Domingo, 09 de septiembre de 2012

Hay un símil de importancia ejemplar encontrado en el libro de Jeremías, en el Antiguo Testamento. Se trata de la comparación hecha entre la herencia de Dios con un pájaro muy particular. Un ave conocida como el pájaro moteado, viene a reflejar la imagen de los hijos de Dios. Pudiera conformar una familia variada de avecillas nombradas de diversas maneras: pájaro carpintero, diamante moteado, el lugano, el jilguero y un gran etcétera. Por boca de Jeremías el Señor exclama: ¿Es mi heredad ave de muchos colores? ¿no están contra ella aves en derredor? Venid, reuníos, vosotras todas las bestias del campo, venid a devorarla (Jeremías 12: 9, Versión Antigua de Reina Valera).

Algunas versiones han traducido ave de rapiña lo que antes era llamado ave de muchos colores o ave moteada. Pero lo que nos llama a reflexión es la idea de un ave solitaria en medio de muchas aves enemigas. Dice el profeta: ¿no están contra ella aves en derredor? Se trata de un ave solitaria, aislada y rodeada por otras de su misma especie pero que le son contrarias. El pueblo de Dios es poco en número, ya que la Biblia dice ¨ave de muchos colores¨, en singular, mientras el plural lo reserva para los que están contra ella. Hay una diferencia entre el pueblo de Dios y el mundo. De la misma forma, en otra figura bíblica, el pueblo de Dios es relacionado con los hijos de la Luz, mientras el mundo está en oscuridad y odia la luz.

Existe otro texto relevante para mostrar la desolación producida por el argumento de cantidad. El cristiano está en un grupo muy reducido frente al mundo. No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12: 32). Jesús le recomienda a su grupo que no se preocupe por el hecho de ser una pequeña manada, frente a la rapiña del mundo. La pena, preocupación o ansiedad que causa verse reducido en número frente al avasallante incremento de oponentes parece ser natural. No obstante, el Señor ordena a no temer porque existe una razón poderosa para dejar el miedo. El placer del Padre constituye una disposición que revela el orden administrativo divino. El trabajo de Dios es para su propia gloria y sigue cónsono con su propio placer: Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115: 3). En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad a fin de que seamos para alabanza de su gloria (Efesios 1: 11-12).

El ave de Jeremías y la manada pequeña son representaciones específicas y coincidentes de lo que es la iglesia de Cristo en la tierra. Jesucristo no habló de manada grande, ni Jeremías de numerosas aves. Antes, al contrario, ellos revelaron el criterio de exigüidad de tamaño cuando se refirieron al grupo que pertenecía a Dios. Pero, no suficiente en esa declaración, mostraron el contraste de su idea con el contexto de sus frases. Jeremías dijo: ¿no están contra ella aves en derredor? Un singular frente a un enemigo plural. De igual forma, Jesucristo en su alerta refirió el temor, el susto, la pena, el sinsabor, la preocupación subyacente en el argumento de cantidad. Lo poco frente a lo mucho, el pequeño David contra el gigante Goliat. Una historia que se repite como una constante en el pueblo de Dios. Después del llamado a no temer, se agrega la razón del temor: el hecho de ser manada pequeña.

Existen al menos dos razones para el temor: 1) ser pocos en número frente a los muchos del mundo; 2) ¿cómo alcanzar el reino de los cielos? Esta segunda inquisición también puede generar preocupación, un sentido de expectación que anhela la posibilidad del triunfo, pero que se descorazona por la cualidad en el trabajo. Pero el Señor habló claro: aunque seamos muy pocos en número, aunque no haya base natural para garantizar la conquista del reino de los cielos, existe la garantía de la voluntad del Padre: ...a vuestro Padre ha placido daros el reino.

Ha existido a lo largo de la historia eclesiástica paralela el reclamo por la pertenencia al grupo. Con el deseo de aumentar el número de los militantes cristianos, la iglesia profesante continúa por el camino ancho. Ella sacrifica la doctrina para abaratar el precio de la sangre de Cristo. El Padre envió a su Hijo con el propósito de salvar a su pueblo de sus pecados, pero aquella sangre de la cruz la pretenden rociar sobre los que no son su pueblo. De esta forma la iglesia espuria invierte el vector y pretende ser mayoría mientras conquista a la sociedad humana.


¿QUIENES CONSTITUYEN LA MANADA PEQUEÑA, O EL AVE MOTEADA?

Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo (Salmo 61:2). David escribió estas líneas porque clamaba a Dios, a quien consideraba su refugio. Dios ha escogido a lo débil del mundo, lo que no es, con el fin de deshacer lo que es. Cuando llegamos a desesperar en el plano espiritual, existe una razón válida para pensar que andamos por buen camino. Cristo vino a buscar enfermos y no sanos, pecadores convictos condenados al exilio espiritual. Cuando nos encontramos en condiciones placenteras se hace difícil clamar a Dios por auxilio, pero así como Jacob fue hallado en un desierto nosotros seremos encontrados por Dios cuando nos humillemos. La gigantesca carga de pecado en nuestras almas nos ancla en las aguas del mundo. Sólo el clamor desde nuestra impotencia y desespero podrá ayudar a quien se siente débil y cansado, al que está trabajado y cargado, al que tiene hambre y sed de justicia.

Pero el cansancio del pecado no se manifiesta en nosotros hasta que hayamos sido enseñados de que tenemos la carga del pecado como un fardo en nuestros lomos. La humanidad entera está bajo el pecado de Adán, y muchos siguen inconscientes y muertos en sus delitos y pecados. Entendemos que solamente Dios puede despertar y dar resurrección a las almas que Él ha querido redimir, pero también estamos ciertos en que el mecanismo empleado es la predicación del evangelio. ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? (Romanos 8). El llamado ha sido siempre el mismo: arrepentíos y creed en el evangelio, porque el reino de Dios se ha acercado entre vosotros. No existe un llamado a ser moralmente mejores, o a mejorar nuestra conducta, para ser aprobados por Dios. No, lo que existe es el clamor a cambiar de mentalidad, a reconocer que somos pecadores y que merecemos el castigo. Después de la humillación viene el consuelo y nuestra transformación.

Pero el hombre soberbio es resistido por Dios. El hombre natural no puede cambiar su corazón, como el etíope no puede mudar el color de su piel, ni el leopardo sus manchas. Es necesario que Dios trasplante el corazón de carne donde Él haya extraído el corazón de piedra. Esto es por obra de Dios Padre y de su Espíritu, el querer llevar a su pueblo escogido a Jesucristo. Pero parte de su método constituye una obra relegada a nosotros, el anuncio del evangelio para que el creyente no se pierda, sino que tenga vida eterna. Algunos se burlan de esta proposición, otros la consideran innecesaria. Muchos no entienden la necesidad del nuevo nacimiento, pero cuando Dios despierta los corazones, cuando Él lleva a las personas a Cristo, entonces la venda de los ojos es quitada y se cae en humillación como lo hizo Jacob, como lo repitió David, como ha sido a lo largo de la historia de la salvación. En una oportunidad un hombre le dijo a Jesús: Creo, ayuda a mi incredulidad, dando respuesta a la interrogante de Isaías: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? (Isaías 53: 1 y Marcos 9: 24).

Nos damos cuenta que aquellos que creen en el anuncio del evangelio son los mismos sobre quienes se ha manifestado el brazo de Jehová: la manada pequeña, el ave moteada, los que se humillan ante su presencia y claman por ayuda. De nada sirve que las aves de rapiña continúen su vuelo amenazador en derredor del avecilla solitaria, ni que el mundo descargue su odio a la manada pequeña, porque el placer del Padre se ha de cumplir por siempre. Su placer presupone asegurar que su pueblo vaya ante su Hijo para redención eterna y para la conquista del reino de los cielos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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