Mi?rcoles, 31 de octubre de 2012

Resulta por demás interesante descubrir que las ciencias de carácter epistemológico (no gnoseológico) encierran un tipo de fe o confianza, pues el étimo griego de episteme (teoría del conocimiento, conocimiento puro) proviene de pisteuo (confiar, tener certeza y confianza en lo que no se ve).  Pablo dijo de los judíos que ellos tenían celo de Dios (una manera de mostrar su pistis o fe) pero no conforme a ciencia (episteme). Uno se pregunta qué era el conocimiento para el apóstol o para le gente de su época. El vocablo episteme tiene una gradación, como bien lo señalaba uno de los filósofos clásicos, Platón. Πίστις (Pistis) significa convicción o creencia. En la República aparece el conocimiento dividido en cuatro segmentos: en el extremo izquierdo está lo inferior, la doxa o simple opinión; en el extremo derecho se encuentra el conocimiento superior, el episteme.  Pero la doxa se halla dividida en dos segmentos o dos grados de conocimiento: eikasia y pistis, mientras la episteme tiene también sus dos partes: dianoia y noesis.

Platón, en la República, señala que el conocimiento es como una línea que contiene los cuatro segmentos: dos de ellos nos muestran el estado inferior del conocer, y los otros dos su estado superior. Entonces, para Platón hay una gradación en el conocimiento, donde el pisteuo, aunque saber inferior, o simple suposición, no está muy alejado del verdadero episteme. No obstante, la Biblia habla de que sin ese pisteuo (el conocimiento inferior platónico) es imposible agradar a Dios. Pablo, no obstante, argumenta que se hace imperante que el simple pisteuo en Dios se haga conforme a episteme.  De nada sirve el celo de Dios sin conocimiento (Romanos 10). Al mismo tiempo, Santiago dice que creer en Dios (tener fe en Dios) es bueno, pero que los demonios también creen y tiemblan (Santiago 2:19), lo cual no les sirve de mucho.

 ¿Hay contradicción en esto? No, es aparente. Depende de lo que se quiera decir y en qué contexto se dice. La fe deja de ser cuando el conocimiento es pleno (cuando se vuelve objetivo y se puede ver), pues lo que se ve, a qué esperarlo (Hebreos 11). Pero sin fe es imposible agradar a Dios, ¿cuál fe?: la que es certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Pero a los judíos que tenían celo de Dios (valga decir, pistis en Dios, mas sin ciencia, sin episteme), Pablo les dijo que de nada les sirvió. Entonces, ¿cómo convertir la fe en conocimiento? O ¿cómo llevar al PISTEUO a su grado más elevado (EPISTEME)? Eso es un proceso natural del Espíritu de Dios, pues sin fe es imposible agradar a Dios. Como Dios es el Logos, la razón pura, Él es quien permite el entendimiento de todo cuanto comprendemos. Jesucristo es el autor y consumador de la fe, y por su conocimiento (ya que es el Logos hecho carne) nos imparte aquello que debemos conocer.

Los profetas del Antiguo Testamento nos ayudan a comprender lo que queremos expresar en este asunto. Elías, por ejemplo, tuvo fe de que no iba a llover, pero tuvo esa certeza porque estaba en la presencia de Dios, quien todo lo sabe. Elías no adivinó nada, no impuso su criterio, no se esforzó por convencer a Dios. Simplemente expresó lo siguiente: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia sino por mi palabra. Entonces la fe de Elías era conocimiento pleno de la voluntad de Dios, por lo cual pudo afirmar lo que decía, gracias a que vivía en su presencia. Moisés es otro ejemplo. El guió al pueblo de Israel por el cruce del mar y del desierto, pero su fe no fue otra cosa que la obediencia al conocimiento pleno de la voluntad de Dios. Lo que le dijo a Faraón fue exactamente lo que hubo aprendido de la boca del Altísimo. Su fe también era conocimiento. David, el profeta y poeta de Dios, nos sigue ilustrando en este tema. Sus predicciones acerca del sacrificio del Mesías fue un conocimiento expresado, porque el Espíritu de Dios se lo indicó. Su fe fue también conocimiento pleno. Cuando la fe es certeza de lo que se espera, dado que ella es confianza plena en Dios, no es otra cosa que conocimiento pleno.

Ahora bien, no debemos confundir la charlatanería predictiva de los falsos profetas con fe y conocimiento. Esa fe no dada es una simple opinión, al estilo platónico. Permanece alejada del verdadero conocimiento, es una simple doxa. Tampoco hay que equivocarse con la fe supuesta que en ocasiones creemos tener, pero cuyos resultados son desastrosos, ya que no coinciden con lo esperado. En esos casos solemos culparnos por la vía equivocada. Argumentamos que tuvimos falta de fe, pero nunca decimos que Dios no nos envió a afirmar tal suposición o que nunca nos dijo nada al respecto. Solamente fueron derivaciones equivocadas, inferencias convenientes para satisfacción de nuestros deseos, simple suposición y opinión personal. Esto también lo advierte Santiago, cuando expone que pedimos y no recibimos porque lo hacemos mal, para gastar en nuestros deleites. Esa fe inútil es pura fantasía nuestra, pura opinión o doxa platónica, pero no tiene nada que ver con el conocimiento impartido por Dios. De manera que la soberanía de Dios se pone una vez más de manifiesto hasta en los actos de fe que tenemos. Él es el autor y consumador de la fe, por eso la fe que imparte es verdadera y es verdadero conocimiento del hecho prometido.

En el esquema de Platón, la eikasia (la eikasia es la imaginación, la fantasía, la analogía superficial. Se dice que de ese término viene el vocablo ícono, que no es otra cosa que la imagen) es el grado de mayor ignorancia, por lo que si alguien está en pistis (fe) sigue estando en un error, aunque menos disparatado. Sería un pseudo-conocimiento propio de la gente común. Pero justo es reconocer que Platón no hablaba de fe (pistis o pisteuo) en el sentido en que lo hacemos los creyentes en Cristo, ya que para él la ignorancia era considerar real al mundo físico. Recordemos que su idealismo lo llevó a suponer que el verdadero caballo se encontraba en otra dimensión, en el mundo de las ideas o arquetípico, mientras que los caballos que vemos a diario son sólo la apariencia de aquél que es verdadero. Su interesante clasificación podemos usarla para ilustrar el paso de la fe al conocimiento, pues éste deriva de aquél: Pisteuo nos lleva a Episteme.

Para los creyentes, la Verdad es Cristo, de manera que lo que encontramos en este mundo es una apariencia de aquella verdad que es absoluta. No obstante, nuestra fe no la llamamos ignorancia, sino confianza y certeza, por la sencilla razón de que no es de todos la fe y ella misma es un regalo de Dios. Lo que el mundo ha considerado como un tipo de ignorancia, no sólo Platón sino también los consagrados enemigos de la fe de siempre, los creyentes lo valoramos como la única forma de agradar a Dios. ¿Pero, acaso el Dios de la Biblia se goza en la ignorancia de sus hijos?­­­

Cuando tengo la certeza de lo que espero, la convicción de aquello que no veo, no puedo decir que soy ignorante en cuanto a eso que ha sido una promesa dada por quien no miente. Pero esta certeza tampoco proviene del conocimiento externo (Aristotélico), de los datos que recojo del universo, sino del conocimiento subjetivo producido en nosotros por quien nos conduce a toda verdad: el Espíritu de Cristo. Sin fe es imposible agradar a Dios. De manera que ese conocimiento del Espíritu (que todo lo escudriña, aún la mente de Dios) hace posible que conozcamos (episteme) las cosas de Dios, lo que nos ofrece, lo que nos promete. Es desde ese lugar de donde nace el conocimiento como pasión, como subjetividad, que se llama pistis, fe, confianza y seguridad, de donde nace el conocimiento. Pero no debemos confundir esta fe con la realidad a­­­bsoluta, pues lo que se ve (episteme objetivo) ¿a qué esperarlo?

Veamos algunos ejemplos: la Biblia dice que andamos por fe, no por vista (2 Corintios 5:7); que hemos sido resucitados y estamos sentados en los lugares celestiales con Cristo (Efesios 2:6); que nadie nos arrebatará de las manos de Cristo (Juan 10: 28); que nuestros nombres están escritos en los cielos (Lucas 10:20). Para el mundo platónico este tipo de doxa es eso, solo opinión, es un tipo de ignorancia que está lejos del verdadero conocimiento. La opinión del mundo de hoy es muy parecida: creer esto sería asumir el criterio de un loco, de un religioso fundamentalista. Incluso, para muchos llamados cristianos, la vida eterna y el infierno están acá y ahora en esta tierra. De manera que la etiqueta que se nos impone es la de ignorantes.

No obstante, sabemos que un Dios que se proclama como el Verbo, la Lógica (el Logos), tiene que ser por fuerza razonable. Pero Él nos ha dejado en la escala en que el mundo nos ha catalogado, pues dijo que tomaba lo que no era para deshacer a lo que era. Por si fuera poco, agregó que era necesario tener fe para poderle agradar a Él. En otros términos, al permanecer en el pisteuo (cerca de la más alta ignorancia platónica) Él obtiene su más precioso y agradable fruto de nosotros. Pero como Él es Logos, razón pura, no se deleita en esa ignorancia. Por eso se demuestra en Su palabra que nuestra fe debe ser conforme a ciencia (al conocimiento de su revelación). La confianza en Dios, el celo por Dios, no serviría de nada si no fuese conforme a ciencia (Romanos 10). De eso dieron fe los judíos, altamente criticados por Pablo y aún por Jesucristo. ¿Cuál episteme (conocimiento) es el que agrada a Dios?

La respuesta la hallamos en la palabra de la cruz. Cristo es la sabiduría de Dios y la locura de los hombres incrédulos. El verdadero episteme de Dios no está en el extremo derecho platónico, ni tiene compuestos como dianoia (razón discursiva) y noesis (intelecto), sino que está centrado y en lo alto. En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, pues colocaron a la fe como ignorancia. Más bien, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los griegos buscan sabiduría, pero los cristianos predicaron una locura para ellos, Cristo crucificado (1 Corinitios 1:21-23). Tampoco hay gradación en el conocimiento divino, no se conoce más  o menos, sino que se conoce o se ignora, en un sistema absolutamente binario. Lo que es más relevante es que el pisteuo sea tan importante, de tal forma que se ha convertido en el único camino para conocer a Dios y para agradarle. No en balde pisteuo origina a episteme. Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? (1 Corintios 1: 18-20).

Dios escogió lo necio del mundo (lo que habita en el mundo de la opinión), lo débil (lo que mora en el ambiente de la fe), para avergonzar a los sabios (aquellos que creen estar más cerca de la razón discursiva y del intelecto); asimismo, escogió Dios lo vil y lo menospreciado del mundo, lo que no es, para deshacer lo que es (1 Corintios 1:28), con la única razón de que nadie se jacte en su presencia. Si en algo hemos de gloriarnos, ha de ser en el Señor (nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención). 

Muchos sabios griegos andaban detrás del Ser, en el intento de describirlo y conocerlo. Para ello idearon formas y maneras de acercársele, pero lo hicieron a través de un razonamiento que ha estado entenebrecido. No conocieron a Dios por la obra de la creación, pues muchos se volvieron a honrar a las criaturas antes que al Creador. Le hicieron a la divinidad imágenes de cosas creadas, se desviaron en su corazón y propusieron teorías del conocimiento del Ser. Tal vez éstas sean válidos acercamientos para el conocimiento de la naturaleza, interesantes clasificaciones o taxonomías descriptivas del saber. Pero Dios se manifestó de nuevo con el evangelio, lo más despreciado para la sabiduría humana, Cristo crucificado. Mas para aquellos griegos que fueron llamados, Cristo llegó a ser poder y sabiduría de Dios (verso 24).

Jesucristo hizo una pregunta curiosa respecto a su segunda venida: cuando él volviera ¿hallaría fe en la tierra? Como Elías, Moisés o David, como tantos otros, nuestra fe debe estar centrada en el conocimiento de Dios, de su naturaleza, de su voluntad y de cómo maneja el mundo. Al comprenderlo podemos descansar en sus brazos eternos, con lo cual habremos alcanzado la fe necesaria para saber con exactitud lo que Él quiere. Esa es la fe que vence al mundo, por lo cual esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho (1 Juan 5: 14-15).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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