. Es lo susceptible de valor y distinción, tanto en estatus como en rango, y toca el ámbito del honor. En la antigua Roma la dignitas equivalía a la influencia que un ciudadano romano había adquirido a lo largo de su vida. En ocasiones, hombres públicos como Cicerón se consideraron a sí mismos como no dignos. Tal vez creyeron que habían fallado en algún servicio en su dedicación al trabajo público. De manera que los valores morales ligados a la reputación personal, la ética (siempre vinculada al trabajo), las sanas costumbres, eran coadyuvantes en la formación de la dignidad.

Sucede también que una persona digna puede llegar a sentirse orgullosa de las consecuencias de sus actos. Al mismo tiempo, los elementos que tabulan la dignitas son relativos. Los romanos consideraban a los esclavos como cosas y no como personas, para poder justificar la esclavitud. Por ejemplo, un ciudadano romano no podía ser esclavo en Roma, por aquello de la dignidad ciudadana. Desde algunas ópticas religiosas y políticas, el terrorismo llega hoy día a considerarse como parte de la dignitas. Pero otras culturas mirarían tal categorización como algo extremadamente indigno. Por su parte, el cristianismo encuentra la dignidad humana en ser hijo de Dios, lo cual crea conflicto con la tradicional dignitas desarrollada por el mundo al margen de la teología bíblica.

El modelo impuesto por la revelación fue Jesucristo. Difícil de alcanzar semejante dignidad, pero no por ello menos exigente el llamado a ser perfectos. Por fortuna, existe una posición actual ante los ojos de Dios, al declararnos escondidos en Cristo. Pero desde nuestra perspectiva terrena esa posición es más potencial, ya que dicho lugar o topos apunta a un deber ser que se desarrolla en el tiempo, como un proceso que no termina sino con la muerte. Justo es reconocer que la dignitas cristiana se da en la comunión con Cristo, no en el proceso de la institución religiosa.

Aquellos nombres citados en el texto de Hebreos nos develan un ejemplo de vida y de muerte física; fueron personas que sufrieron cualquier tipo de vituperio por causa del evangelio, por el anuncio de la buena nueva de salvación para los elegidos del Padre. La fe demostrada en ellos no sería nunca bien recibida por el mundo ni por su príncipe. Como Satanás no es digno de la gracia del evangelio, su mundo o principado tampoco lo es. Se cumple una reciprocidad en la dignitas cristiana, ya que cualquiera que tenga fe en Jesucristo merece ser reconocido como indigno para el mundo; de igual forma el mundo también se ha convertido en el agravio, la afrenta y el demérito para los hijos de Dios. Nuestra esperanza cobra fuerza porque, si bien Dios no nos ha sacado del mundo, Jesucristo oró por nosotros para que fuésemos cuidados del mal (Juan 17).  

Es por ello que debemos alegrarnos al saber que hemos sido objeto de la gracia de Dios para recibir este evangelio que puede salvarnos eternamente y para siempre. Dios, que todo lo hace posible, nos escogió en Jesucristo para alabanza de su gloria y nos hizo dignos de su amor, por lo cual nos llama hijos (1 Juan 3: 1).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

 

 

 

 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 22:09
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios