Jueves, 25 de octubre de 2012

Si el libro del Génesis se inicia con las palabras En el principio, Juan retoma la idea y abre su evangelio con idéntico texto: En el principio. (En arxé) es el vocablo griego que tiene múltiples significados, de donde proviene nuestro término arquetipo. Al inicio de todo lo que suponemos era el Verbo, la Palabra, la Lógica, pero ésta estaba con Dios y era Dios. Juan recuerda que en el Génesis el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas, por lo cual se dio vida al Cosmos, de tal forma que surgió el orden. El arxé es el modelo, el plano, la escala o medida de todas las cosas a seguir, de forma tal que aquel principio no es solamente el comienzo en el tiempo, sino lo que sirve para hacer copias, para imitar, porque Juan también está consciente de que ese Verbo vino a ser el camino a seguir, el hombre nuevo esperado, el Dios encarnado. Juan asegura que así como en el Génesis Dios hizo al mundo, este Verbo también era el mismo Dios, si bien en otra persona, creando al mundo. Dijo que el mundo (cosmos) por Él fue hecho, y sin Él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. El cosmos (kosmos) griego no es otra cosa que orden, de donde obtenemos nuestro vocablo cosmética.

La Palabra (el Verbo) existía mucho antes de que existiera el mundo; porque se trata de la Palabra que se hizo carne en el mundo. Si Jesucristo existía antes de la creación misma, entonces se internó en el cosmos en cuanto humano, pero por la vía de la encarnación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios (Salmo 90: 2). Con esta idea de eternidad el salmista comprende que la Palabra existía mucho antes de que apareciera el Cosmos, lo cual también interpreta Juan correctamente. De manera que aunque Jesús se encarnó entre nosotros, ya existía mucho antes de la creación misma, desde la eternidad y por siempre. Esta idea molestó por siglos a los gnósticos, y aún los inquieta: el que un Dios tan puro y santo pueda habitar entre los mortales humanos, pecadores obstinados y blasfemos. Por eso ellos no han podido sostener que Jesucristo haya venido en carne, una de las preocupaciones de Juan en sus cartas en relación con la penetración de esa falsa doctrina a las iglesias.

Tal vez suponemos superado el problema gnóstico, pero todavía quedan residuos de aquella raíz de mala hierba. Muchos consideran a Dios como un ser inalcanzable, al punto en que inventan ritos de purificación para poder tener acceso a su presencia. No obstante, en la revelación escritural encontramos textos que nos recomiendan a acercarnos a Dios confiadamente, creyendo que existe, y que es galardonador de los que le buscan. La razón de ello es que Jesús habitó entre nosotros y permitió que muchos se acercaran a él, que vivieran sus milagros, que escucharan su mensaje de acercamiento al Padre. Mostró con su vida ejemplar la importancia de la oración, de hablar sin vanas repeticiones con el Padre al que llamaba bueno.  Con su muerte nos legó la rotura del velo en el templo, y acabó con la separación entre el Altísimo y su criatura pecaminosa y en deuda, al clavar el acta de los decretos que nos era contraria, en la cruz. Hizo posible la amistad con Dios, en todos aquellos a quienes representó en la cruz. Fiel a la profecía dicha sobre él, que vería fruto de su trabajo, que salvaría a muchos, fue llamado Jesús bajo el mérito de salvar a su pueblo de sus pecados.

Pero este título o nombre dado por Juan a Jesucristo abre nuevos paradigmas comunicativos con Dios. Jesús es la palabra por la cual comunicamos nuestra voluntad. Los vocablos sirven de apoyo al pensamiento humano (¿cómo podríamos pensar sin palabras?). Pensar sin palabras ha sido un problema filosófico y lingüístico, un debate histórico, que nos lleva a las imágenes. Pero de nuevo los griegos, a través de Platón, se planteaban el problema de cómo nombrar las cosas si no existieran las palabras. ¿Existiría la rosa sin el nombre rosa?

Más allá de resolver este enigma filosófico, dentro del pragmatismo comunicativo sabemos que la palabra nos comunica con otros. Dios habló muchas veces a través de los profetas, pero ahora ha hablado por el Hijo, por el cual hizo el universo. Ese Cosmos fue hecho porque el Padre quiso constituir al Hijo en heredero de todo.   Y por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía (Hebreos 11:3); pero al mismo tiempo, su Hijo purificó nuestros pecados por medio de sí mismo, es decir, por medio de su sacrificio y su sangre derramada como Cordero inmolado, y sustenta todas las cosas con la palabra de su poder. Esa palabra permitió que aparecieran las cosas de lo que no se veía: sea la luz, y la luz fue hecha.  

Pero a pesar de la identidad del Logos, de su rol como segunda persona del Dios Trino, se dice que estaba con Dios. Esto presupone la camaradería, la amistad en lo más íntimo. Jesucristo tenía gloria suficiente antes de venir a este mundo, pues en Juan 17:5 leemos que en su oración sacerdotal pidió al Padre que le glorificara con aquella gloria que tenía antes de que el mundo fuese hecho. Pero esa gloria no era separada sino la que había compartido con el Padre. Cuando hablamos de Jesucristo pronunciamos su nombre de manera rápida, lo imaginamos de acuerdo a las distorsionadas imágenes representadas en frescos y películas, pero cuando vamos a la Biblia encontramos una descripción mucho más sublime de lo que podemos recordar por los retazos de las transparencias dibujadas.  Ese Logos, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, lo cual indica el gran trabajo implicado en el solo hecho de humanarse o hacerse carne, como anuncia Juan. Si bien sabemos que no tuvo pecado, vino a convivir cerca del pecado, en medio de una generación a la que llamó perversa, rodeado por los custodios del mensaje de su Padre que se habían convertido en sepulcros blanqueados podridos por dentro. El Sanedrín había transformado la palabra inicial por la que Dios había hablado a través de sus enviados en un hacer y dejar de hacer, normas que regían la actividad humana para controlar la conducta de los hombres y manipular su ánimo en favor de una estructura fosilizada como religiosa. El pueblo que le rodeaba en muchas ocasiones había sido víctima de una pedagogía pública torcida; era supersticioso, desconocía las Escrituras, se había acostumbrado a los rituales de los sábados y de las fiestas nacionales religiosas. El paso por el mar rojo o la pascua era un recuerdo de una historia interesante y fantástica. Muchos sabían que habría de venir un Mesías, pero sus maestros les habían instruido que debía ser político, para liberarlos del imperio romano, como antes fueron liberados del yugo egipcio. La jerarquía religiosa surgía gracias al ligamen con el poder de Roma, en una sumisión política en aras de recibir la dádiva de la influencia y el control legal. Aquel Logos se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (Filipenses 2:6-7).

Pero el término Logos tiene muchas implicaciones de sentido: es la razón por la cual son todas las cosas hechas; es la enseñanza de Jesús como Maestro; es el entendimiento del Dios con nosotros. Es también discurso, con el cual se anunció el reino de Dios, manifestado a veces en parábolas pero explicada a sus discípulos; es el principio racional del universo. Y como el Logos estaba con Dios, y era Dios, entonces sabemos que era igual al Padre, si bien era otra persona. Más adelante, ese mismo Jesús (el Logos hecho carne) nos enviaría al Consolador para hablarnos de sus mismas palabras, para recordárnoslas, para llevarnos a toda verdad. Entonces, la Trinidad se anuncia una vez más en esas tres personas. Aunque en ellos haya distinción, hay igualmente conjunción como un solo Dios.

Nunca ha faltado en la historia humana quienes pretenden rebajar la majestad de la Escritura a la vulgar copia de ideas del mundo pagano. De esta forma, algunos orgullosos eruditos de la lengua han llegado a afirmar que Dios tuvo que aprender griego para poder llevar su mensaje al mundo en su totalidad. Como Alejandro Magno impuso esta lengua como la oficial de su imperio, el mundo se volvió helenístico, y el griego su lengua franca. A pesar de que los apóstoles hablaban arameo y hebreo, escribieron el Nuevo Testamento en griego, como era de suponer, una lengua mucho más conocida entonces que la de ellos mismos. En la Edad Media fue el Latín el vehículo de filósofos y científicos; hoy día lo suele ser el inglés. El francés llegó a ser la lengua franca culta de Europa. De manera que aquella frase que señala a Dios como aprendiendo griego está más cargada de orgullo o soberbia que de razón. La lógica apunta a que si se quiere dar un mensaje en forma extendida, se ha de utilizar una lengua que sea lo más franca (abierta y extendida) posible. De nuevo el ejemplo: el francés fue la lengua franca de la aristocracia europea del siglo XVII hasta finales del siglo XIX, y se les enseñaba a los niños de las familias reales de Europa. Muchos aristócratas rusos escribían en francés. Todavía se utiliza en la diplomacia internacional y en los principales organismos internacionales, al punto en que de las tres lenguas oficiales de la Comunidad Europea o del Parlamento Europeo el francés ocupa el segundo escaño, precedido por el inglés y seguido por el alemán.

La lengua vehicular de la parte oriental del imperio Romano era el griego y por tanto ésta fue la elegida por los judíos cristianos para su predicación, tanto a los paganos como a los judíos de la diáspora en GreciaEgipto y otros territorios orientales del Imperio. Por si fuera poco, ya existía la Septuaginta, aquella traducción al griego del Antiguo Testamento, hecha en el siglo III antes de Cristo. El griego utilizado para escribir el Nuevo Testamento era llamado koiné, una especie de dialecto o lengua popular desarrollado en la época helenística, lo cual ofrecía ciertas ventajas gramaticales sobre el griego clásico. Por ejemplo, se prefería el uso de las coordinadas a las subordinadas, lo cual lo hacía más fácil de entender. Pero aparte de esto, hay quienes opinan que la lengua griega permitía incursionar más en el pensamiento abstracto, mucho más que el hebreo o el arameo. Un caso esgrimido es la manera como se nombra a la Divinidad: el hebreo, más concreto, tiende a las figuras también concretas: Dios es una roca, es como una gallina con sus polluelos, es el refugio. En la lengua griega Juan inaugura la visión teológica con un concepto mucho más abstractos: ahora Dios o su Hijo es el Logos. Esto no tiene nada de concreto sino de abstracto.

Propicio es también reconocer que los romanos respetaron a Atenas, al punto de que no la destruyeron como acostumbraban hacer con las ciudades conquistadas. Al contrario, su gran admiración por la cultura y la sabiduría griega les llevó a trasladar a muchos de sus filósofos hacia Roma, para que enseñaran a los hijos de los nobles la literatura griega, la tradujeran, les enseñaran su lengua, su religión y su filosofía.  Epícteto fue un filósofo griego, de la escuela estoica, que vivió parte de su vida como esclavo en Roma. Polibio, historiador griego, fue llevado como esclavo a Roma.  Durante la República, la mayoría de los médicos eran esclavos griegos. Todo esto favorecía mucho más a que el griego continuara como la lengua franca de entonces.

Pero también resulta falso el que se diga que Juan tomó prestado de Platón el concepto de Logos, o tal vez de Heráclito. Existen muchas evidencias de que los filósofos griegos fueron hasta Egipto y tuvieron contacto con los judíos radicados allá; por supuesto, ellos intercambiaron conceptos acerca de la manera como veían la divinidad. Los mismo platonistas hacen mención al Logos como lo que existe eternamente y por lo cual todas las cosas fueron hechas. Pero es razonable suponer que estos conceptos fueron tomados de las nociones teológicas de los judíos en Alejandría y en otros sitios del mundo. Platón, Pitágoras, Zenón, y otros, viajaron entre los Judíos, y conversaron con ellos, por lo cual es razonable suponer que tomaron prestados dichos conceptos (Adam Clarke's Commentary on the Bible. Adam Clarke, LL.D., F.S.A., 1715-1832).

Es sabido que el vocablo logos tiene muchos significados en lengua griega. Quizás sus primeros indicios semánticos no están relacionados por fuerza con estudio, razón, entendimiento o ciencia, sino con un sencillo instrumento agrícola. El logos era comparable a la escardilla, un  aparato que sirve para escardar y limpiar la tierra de malas hierbas, y para agarrar las hojas y desechos propios del suelo. Con este vocablo o con este utensilio, los griegos quisieron simbolizar la única forma posible de asir los conceptos en el Cosmos, la mejor vía de alcanzar aquello que necesita del apoyo de un mecanismo especializado para poder ser asido. De esta forma, la razón se convierte también en otro agregado semántico al logos-escardilla. No había otro vocablo más propicio para Juan en su intento de definir quién era el Cristo, por lo cual lo denominó el Logos, la Palabra, la Razón, la Lógica, el instrumento por el cual se puede limpiar a los corazones del pecado, se pueden alcanzar los conceptos lejanos de paz, dicha, comunión con Dios; se puede también razonar acerca de la rotura espiritual humana gracias al concepto de pecado. El Logos de Juan sirve para comprender que Dios entra por la razón, no por la superstición; que la locura de la predicación (palabra anunciada) sería el método divino para el rescate de la humanidad elegida. Si por la palabra (Logos) creemos haber sido constituido el universo, por la predicación de la palabra de Cristo viene la fe.

Pero la riqueza lingüística griega agrega un nuevo sentido y vocablo al logos, un derivado semántico: el rema. Logos y rema se incorporan a la literatura neo-testamentaria, cuando Pablo anuncia que la fe viene por el oír el rema de Cristo (la palabra específica de Cristo). De manera que rema (rhema) es una variante de Logos, es el mismo Logos actuando en forma específica para consecuencias particulares. Pedro recibe del Logos (Jesucristo) el rema (la palabra diciente) de caminar sobre las aguas. A nadie más se le dijo ese Logos-rema, sino a Pedro. Pero el anuncio de Pablo es esperanzador, por cuanto involucra a mucha más gente, ya que dice que le fe viene por el oír el rema de Cristo.

Y nosotros nos preguntamos dónde se encuentra ese rema de Cristo. La única respuesta posible está en el Logos revelado, en el Verbo hecho carne. Si oímos hoy su voz, dijo Isaías, no endurezcamos nuestros corazones. La fe no viene por otra vía, no nos es dada por superstición, ni por obras de justicia, ni por penitencias sacrificiales. La fe se garantiza a todos aquellos que oyen la palabra específica de Cristo, la que llama, la que ordena el caos de nuestra existencia. De esa manera podemos estar seguros de que hemos sido incluidos dentro del pueblo de Dios, el objetivo específico de Jesús, el de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). En consecuencia, podemos decir también que irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios (Romanos 11:29).

César Paredes

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