Viernes, 26 de octubre de 2012

En Génesis 22 se narra la historia de Abraham cuando fue a sacrificar a Isaac, su único hijo nacido con Sara. El texto señala que Abraham fue probado por Dios, no porque Él no supiera de antemano el resultado de su evaluación, sino porque de esta forma se mostraría la dignidad moral de quien fuera sometido a una prueba moral. Toma tu único hijo, a quien tú amas, fueron las palabras del mismo Dios, quien antes le había prometido que le levantaría una descendencia enorme (Génesis 17), que sería padre de muchedumbre y de gentes. Esa promesa le fue dicha cuando tenía noventa y nueve años y Sara, su mujer, tenía noventa.  La espera del cumplimiento de la promesa le llevó a tener un hijo en Agar, su sierva. Al tiempo de haber nacido Isaac, ya Abraham había pasado hacía mucho la frontera de los cien años. La petición de Dios era llevar a Isaac para ofrecérselo en holocausto. ¿Dónde quedaba la promesa de ser padre de multitudes? Ciertamente ya había acontecido un verdadero milagro, que un hombre de su edad con una mujer tan avanzada en años, como era Sara, hubiesen podido procrear un hijo. Pero si el milagro podía acontecer de nuevo, el tener que comenzar de nuevo no era nada sencillo, más bien podía resultar agotador.

Pero sin vacilación alguna, Abraham se levantó temprano en la mañana para dirigirse a cumplir con su tarea. No se nos narra lo que pensaba, pero suponemos que en su mente barajaba ideas y razones. Sabemos que no le informó nada ni a su mujer ni a los criados. El tener que rendir cuentas ante la pequeña sociedad que le circundaba tendría que ser un trabajo posterior al sacrificio, pues de seguro le hubieran intentado impedir cumplir con su deber. Mas Abraham sí recordaba el momento en que Dios le había dado la promesa, en parte cumplida con el nacimiento de Isaac. Los pueblos circundantes estaban habituados a que los sacerdotes de sus dioses exigieran sacrificios humanos, pero de Jehová él conocía que hasta el momento no había requerido semejante barbarie. ¿Por qué, entonces, se le ordenó el sacrificio?

Más allá de responder con especulaciones, debemos mirar la totalidad del evento: fue un sacrificio interrumpido, incompleto, un simulacro. Pero ante los ojos de Abraham esto no era una simple representación, sino la realidad. La suya fue una lucha entre lo universal y lo individual: la justicia divina conlleva universalidad, mientras que la singularidad de Abraham velaba por su temor y temblor ante el Altísimo. ¿Habría de convertirse Abraham en el asesino de su hijo? ¿No era este un acto odioso al Dios que le exigía obediencia? ¿Sería Jehová un Dios como los dioses de las naciones que conocía? Pero si Abraham fue llamado después el padre de la fe, se debe en parte a que venció la barrera que lo separaba del sublime cumplimiento de un mandato raro y extraño. Esa barrera pudo ser su propio debate interno acerca del origen de la orden: su propia razón pudo dudar si aquel mandato provenía de Dios. Si se resistía a la orden, desobedecía a Dios; pero si cumplía el deber, podría descubrir a un Dios que nunca habría imaginado. Por fortuna, para él y para nosotros, en el intento de cumplir su mandato descubrió al Dios verdadero, el mismo que le había hablado acerca de Sara y de la promesa. Matar a Isaac pudo haber sido un absurdo, en especial el de un Dios que promete y cumple, pero que después puede quitar para empezar de nuevo. A Dios, por eterno, el tiempo no le afecta. Pero Abraham atravesó el sendero de la prueba que lo llevaría a la gloria entre los hombres, al ser declarado el padre de la fe y amigo de Dios.

Uno puede imaginarse la ternura de Dios en las palabras pronunciadas para evitar el sacrificio. Sólo Dios sabía que eso no iba a ocurrir, pero sólo Dios también sabía lo que se debatía en el alma de ese siervo. No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; que ya conozco que temes a Dios, pues que no me rehusaste tu hijo, tu único (Génesis 22:12). En ese momento, la mente finita de Abraham comprendió que lo que se vislumbraba como un absurdo cobraba el mayor de los sentidos: había triunfado individualmente, había pasado a ser el paradigma singular de la confianza en el Dios que hace posible todas las cosas. Ese Dios había hecho posible el nacimiento de Isaac, había hecho posible el virtual sacrificio, había hecho posible convertirlo a él en un hombre de fe. La Biblia dice que esa fe le fue contada por justicia.

Abraham cumplió con Dios, pero cumplió también consigo mismo. Con Dios, porque obedeció el mandato; consigo mismo porque se probó que sí podía llegar a esa distancia ética. La negación de sí mismo en la negación de su hijo, quien era su imagen y su herencia, fue el sacrificio que agradó a Dios. Pero si Abraham cumplió con ese cometido, sepamos que Dios no espera menos de nosotros: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame (Marcos 8: 34), porque  Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mateo 6:24).  

Isaac también confió en la benevolencia de su padre. Sabía por conocimiento propio en el trato entre padre e hijo que el carácter de Abraham era de acreditar. El que Abraham fuera un hombre entrado en años, lo había hecho de seguro agradecido por tener un hijo con quien compartir el resto de sus días. Ese sería su heredero, al cual le demostraba afecto. Es posible que Isaac le tuvo tanta confianza como Abraham al Señor. Dos ejemplos relevantes en un solo acto, del cual la Escritura tomó como modelo uno de ellos, porque quería resaltar al padre de la fe. No obstante, la ausencia de protesta en el hijo es también un motivo evocador del sacrificio del Hijo de Dios. Jesucristo fue el Cordero provisto para el holocausto, para nuestra expiación. Si Abraham se constituyó en padre de la fe, Dios lo había preparado para mostrarnos lo que Él mismo habría de hacer siglos más tarde, en favor de su pueblo. Si Abraham, mortal heredero de Adán, no falló en esta prueba, mucho menos fallaría el Señor Dios en su promesa hecha en el huerto (la herida que la serpiente sufriría en la cabeza, Génesis 3:15). De igual forma, si Isaac fue un cordero silente, ajeno a la protesta, confiado en el oficio que hacía su padre, Jesucristo también sería el otro Cordero silente, sin protesta, sin enfado, que confiaba en su Padre en su oscura hora de prueba (Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca -Isaías 53:7). Una simetría estupenda, Abraham y Dios, Isaac y Jesucristo. Padre e hijo, en una actuación que anticipaba el evento anunciado por la promesa: en Isaac te será llamada descendencia. Sin lugar a dudas, la tarea más dura fue para los otros actores: el Padre que no intervendría para detener el sacrificio de Su Hijo, y el Hijo que sabía que su sacrificio sería inaplazable. Abraham contó con la suerte de la detención de su mano, mientras Isaac se enteraba de que un cordero estaba enzarzado para su beneficio. El muchacho volvió a la vida rescatado por un milagro. Pero el Padre no tuvo a nadie que le detuviera su mano, así como Jesucristo no fue liberado al estilo de Isaac, sino que sacrificado hubo de cumplir su misión, al consumarlo todo.

El mismo Dios que detuvo la mano de Abraham, fue el que hizo que Jesucristo volviera a la vida (Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre -Juan 10: 18). Jesús y Dios son uno (Juan 10: 30), de manera que la muerte no podía retener al autor de todo cuanto existe. Jesucristo resucitó y llevó cautiva la cautividad, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados ... con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Hebreos 10: 12 y 14).

La razón de la prueba hecha a Abraham, no fue para que Dios conociera el resultado, pues Él todo lo ha pre-ordenado desde los siglos, sino más bien fue para que Abraham se probara a sí mismo y conociera por experiencia que temía al Señor. Lo de él no fue un temor teórico, o un discurso religioso habitual acerca de la obediencia a Dios, sino más bien una tarea por la cual se convertiría en el héroe de la fe: era su prueba de gloria.  Pero, aunque la Biblia habla en el original acerca de que Dios dijo: ya conozco que temes a Dios...lo dice de esa manera para mostrarnos que Dios gobierna en cada momento a la tierra, a sus habitantes y al mundo en forma global. Ese ya conozco no es más que una actualización desde nuestra perspectiva temporal del Dios siempre presente: que ya conozco que temes a Dios, pues que no me rehusaste tu hijo, tu único (Génesis 22: 12). Sin embargo, Abraham no pudo entender el pedido hecho sino mediante el cumplimiento de su deber. Esa fue la prueba de su auto negación y de resignación ante la voluntad de Dios, con la cual obtuvo a cambio un juramento de Dios para bendecirlo, para multiplicar su simiente como las estrellas del cielo, y como la arena a la orilla del mar. Pero la bendición no terminaba allí, sino que añadía que esa simiente poseería las puertas de sus enemigos, por lo cual todas las gentes de la tierra serían benditas por dicha simiente.

Abraham no consultó a Sara, ni les participó a sus criados a qué iba. La fe no puede darse el lujo del derroche ante los posibles enemigos, o ante los que la ignoran. La fe es la certeza de lo que esperamos, de lo que habrá de venir sin duda, pero es tan fuerte como frágil. Este oxímoron se puede explicar por la experiencia de hombres de fe: en Abraham, su fortaleza estuvo en que su fe la hizo privada; en Pedro, su debilidad tal vez se deba a que miró la realidad externa, por lo cual se hundió en el mar en que caminaba. No obstante, ambos son hombres de fe, ejemplos de confianza, paradigmas de lo que creyeron y en quién depositaron su esperanza. ¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba (Romanos 14:22). Este es el secreto para la fortaleza de la fe. La fe y la duda parecieran dos lados de una misma moneda. Está tan cerca la una de la otra que mi confianza se hunde si volteo la moneda, o viceversa: mi duda se disipa si miro a la fe. Abraham supo esto sin que nadie le enseñara teología o sin hacer cursos por correspondencia. El no le informó a Sara de lo que Dios le había pedido, mucho menos a sus criados. Estos últimos, posiblemente se hubiesen negado a semejante disparate ante sus ojos. Sara ya había demostrado duda acerca de la promesa, cuando le dijo a Abraham que tomara a Agar, su criada, para que le diera un hijo. Ella pretendió resolver el plan demorado de Dios, pretendió creer que la promesa hecha era alegórica y no literal, por lo tanto Agar podría muy bien cumplir el deseo de Dios de darle descendencia a Abraham. Más allá de que todo haya sido previsto por Dios en su ejercicio soberano, en ocasiones queremos ayudar a cumplir su voluntad, sobre todo en aquellos renglones en que el tiempo apremia y desespera. Decimos que el tiempo de Dios es perfecto, pero nos perturba esperar.  También Sara se había reído (Génesis 18:12) delante del Señor cuando escuchó a escondidas que ella tendría un hijo a su edad, pero su risa había sido más bien por la duda, por su propia incredulidad. De ella se habla que sería madre de naciones, pero no se dice que haya sido madre de la fe. En cambio, Abraham también se rió, pero postrado ante su rostro: Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir? (Génesis 17:17). Fueron dos risas diferentes, una a escondidas, la cual tuvo reclamo: Entonces Jehová dijo a Abraham: ¿Por qué se ríe Sara...Acaso existe para Jehová alguna cosa difícil? (Génesis 18: 13-14), lo cual fue seguido de una negación rotunda por parte de Sara: No me he reído (eso se lo dijo directamente a Dios). Pero Jehová le recriminó diciéndole: No, sino que sí te has reído (verso 15). Dios no castigó a Sara por su risa cargada de duda, pero ella no fue llamada madre de la fe, sino de naciones. En cambio, Abraham también fue padre de naciones, pero se le dio el honor de ser llamado padre de la fe y amigo de Dios (Santiago 2: 23).

Con los precedentes de Sara, Abraham no podía compartir con ella la información o el requerimiento de Dios, pues se hubiese hundido en una argumentación innecesaria, lo cual posiblemente le hubiese conducido a realizar el sacrificio bajo la protesta de su mujer y de Isaac, apenas un muchacho. Ese sacrificio hubiese estado contaminado de amargura, de imágenes contradictorias, lo cual sí hubiese sido un verdadero oxímoron: una fe cargada de dudas. El no cuestionó la verdad de la palabra de Dios, la cual le fue dirigida de tal modo que no quedaba ninguna duda de quién hablaba.  Por eso se mantuvo firme en su fe, pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir (Hebreos 11:19).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:37
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