Viernes, 02 de noviembre de 2012

Aunque parezca un tema banal, resulta de gran relevancia verificar si el uso de este atuendo del vestuario es inocente, o al contrario está plagado de una subyacente ideología pedagógica. Muchas iglesias la exigen, otras la ven con buen agrado, pero en su mayoría el prestigio de quien la porta ayuda como el hábito al monje. De manera que bien vale dar un vistazo a lo que inocentemente hacemos en nuestros vestuarios.

Existe un texto de la Biblia que nos indica ciertas pautas acerca de nuestro vivir. Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos (Jeremías 15:19). La promesa de Dios es la restauración y el estar delante de Él, para poder deslindar lo precioso de lo vil, lo que vale la pena de la vanidad. En otros términos, la conversión del corazón de piedra en uno de carne (Ezequiel) es una operación de Dios, pero esa conversión conlleva el poder deslindar la pureza del corazón de la apariencia del cuerpo. El mandato final a Jeremías y a nosotros es que ellos (los ancianos, diáconos, pastores, el mundo en general) se conviertan a nosotros, los que andamos con un corazón convertido a Jehová, los que andamos delante de Él. Pero nos exige el Señor a que nunca nos convirtamos a ellos, a que nunca cedamos ante sus peticiones vanidosas y feas (lo que es contrario a lo precioso). En este sentido, un diácono, un pastor, alguien que funja como autoridad, no tiene porqué arrogarse el derecho de exigir que usemos corbatas o trajes en la iglesia.

Podemos mirar otros textos de la Escritura, que aunque se referían a las mujeres de antes, por ser el hábito de aquellos tiempos el que ellas se ocuparan más de la apariencia física que interna, ahora se convierten en unos textos totalmente válidos para los de sexo masculino. En efecto, el día de hoy el mundo se ha volteado, pues el hombre contemporáneo se ha afeminado, poniendo atención a la banalidad de su apariencia, tanto como las mujeres descritas en tiempos bíblicos. Asimismo dijo Jehová: Por cuanto las hijas de Sion son altivas, andan con el cuello erguido, lanzan miradas seductoras, caminan zapateando y hacen resonar los adornos de sus pies, el Señor pelará con tiña la cabeza de las hijas de Sion; Jehová desnudará sus frentes. En aquel día el Señor quitará los adornos de los tobillos, las diademas, las lunetas, los aretes, los brazaletes, los   velos, los adornos de la cabeza, los adornos de los pies, las cintas, los frasquitos de perfume, los amuletos, los anillos, los joyeles de la nariz, las ropas festivas, los mantos, los pañuelos, los bolsos, los espejos, la ropa íntima, los turbantes y las mantillas. Y sucederá que habrá hediondez en lugar de los perfumes, soga en lugar de cinturón, rapadura en lugar de los arreglos del cabello. En lugar de ropa fina habrá ceñidor de silicio; porque en lugar de belleza habrá vergüenza. (Isaías 3:16-24). Porque nuestro motivo de gloria es éste: el testimonio de nuestra conciencia de que nos hemos conducido en el mundo (y especialmente ante vosotros), con sencillez y la sinceridad que proviene de Dios, y no en sabiduría humana, sino en la gracia de Dios (2 Corintios 1:12).

Conviene examinar la importancia de la apariencia externa en los hombres de Dios: Porque Jehová dijo a Samuel: No mires su apariencia ni  lo alto de su estatura, pues yo lo he rechazado. Porque Jehová no mira lo que mira el hombre: El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. (1 Samuel 16:7). El mandato es a no mirar lo que miran los ojos de los hombres, la apariencia externa. Y Pablo escribió: No nos recomendamos otra vez ante vosotros, sino que os damos ocasión de gloriaros por nosotros, con el fin de que tengáis respuesta frente a los que se glorían en las apariencias y no en el corazón  (2 Corintios 5:12). Hay gente que se gloría en las apariencias, como aquel fariseo que fue a orar y dijo consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano (Lucas 18: 9-14).

Pero tenemos a Jesucristo como modelo: Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas (Marcos 6:7-9). Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será (Juan 19: 23-24). La túnica de Jesús era sencilla, pues normalmente la que tenía varias costuras era de tejidos diferentes, combinados con seda y otros materiales. Pero la de él era un pedazo entero de tela, lo cual suponía de poco costo. Si revisamos un poco más, sabemos que Jesús nació  en un pesebre, no en una posada de lujo; fue puesto en el sitio donde posaban los animales para el refugio de la noche y del frío del otoño. Además, era un obrero ayudante de su padre José, en el trabajo de la carpintería; se montó en un pollino (un asno) y no en un elegante caballo, como lo hacían los reyes. No se ha visto en la historia de la humanidad a un rey de una nación cualquiera entrar a una ciudad o poblado montando un asno. Eso sería motivo de burla. Hoy los mandatarios del mundo (cuyo príncipe es Satanás) se jactan de no repetir trajes costosos, elaborados por sastres de renombre internacional. El mundo de la moda se ha metido en todos los rincones de los hogares del planeta, gracias a los masivos medios de comunicación, pero lo que es peor, se ha entretejido en los pliegues de nuestra memoria, de tal forma que nos sentimos compelidos a comprar un modelo determinado, porque eso es lo que nuestro cerebro ha recibido en la propaganda enviada. Somos víctimas de la moda, muchas veces, sin estar conscientes, por cuya  razón juzgamos a nuestros semejantes. Lo que es peor, sufrimos por no poder vernos al mismo nivel que los héroes de nuestras películas, lecturas, o comediantes.

En relación al origen de la corbata encontramos algunos datos bien curiosos. Si bien podemos remontarla a la época de los egipcios, quienes se colgaban una especie de soga alrededor de su cuello, con lo cual servían a su diosa Isis, también se dice que proviene del pueblo Croata. Ellos se anudaban un pañuelo o pedazo de tela que les daban sus mujeres cuando salían a la guerra. Muchos de ellos fueron mercenarios al servicio del rey francés Henri III, en época del cardenal Richelieu. Cuando los mercenarios croatas llegaron a Francia, los franceses quedaron maravillados con la elegancia que suponía el colorido portado en los cuellos de estos soldados. Desde entonces se adoptó la costumbre de llevar algo parecido en torno al cuello francés, a lo cual llamaron cravate (Una pronunciación corrompida del término Croate). Incluso, en la época de la Revolución Francesa, era tal su costumbre, que unos bandos la llevaban de un color y otros, que eran adversarios, la llevaban de un tinte diferente. Después vinieron los nudos muy distintos entre los países, hasta que finalmente en Inglaterra fue adoptada para las escuelas de cierto prestigio. Se dice que los alumnos le cortaron el final de ella en puntas, de manera que simulara un falo, lo cual encantó a profesores y directivos y pasó la costumbre de la corbata tal como la tenemos hoy en día.

Otros apuntan a que en la masonería se acostumbra a colocar en el cuello de los iniciados y practicantes una soga que cuelga, como parte de sus ritos ocultistas. De manera que la corbata también les rinde tributo a ellos. No es de extrañar el vínculo de la masonería con Francia y el oportuno uso de la corbata. Dado que los ingleses la adoptaron como símbolo de prestigio (y no hay que olvidar que en Inglaterra existieron y existen numerosas logias masónicas), el uso de la corbata viajó a América bajo la presunción de elegancia y autoridad. Los predicadores protestantes la usaron mucho, pues suplía al cuello clerical y les daba autoridad ante las masas menos elegantes y menos afortunadas. Esa costumbre pasó bajo símbolo de decencia y prestancia, a lo que conocemos como el mundo recolonizado por la religión. De allí que en la ignorancia de lo que simboliza, muchos de los seguidores fieles a un protestantismo misionero la han adoptado como norma exclusiva para pasar al púlpito, junto al uso del paltó o traje formal.

Si bien es cierto que Dios muda los tiempos y las edades, como dice el profeta Daniel, en capítulo 2, versos 20 y 21, también es cierto que debemos conocer el significado de lo que hacemos. No se trata de suponer que cada vez que usamos una corbata lo hacemos en nombre de los masones, o de la Revolución Francesa, o en memoria de los soldados croatas. Tampoco pensamos que recordamos a los estudiantes ingleses que pretendieron darle forma fálica al extremo inferior de aquellos trapos. Y aunque ni siquiera imaginamos el tributo a la diosa Isis de los Egipcios, el uso de la corbata es una costumbre humana más. El que Dios mude los tiempos y las edades puede ser visto como que Él transforma las costumbres de los seres humanos a través del tiempo, como parte de su actividad soberana. El bautismo no es una costumbre estrictamente cristiana, pues antes de Cristo ya lo practicaban los esenios, en sus rituales religiosos.  Los casados usan anillos en señal de unión, pero ignoran el origen del mismo. El punto central radica en que si se usa corbata ha de ser porque a uno le gusta o porque uno considera elegante el hacerlo; pero ese gusto o elegancia nunca puede llegar a ser una norma en el servicio al Dios vivo, de tal forma que alguien llegue a impedir su servicio por no portar semejante vestimenta. Eso contraviene todo el principio de lo que Dios busca, la espontaneidad en la adoración y la sencillez en su pueblo.

Se puede agregar que uno no es la ropa que viste. Eso es un cuento cultural que debemos desechar: que el hábito hace al monje. Otros, más actualizados agregan: si no hace al monje, de que lo ayuda lo ayuda. Sin embargo, todo lo que hagamos, sea de hecho o de palabra, hemos de hacerlo para el Señor. Si seguimos el camino de los viejos misioneros protestantes, en su mayoría norteamericanos, llegará el tiempo en que las iglesias de todas las latitudes celebrarán el día de las brujas (Halloween). En múltiples iglesias de diversas denominaciones protestantes norteamericanas se colocan calabazas en la época de finales de octubre e inicios de noviembre, tanto a la entrada de la iglesia como en lo que ellos denominan el altar. Esto se hace en el otoño, para celebrar la cosecha propia de la temporada. No veo por qué la iglesia deba celebrar la cosecha de las plantas, y mucho menos con calabazas. Sabemos de su origen pagano, pero conocemos de la existencia de muchos otros productos, que no son rápidamente perecederos, que podrían colocarse en lugar de las calabazas, si es que se consiguiera un propósito bíblico para la celebración de las cosechas. También es normal encender velas en las iglesias protestantes en los Estados Unidos, asimismo colocar cruces con mantos morados que cuelgan de ellas, y a algunas de esas cruces se les coloca en el extremo superior una corona de espinas. Esos símbolos anuncian su cercanía con Roma. Hay pastores que son ecuménicos, oran con los monjes católicos y luego echan el cuento a sus feligreses protestantes de las bendiciones conseguidas en esas reuniones mixtas. Entonces, ¿hemos de adoptar también dichas costumbres, porque vienen con patente norteamericana?

La Biblia le dice a los que son verdaderos hijos de Dios que salgan de allí, que no sean partícipes de sus pecados y de sus castigos. El profeta Isaías tiene un verso que viene a la ocasión: He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad (Isaías 43:19). Me llama la atención la parte que remarqué: ríos en la soledad. Esa es nuestra esperanza, que el Dios de las aguas vivas nos abra ríos de vida eterna, pero no olvidemos que dice: en la soledad. Al parecer, soledad es lo que uno encuentra en esos recintos que son sinagogas de Satanás, antes que templos del Dios Altísimo. La misma soledad del profeta Elías, de Isaías, de David, del Señor Jesús. La misma que sufrió el apóstol Pablo, la misma que debemos pagar todos los que nos rebelamos contra la Gran Ramera y sus hijas. No olvidemos que la iglesia protestante también tiene todas las condiciones para ser llamada hija de la Gran Ramera. Por algo Lutero y los reformadores lo único que hicieron fue reformar, ya que no quisieron salirse de Roma hasta que fueron expulsados de allí. Pero parece ser que el protestantismo quedó con mucha nostalgia por su antiguo hogar y ahora emprende el camino de regreso a casa. Para ello adornan sus recintos con flores, cruces, trapos morados (simulando los vía crucis), coronas de espinas; encienden velas de adviento y por otras razones; colocan calabazas para celebrar una fiesta de brujas simulada, escondida en la fiesta de la Cosecha (¿dónde en la Biblia encuentran sustento para esta celebración de la cosecha?). Simplemente es un subterfugio para no quedarse fuera del mundo al cual tanto aman a través de sus valores aprendidos.

Al contrario, la Biblia dice en Gálatas algo muy opuesto a la celebración de las cosechas, las fiestas, los Halloween, etc:  mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar? Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años (Gálatas 4:9-10). Cierto es que los Gálatas se esmeraban en celebrar las fiestas lunares a las que se habían habituado, pero los reformados de hoy celebran sus fiestas que provienen del paganismo: Halloween -transmutado en la fiesta de las cosechas, o Harvest; Navidad que no es otra cosa que Christmass -la misa de Cristo; la Semana Santa -como si las otras del año fuesen menos santas-, pero que no es más que el Easter, la fiesta de los paganos a su diosa Astarté; el tributo al árbol de navidad, que es el recuerdo de sus paganos parientes europeos, cuando le rendían honor a la divinidad que no perece, como el pino que siempre está verde. Especial mención merece el día de Acción de Gracias, ya más conocido como el día del pavo, porque ese es el animal que más comen en dicha celebración. En 1621 se celebró un banquete con los indígenas por parte de los peregrinos ingleses fundadores de la actual Massachusetts. La gran comida fue también en agradecimiento por la buena cosecha durante ese año. Este día se recuerda como agradecimiento a los indígenas (no a Dios, como algunas iglesias sugieren) que ayudaron a los primeros ciudadanos a salir adelante. Sin embargo, con la Acción de Gracias, dejaban de lado las masacres que cometieron contra los aborígenes, a quienes sutilmente llaman AMERICAN INDIANS, como si viviesen prestados custodiándoles la América que más tarde sería de los que la bautizaron con dicho nombre. En 1637, en Connecticut, mercenarios ingleses y holandeses causaron la masacre de 700 hombres, mujeres y niños indios, quienes se habían reunido para celebrar su Festival del Maíz.  En el nombre de Dios celebraron su triunfo sobre los infieles y tomaron como esclavos a algunos de los indios.  Los colonizadores se apropiaron de las reservas de maíz de los indios y de las semillas que ellos guardaban.  Sometidos, los indios les enseñaron a cultivar el maíz y a pescar. En consecuencia y como agradecimiento, siguieron celebrando el día de acción de gracias. Tenemos también el Memorial Day, que ha pasado a formar parte de la iglesia, pues desde ese lugar, enarbolando la bandera nacional, se ora por los soldados que salen a masacrar pueblos enteros, considerados enemigos de América (no necesariamente de Dios); y por si fuera poco, se pregona desde sus púlpitos que los padres fundadores de América temían a Dios, ya que en la Constitución aparece mencionado dicho nombre. Cabe preguntarse ¿cuál Dios?, si la gran mayoría de los fundadores fueron masones o practicaron algún tipo de ocultismo. La masonería venera al Arquitecto del Universo, al Demiurgo, que no es otro que Lucifer. ¿Fueron esos padres fundadores de América siervos del Dios de la Biblia? Así lo creen en los seminarios y así lo pregonan desde las tarimas eclesiásticas, porque se ha querido vender la idea al mundo de que en esta tierra prometida todavía fluye la leche y la miel. Todo ello va acompañado de un paradigma en el hablar y en el vestir, de un ritual de la bendición material que el Dios del cielo otorga a sus fieles. Por eso también sale de sus entrañas la doctrina de la prosperidad, del dominio del mundo con el evangelio, que por supuesto se adorna de la corbata, como símbolo de autoridad frente a la masa expectante.

La salida a todo este marasmo no es la teología de la liberación, altamente vendida a Roma y que en nada muestra coordinación con las Escrituras. Jesucristo no vino a liberar al pueblo judío del yugo romano; por lo tanto no esperemos que nos libere de los medios de opresión de los Estados, llámense de derecha o de izquierda, con todos sus matices. Jesucristo vino a salvar lo que se había perdido, a salvar a su pueblo de sus pecados. Lo demás es pura fantasía pagana, el hilo que hilvana las costuras de un vestuario real propio del príncipe que gobierna los aires y controla por mandato divino los reinos de este mundo. Por ello, la promesa de Dios es levantar ríos en la soledad, porque la soledad que provoca esta mirada es abrumadora. Uno se encuentra solo cuando no existe otro en una iglesia que pueda comprender la realidad pincelada por Pablo en el libro de los Gálatas, donde el autor se temía que había trabajado en vano con ellos. Hoy día, el fenómeno de penetración ideológica de la religión es más contundente, porque cuenta a su servicio con los medios masivos de comunicación que tienen atrapado el subconsciente o el espíritu de los que se dicen servidores del Dios viviente. De nuevo el llamado bíblico: Salid de ella, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

Volar al extremo opuesto es tan nefasto como seguir tragando la ideología bonita de la hoja de vida sin mancha. Hay quienes seducen a sus fieles a votar por un candidato determinado para mostrar de esa manera su pertenencia al grupo de los redimidos (caso de Venezuela, en donde un pastor protestante ha pregonado que votar contra Chávez es sinónimo de no ser salvo). Cierto es que no debemos militar en el odio, y lamentamos el que los procesos de conquista, colonización y dominio hayan sido lo que han sido en la historia. Pero más allá de formar filas en el odio, tampoco es prudente creer la hipocresía vendida por la ramera religiosa de que existe un reino de este mundo en donde está el trono de Dios. Con esa mentira de postal -la del misionero con su familia bien comportada- se vende al mundo un modelo que viene respaldado por una ideología de Estado. Confundida con sus orígenes paganos, que se disfraza de festividades religiosas bajo razones de acciones de agradecimiento por la conquista, la creencia en la iglesia perfecta de un país donde vive Dios, será solo desilusión. Semejante uso argumentativo ha hecho que la religión católica invente vírgenes y santos para demostrarle a los indios por ella colonizados, que sus dioses son los mismos que la Iglesia venera. Los demonios que se adoraban en el África han venido a ser renombrados con títulos de los fieles encontrados en el inmenso santoral católico romano. Los demonios adorados en Roma son los mismos que se adoran en América, la del Sur o la del Norte. Son los matices del poder los que hacen que uno pueda elegir entre una forma de dominio u otra.

Ríos en la soledad, es la promesa para quien ande inconforme con la Gran ramera y sus hijas (Apocalipsis 17). ¿De dónde sale la doctrina de la corbata y el traje? ¿De dónde sale la sotana y el cuello clerical, de origen pagano y romano, heredado después por los luteranos y demás evangélicos? Con corbata o sin ella, seguiremos clamando como Juan el Bautista su voz en el desierto. ¿Quién escuchó nuestro anuncio?, reportó Isaías. ¿Sólo yo he quedado?, expuso el profeta Elías. Pero es preferible la soledad donde todavía se nos asegura ríos de agua viva, que la permanencia en el grupo en donde uno puede hacerse partícipe de sus plagas y castigos.

César Paredes.

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