Mi?rcoles, 19 de septiembre de 2012

Dado que Jesucristo dijo que no todo el que le llamara Señor entraría en el reino de los cielos, uno se pregunta quiénes son los que sí pueden entrar a ese lugar. Parece ser que el apóstol Juan tiene la respuesta en una de sus cartas: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo (2 Juan verso 9).

Sabemos que no puede haber un solo creyente bajo condenación, como lo afirma Pablo: Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:1). Cuando Pablo escribió este texto lo hizo como continuación del anterior. Recordemos que la Biblia no tenía ni versículos ni capítulos en su forma primigenia, pues esto ha sido una inclusión tardía para ayudar a los lectores a identificar los textos en una forma más fácil. Sin embargo, pese a ese buen trabajo surgió un problema: el de los subtítulos y el de suponer que porque se empieza un nuevo capítulo se rompe con la idea anterior. En efecto, en los versos inmediatos que vienen antes, el apóstol estuvo hablando de su vida y de la vida de los creyentes. Pecamos porque hay una ley en nosotros que nos seduce y nos lleva al pecado, aunque con nuestra mente queremos servir al Señor. Con eso en sus pensamientos, Pablo continúa escribiendo y el verso inmediato es el de Romanos 8:1, en el cual nos dice que no existe ninguna condenación para los que estamos en Cristo Jesús, los que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

A pesar del pecado que cometemos a diario, a pesar de hacer lo malo que no queremos hacer, seguimos siendo justificados, pues ninguna condenación existe para nosotros. Resalta el hecho de que nuestro deseo y voluntad gira en torno a no querer hacer el mal y desear hacer el bien. En esa lucha continua librada en nuestro interior, la vida del cristiano transcurre hasta que parta de esta tierra. Pero ninguna condenación le sobreviene.

Cuando Juan hablaba de perseverar en la doctrina de Cristo como una señal inequívoca de tener a Dios, debemos indagar en qué consiste esa doctrina. Una doctrina es una enseñanza, un conjunto de preceptos que constituyen el legado de un maestro. Jesús nos enseñó con su vida y con sus palabras. Los evangelios están llenos de sus planteamientos acerca del trabajo que vino a hacer. Dijo que nadie podía ir a él a menos que el Padre lo llevara hacia él; dijo que ponía su vida por las ovejas; dijo que los que no creían en él no podían creer porque no eran de sus ovejas; aseguró que nadie irá al Padre sino a través de él. Jesús llamó a su grupo de elegidos manada pequeña, les dijo que no eran del mundo pero que serían aborrecidos por éste. Al mismo tiempo, la noche antes de su crucifixión rogó por los que el Padre le había dado y por los que habríamos de creer por la palabra de aquéllos, pero específicamente dijo que no rogaba por el mundo.

Pienso que cuando puso su vida por sus ovejas y salvó a su pueblo de sus pecados (como lo anunció el ángel en Mateo 1:21) mostró lo que vino a hacer en relación con nosotros. Esas enseñanzas salidas de su boca y respaldadas con su vida, muerte y resurrección, constituyen su doctrina. La seguridad de la salvación en el creyente no descansa en sus buenas obras. Es cierto que no hay salvación sin buenos frutos, pero hay que tener cuidado con no poner la carreta delante del caballo. Se tiende a confundir la relación entre el buen fruto como consecuencia o como causa. Muchos intentan demostrarse a sí mismos o a los demás que son creyentes y para eso hacen frutos. Pero cuando Jesús dijo por sus frutos los conoceréis, debemos recordar que también lo dijo en referencia a los falsos profetas. Un árbol bueno no dará frutos malos ni un árbol malo frutos buenos. Por sus frutos conocemos si es un árbol bueno o malo. Por eso dijo que debíamos guardarnos de los falsos profetas que como lobos se disfrazan de ovejas, los cuales serán cortados y echados en el fuego (Véase Mateo 7: 15-22).

Si no hay tal cosa como un creyente declarado injusto o bajo condenación, entonces el mismo ha de llevar buen fruto. Juan nos dice que hay gente que estaba con nosotros pero que no eran de nosotros, que por eso se han ido para que se manifestase que no eran de nosotros. Agrega algo vital para comprender qué significa ser un creyente, pues dice: si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros. La cláusula adversativa que incluye dice Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas (1Juan 2: 19-20). Con esto insiste en su doctrina: que el que permanece en Cristo es de él. La razón para permanecer es tener la unción (el Espíritu) del Santo. No hay tal cosa como un creyente sin el Espíritu Santo, sin la unción, sin permanencia en la doctrina de Cristo. No podríamos nunca afirmar que creemos pero que no creemos. De allí que el que deja de creer nunca ha tenido la doctrina de Cristo, por lo cual no permanece en ella. El creer es un acto continuo, infinito (el verdadero creer) como continuo es tener el Espíritu de Cristo, pues como aseguró otro apóstol (Pablo) si alguno no tiene el Espíritu de Cristo no es de él (Romanos 8:9). En síntesis, no hay creyente que ande según la carne, ya que ha de andar según el Espíritu: Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.

Sabemos que el creyente peca y en ocasiones puede tornarse carnal, pero los rasgos más o menos carnal son producto de su naturaleza pecaminosa. No obstante, así como tiene la vieja naturaleza tiene otra que es nueva, la del Espíritu dado como arras para la salvación, el Consolador que nos guía a toda verdad y nos muestra las palabras de Cristo. Con este Espíritu, el creyente muestra los rasgos más o menos espiritual. Si la vieja naturaleza no se pierde en esta vida, cuanto menos se habrá de perder la nueva que es del Espíritu. La carnalidad o el pecado abochorna al creyente porque tiene un elemento contrastivo en su vida, el Espíritu de Cristo. Puede llegar a sentirse miserable, como el mismo apóstol Pablo se sintió, pero da gracias a Dios por Jesucristo quien le librará de su cuerpo de muerte. En esa lucha constante transita hasta el final de su vida, aunque ello no implica que no tenga la seguridad de ser un creyente salvado por la gracia de Dios.

¿Qué caracteriza la vida de aquél que anda conforme al Espíritu? Debe haber un signo primordial que lo distinga del mundo. Así como el que se acerca a Dios necesita creer que existe y que es galardonador de los que le buscan, el creyente necesita creer en el evangelio. Si no cree en el evangelio de Cristo entonces no es creyente. Ese signo va ligado al otro que le fue dado como garantía, el Espíritu. Si alguien tiene el Espíritu de Cristo es de él. Pero si alguien tiene el Espíritu de Cristo cree el evangelio de Cristo. Puede incluso fluctuar en una multitud de pecados no convenientes, pero como el hijo pródigo volverá a casa. Recordemos que a pesar de la desobediencia del hijo pródigo, nunca dejó de sentirse hijo, nunca dejó de creer en su padre. El creyente nunca deja de creer el evangelio de Cristo.

El que persevera en la doctrina de Cristo es de Dios, decía Juan. Muy bien, entonces no puede un creyente dejar de creer porque eso sería no perseverar en su doctrina. ¿Qué fue lo que un día enseñó Jesús al respecto? Dijo: ustedes no pueden creer o no creen porque no son de mis ovejas. De manera que el ser oveja es un prerrequisito para creer. Se es oveja porque Dios ha declarado quiénes habrán de creer, de manera que todas sus ovejas (su pueblo) entrarán en el rebaño, oirán su voz y le seguirán. Añadió que sus ovejas nunca entenderán la voz del extraño. ¿Quién es el extraño? Todo aquel que lleve otro evangelio diferente, el que lleva la mentira o el engaño, que también es un falso profeta. En este sentido, un creyente puede caer en una multitud de pecados, pero nunca puede caer en el pecado de no creer la doctrina de Cristo. Si tal cosa acontece, entonces no es de Cristo como dijo Juan, o nunca le ha amanecido.

Tenemos el caso de Corinto. En esa iglesia estaba el fornicario que se acostaba con su madrastra. Era el hermano que andaba en un pecado bochornoso. No obstante, la recomendación de Pablo a la iglesia pretendía que fuese amonestado y disciplinado de tal forma que se entregara a Satanás, para que su espíritu viviera en el día postrero. El siguió siendo un hermano, pues no se puede eliminar del grupo de creyentes elegidos por Dios a alguien que se enreda horriblemente en el pecado como le sucedió a él. En la segunda carta a los Corintios Pablo recomendó a la iglesia su restauración para que se consolara por su padecimiento y tristeza.

David es otro caso ejemplar. Pecó horrendamente pero fue restaurado por Dios en su rebaño, y nunca dejó de ser un creyente. Incluso Manasés, rey de Judá, se apartó al punto de tener otros dioses, mas fue oído a causa de que era un creyente en Jehová. No fue dejado a la deriva como si no fuese un creyente verdadero, aunque sus pecados fuesen escandalosos. Sin embargo, tanto David como Manasés sufrieron horrendos castigos en la disciplina del Señor. Mas por eso no podemos decir que los pensamientos y las acciones de los cristianos son sin pecado alguno; no obstante, tanto sus pensamientos como sus acciones son guiadas por el principio de santidad (de separación con el mundo). Esto se conoce porque el cristiano siempre se regocijará en pensar hacer lo bueno de la misma forma en que odia hacer lo malo.

El pecado de David le sirvió para evaluarse a sí mismo. Llegó a afirmar que él había sido formado en maldad y concebido en pecado. Comprendió a partir de su amarga experiencia que su constitución humana tenía el fundamento del pecado, pero que era creyente. Clamó a Dios por su perdón conforme a la misericordia divina y pidió que el Santo Espíritu no fuese quitado de su vida. Hay una gran diferencia con Saúl, el otro rey de Israel. Saúl no se arrepintió como David, sino que más bien argumentó excusas delante de Samuel el profeta. David cayó en tierra cuando Natán le manifestó el enojo de Jehová por su pecado. Manasés oró a Dios y fue escuchado, pero Saúl no oró a Dios sino que se excusó con mentiras tras mentiras delante de Samuel. Lo mismo le sucedió al hijo pródigo, se fue de la casa en pos del mundo hasta que hastiado del hedor de los cerdos y de la falta de verdadero alimento regresó a la casa del padre. Un verdadero creyente nunca deja de ser creyente, pero además volverá con su confesión a flor de labios ante los oídos del Padre. Un verdadero creyente entiende que Dios no desprecia al corazón contrito y humillado de sus hijos.

Nosotros no andamos según la carne sino según el Espíritu. Si alguno anda según la carne, no es de Dios. Por lo tanto, el que anda según el Espíritu cree la doctrina que le enseña el Espíritu, quien no enseñará jamás una doctrina diferente a la de Cristo. Jesucristo jamás va a enseñar algo que sea diferente a lo que ya enseñó, a su evangelio exhibido en su vida y en sus palabras. Y lo que nos enseñó está narrado en los evangelios, en la doctrina de los apóstoles, en toda la Biblia. Allí se exhibe un plan de salvación de acuerdo a los designios del Padre; una redención producto del sacrificio expiatorio y sustitutivo del Hijo; el nuevo nacimiento operado por el Espíritu. La buena noticia de salvación consiste en que Dios envió a su Hijo para salvar a su pueblo de sus pecados. El mundo amó más las tinieblas que la luz, pero a todos los que le recibieron y reciben, a los que creen en su nombre, les dio el poder de ser hechos hijos de Dios, los cuales no son engendrados de carne ni sangre, ni de voluntad de varón, mas de Dios.

No hay otro evangelio, de manera que quien enseña algo diferente viene a ser rechazado y condenado porque expone un evangelio extraño. No puede haber salvación por obras, ni siquiera la obra de la fe o del creer, ya que aún esos actos no dependen de nosotros sino de Dios que tiene misericordia. La diferencia entre los que aceptan y rechazan el llamado no radica en el corazón de piedra del hombre sino en el corazón de carne implantado por Dios. No hay tal cosa como una gracia intermedia que prepara al hombre para que decida; eso no está declarado en ninguna parte de las Escrituras. Está declarado que Dios tiene su pueblo que en su momento creerá por la predicación del evangelio. Los que anuncian otro evangelio son llamados anatemas.

La mente guiada por la carne (por la naturaleza humana caída) busca la manera de ganar favores ante Dios, pero sus obras no son buenas ante sus ojos. La mente guiada por el Espíritu reconoce que la gracia absoluta de Dios ha hecho la diferencia entre él y el réprobo en cuanto a fe. No hay jactancia, de manera que quien pregona el evangelio diferente busca jactarse ante sí mismo, ante los demás y ante Dios, al pretender demostrar que la diferencia radica en su buena decisión de seguir a Jesús. Dios siempre resistirá a los soberbios, y si alguien supone que tiene de que jactarse es porque la soberbia lo corona.

César Paredes

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