Viernes, 05 de octubre de 2012

Cuando miramos al hombre y pensamos en su expulsión del Paraíso, necesitamos contemplar a Adán desde su caída. Ese es el origen de la precipitación de toda la humanidad, ya que hemos sido representados federalmente en él. La muerte sufrida por el primer hombre fue ante todo espiritual, seguida de la muerte física y de la maldición de otras partes de la creación. Adán contaminó el mundo creado con su pecado y con el juicio por el pecado. No creo que él hubiera tenido otra opción dentro del Paraíso, porque la Escritura tiene varios textos referentes a un plan divino en relación con el Mesías a venir. Esos planes fueron ideados antes de la fundación del mundo, por lo que aquello que viene después ha de estar sujeto a lo que se ideó que acontecería antes (1 Pedro 1:20).

Estamos frente a un Dios que tuvo una gran idea, la caída del hombre creado mucho antes de haberlo hecho, ligada a la crucifixión del Cordero mucho antes de que apareciera como tal en nuestra historia. Esas ideas suyas nunca pudieron estar atadas a la consecuencia del objeto creado, pues se presentaron mucho antes de que la creación viniera a la luz. Sus ideas estuvieron en su mente como un decreto firme, ya que Él es acto puro, no cambia, no tiene quien le aconseje ni le haga cambiar de parecer, por lo tanto su alma ideó e hizo.

Una vez hecha su creación vio que todo era bueno en gran manera. La serpiente fue parte de eso bueno en gran manera. No olvidemos que Lucifer también fue obra suya. Pero este último no concibió el mal como generación espontánea, sino que por haber sido ideado para tal fin la revelación escrita dice que Dios hizo al malo para el día malo. El que Satanás haya sido perfecto hasta que fuese hallado en él maldad no implica que su maldad fuese apenas una opción en su vida. Si así hubiese sido se correría el riesgo de que nunca hubiera sido malo y en consecuencia el Cordero planificado y consumado para tal fin desde la fundación del mundo no hubiese tenido ningún lugar en la historia humana. Dios es perfecto pero igualmente soberano, por lo tanto ha hecho como ha querido.

Oportuno es recordar que el Legislador del universo no está sometido a sus propias leyes. El que haya hecho al malo no lo hace a él malo, pues Dios no peca, esto es, no se subleva contra Él mismo. Sigue siendo Santo -separado de todo lo que sea abominable. Textos bíblicos apuntan a este hecho de la creación de todo cuanto existe. Él no se reconoce como un Dios negligente o sorprendido por sus criaturas. Lucifer en tanto su criatura no lo ha abrumado, antes fue creado para el día malo. Poco importa que lo haya hecho perfecto, ya que su maldad hallada en él forma parte de aquello que lo hundiría y lo perfeccionaría como una criatura hecha para el día malo. El Dios que planifica el fin planifica también los medios. Jesucristo era el fin de todas las cosas, su reino se obtendría gracias a un plan de actuaciones históricas cumplidas en el tiempo, para lo cual había sido destinado como Cordero.

Fue el Padre quien planificó cada detalle de su padecimiento hasta su muerte de cruz. Hasta la persona que había de entregarle estuvo en el guión de reparto. Todos, cual buenos actores, dieron fiel cumplimiento a sus roles y la escena se llevó a cabo en la perfección del tiempo previsto. Los escritos del Dios soberano también han sido su obra; todos los conceptos allí expresados demuestran que él es el autor de cada jota y cada tilde, por lo cual el cielo y la tierra habrán de pasar antes de que falle alguna de esas grafías enunciadas. Muchas personas encuentran elementos abstrusos en la lectura de esa palabra escrita y revelada, a otros les parece difícil su comprensión, pero el deleite se produce en aquellos que indagan, escudriñan y encuentran la vida eterna en las Escrituras. Sin embargo, los indoctos e inconstantes tuercen los vocablos para su propia destrucción.

El cristiano descubre que la palabra escrita revelada es una lámpara a sus pies que alumbra su camino. El brama como los ciervos por la corriente de esas aguas de vida eterna. Los pastos verdes del arroyo donde el pastor lo ha guiado son su alimento sólido, puede reposar en las orillas de sus corrientes a la sombra de los árboles cuyas hojas no caen. Pero el creyente está consciente de que su paz puede ser perturbada por el aullido del lobo, quien reclama estar en el mismo arroyo, quiere beber sus aguas y exige su comida, un tanto distinta de la de las ovejas. El lobo quiere alimentarse de ellas, por lo tanto intenta acercárseles.

El lobo conoce bien que el pueblo de Dios perece por falta de entendimiento. El devorador se esmera por contaminar la verdad para que se convierta en ignorancia. En esos trabajos el ángel de luz ha envejecido y muestra una sabiduría que compite en él por dos vías, por diablo y por viejo. La sabiduría del vendedor de ilusiones: seréis como dioses, incluso aunque hayan sido expulsados del huerto. Ahora es el momento de poner en práctica la cualidad divina intrínseca de la humanidad, pues su imagen y semejanza con el Altísimo no han desaparecido. En estos momentos el hombre puede, si quiere, contribuir con su retorno al paraíso. Seréis como dioses fue la promesa de la serpiente, frase que ahora ha pasado a ser el estímulo del príncipe de este mundo hacia sus seguidores, en el anhelo de que las ovejas le escuchen. Pretende que se ignore que el castigo advertido en el Génesis se haya cumplido: la muerte. El hombre tiene vida espiritual, le repite la serpiente, puede ayudar en su salvación, pues es como dios. Los dioses no mueren, son eternos. Si se les dijo que estaban muertos en delitos y pecados eso habrá de referirse a su parte exclusivamente humana, no a esa cualidad ganada al comer del fruto del bien y del mal. Desde el Paraíso el hombre se ha convertido en algo más que humano, es como Dios que sabe el bien y el mal. Por lo tanto, el alegato de la serpiente gira en torno a que como ser cuasi divino no está del todo muerto. El tiene vida suficiente como para participar en su propio retorno al huerto, aunque tenga que aceptar la colaboración ofrecida por su Creador.

El sacrificio de Jesucristo es visto por Lucifer como un acto expiatorio de la culpa de Dios. La criatura lo acepta porque él no fue del todo culpable al haber sido creado de esa forma. El hombre contribuye con su Creador en conseguir su propia redención y agradece su divinidad alcanzada por ser como dios. Hay algunos que han agradecido a Judas su comportamiento, pues sin su ayuda no hubiese sido posible la redención. El ángel de luz ha transformado en canto de sirena su acostumbrado aullido de lobo.  Los menos atrevidos entre los hombres dejan a Judas de lado, pero asumen su propia capacidad para cooperar en su proceso de redención. En el camino que deben transitar para convencerse de su aptitud tienen que sortear los obstáculos de un muro de textos que anuncian lo contrario. Su sabiduría debió entenebrecerse para ver exactamente lo opuesto de lo que la Escritura expone.          

No podía ser de otro modo por cuanto ese fue el origen de su independencia del Creador. En la génesis de todo, cuando Dios decía no comas porque vas a morir, el hombre entendió que se podía comer y seguir viviendo, pues supo aprender de la serpiente antigua que si comía se haría semejante a dios. En consecuencia, si llegare a ser un dios, dado que los dioses no mueren, la muerte ofrecida por la desobediencia sería anulada por el carácter inmortal que obtenía precisamente por rehusar obedecer. Si examinamos lo que hizo Adán nos damos cuenta de que fue conducido a la trampa de su razón. Si voy a ser como dios no muero, porque los dioses no gustan la muerte. Ese razonar lo continúa lo dominando hasta hoy: si colaboro en la salvación, al demostrar mi interés en ella no seré rechazado.

¿Cómo puede un Dios de amor rechazar a alguien que se preocupa y quiere colaborar en su propia salvación? Si lo rechaza no es amor; si le acepta su cooperación es un mentiroso, porque dijo que no dependía del que quería o corría. Para solventar ese silogismo, el buen hombre decide reinterpretar el texto: la referencia se ata a otro contexto, a pueblos, a naciones, nunca a hombres particulares. Este razonar es similar al que hizo en el huerto, bajo los auspicios del gran maestro universal, la majestad imperial que opera en los hijos de desobediencia, el llamado padre de mentira, la serpiente antigua, diablo o Satanás. El que se disfraza de ángel de luz continúa brindando argumentos luminosos, que encandilan, pero contrarios a los textos que se anuncian en las Escrituras. Pedro dijo que aquellos que torcían las palabras del libro eran indoctos e inconstantes; pero no agregó que por su interés conseguirían lo que buscaban, sino que lo que hacían se les contaba para su propia perdición.

No es posible convencer a Dios para que acepte una doctrina desviada. Los judíos dieron ejemplo de ello, tenían un gran celo por Él, recorrían la tierra en busca de un prosélito, se la pasaban estudiando las Escrituras a la luz de grandes maestros o rabinos. Con todo su esfuerzo, Pablo dijo que su oración para con Israel era para salvación, porque el celo manifestado era conforme a la ignorancia, o lo que es lo mismo no conforme a ciencia. Los cristianos en Galacia dieron ejemplo de lo mismo, cuando muchos de ellos se dejaron seducir por los portadores de otro evangelio. Pablo los llamó insensatos porque querían agregar al evangelio un poco de trabajo personal. Al parecer eso le molesta muchísimo a Dios, pues les lanza duras críticas a quienes intentan añadir su colaboración al trabajo perfecto ideado por Él y alcanzado por su Hijo. No hay manera de ayudar a Dios, mucho menos en el proceso salvífico.

Quien no haya entendido esta realidad pareciera que no ha comprendido la esencia del evangelio. La buena noticia es dada al pueblo de Dios. Muchos de los sujetos de este grupo poblacional están ahora en tinieblas, pero creerán cuando la palabra les sea anunciada y el Espíritu haga su trabajo en la forma que lo prefiera. Pero hay que volver a decir una y otra vez, el evangelio es predicado a los muertos, a los que no tienen vida espiritual. Una operación sobrenatural se perfecciona cuando el muerto es traído a la luz, cuando se le ha hecho el trasplante del corazón de carne del que hablara Ezequiel. Todo esto está coordinado por Dios, pues la fe viene por el oír la palabra de Cristo. Cuando la persona escucha la palabra y es vivificado por el Espíritu, decimos que se ha operado en ella el nuevo nacimiento. No hay tal ejercicio como enseñar a nacer de nuevo. No se le pregunta a un muerto si desea vivir, así como no se le pregunta a un recién nacido qué lengua prefiere hablar. El recién nacido no podría responder nunca porque todavía no ha construido y aprendido ninguna lengua, por lo tanto no entiende el código con el cual le preguntan qué lengua prefiere. De la misma forma sucede con el nuevo nacimiento, un muerto no podría nunca responder si quiere o no quiere nacer de nuevo.

Entendida la esencia del evangelio podemos comprender todas sus relaciones y ligámenes con el objeto de salvación. ¿Por quién murió Jesucristo? ¿Qué hizo en la cruz? Si el Espíritu es quien da la vida, sabemos que no lo hace en todos, de otra forma todos serían salvos. Recordamos que Jesús dijo que nadie podía ir a él si no le fuere dado del Padre. Así como él ponía su vida por las ovejas, había muchas personas que no eran ovejas sino cabras o lobos. Entonces existe un requisito para creer en Jesús, el ser su oveja. De allí que cobra sentido el parlamento dicho por el ángel a José: podrás por nombre Jesús al niño, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

EL NUEVO NACIMIENTO

Cuando el muerto nace a la vida descubre que es otra persona. Con un corazón dispuesto a escuchar al Padre, está presto a disfrutar de sus mandatos. Adán no disfrutó del único mandato prohibitivo que tuvo en el huerto, simplemente se apresuró a quebrantarlo. El hombre nuevo encuentra grato a su alma los dichos de Dios. Poco importa que por vivir con su vieja naturaleza todavía tenga el tropiezo de la caída, seguirá gustoso en el camino a su nuevo hogar. Ahora tiene una nueva ciudadanía, la del reino de los cielos. Descubre que Jesucristo es también su hermano mayor, el primogénito entre muchos hermanos. Entiende que si Dios cuando era su enemigo dio en propiciación y rescate a su Hijo, nada podrá detenerle en ese gran amor hacia él. Todo lo demás que pueda desear estará por debajo de esa gran dádiva. De esta forma ora en confianza, ya que todas las cosas serán posibles para él a través de la petición que haga, pues quien ha recibido lo más ¿cómo no habrá de recibir lo menos? Sabe que existe una morada donde irá por la eternidad, que la vida eterna consiste en conocer a Dios y a su Hijo el enviado, que no habrá más pecado y nunca tendrá la ignominia de siquiera recordar alguno que se le haya quedado atascado en los pliegues de su memoria.

El que ha nacido de nuevo procura por sus naturales pensar en todo lo bueno, todo lo digno de alabanza; otea donde haya virtud alguna, pero sobretodo deja la crítica destructiva. Ya no anda husmeando en el otro para describir sus ineficacias o incapacidades naturales. El sabe que de no haber tenido la dicha del cambio de naturaleza no habría alcanzado su nueva manera de pensar. Pero su tolerancia ante el otro no es complacencia, simplemente él se vuelve una referencia que pudiera incitar en aquél un deseo para el cambio. Tal vez se abra una pregunta en la que pueda dar cuenta de su nueva relación con Jesucristo. El sabe que la fe viene por el oír, de manera que estará dispuesto a dar respuesta para cuando sea requerido acerca de esa fe que exhibe en sus actos cotidianos. Su vida no es religiosa, no es pietista, es práctica. Ahora sirve al Señor en todo cuanto hace, de tal forma que las actividades religiosas farisaicas le molestan, pero se entrega por entero al servicio de aquello que considera noble y digno.

Sabe que todo le es lícito, aunque no todo le conviene; pero se habitúa a examinarlo todo y a retener lo bueno. De esta forma no es un fanático a ciegas, sino una persona que se alegra en el conocimiento, ya que sabe que todo lo bueno viene de arriba. Ahora ha descubierto el beneficio de la vida natural en Cristo, ajena de la vida religiosa en la institución que le esclaviza. Procura separarse de los que llamándose hermanos no soportan la doctrina del evangelio, por lo tanto no les dice bienvenidos. Está en capacidad de probar los espíritus (a las personas) para ver si son de Dios. El Espíritu testifica dentro de su espíritu de que es hijo de Dios, asimismo intercede por él ayudándole en sus oraciones como conviene. Ha pasado de muerte a vida, ha empezado a amar a Dios porque sabe que Él le ha amado primero, de allí que todo lo que hace, de hecho o de palabra, lo hace para agradar a su Señor. Ama a su hermano, perdona a quienes le han ofendido, se goza de la verdad. No se impacienta a causa de los malignos, ni tiene envidia de los que hacen iniquidad, pues ha comprendido que pronto dejarán de ser como la hierba verde que se seca. Se deleita en su Dios y está seguro de que le concederá todas las peticiones de su corazón. Está confiado en que el ángel del Señor mora a su alrededor para defenderlo cuando sea necesario. La palabra de Dios ha sido el objeto de meditación a diario, en la escuela, en el trabajo, en el descanso. Aunque anuncia la noticia de salvación, sabe que creerán los que estén destinados para vida eterna, por ello no se detiene, sino que sigue con la certeza de que verá fruto. Cuando lee la Escritura descubre que está escrito: ¿quién me separará del amor de Cristo? Aprende que nadie puede hacerlo, ni lo alto ni lo profundo, ni tribulación ni angustia, ni persecución o hambre, sino que él es ante todo más que un vencedor.

Después de gloriarse en la cruz de Cristo ha llegado a comprender que el falso evangelio quería privarlo del goce real del verdadero anuncio. Ha aprendido a distinguir el ropaje del lobo, el aullido de la sirena, la luz cegadora que no deja ver. Sabe que de los dos caminos que conducen a la eternidad, el estrecho lleva a la vida permanente, pero sabe que el camino angosto es Jesucristo. Es tan angosto que solo cabe uno a la vez, por eso su soledad, por eso debe despojarse de todo lo que le resultaba valioso en este mundo, porque el tamiz que atraviesa le suprime lo que no necesitará en su nueva ciudad.

El bendice a Dios por su gran misericordia, pues cuando era su enemigo recibió la gracia de la amistad.  Agradece haber sido llamado a una herencia incorruptible que le está reservada donde nada se corrompe. Reconoce que es preservado por el poder de Dios para alcanzar esa salvación tan grande que habrá de ser manifestada en el tiempo postrero. Está seguro que sus propias fuerzas resultarían inútiles para tal meta, pero se ha convencido de que quien empezó en él el trabajo salvífico lo terminará en forma cabal, pues un día proclamó a gran voz: Consumado es. Está contento porque el acta de los decretos que le era contraria fue clavada en la cruz, por eso soporta la breve aflicción del tiempo presente, la cual sirve para probar su fe como si fuese oro pasado por el fuego. Asume con gozo las diversas pruebas, a la espera de la glorificación final. Ama a Cristo sin haberlo visto, por lo cual Dios no se avergüenza de llamarlo hijo por añorar esa patria celestial.

La gran diferencia entre el hombre natural y el hombre que ha nacido de nuevo está en el amor de Dios y el amor a Dios. Los dos son hechos de la misma masa, pero uno de ellos es visitado con amor eterno, ha sido llamado en el tiempo, justificado y glorificado. Por eso festeja, porque la redención es grande. ¿Quién entendió la mente del Señor?, se pregunta. La respuesta la conoce y no puede sino exclamar con el Espíritu: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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