Mi?rcoles, 24 de octubre de 2012

Los famosos teólogos y predicadores de la Reforma han hecho creer que asumir la doctrina de la gracia es una tarea de arduo intelecto. Por ello, después de pasarse la vida entera en seminarios, en la escritura de libros, en conferencias y prédicas, cuando valoran el resultado, que no es otro que el rechazo de lo que han predicado, se espantan y resumen que sencillamente no han sido intelectualmente comprendidos. De manera que se asoma en ellos un espíritu de orgullo por haber mostrado una mayor capacidad intelectual que sus oponentes. Como reducir la salvación a una habilidad intelectual especial es contradictorio con lo que ellos han estudiado, tranzan el proceso salvífico en dos ofertas: 1) los otros también son salvos, pero por un camino más tortuoso, no disfrutan de la seguridad que ellos han alcanzado por el dominio de la doctrina de la gracia; 2) comienzan a torcer las Escrituras, con el argumento de que Dios pasó por alto a los réprobos, que no los endureció directamente, que a ellos se les aplica un criterio judicial. Al final de cuentas, sostienen, todos navegamos hacia el mismo océano, unos por aguas con grandes peñones y otros por aguas mansas.  

Pero la doctrina de la gracia no es materia de esfuerzo intelectual. Es tan simple como la superficie de las letras expuestas en el libro. Dios habla y dice cómo es que Él se ha propuesto salvar al hombre absolutamente perdido, muerto en delitos y pecados. No pide autorización para llevar a cabo su proceso salvífico, envía a Su Hijo para sufrir una horrenda muerte y dar su sangre en rescate por muchos. Su Hijo no ruega por todo el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio. Pide por ellos y por los que habrán de creer por su palabra, que se suponen creerán porque también así el Padre lo ha dispuesto, ya que nadie va al Hijo a no ser que el Padre allí lo envíe. Al mismo tiempo, Dios expone en sus Escrituras que Él activamente endurece el corazón de algunos, para que crean a la mentira, para que oyendo no entiendan y así no se arrepientan y Él no tenga que sanarlos. Por supuesto, esto es un escándalo en los seudo-cristianos. Estas personas de doble moral nos recuerdan el viejo cuento de una mujer que vendía su cuerpo al mejor postor, pero que se escandalizaba al ver los desnudos exhibidos libremente en un museo de arte. A estas personas les parece bien que Dios salve a través de Su Hijo, pero exigen que sean ellos los que decidan quiénes lo serán, cuándo y de qué manera. Asimismo, al leer que Dios endurece al que quiere endurecer, se escandalizan de que las Escrituras exhiban semejantes textos que desmeritan a un Dios bondadoso.

El que Dios ejerza violencia en la salvación del hombre es visto como un atropello repugnante contra el libre albedrío humano. Ya que la Biblia no enseña que el hombre posea tal cualidad de libertad, los teólogos del otro evangelio asumen que la libertad es un requisito sine qua non para la existencia de la responsabilidad. Ignoran que ni aún en terrenos netamente humanos tal precepto sea un universal del Derecho. En la mayoría de los Códigos Jurídicos del Mundo se dice que la ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento, de manera que según ese precepto no se esgrime la posibilidad de que el agresor de la ley sea o no sea libre. Una persona puede ser obligada a cometer un crimen, mas no por eso quedará exonerada de su responsabilidad. Cuando nacemos en un país determinado, asumimos de pleno derecho una deuda externa o interna existente que nosotros no hemos voluntaria ni libremente querido asumir. Es más, no podemos decir que seamos responsables de dicha deuda contraída por los gobernantes anteriores o actuales, pero no por ello se excusa la obligación de pagarla. De manera que la libertad no tiene mucho que decir en materia de Derecho en estos casos. ¡Cuánto menos tendrá que opinar frente al trono del Dios soberano!

El acto operativo por el cual Dios quita un corazón de piedra para instalar uno de carne es violento. Así parece decirlo Ezequiel:  Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne (Ezequiel 36:26). Dios está hablando en voz activa, de manera que el sujeto receptor es quien recibe la acción del cambio de corazón. Nada hace para ello, no inclina su voluntad, no pide, no ruega, no rechaza, no resiste. Cuando Dios le dice a Moisés que endurecerá el corazón de Faraón, sigue siendo Él el sujeto activo del enunciado, de manera que Faraón nunca pudo protestar, al punto que ni cuenta parece haberse dado de que su endurecimiento venía de parte de Jehová, pues se atrevió a preguntar: ¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel (Exodo 5:3). Asimismo, el Espíritu dijo a través de su inspirado Pablo que Dios tenía misericordia de quien Él quería, pero que endurecería a quien Él también quisiera. No hubo objeción alguna, apenas una leve voz de reclamo por parte de un tercer sujeto en el relato, al cual Pablo interpela: ¿Pero me dirás, por qué, pues, inculpa? Este objetor reconoce el soberano poder y el soberano derecho de Dios para endurecer y tener misericordia de quien quiera. No obstante, él reclama el hecho de que Dios inculpa, no precisamente desde su óptica libertaria, sino al contrario, desde su absoluta ausencia de poder contra el Altísimo. No dijo: pero yo no soy libre para decidir, sino más bien reconoció el derecho de Dios a hacer como quiere, pero reclamó que tal vez ese ejercicio de poder era demasiado como para culpar al hombre. Su reclamo no estuvo nunca centrado en una supuesta libertad que sabía no tenía, sino en la abrumadora soberanía divina la cual es irresistible.

Conocemos la respuesta del Espíritu: Dios hace como quiere, y el hombre no es nadie para discutir con su Hacedor. Pero el objetor de Romanos 9 nos enseña muchas cosas, y quizás una de las más relevantes es distinguir que el término violencia no encaja en la acusación contra Dios. En realidad Dios no hace violencia, lo cual sería aplicar medios violentos a cosas o personas para vencer su resistencia (Diccionario de la Real Academia Española). El objetor de Romanos nos habla de no poder resistir su voluntad, lo cual sugiere que al hombre no se le aplica ninguna violencia de parte de su Creador, por cuanto la criatura es tan impotente que no le puede siquiera resistir. Si no se puede resistir al Creador en materia natural o espiritual cuando endurece al hombre, tampoco podremos resistir su gracia soberana. De allí que se equivocan quienes sostienen que la gracia de Dios es resistible, pues aún el objetor de Romanos 9 enseña también esta particularidad en el accionar divino.

Dios no deja nada al azar ni mucho menos se escuda en el hombre pecaminoso para poder ejercer su justicia y hacer notorio su poder. El dijo que había amado a Jacob y reprobado (odiado) a Esaú antes de que hiciesen bien o mal. Esto perturba a muchos, pero la Biblia no lo desmiente, al contrario, lo asegura una y otra vez. En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11: 25-26). Dos cosas hizo Dios según esta declaración del Hijo: 1) Escondió algunas cosas de los sabios y entendidos; 2) las cosas escondidas las reveló a otros. Ahora bien, uno se pregunta con qué objeto hizo todo eso. Cuando uno sigue leyendo los evangelios encuentra la respuesta varias veces, pues se dice que Jesús había hecho muchas señales entre la multitud, pero no creían en él. Acá uno podría plantearse la temática del libre albedrío, el hecho de que no creían porque no querían (porque en su libre arbitrio no les daba la gana de creer); sin embargo, Jesús mismo da razón de por qué no creían: con ello se cumplía la palabra profética de Isaías cuando anunció que Dios Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane (Juan 12: 40). Otra vez la actividad de Dios: 1) cegó el entendimiento de muchos; 2) les endureció el corazón; 3) hizo que no vieran con los ojos; 4) provocó que no entendieran con el corazón; 5) provocó que no se convirtieran; 6) hizo que Jesús no los sanara espiritualmente. Este es un Dios muy activo cuando se trata de endurecer a quienes quiere endurecer. Si el endurecimiento de Dios es irresistible, de nuevo decimos: ¡cuán irresistible debe ser su gracia salvífica!

¡Qué necedad la de aquellos que proclaman una gracia resistible! Ellos parecen que adoran a otro dios, pregonan otro evangelio y son miembros de la falsa iglesia. Un falso evangelio debe promover un falso dios, de manera que los que siguen la falsa doctrina configuran la falsa iglesia. Pero hay que reconocer que para esto ellos también fueron destinados. Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina... Estos son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta; para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre (2 Pedro 2:1,17). Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo (Judas 4).

Según este último texto mencionado, los destinados para la condenación tienen como meta el negar al Dios soberano. El ataque continuo es contra la soberanía de Dios, porque el hombre no desea perder la ilusión adquirida en el Edén, la de que sería independiente de su Creador. Por eso la desobediencia, para emanciparse del Padre. No ha entendido que no existe una casilla vacía, una zona neutral: si se emancipó del Padre Creador ha sido gracias a la serpiente antigua, la cual se llama diablo o Satanás, el cual es padre de la mentira y el príncipe que todavía gobierna y opera en los hijos de desobediencia. Ese hombre ilusoriamente emancipado en el Edén es un esclavo del segundo padre, el jefe de los espíritus encarcelados. Solamente si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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