Domingo, 19 de agosto de 2012

En la figura del Buen Pastor, encontramos la idea de un rebaño, no de una oveja solitaria. Es cierto que podemos acudir a Jesús en nuestra soledad, o en nuestro retiro personal para la oración, pero en general  no existen pastores de una sola oveja. Más que todo, el pastor lo es de un rebaño. Ya Jesucristo nos advirtió de lo mismo cuando dijo que donde estuvieren dos o tres congregados en su nombre allí estaría él en medio de ellos. Urge la necesidad de congregarse, como advirtió el autor de Heberos: no dejando de congregarse, como algunos tienen por costumbre. Incluso, en la oración ejemplar enseñada por el Maestro se inicia de la siguiente manera: Padre nuestro, no se dice Padre mío. No está prohibido decir Padre mío, pero la enseñanza es hacia lo colectivo, pues la iglesia es colectiva y no individual, recoge la idea del rebaño dirigido por el pastor.

Cuando David salió a enfrentarse a Goliat, la altura exagerada del gigante y la pequeña estatura de su oponente asustaban al pueblo de Israel. El rey Saúl no estaba seguro de que el pequeño pastor pudiera siquiera acercarse con éxito al paladín de los filisteos. Ese era su campeón, pues en aquella época se acostumbraba a tener a un guerrero ejemplar para asustar a sus oponentes. Pero David estaba entrenado como pastor de ovejas, se había acostumbrado a luchar contra sus enemigos naturales, los principales depredadores de ovejas: osos y leones. Así arguyó frente al rey:  Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente. Añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de la mano de este filisteo. Y dijo Saúl a David: Ve, y Jehová esté contigo (Versos 36 y 37).

El filisteo estuvo durante 40 días vociferando en la mañana y en la tarde contra el ejército de Saúl. Y decía a gran voz: Hoy yo he desafiado al campamento de Israel; dadme un hombre que pelee conmigo (1 Samuel 17: 10).

David era un pastor natural, entrenado en el diario vivir con el rebaño de su padre, ejercitado en la faena dura de estar a la intemperie y frente a voraces depredadores. En su tiempo de descanso tocaba la lira, para recrearse, para no sentirse tan solo en medio de tantos animales. Sin embargo, cantaba a su Dios, el que ya le había ungido a través del profeta Samuel, el Dios de sus padres y de su pueblo.

Las palabras usadas frente al rey para categorizar al gigante Goliat, quedaron registradas en la Biblia como un emblema para nosotros. Se refirió antes que nada a lo que representaba su enemigo, lo clasificó como filisteo incircunciso (verso 36).  Esta simple expresión demostraba la claridad mental y espiritual del pequeño David. El sabía que había una distinción entre el pueblo del pacto con Abraham, del cual la circuncisión constituía un símbolo de la promesa, frente a cualquier otro pueblo que no portaba tal compromiso de parte de Dios.  Porque ¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente? (verso 26).

Jesús se declaró como el Buen Pastor, el que daba su vida por sus ovejas. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas (Juan 10: 10-11). De la misma forma, el filisteo venía para hurtar y matar y destruir al pueblo elegido de Dios, pero David acudió en el nombre del gran Yo Soy, de Jehová, el que entregó a su Hijo por las ovejas de su prado. Ciertamente, en la promesa hecha a Abraham que fue confirmada con Isaac, la Biblia aclara que no son todos hijos de la promesa, sino que en Isaac sería llamada descendencia (Romanos 9). Esas son las ovejas por las cuales Cristo murió en la cruz, para pagar el rescate por ellas.

Conocemos del triunfo obtenido por David frente al gigante Goliat. Fue derribado por una piedra incrustada en su frente, al ser lanzada de la honda en su mano en el nombre de Jehová. El gigante venía a él con espada y con lanza, pero David iba en el nombre del Todopoderoso, el que le había librado de osos y leones. Jesucristo reiteró que era el buen pastor, que conocía sus ovejas y que éstas le conocía a él. Una reciprocidad sin igual, que no puede ser juzgada por terceros. De la misma forma Jesús conocía a su Padre, así como el Padre al Hijo. Todas sus ovejas oirán su voz, y habrá un rebaño y un pastor (Juan 10 : 16).

Muchos de los que escuchaban a Jesús no le creían, más bien le acusaban de tener demonio. Sucedió algo parecido con David, ni siquiera su hermano le creyó, ya que le acusó de soberbio y de tener malicia, pues decía que había venido al campamento para ver la batalla. Saúl tampoco le creyó, pero no tuvo más opción que permitirle luchar, pues él estaba tan asustado con el gigante como el resto de su campamento.   

Jesús fue rechazado por decir cosas que no se esperaban escuchar. La gente se turbaba con sus palabras, y pedían que les dijera abiertamente que él era el Cristo, el Mesías esperado. El pueblo quería la liberación del yugo romano, de manera que esperaban la aparición mesiánica para su independencia política, eso era todo lo que deseaban, un David frente a Goliat. Era algo así como utilizar el poder de Dios para librar batalla contra sus enemigos y vencerlos. Por lo demás, seguirían con sus tradiciones civiles y religiosas a las que ya estaban acostumbrados.  Pero Jesús les respondió que ya él les había dicho quien era, pero que ellos no le creían. Las obras que hacía en nombre de su Padre testificaban de él como el Hijo de Dios. Acto seguido, Jesucristo dijo una frase que marca un hito teológico sin igual, para acabar toda controversia contra la absoluta soberanía de Dios:  pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10: 26). Luego siguió aportando elementos de seguridad respecto al destino de sus ovejas: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos. (Juan 10: 27- 30).

Por si esto fuera poco, al inicio del capítulo 10 del evangelio de Juan, Jesús había dado claves de identidad acerca de sus ovejas, de la misma manera como David tenía su identidad de ungido de Jehová. Dijo Jesús que él llama a sus ovejas por su nombre, para ir delante de ellas. En consecuencia, sus ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero un dato curioso se anexa y es para reflexionar; Jesús añadió que sus ovejas no seguirían al extraño, sino que más bien huirían de él, por la simple razón de que sus ovejas no conocen la voz de los extraños. Jesús se declaró la puerta de las ovejas, y aseguró que quien por él entrare será salvo y hallará pastos (Juan 10: 3,4,5 y 9).

Las palabras de David al filisteo ilustran nuestra posición frente a los enemigos del rebaño. David le dijo a Goliat que él iba en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado (1 Samuel 17: 45). De manera que cuando nos encontremos con gigantes al acecho, recordemos que a quien han provocado no es a nosotros sino a Dios mismo, al Pastor de las ovejas. La promesa que tenemos es que nadie nos arrebatará de su mano. Podemos incluso perecer físicamente, pero se nos ha dicho que no temamos a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Esto es suficiente para andar con gallardía y la cabeza en alto, firmes y adelante, pues Jesús ha prometido estar todos los días con nosotros, hasta el fin del mundo.

Jehová ayudó a David y lo libró, y no pudo Goliat arrebatarlo de sus manos, y supo toda la congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla.  El buen pastor nos guía y nadie nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:27
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