Domingo, 14 de octubre de 2012

Cuando David Hume era un niño, fue un religioso que hacía lista de sus pecados para buscar más tarde su perdón. Sin embargo, después de haber empezado sus estudios en la Universidad de Edimburgo, a la edad de 12 años, pareció haber perdido su fe.  Su obra filosófica nos habla de diferentes tópicos, pero en especial acerca del entendimiento humano. Nos formamos concepciones de las cosas en base a nuestras percepciones de la naturaleza o de las situaciones que se nos presentan. Pareciera que copiáramos nuestros pensamientos en un espejo confiable, donde guardamos las copias de los objetos que imaginamos o miramos. Las percepciones de la mente las debemos clasificar en dos grupos: 1) Los Pensamientos o Ideas. 2) Las Impresiones. Estas son las vívidas percepciones de lo que oímos, vemos, sentimos, amamos, odiamos, deseamos o queremos. Las impresiones se distinguen de las ideas en que éstas últimas son percepciones menos vívidas, más difusas, de las cuales estamos conscientes siempre y cuando sean reflejadas a través de las sensaciones antes mencionadas (las de las impresiones).

Hume nos advirtió de una paradoja en el pensamiento. Dice que pese a que el pensamiento pareciera no tener límites, sin embargo se encuentra atado al poder creativo de la mente, que a su vez se circunscribe al transporte, aumento, disminución y cantidad de los materiales que utiliza. Esos materiales no son otros que los sentidos y la experiencia. Por ejemplo, si imaginamos una Montaña Dorada, se debe a la unión de dos ideas consistentes, oro y montaña. De igual forma podemos concebir Un Caballo Virtuoso, gracias a que por nuestros sentimientos concebimos la virtud, pero también porque tenemos la figura de un caballo que nos es un animal familiar.

Quizás esta manera de interpretar el mundo lo llevó a su ateísmo prematuro, pues también dijo que la idea de Dios como significado de un Ser infinitamente inteligente, sabio y bueno, sin límites,  es reflejo de las operaciones de nuestra mente. Tal vez transmutó el proceso deductivo de Descartes por uno más inductivo. Descartes sostuvo que tenemos la idea de la perfección aún siendo imperfectos, porque un Ser Perfecto nos la ha dado. Acá Hume parece decir lo inverso: tenemos la idea de la perfección como una presunción mental, de manera que podemos imaginar a un Ser Perfecto. Esto rompe con su propio esquema de raciocinio presentado en la formación de los pensamientos y las impresiones. ¿Cómo imaginar lo perfecto, si nuestras impresiones se perciben a través de los sentidos? Se entiende lo de la Montaña Dorada porque existe el oro y la montaña, pero un Dios Perfecto no puede salir de lo sensorial ni está formado por alguna idea menos vívida que lo que me permiten los sentidos.

El mismo Hume lo confirma con otro ejemplo: Un hombre ciego no puede tener la noción de los colores, ni un hombre sordo la de los sonidos. Si usted le restaura el sentido del cual adolecen, entonces usted les abrirá la puerta para las sensaciones y para las ideas respectivas.  De esta forma no encontrarán ningún obstáculo en concebir tales objetos o elementos (el color y el sonido). El siglo XVIII en el cual vivió el filósofo, fue el llamado siglo de las luces. Sin embargo, el razonamiento a veces muestra sus fallas por donde se entrampa la mente. Nada es más libre que la imaginación del hombre; sin embargo no puede exceder su primordial conjunto de ideas que nutren los sentidos internos y externos...¿Dónde radica la diferencia entre la ficción y la creencia? ...La mente tiene autoridad sobre todas las ideas, puede anexar una particular idea a una ficción, para consecuentemente ser capaz de creer lo que le plazca; incluso si es contrario a lo que encontramos en la experiencia diaria. Podemos unir la cabeza de un hombre al cuerpo de un caballo; pero no está en nuestro poder el creer que tal animal haya jamás existido ( Hume, David. An Enquiry Concerning Human Understanding (Section V) Part II).  

Para Hume era vital la experiencia. En otra oportunidad lo ejemplificó con el acto de arrojar un pedazo de madera seca en un fuego. Dijo que nuestra mente piensa de inmediato en que el fuego aumentará, nunca en que disminuirá. Pero esta transición de causa y efecto no proviene de nuestra razón, sino que se ha originado en la costumbre de nuestra experiencia. Existe por consiguiente una harmonía entre el curso de la naturaleza y la sucesión de nuestras ideas, pero si bien desconocemos cómo la naturaleza se gobierna, nuestras ideas son gobernadas por la fuerza de la costumbre. Este es el principio que rige la relación de nuestra memoria con el conocimiento.

La Biblia habla acerca de la ceguera del hombre. Dice que la humanidad ha sido cegada por el dios de este siglo, para que no le resplandezca la luz del evangelio. En el ejemplo de Hume, siempre apegado a la experiencia, aprendemos que se hace necesario devolver el sentido de la vista al ciego y el del oído al sordo. De otra forma no podrán jamás tener la puerta abierta para las sensaciones e ideas respectivas a la vista y al sonido. Lo mismo dice la Escritura: es imprescindible nacer de nuevo, es indispensable cambiar el corazón de piedra por uno de carne. Dado que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, que en la humanidad entera no hay quien busque a Dios por disposición propia, se hace necesaria la intervención de un poder sobrenatural para que se le devuelva la vista al ciego, para que sea liberado el cautivo.

El porqué Dios no ha hecho ese trabajo en todos es un problema serio. Ha sido la causa de que se hayan levantado múltiples objetores a lo largo de la historia de la humanidad. El mismo apóstol Pablo parece habernos presentado uno en su carta a los romanos, en el capítulo 9. Este objetor se levanta contra Dios y le reclama el porqué nos inculpa, pues ¿quién ha podido resistir su voluntad? Hume hizo lo mismo. Después de haber gustado las nociones generales del evangelio, debido a la educación en su hogar, descubrió que la experiencia sensorial era el haz de luz por el cual vería todo su conocimiento. Esto lo llevó a negar abiertamente a la providencia. Yo rechazo a cualquier supremo gobernante del mundo, como si guiara el curso de los eventos, y castigara los vicios y las infamias y recompensara al virtuoso con honor y éxito...Yo reconozco que en el presente orden de las cosas, la virtud es recibida con mayor paz de mente que los vicios...Usted me dice que la disposición de las cosas muestran un diseño inteligente. Pero no importa de dónde proceda, o de qué depende nuestra felicidad o miseria, nuestra conducta en la vida es la misma. Está abierta para mí como para ti el regular la conducta, a través de la experiencia de los eventos pasados. Y si usted afirma que todo ello es producto de la providencia que lo permite, por intermedio de una suprema justicia distributiva en el universo, yo debería esperar una mayor recompensa para el bien y un mayor castigo para el mal, más allá del ordinario curso de los eventos (Idem. Section XI).

Por fe andamos, no por vista. Mucho quisiéramos ver la justicia de Dios activa en mayor grado, pero existe una promesa de que seremos saciados de ella. Si fuésemos gobernantes soberanos por unos pocos días, de seguro el mundo sería otro. Tal vez ya hubiésemos barrido a nuestros enemigos de la faz de la tierra, tal vez hubiésemos hecho desaparecer a muchos pueblos del planeta. El rumbo sería otro, y por cierto que nosotros no nos hubiésemos borrado a nosotros mismos del mapa. Seguiríamos allí para demostrar que nuestra justicia fue la mejor, aunque por supuesto nada imparcial, ya que nos habríamos perdonado a nosotros mismos. Este es el viejo reclamo por la injusticia a Dios, la vieja acusación de que es un juez injusto. El ¿por qué, pues, inculpa? se traduce ahora en ¿por qué, pues, no gobierna bien?

Podríamos argumentar que la maldad aumenta porque la naturaleza humana está enferma de pecado. Podríamos aducir que el dios de este siglo es el príncipe de este mundo y se ha encargado de enlodar la obra de Dios. Pero siempre hay que ir más allá de las apariencias, ya que Dios mismo está detrás de todo lo que sucede. Él lo ha declarado a través de sus profetas, diciendo que hace la obscuridad y hace la luz, que crea la adversidad y crea las tinieblas. Esa sería la respuesta a Hume de parte del Dios de la Biblia. También sería apropiada la respuesta de Isaías: ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! El punto es que cada quien tiene una cuota de responsabilidad con la cual cumplir, antes de exigir que el Creador haga una intervención que transforme al mundo a nuestra imagen y semejanza. En la relación entre lo físico y lo metafísico, debemos cumplir con nuestra parte antes que reclamar al lado metafísico. Esa siempre ha sido la excusa humana desde la caída: la mujer que (Tú) me diste por compañera, o la serpiente (ente metafísico) me engañó, hasta que Dios dejó de preguntar porque la serpiente hubiera respondido Tú me hiciste así.

Tenemos una responsabilidad física, en la historia limitada por el espacio y el tiempo. Nuestros sentidos nos permiten percibir lo que debemos hacer, gracias a las experiencias acumuladas por años. Pero tenemos también ideas, las cuales usan la percepción y se sirven de los sentidos. La obra de Dios es perceptible, ya que su creación está por doquier en nuestra esfera física. Antes de buscar culpables metafísicos, nuestro deber ha de honrar nuestra conducta. No es de la mente altiva contra su Creador el hallar gracia, más bien Dios está cerca de los humildes y resiste a los soberbios. El ha prometido agarrar a los sabios en sus vanos razonamientos: ¿cómo se puede hablar de un Dios perfecto si se ha declarado previamente que el conocimiento es absolutamente sensorial? Estamos rodeados de imperfección, de manera que la experiencia nos muestra que lo perfecto no existe, a menos que volteemos el razonamiento hacia la deducción para decir con Descartes que la idea de la perfección nos la dio un Ser perfecto.

Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía (Hebreos 11:3); Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa (Romanos 1:20); Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios (Salmo 90:2); ... que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto. Rociad, cielos, de arriba, y las nubes destilen la justicia; ábrase la tierra, y prodúzcanse la salvación y la justicia; háganse brotar juntamente. Yo Jehová lo he creado (Isaías 45:7-8).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

   


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:12
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios