Domingo, 14 de octubre de 2012

La humanidad ha usado el signo lingüístico de muchas maneras. Una de ellas es la sencilla denotación de un objeto nombrado. Sin embargo, existe una satisfacción enorme en el símbolo, pues éste es un poco más icónico, por lo tanto menos abstracto, y se circunscribe a un contexto cultural preconocido.  Las entrañas o los intestinos, a veces los riñones, han figurado en la historia humana como el símbolo de lo que hoy es representado por el corazón, en la connotación del amor, del sentimiento, de las emociones, pero también del raciocinio y del pensamiento.

En la vieja literatura se consiguen expresiones de afecto relacionados con las entrañas, con el hígado o con los riñones. Y es que estos órganos fueron considerados vitales en la vieja anatomía de la guerra. La espada daba testimonio de las vísceras desplazadas de lugar, lo cual invocaba de inmediato a la muerte. Una puñalada en los riñones surtía similar efecto, así como un golpe fuerte en el hígado. Después, con el avance de los estudios anatómicos, algunas veces prohibidos otras permitidos, el corazón desplazó a aquellos símbolos del afecto y raciocinio. Descubrir que una bomba de carne permitía el flujo sanguíneo a todo el cuerpo fue razón suficiente para tomar la bandera del afecto y la razón. En la sangre estaba la vida, de lo cual daban testimonio los hombres desangrados y la misma literatura bíblica.

Te quiero con el corazón fue una frase ordinaria en los escritores para mostrar su máximo afecto. Esas palabras daban a entender que se quería con la vida misma. Se miró a esa región como asiento del afecto, la simpatía y la compasión, pero también de la razón.  Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (Génesis 6:5). Antes que acabase de hablar en mi corazón, he aquí Rebeca, que salía con su cántaro sobre su hombro; y descendió a la fuente, y sacó agua; y le dije: Te ruego que me des de beber (Génesis 24:45). ... y los ha llenado de sabiduría de corazón, para que hagan toda obra de arte y de invención, y de bordado en azul, en púrpura, en carmesí, en lino fino y en telar, para que hagan toda labor, e inventen todo diseño (Génesis 35:35). Creo que esto tres versos son apenas una pequeña muestra de la enorme cantidad de textos relacionados con la capacidad de raciocinio y de pensamiento atribuida figurativamente al corazón. Podíamos anexar este otro, para abundar un poco en la idea de un corazón pensante:  Guárdate de tener en tu corazón pensamiento perverso, diciendo: Cerca está el año séptimo, el de la remisión, y mires con malos ojos a tu hermano menesteroso para no darle; porque él podrá clamar contra ti a Jehová, y se te contará por pecado (Deuteronomio 15:9).

El uso principal del término corazón es el sentido figurado de lo más hondo, del núcleo representativo del ser humano. En ese órgano se encuentran figurativamente los atributos de la personalidad como el pensamiento, la voluntad y el sentimiento, fusionados en forma inseparable. Más allá de que estos conceptos representados son descritos en forma separada, están anclados a esta parte del cuerpo, lo cual implica que el conocimiento en el sentido bíblico presupone el intelecto,  el sentimiento y la voluntad, así como la experiencia. Cambió el corazón de ellos para que aborreciesen a su pueblo, para que contra sus siervos pensasen mal (Salmo 105:25); La congoja en el corazón del hombre lo abate; mas la buena palabra lo alegra (Proverbios 12:25); Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios (Salmo 51:17).  Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida (1 Timoteo 1:5); ...me dijo el rey: ¿Por qué está triste tu rostro? pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón. Entonces temí en gran manera (Nehemías 2:2). Suficiente con estos textos que hablan del corazón y su responsabilidad emocional.

Esta yuxtaposición de versos bíblicos nos muestra que la verdadera religión y la lógica van de la mano. La doctrina entra por el corazón, en el sentido lógico y como centro de la razón; pero la buena doctrina alegra al corazón, en el sentido emocional del término. La Biblia no da pie para contraponer en el corazón a la razón y al sentimiento. Eso sería como contraponer a las tres personas del Dios Trino. Ellas concuerdan entre sí, así como concuerda la emoción y la razón. De manera que resulta erróneo suponer que se puede tener una doctrina equivocada y contra las Escrituras, pero un corazón dispuesto que ame al Señor. Eso es una contradicción si se sigue el sentido escritural de la Revelación.

La tradición romántica y mística ha hecho que se separen estos conceptos, atribuyendo a la cabeza el símbolo de la razón, mientras que a las emociones se deja para el corazón. Desde la perspectiva bíblica no es así. Son demasiados los textos de la Biblia que muestran lo contrario, que con el corazón se piensa. Tu corazón imaginará el espanto, y dirá: ¿Qué es del escriba? ¿qué del pesador del tributo? ¿qué del que pone en lista las casas más insignes? (Isaías 33:18). Acá el corazón imagina (atributo cerebral) y habla (atributo que involucra cualidades especializadas del cerebro). Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos...(Mateo 13:15). Estas son propiedades intelectuales y emocionales juntas que demuestran a una persona caída y que rechaza la palabra de Dios.  

La fe que no salva o el más cruel ateísmo provienen del corazón: Dice el necio en su corazón: no hay Dios. Se han corrompido, hacen obras abominables; no hay quien haga el bien (Salmo 14:1); que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10: 9-10). De manera que los dos tipos de fe provienen del corazón: la fe que rechaza a Dios viene del corazón de piedra (Ezequiel) y la que se cree para justicia proviene del corazón de carne (Ezequiel 11:19). Entonces el creer es una obra seria, razonada, producto del nuevo nacimiento, anclada en el corazón. La Biblia no admite separación de funciones en cuanto a materia de corazón se refiere. La Biblia define conceptos distintos, pero todos van anclados al centro del hombre, de tal forma que no existe la dualidad en la fe. No existe una fe apartada de la sana doctrina y al mismo tiempo un corazón dispuesto hacia Dios. La razón se ha demostrado con los textos expuestos, si bien existen muchísimos más en el resto de las Escrituras. La lógica de todo esto es porque el corazón representa simbólicamente el centro del intelecto y de la emoción humana.

Y lo mismo sucedía en otra época en que se hablaba de las entrañas o del hígado. Eran simples símbolos que evocaban el centro de interés humano en materia de raciocinio y emoción. Veamos algunos ejemplos aún en las mismas Escrituras. Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron mis entrañas, mi hígado se derramó por tierra a causa del quebrantamiento de la hija de mi pueblo...(Lamentaciones 2: 11). Entonces José se apresuró, porque se conmovieron sus entrañas a causa de su hermano, y buscó dónde llorar...(Génesis 43:30). Entonces la mujer de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a ésta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo (1 Reyes 3:26). Concibieron dolor, dieron a luz iniquidad, y en sus entrañas traman engaño (Job 15: 35). Las entrañas sirven para expresar el sentimiento y para maquinar engaño, dos funciones diferentes ancladas de nuevo en el mismo centro. Mis entrañas se agitan, y no reposan; días de aflicción me han sobrecogido (Job 30: 27). Porque en la boca de ellos no hay sinceridad; sus entrañas son maldad, sepulcro abierto es su garganta, con su lengua hablan lisonjas (Salmo 5:9). Mis entrañas también se alegrarán cuando tus labios hablaren cosas rectas (Proverbios 23:16).

Este texto es aún más elocuente, pues alterna con ambos símbolos corporales. ¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí; no callaré; porque sonido de trompeta has oído, oh alma mía, pregón de guerra (Jeremías 4: 19). Analicemos el texto del Nuevo Testamento, encontrado en Filipenses 1: 8. La versión Reina Valera Antigua se apega más al sentido original del griego, y dice lo siguiente: Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Jesucristo. Antes de ir al griego pasemos un momento a la Vulgata Latina. No se necesita ser un experto en Latín para verificar el vocablo muy parecido al español, el que se recoge en el texto de Jerónimo: testis enim mihi est Deus quomodo cupiam omnes vos in visceribus Christi Iesu (en las vísceras de Cristo Jesús). El vocablo subrayado lo buscamos en el Texto Recibido (Textus Receptus) y es el siguiente: εν σπλαγχνοις ιησου χριστου. (splangk'h-non) traduce intestino, si bien entendemos el sentido figurativo usado por el apóstol al querer decir simpatía, piedad, amor entrañable de Jesucristo.

Por cierto, cuando se expusieron los textos referidos a entrañas, el sentido denotativo inmediato son los intestinos. Ya el vocablo entrañas es una figura genérica de la denotación original. Pero la idea fundamental de lo expuesto es que no hay separación alguna entre el corazón y la cabeza, como si el primero se refiriese solamente a las emociones y el segundo al intelecto. La perspectiva bíblica nos ha mostrado lo contrario, todo está centrado en el corazón, tanto emociones como intelecto. Cuando se menciona a las vísceras, a los intestinos o al hígado, sucede de igual forma que con el corazón. Inventar un discurso contrario implica torcer las Escrituras, es al mismo tiempo perderse en un lúgubre misticismo emotivo, sensacionalista, que busca una experiencia al estilo del kundalini hindú: las contorsiones del cuerpo en pretensión del reflejo del alma o del corazón. El despertar del kundalini conlleva a la meditación, a la alucinación, al poder de la serpiente. Cuando se tuercen las Escrituras se hace en favor de la serpiente antigua, el gran enemigo de la humanidad. No separemos el centro humano en forma dual, pues no es posible creer una doctrina errónea (no conforme a ciencia) y al mismo tiempo pretender tener un corazón dispuesto para amar a Dios. La Biblia no da lugar a tal separación, más bien procura mostrar la unidad del corazón: el lugar del raciocinio y de la emoción.

De allí que sea muy importante seguir la conseja de Pablo, de examinarnos a nosotros mismos para saber si estamos en la fe. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados? (2 Corintios 13:5). El corazón es una parte física del cuerpo humano, pero es figurativamente el centro de la persona, la sede del pensamiento, de la voluntad y de las emociones. Con el corazón se desea, se tiene compasión, se ansía, se muestra valor, se experimenta el gozo y la alegría.  Con el corazón sentimos el placer, el amor y la tristeza; la angustia existencial, la maldad o la bondad. El corazón humano puede ser arrogante, engañoso, insensible, necio, endurecido, terco, impío, entenebrecido, incrédulo. Pero el corazón del creyente es de carne, sensible, regenerado, limpio, íntegro,  alegre, humilde y sincero. El corazón del creyente ama a Dios, confía en Él, le es obediente. Pero Dios prueba los corazones de sus hijos y cuando hemos pecado entendemos que podemos confesar nuestras faltas, que tenemos un abogado para con el Padre. Y como hemos nacido de nuevo se nos ha dado el regalo de ser llamados hijos de Dios, por lo tanto el Padre nos dice: dame hijo mío tu corazón. No le dice esa frase al que no es hijo, pues para que nosotros le demos nuestro corazón se hace necesario que antes se nos haya quitado el corazón de piedra ( engañoso y perverso, más que todas las cosas) y que se nos haya dado el corazón de carne (dispuesto a guardar los preceptos de Dios). En otros términos, ante la descripción hecha por Jeremías acerca del corazón engañoso y perverso (Jeremías 17:9), surge el planteamiento divino del trasplante del corazón de carne (Ezequiel 36: 26). Con ese corazón pensamos y sentimos.

César Paredes

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