Viernes, 07 de septiembre de 2012

Algunos se preguntan por qué razón Dios no anuncia el evangelio en forma más impactante, con tantos recursos a su alcance. Por ejemplo, ha podido encargar a los ángeles la proclamación de su mensaje, de tal forma que por intermedio del inmenso poder que poseen toda la humanidad haya podido estar bien informada de su anuncio.  Pero tal parece que no fue su intención nunca el querer que toda la tierra escuchara con atención su voz benéfica, sino que salvando a muchos dejó a otros por fuera. A eso se le ha llamado expiación limitada, ya que al parecer el sacrificio de Jesucristo en la cruz sólo tuvo que ver con su pueblo, con sus ovejas, con los que el Padre le había dado.

Las parábolas así lo ilustran, como también una multiplicidad de textos a lo largo de la Biblia. Sobre la humanidad pesa un misterio, algo que no puede explicar. Un enigma que la desconecta del reino de los cielos. Quien tiene oídos para oír, oiga. Entonces, llegándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? Y él respondiendo, les dijo: Porque a vosotros es concedido saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no es concedido (Mateo 13: 9-11).  En la parábola del sembrador el Señor expone a sus discípulos que a ellos les había sido dado el entender sus palabras, pero que a otro grupo les había sido negado. No podría nadie suponer cualidad alguna en los que el Señor hubo escogido, pues en Romanos se lee que todos somos hechos de la misma masa.  Como todos hemos sido formados con la misma naturaleza, no hay distinción de base entre ningún miembro de la raza humana.

Entender la palabra revelada no presupone un plano extático, sino más bien una comprensión del misterio. Las cosas secretas del reino son el misterio revelado a las ovejas. En el plano bíblico, un misterio es un asunto que solamente puede ser conocido a través de la revelación de Dios.  En este sentido, las doctrinas del evangelio son los misterios revelados del reino de Dios.

Como solamente el regenerado o nacido de nuevo está capacitado para entender y ver las bondades del evangelio, se entiende que un hombre ciego espiritualmente no puede ver, a menos que sus ojos sean abiertos. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:14). Y si la Biblia así lo manifiesta, no podemos nosotros cambiar los parámetros para comprender el mensaje evangélico. No obstante, muchos se han levantado en contra de esta doctrina porque no la consideran justa. Suponen que Dios es injusto en la medida en que es un arbitrario que arrebata los derechos al hombre. Presumen que para justificar al Dios de la Biblia debemos anunciar la responsabilidad humana en compatibilidad con la libertad moral. En otros términos, si no existe el libre albedrío, el hombre no es responsable.

Este argumento parece lógico entre las relaciones interhumanas. El asunto es que choca de frente cuando nos movemos en el contexto de  las relaciones entre Dios y el hombre. El Dios de la Biblia se presenta como el Soberano, el que es, el Despotes, de tal forma que no acepta quien le dispute. El es Dios y hace como quiere. Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Isaías 45: 21-23).

También existe esta declaración: Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve. Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios. Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará? (Isaías 43: 11-13). Con esta declaración formal se da por cierto que el testimonio es verdadero, ya que proviene de Dios en forma directa. No se trata de una interpretación teológica personal del profeta Isaías, sino de una afirmación expositiva y declarativa acerca del reinado del Altísimo y su gobierno soberano, fuera de un control externo.

Claro que esta exposición de Dios no es común en los púlpitos. Estamos acostumbrados a tomar decisiones en la vida diaria y sentimos que somos libres en base a esos hechos. Sin embargo, casi nunca nos preguntamos las razones escondidas de nuestra determinación en un particular contexto. Cuando alguien decide adquirir un objeto, o alcanzar una posición social, económica, laboral, educativa o de cualquier otro renglón, hay demasiadas cosas por detrás de su determinación. A pesar de ello, pocas veces se tiene conciencia de ser manipulados por esos elementos escondidos. De igual forma, detrás de todo lo que acontece está Dios con un plan trazado para su propia gloria.

EL PROPOSITO DE LA MUETE DE CRISTO.

Si Cristo fue entregado por causa de nuestras transgresiones, también fue resucitado para nuestra justificación:  el cual (Cristo) fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación (Romanos 4:25). Se implica a partir del texto el beneficiario del objeto de su entrega: nosotros (nuestras transgresiones), el cual es el mismo beneficiario del objeto de su resurrección: nosotros (nuestra justificación). Leemos también que Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios (Hebreos 10:12). Y si hizo un sacrificio para siempre, entonces para siempre son justificados aquellos por quienes hizo el sacrificio. No pudo haber hecho un sacrificio por los pecados de toda la humanidad porque entonces todos serían justificados. Fijémonos que dice para siempre, lo cual presupone que no es posible eliminar o alterar el sacrificio ni su objetivo. De esta forma, si el sacrificio fue para siempre, para siempre permanecerán los beneficiarios del mismo. ¿Fue Judas beneficiario de ese sacrificio? ¿Lo fue Faraón, de quien la Biblia dice que Dios endureció su corazón? ¿Lo fue Esaú, de quien dicen las Escrituras que fue aborrecido por Dios? ¿Lo son los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda? ¿Acaso son beneficiarios del sacrificio para siempre los moradores de la tierra que darán el dominio y poder a la bestia, cuyos nombres no están inscritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13: 8 y 17:8).

LA EVANGELIZACION.

Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan (Hechos 17:30). Pero ¿cómo oirán si no hay quien les predique? (Romanos 8).  Y no hay otro camino: Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Esta situación presentada nos muestra que de un lado hay mandato hacia todos los hombres, pero que al mismo tiempo no todos son informados a tiempo. La razón de esto estriba en que somos seres muy limitados, muy disímiles a los ángeles. Jesucristo comisionó a unos pocos para que anunciasen por todo el mundo su evangelio, por lo cual todo empezó poco a poco. Si bien sabemos del ánimo de la iglesia primitiva, también conocemos acerca de sus limitaciones tecnológicas para abarcar el mundo entero en forma inmediata. Han transcurrido los siglos y ahora se vislumbra el anuncio del mensaje salvífico en una escala mucho más amplia. Tal vez tengan que ver los medios de comunicación masivos, pero no por eso se ha dejado de predicar también un evangelio diferente. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema (bajo maldición).  (Gálatas 1:8-9) .

¿CUAL EVANGELIO?

Si somos llamados a arrepentirnos y a creer en el evangelio, uno tiene el derecho de preguntar de qué se trata eso. La Biblia señala que no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7: 20), que hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23).  La pecaminosidad nuestra es tan grande como la de Adán. Hemos sido formados en iniquidad, concebidos en pecado (Salmo 51: 5) y desde la matriz se descarrían los que hablan mentiras (Salmo 58:3).  La intención del corazón humano es mala desde su juventud (Génesis 8: 21), es engañoso y perverso (Jeremías 17: 9). Tan importante es el corazón, que es comparado al sitio motor de donde emanan todos los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las calumnias (Mateo 15: 19-20).

Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento (Isaías 64: 6).

Si no hay justo ni aún uno, si no hay quien entienda, ni quien haga lo bueno ni quien busque a Dios (Romanos 3: 10-12), nosotros no podremos hacer el bien habiendo estado acostumbrados a hacer el mal (Jeremías 13: 23). La consecuencia inevitable de eso que la Biblia ha dado en llamar pecado (errar el blanco) es la separación de Dios. Se ha declarado que Dios no se complace en la maldad y por lo tanto, por causa de nuestras iniquidades se ha hecho separación entre nosotros y Dios. Nuestros pecados han hecho que Él esconda su rostro para no escucharnos. Esta situación de gravedad sólo podía ser solventada mediante el apaciguamiento de la ira divina, hecho logrado de acuerdo a sus planes eternos con la justificación alcanzada para su pueblo por parte de su Hijo.

Pero de nuevo, el hombre natural está envanecido y no ha honrado a su Creador; al contrario, sus vanos razonamientos han hecho que su corazón sea entenebrecido. De allí que Jesucristo vino al mundo como la Luz, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, profesando ser sabios se hicieron necios.

Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido (Isaías 53: 8). Parece que Dios se hizo un pueblo desde antes de la fundación del mundo, de manera que envió a su Hijo para justificarlo ante Sí mismo. Este hecho ha de producir alegría en los que son llamados y escogidos, pero enardece a los que reclaman igualdad de condiciones para todos. Este es el ejemplo citado por Pablo en Romanos 9, cuando presenta al objetor en reclamo ante Dios: ¿Por qué, pues, inculpa?, porque ¿quién ha resistido a su voluntad? La respuesta dada por el Espíritu ha sido la misma por los siglos: ¿Y tú quién eres, para que alterques con tu Creador?

La condición humana no le otorga el derecho de reclamo ante su Hacedor. La potestad del Alfarero sobre su arcilla es legítima y no hay quien se la pueda usurpar. No obstante, en este reclamo nace el otro evangelio diferente y quienes lo pregonan son llamados anatemas. Ese otro evangelio se ha propagado como la cizaña en medio del trigo, hasta ahogarlo. Es necesario reconocer que el trigo sigue siendo trigo, a pesar de la cizaña, pero puede ser ahogado de tal forma que no dé su rico fruto. El otro evangelio atormenta a las ovejas del rebaño, las asusta, las espanta. Ya no hallan cabida en los apriscos por causa de las cabras monteses que han usurpado sus espacios naturales.

Por eso no nos cansamos de pronunciar el verdadero anuncio que se nos ha encomendado, para que todo aquel que en Él crea sienta el mismo gozo de haber sido rescatado de la vana manera de vivir. Todos tenemos la responsabilidad de arrepentirnos de nuestros errores, pero no todos lo hacen. Encontrar la razón en nosotros mismos nos hace vanagloriosos y nos conduce a la jactancia. Pero ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Quienes piensen que ellos tienen la última palabra ante Dios, forman parte del evangelio de las obras, el cual es un falso evangelio. El evangelio de la gracia, como su nombre lo indica, es gratuito, porque no pudimos dar nada a cambio para recibirlo. El nuevo nacimiento con el hecho de aceptar la dádiva de la elección vienen dadas en el mismo paquete de la predestinación.

Nos queda exclamar con el apóstol que más expuso esta doctrina: !Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! !Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11: 33).

César Paredes

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