Martes, 18 de septiembre de 2012

El bautizo en Cristo Jesús presupone un bautizo en su muerte. De igual forma, su resurrección conlleva a la nuestra. Muerte y resurrección están implicados en el acto simbólico del bautismo: entrar al agua se asemeja a entrar en la tierra -el sepulcro- y salir de ella se representa en el símil de emerger de las aguas. El viejo hombre nuestro fue crucificado junto con Cristo, con el fin de destruir el cuerpo del pecado. Dado que estamos muertos al pecado no tiene sentido vivir a su servicio.

Nos preguntamos cómo puede ser eso posible, estar muertos al pecado. Pablo responde que por haber sido justificados del pecado y de su castigo, ya se ha decretado que hemos muerto ante él. No obstante, el pecado sigue vivo, a pesar de que hayamos muerto para él. Dado que la muerte era y es el castigo por el pecado, Jesucristo venció por reunir múltiples condiciones de una vida ajena del error, por ser un Cordero sin mancha, por resucitar de entre los muertos. Él nos representó y nos sustituyó en el castigo para darnos vida. Como su resurrección fue para siempre, ya no muere más por el pecado nuestro sino que vive para Dios. Lo mismo nos sucede a nosotros, habiendo sido liberados de las consecuencias y del dominio del pecado, ya no vivimos más para nosotros mismos, sino para Dios. Esta situación implica que si el pecado no se enseñorea del que ha muerto en Cristo, entonces Cristo no murió por todos los hombres, pues hay muchos en los cuales se ha enseñoreado el pecado.

El pecado no debe reinar en nosotros, como para que le obedezcamos en las concupiscencias. El señorío del pecado ha acabado, pero nuestra concupiscencia nos recuerda que el pecado sigue vivo. No es rey pero está vivo, hemos muerto ante él de tal forma que ya no nos gobierna, no obstante el pecado sigue activo y tiene el dominio sobre la vieja naturaleza. En la medida en que nos acerquemos más por la concupiscencia a su reino, la lucha en nuestro interior se acrecienta. Son ya dos dominios los que habitan la vida del creyente: la vieja naturaleza gobernada por el pecado y la nueva implantada por el Espíritu. Pareciera que el creyente tiene su transitar en esta vida por esas dos rutas, la del reino del pecado y la del reino del Espíritu.

En su carta a los Corintios podemos mirar de cerca la situación de aquella iglesia frente al pecado. Pablo les muestra que muchos de ellos andaban por la ruta equivocada, a tal punto que llega a llamarlos carnales. Estos habían sido redimidos por la misma sangre de Cristo, al igual que los llamados espirituales. Tenían el mismo precio ante el Señor, habían costado igual sacrificio, pero estaban descuidando esa salvación tan grande que Dios había realizado en Cristo. Esa iglesia puede muy bien ilustrar ciertos aspectos de la vida de cada creyente, cuando ha experimentado el sinsabor y la amargura de participar en los desvíos del camino. Hay creyentes que edifican casas de heno, hojarasca y tablas, que no resisten la prueba del fuego como lo hacen los metales preciosos. La obra de tales hermanos será abrasada y no quedará nada para su honra, si bien el mismo será salvo como de un incendio. Esa es la conclusión que expone Pablo en el capítulo 3 de la primera carta a los Corintios. Y la razón de ello se da porque esos hermanos carnales ya habían muerto al pecado, de tal forma que eran uno con  Cristo.

Más adelante, el apóstol presentará el caso de otro hermano que se acostaba con la mujer de su padre, con su madrastra. Dijo que ese era un pecado que ni siquiera los gentiles se gozaban en nombrar, pero la iglesia lo toleraba de buena gana. Gira instrucciones para corregir esa situación, pero reconoce que su deseo es que mediante el castigo el hermano aprenda y le sea dado arrepentimiento para que su espíritu sea salvo en el día postrero. En la segunda carta Pablo ordena reincorporarlo a la iglesia para que no se muera de tristeza, pues al parecer ya había aprendido a cómo comportarse de acuerdo a los parámetros de la nueva naturaleza impartida en su corazón.

Todo este contexto nos permite valorar que en realidad el pecado no se enseñorea de nosotros, pero que de igual forma no estamos inactivos frente a él. No existe tal quietismo en la iglesia o en sus miembros, antes por el contrario existe una lucha de previsión, de examen, de reprensión y de disciplina. No existe tampoco el menosprecio de Cristo frente al hermano que Él mismo rescató, pues así como David cometió pecados horrendos, la Escritura enseña que era conforme al corazón de Dios. Lo mismo le sucedió a Manasés, rey de Judá, quien hizo cosas abominables ante Jehová, pasando a sus propios hijos por el fuego de Moloc. No obstante, cuando fue castigado oró y clamó por el perdón. Su gemido fue escuchado y el Señor lo restauró a su antiguo lugar y antigua posición ante el reino de Judá. El hijo pródigo es otro caso conocido en el tratamiento que Dios da al pecado de sus hijos. Su desconsuelo al encontrarse en medio de los cerdos, comiendo de los algarrobos, lo desesperó a tal punto que recordó el buen trato recibido en la casa de su padre. Cuando volvió, el padre no le recriminó nada, simplemente lo abrazó y lo restituyó a su lugar de hijo, estatus que nunca había perdido, pero del cual él mismo se había apartado por un tiempo huyendo de la casa de su padre. En su desvarío por ese camino equivocado, el hijo pródigo dilapidó su fortuna, malbarató parte de su vida, se contaminó por completo en el pecado. Sin embargo, siguió siendo hijo y el padre lo aguardaba en forma expectante.

Estos casos son algunas pruebas de lo que Pablo dijo: el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia (Romanos 6: 14). No olvidemos que aunque la gente del Antiguo Testamento estaba bajo la ley, la ley no salvó a nadie. Fueron salvos por gracia, como Abraham, ya que andaban por fe, esperando a aquél que había sido anunciado como el redentor. De eso dio testimonio Job: Yo sé que mi redentor vive; también lo fue David: Dijo el Señor a mis Señor...Los sacrificios realizados por los sacerdotes eran figura de lo que había de venir, e incluso el sumo sacerdote también lo fue del sacerdocio de Jesús.

En ningún momento se puede atribuir el relajo de la conducta a la gracia de Dios. Más bien, si ahora no existe el control que hubo en el período del Antiguo Testamento, Dios continúa reprendiendo e infligiendo castigos a su pueblo: Yo reprendo y castigo a todos los que amo (Apocalipsis 3: 19); Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (Hebreos 12: 5-6).  La razón de los azotes del Señor se debe a que hemos sido liberados del pecado y de su consecuencia fatal, la muerte espiritual, pero entregados a la obediencia para justicia. Como Jesucristo empezó la buena obra de salvación en nosotros, se dice que Él la terminará, de tal forma que echará mano de sus múltiples recursos para que ninguno de los que el Padre le haya dado se pierda.

Tal parece que los textos de la Escritura demuestran que el propósito de Cristo se mantiene firme. Los casos presentados por Pablo enseñan que puede haber desorden en la vida de muchos creyentes, unos en mayor y otros en menor grado, pero los azotes estarán a la mano del Todopoderoso para que lo cojo no se salga del camino. En ocasiones hemos de ser sujetados con cabestro, como los mulos y los caballos que no tienen entendimiento. La madurez espiritual del creyente se va demostrando en la medida en que transitamos por el sendero correcto, cuando hacemos morir lo terrenal en nosotros. A pesar de haber sido liberados del gobierno del pecado, todavía habitamos esta vieja naturaleza que se resiste al control del Espíritu. Pero aún todos estos contrastes entre el Espíritu y la carne han sido preparados por Dios para que conozcamos mejor las delicias del rostro de Cristo. ¿No son hediondas las heces de los cerdos donde tuvo que habitar por un tiempo el hijo pródigo? ¿Puede uno habituarse a semejante pestilencia? Esa es la misma pregunta que se hizo Pablo cuando dijo: ¿Cómo viviremos aún en el pecado?

Esta última pregunta sigue siendo un reto para el creyente. Debe respondérsela él mismo, es una inquisición retórica. El apóstol sabía su respuesta, pero no la dijo en forma explícita, y a pesar de conocer lo que examinaba, lanzó al ruedo su exposición como si fuese una duda. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6:2).  El fruto del pecado es vergüenza y muerte, pero el fruto de la vida en Cristo es la santificación, la separación del mundo y de su príncipe, el dominio sobre la concupiscencia. Los contenciosos pudieran argumentar que sigue siendo una indulgencia contra el pecado el presuponer que somos salvos por gracia solamente; que se hace necesario entender nuestra participación voluntaria para combatir el pecado. No obstante, en la pregunta del apóstol va la respuesta implícita: ¿cómo vivir aún en el pecado? Si el contencioso haya la respuesta y cree que es posible vivir en él si no hacemos nada al respecto, la Biblia le dice que Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. Cuando Pedro fue pedido por Satanás para ser zarandeado en su negación a Jesús, el Señor rogó para que su fe no fallase. No rogó para que no pecase. Allí está parte de la respuesta a la pregunta del apóstol: no podemos vivir en el pecado porque ya no hay más gracia que abunde, la gracia es total y suficiente. La gracia nos ha liberado del reino del pecado; nos toca a nosotros caminar en el Espíritu. Los que se resisten serán disciplinados por la mano del Señor, pero los que andan en la suavidad de la santificación no podrán argumentar que es su propia fuerza la que los conduce. Jesucristo nos enseñó en su oración ejemplar a pedir al Padre: no nos metas en tentación, sino líbranos del mal (o del maligno).

La amonestación de la palabra se hace a los hijos del reino, para que por medio de ésta seamos corregidos. En los espíritus más díscolos, el Señor tendrá otro tratamiento; los soberbios serán resistidos y los humildes enaltecidos. La Biblia exhorta y nos manda a examinarnos a nosotros mismos, para ver dónde andamos. La vida es movimiento, el quietismo absoluto es representado en el cuerpo muerto. La vida cristiana con mayor razón es movimiento en el Espíritu, por lo cual no podemos permanecer en el pecado porque no nos está permitido. Para lograr su objetivo, el Señor se vale de muchos métodos. Sensato es aquel que es pronto a responder a la exhortación y evita el castigo que se implica en la amonestación.

El hombre natural cuando hace lo que le agrada, apenas tiene remordimiento por lo que le dicta su conciencia. El creyente en ocasiones hace lo que no quiere, y lo que quiere hacer no hace (Romanos 7: 15). Pero esa es la manera en que comprueba que el mandato de Dios es bueno, y que es contrario a lo que hace a través de su propia concupiscencia. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo ... Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios (Romanos 7: 18 y 22). El impío no se deleita en la ley de Dios, porque tampoco puede y no hay quien busque a Dios, ni siquiera uno, no hay quien haga lo bueno. El impío en su estado natural no espera ni anhela dar gracias a Dios por Jesucristo, como lo hace Pablo en el verso 25.

Ahora, pues, inicia el siguiente capítulo de Romanos. Es lo mismo que decir en consecuencia, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne. Esta frase es explicativa, añade explicación al texto: los que no andan conforme a la carne. No es una frase restrictiva como si quisiera decir que dentro de los que creen en Cristo no tienen ninguna condenación solamente los que no andan conforme a la carne. Antes, más bien, es explicación añadida -de todos los que andan en Cristo ninguno anda según la carne, independientemente de que haya carnalidad en algunos más que en otros-  sino conforme al Espíritu. Tan sencillo como lo que sigue:  Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8: 2). Recordemos que Pablo le dijo a los Corintios que entre ellos había hermanos espirituales y carnales. No por ser carnal se deja de ser hermano, si bien la obra del mismo será vana y chamuscada por el fuego. No hay ninguna honra en no llevar ningún fruto, si bien el mismo creyente sin fruto será salvo como de un incendio.

Los creyentes que miran hacia atrás y no ven sino las estepas de un vano transitar tienen ahora la opción de proseguir al blanco, de mirar hacia adelante y querer terminar una vida en mejor forma a como la han comenzado. Si nuestra redención se basara en los frutos presentados, entonces sería por obras y no por gracia. Las buenas obras han sido preparadas para que andemos en ellas, son honorables, adornan nuestra peregrinación. No obstante, no pueden ser la garantía de la redención final, ya que el propósito de Dios es la gracia y la obra de Cristo. El cristiano vive según el Espíritu, no según la carne (Romanos 8:9); sin embargo, puede ser carnal y no espiritual (1 Corintios 3: 1).  

 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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