Jueves, 13 de septiembre de 2012

La oración sacerdotal de Jesucristo ha pasado a ser un emblema teológico sucinto. En ella se exponen diversos aspectos del ministerio de Jesús en la tierra y en el cielo, en relación con su pueblo escogido y con su misión particular para con su iglesia.  La eternidad es otro de los tantos temas pincelados en esa plegaria, vista hacia atrás y hacia el futuro, con la gloria que el Hijo tuvo con el Padre antes de que el mundo fuese hecho, y con la gloria futura que en nosotros habrá de ser declarada cuando estemos con él.

El mundo como concepto es dibujado por Jesús como sacerdote.  Impresiona a muchos que Jesús no haya orado por el mundo, pero regocija a otros el que haya intercedido por los que el Padre le dio. Esos que fueron llevados al Hijo han sido siempre de Dios, son los mismos que desde antes de la fundación del mundo habían sido escogidos para tal propósito (Efesios 1: 11 y Juan 6: 44).  Si bien éramos por naturaleza hijos de la ira, como los demás, fuimos creados como vasos de misericordia para que en nosotros se manifestara Jesucristo. Cuando una persona sabe que va a morir, como lo fue en el caso de Jesús -pues dijo, mi hora ha llegado-, ordena sus últimas cosas para sacar el mejor provecho del tiempo que resta. No podríamos decir que algunas de sus palabras fueron imprecisas en algún momento de su vida, pero sí queremos declarar cuán importantes han de ser aquéllas emitidas en momentos previos a su muerte: no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17: 9).

Jesús comprende que él ya no está más en el mundo, porque el día siguiente sería el de su muerte, pero entiende que su gente, su pueblo, todavía continuaría en ese lugar dañado por el pecado.  El mundo seguiría siendo el mismo, con su aborrecimiento ejemplar por los hijos de Dios. La luz en las tinieblas resplandece, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas. En las cuentas que Jesús le entrega al Padre sale aprobado, pues de los que le habían sido dados ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura de cumpliese. No fue por su negligencia sino porque ese era el designio de Judas.

El plan de Dios se expuso en el curso de estas breves palabras: aún el hijo de perdición es parte del propósito divino, no un error ni una ventaja extraída de algún arreglo secundario. Ya había sido declarado que el impío había sido hecho para el día malo (Proverbios 16: 4; Romanos 9: 22), y Jesús lo soportó con mucha paciencia hasta que llegara su momento. Pero ese plan también toca a sus elegidos como vasos de gloria (Romanos 9: 23), de tal forma que Jesús intercede por ellos. El sabe que todavía están en el mundo, mas quiere que continúen guardados en el nombre del Padre para que sean uno. Jesús los guardaba en su nombre y ninguno se perdió (Juan 17: 12); por eso quiere que el Padre los mantenga en el mismo sitio (Juan 17: 11). Como el Padre siempre le oye entendemos que eso es una realidad, que nadie nos podrá arrebatar de las manos del Padre. Recordemos que Jesús dijo que rogaba no solamente por esos discípulos sino por los que habrían de creer por la palabra de ellos (Juan 17: 20).  ­­­

Si Jesucristo no pidió por el mundo en esta noche previa a su muerte, es lógico suponer que tampoco lo hace ahora. Jesucristo ... puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7: 25). Los que se acercan a Dios son los mismos que van al Padre a través de él, pues nadie puede ir al Padre sino a través del Hijo. Pero de igual forma, nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo llevare a él (Juan 6: 44). En otros términos, el que quiere ir a él, el que quiere tomar del agua de la vida, el que está trabajado y cargado, es el mismo que ha sido elegido por el Padre, el que ha escuchado la locura de la predicación y es el mismo que ha sido llevado a la vida por el Espíritu en su operación del nuevo nacimiento. El mundo aborrece a Cristo y a los que son de él, por lo tanto no tiene la voluntad ni el deseo de ir a él.  

Ser y estar son conceptos muy diferentes. Se está en el mundo pero se es de Dios; se es del mundo pero no se está en Cristo. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo (Juan 17: 16). Pero aunque no quisiéramos estar en el mundo debemos permanecer en ese lugar, pero con la promesa ofrecida de que se nos guardará del mal. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra (Juan 17: 6). φανερόω [phaneroo /fan·er·o·o/] es el verbo que usó el Señor para expresar que él había manifestado, declarado, hecho visible y dado a conocer lo que había sido escondido. Jesús quitó el velo a lo oculto de Dios, pero sólo en sus discípulos y en los que habrían de creer por la palabra de ellos: los hombres que del mundo me diste. En otra oportunidad había declarado: A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan (Lucas 8: 10). De esta forma se declara abiertamente, en forma evidente, el nombre del Padre a aquellos que del mundo le fueron dados al Hijo.

En síntesis, si no somos del mundo hemos de ser separados en la verdad del Padre, que no es otra que su Palabra. No hay otra forma para la santificación (separación) sino por la Palabra. Cualquier otro sendero es de sospecha, incluso la vía mística, pues es a través de la palabra que podemos llegar a conocer su declaración o manifestación. La fe viene por el oír la palabra de Cristo. Podemos exponer su voz, declarar lo que ordenó, pero solamente aquellos que son despertados por la voz del Espíritu podrán en definitiva asumir su declaración. En consecuencia, cuando todos vayamos siendo uno, de la misma manera en que el Padre y el Hijo son uno, el mundo conocerá que Jesucristo fue el enviado del Padre.

Aquellos que fueron dados por el Padre al Hijo son los que conocen al Padre. La manifestación del nombre de Dios se relaciona con la esencia de lo que es Dios mismo. En su nombre está Él representado, de allí que Él jura por Su propio nombre. También dijo:  Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas (Isaías 42:8). Mas el mundo no conoce ese nombre: Mas todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado (Juan 15:21). Los que son de Dios reciben y guardan su palabra. Guardar es obedecer, en este contexto. Sin embargo, recordemos que esa misma noche Pedro negaría al Señor tres veces, no porque la oración de Jesús no haya servido sino por la declaración predictiva que le había hecho acerca de cómo Satanás lo había pedido para zarandearlo como al trigo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.  El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él (1 Juan 2:3-5). Los que son del Padre creen lo que se ha declarado respecto del Hijo, por lo tanto pertenecen a Dios. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? (1 Corintios 6: 19). El objetivo principal y la consecuencia final queda resumida en glorificar a Jesucristo. Ya dejamos de vivir para nosotros y Cristo es quien vive en nosotros (Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí, dijo Pablo); nuestro vivir es Cristo y Jesucristo ha sido glorificado en nosotros (Juan 17: 10).

Esta oración de nuestro Sumo Sacerdote (Hebreos 9: 24) es inseparable de lo que habría de hacer momentos después: su sacrificio ante el Padre, en tanto es Cristo nuestra pascua (el que tomó nuestro castigo para que Dios pasara por alto su juicio en Su pueblo). En aquella noche, Jesús como sacerdote y víctima se dirigió al Padre y pidió su glorificación. Su nueva función después de su muerte y resurrección sería interceder por aquellos que se acercan a Dios para que tengamos una salvación perpetua (Hebreos 7:25). Si no rogó por el mundo, entonces tampoco lo hace hoy día; si no rogó por el mundo fue porque no murió por el mundo. Es ilógico que haya muerto por aquellos por quienes no rogara. Más bien, rogó por sus discípulos (por los once) y por los que habrían de creer por la palabra de ellos. A todo este conjunto representó Jesús en la cruz, de lo contrario todos serían salvos. Una sola plegaria hecha de doctrina sólida.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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