Martes, 09 de octubre de 2012

Conocemos las acciones del profeta Elías, su manera enérgica de enfrentar la apostasía del pueblo de Israel. Oró para que no lloviese y dejó de llover por tres años y medio. Después volvió a orar y cayó agua como un torrente. Hizo descender fuego del cielo para matar a varios capitanes con sus cincuenta; también para consumir el holocausto a Jehová. Degolló a varias centenas de profetas de Baal, fue alimentado por cuervos y refugiado en cuevas, tomó agua de un arroyo, fue sostenido sobrenaturalmente en casa de una viuda en donde resucitó a su hijo. Era un hombre temido por el rey Acab, el poderoso hombre de Israel.

Pero Acab tenía una esposa muy particular, cuyo nombre pasó a la historia bíblica como señal de perversión. Su nombre era Jezabel, una impía y cruel reina que protegía la idolatría y perseguía a los profetas de Dios. Su maldad trascendió como símbolo de antivalores cristianos, ya que Juan la menciona como profetiza en contra la ley de Dios (Apocalipsis 2). Jezabel hizo sentenciar con falso testimonio a un hombre que tenía una viña, con el propósito de que una vez asesinado su propiedad quedara liberada y pasara a manos de su esposo el rey. Persiguió a Elías, al punto en que el profeta tuvo que huir y clamar al Dios del cielo, diciéndole que ya no podía más, que le enviara la muerte.

La esposa del rey Acab era de Tiro. Por la unión entre el rey de Israel y esta mujer, Acab edificó templo a Baal, hizo una imagen de Asera y promovió su culto en la tierra de Israel, instigado desde luego por el protagonismo religioso de la sierva de los baales. A este rey le sucedió algo parecido a lo que le aconteció a Salomón, quien prevaricó con otros dioses por causa de sus mujeres extrañas al culto de Jehová. Jezabel también persiguió a muerte a los profetas del Dios de Israel, si bien algunos fueron salvados por manos de Abdías, mayordomo del rey.

Santiago dijo que Elías fue un hombre como nosotros, sujeto a pasiones, pero que oró con fervor y fue escuchado. El apóstol no mencionó cuáles eran las pasiones del profeta, pero dijo que eran semejantes a las nuestras. Si bien Elías confesó que no era mejor que sus padres, podemos empezar a suponer que en algún momento se imaginó diferente, tal vez por sus dones tan particulares con los que ejercía su oficio. Sus pasiones lo embargaban tanto en alma como en cuerpo; pidió morir cuando se vio asediado por Jezabel, tal vez por su impaciencia al no esperar cuál sería el siguiente paso para su vida. Pero resultaba evidente que era precisamente ese, desear morir, para demostrar que era un hombre como cualquiera. Sintió temor, incomodidad con Dios, como mostró su oración en la que reclamaba acerca de la muerte del hijo de la viuda que le hospedaba (1 Reyes 17:20).

Elías oró fervorosamente hasta que Dios envió de nuevo la lluvia. Antes había dicho que no llovería sino por su palabra, poniendo a Dios como garantía, ya que habitaba en la presencia de Jehová. ¿Pero qué era estar en la presencia de Dios? Era precisamente estar en oración, en actitud de comunión. Era algo distinto a la oración externa, más bien un estado de oración en el Espíritu que le guiaba a pedir como convenía. En las palabras de Santiago se deja ver que podemos orar a la manera en que Elías lo hizo, no para hacer sus mismos milagros pero sí para obtener la misma comunión con Dios. La mejor manera de orar es en acuerdo con la voluntad del Padre, de tal forma que consigamos aquello que pedimos. No hemos de pedir para nuestros deleites, pero lo que pidamos ha de ser suplicado con firmeza, con un sólo ánimo.

Pero a pesar de la ferviente oración del profeta, se sintió acobardado y destruido con la amenaza de Jezabel. Después de su gloriosa épica de haber corrido delante del carro del rey, de haber recibido la lluvia en respuesta a su oración, de haber destruido una significante cantidad de profetas falsos, de haber obtenido el saludo real por su actuación eficaz como profeta y ciudadano, Elías cayó en un estado depresivo hasta querer morir. Basta ya, oh Jehová. Quítame la vida, pues no soy mejor que mis padres. Lo interesante es que aún en su depresión continuó hablando con Dios, pues por su expresión sabemos a quién iba dirigida su oración. Eso nos enseña que, aún bajo el infortunio de la desdicha y de la visita de la destrucción anímica, tenemos a quien dirigirnos. Dios no siempre está esperando personas como Gedeón, o como David, con un valor especial. El también ve con buenos ojos a sus hijos deprimidos o apocados, porque Él ha hecho a cada quien como es.

Múltiples lecciones podemos derivar de la lectura del texto encontrado en 1 de Reyes, en especial desde el capítulo 16 al 22. Allí encontramos la interesante historia de Elías y la malévola actuación de la reina Jezabel, una infiltrada en el pueblo de Israel gracias a la debilidad afectiva mostrada por el rey Acab. No os juntéis en yugo desigual con los incrédulos, recomendó Pablo en el Nuevo Testamento, porque ya sabemos lo que sucede desde antiguo cuando se mezclan lo santo y lo profano. Conviértanse ellos a ti y no tú a ellos, declaró el Viejo Testamento, por boca de Jeremías. Similar situación aconteció a uno de los jueces de Israel, a Sansón en los brazos de Dalila, la filistea enemiga del pueblo de Dios. El final de la historia de Jezabel fue el duro castigo obtenido: los perros se la comieron cuando cayó del muro de Jezreel.  A lo mejor Elías hubiese querido también hacer justicia con sus propias manos, como hizo con los profetas de Baal. ¡Cuántas veces no pensamos que si Dios siguiera por algunos instantes nuestra conseja el mundo sería otro! Ciertamente lo sería, pero no cumpliría el propósito de llevar la gloria que Dios se ha propuesto para Él mismo. Fue mucho mejor que se profetizara sobre la muerte de la protectora de Baal, que Dios vengara la muerte de Nabot, el que fue despojado de su viña. Fue más ejemplar ver su castigo en la historia y saber cómo se cumplió literalmente su condena. Pero a veces nos sucede como a Elías, queremos que Dios actúe de prisa, pues para eso tiene todo el poder y podría muy bien detener a tiempo a los perversos que causan tanto daño a las naciones, a los que roban el dinero de los pueblos, a los que engañan con farsas en elecciones, a los que cometen asesinato, a los depravados que exhiben aquellas cosas que son para vergüenza. Si continuamos orando sabremos el fin de ellos, como lo supo Asaf al entrar al Santuario: Dios los ha puesto en deslizaderos y serán despreciados por Él (Salmo 73). ¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo, y él no os hace resistencia (Santiago 5). Los que antes gritaban contra los ricos han ocupado su puesto, y ahora siguen explotando a los pobres que fueron en un tiempo su bandera. Así son las revoluciones en el mundo, se persigue un objetivo y cuando se alcanza se continúa con la misma ignominia contra la cual se luchaba. El hombre es malo por naturaleza y el diablo lo corrompe más.

Jezabel ha representado la impiedad y su seducción sobre los pueblos y sus gobernantes. Elías ha simbolizado la denuncia de Jehová contra el desafuero humano. El resultado lo hemos visto en la historia bíblica, está al alcance del alma sedienta y hambrienta de justicia, de todos aquellos que un día seremos saciados. Una flecha lanzada a la deriva alcanzó al rey Acab que disfrazado peleaba en la guerra. Tiempo después, cuando Jehú fue ungido rey cabalgó hasta Jezreel. Jezabel ya sabía que este hombre acababa de dar muerte a su hijo, el sucesor de Acab, pero no resistió su propia vanidad, y se pintó los ojos y se arregló su cabello. Asomada por una ventana intentó charlar con Jehú, pero bajo su orden ella fue lanzada desde lo alto y cayó. Atropellada por caballos es dejada por unos momentos en tierra. Mientras el nuevo rey comía y bebía, recordó que la perversa mujer había sido la hija de un rey por lo cual ordenó darle sepultura. Sin embargo, cuando fueron a recoger su cuerpo, los perros habían hecho el trabajo anunciado por el profeta Elías. Solamente encontraron de ella el cráneo, los pies y las palmas de las manos (2 Reyes 9).

Pensamos que con un poquito del poder de Dios podríamos arreglar nuestro mundo, quitar de en medio a nuestros enemigos, hasta alcanzar las metas nobles que nos hayamos propuesto. Pero Dios no está dispuesto a compartir su poder sino a perfeccionar su gracia en nuestra debilidad. La oración es el camino para los que hemos encontrado el camino. Al estar escondidos en Cristo (el camino, la verdad y la vida) podemos tener comunión con él para decirle todo cuanto acontece en nuestros pensamientos. La consecuencia será la paz que sobrepasa todo entendimiento y respuestas como las que tuvo el profeta Elías. Tendremos la garantía de Su venganza (como lo hizo en Acab y en Jezabel), y el consuelo que los profetas han tenido, una comunión especial que permite estar alegres en medio de la sequía, una alegría grande al vislumbrar una pequeña nube en el cielo. La reina Jezabel no pudo actuar sino con el guión del mundo, el poder económico, político y el de la fuerza bruta; el poder de las armas y de la superstición, la adulación de las masas y el encanto de la soberbia. Pero su fin fue de muerte eterna y su ejemplo de ignominia. La actuación de Elías fue la del héroe de fe, en un recorrido glorificante a través de las múltiples batallas que le tocó librar.  Batalló contra los capitanes y sus cincuenta, contra los profetas de Baal; pero recibió el fuego del holocausto, fue alimentado por los cuervos, saciado con el agua del arroyo, cobijado en el hogar de la viuda de Sarepta con el poder de Dios en la resurrección de un niño. Además, tuvo a un alumno ejemplar, el profeta Eliseo, heredero de una doble porción de su espíritu. Su soledad se vio visitada por ángeles y por el silbo apacible, así como por el Espíritu de Jehová, quien lo llevó en una carroza de fuego. Años más tarde apareció con Moisés en el monte de la transfiguración, cuando Jesucristo mostró que Dios no es Dios de muertos sino de vivos.

Tal vez no podamos ser un segundo Elías, ni un segundo Eliseo, pero sí podemos orar como ellos lo hicieron, y la recompensa, en la enseñanza de Santiago, es que seremos oídos y habrá respuesta. Si alguno está afligido ha de hacer oración como el profeta Elías, quien era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, pero que oró fervientemente para que no lloviese y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com

   


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 22:11
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios