Mi?rcoles, 01 de agosto de 2012

Se ha hablado de la libre respuesta que Adán hiciera a su creador mientras estaba en el huerto del Edén. La mayoría de los teólogos se inclina a pensar que el primer hombre fue soberanamente libre al tomar la decisión de comer del árbol prohibido. Si la presunción es cierta, entonces serían planteados varios problemas para el Dios absoluto y su eficacia soberana.

Por ejemplo, ¿cómo quedaría el propósito eterno de Jesucristo de ser la justicia de Dios para su pueblo? La Biblia enseña que el Cordero de Dios estaba destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1: 20) por amor a sus santos. Desde el punto de vista filosófico plantearía otra incógnita, pues ¿cómo podría algo creado (Adán) estar separado de la voluntad y control de su Creador? No puede existir tal independencia entre la criatura y su Hacedor. Dios no podría darse el lujo de permitir que exista libertad en sus criaturas para que le puedan estropear sus planes.

Pensemos un momento en la posibilidad de que Adán no hubiese comido del árbol prohibido. Se irían al traste los escogidos para gloria y los escogidos como vaso de destrucción (lo cual se hizo desde antes de la fundación del mundo). La preparación de Jesucristo como el Mesías redentor hubiese sido en vano. Dios hubiese tenido que acudir a un plan B, lo que lo declararía como a un dios no absolutamente soberano, sino falible. Hubo un propósito eterno en Cristo Jesús (Efesios 3: 11), y si eterno entonces fue antes de la caída del hombre en el Edén. Si antes del tiempo -pues con tiempo Dios creó los cielos y la tierra que conocemos- en la eternidad ya existía ese propósito en Su mente,  Adán tenía por fuerza que pecar. De allí que cuando hablamos de soberanía divina y libertad humana, estamos en un terreno  metafísico.  Dios ejerce control hasta de los pensamientos de los hombres, asimismo en sus acciones. El hombre no es libre de Dios ni de su control, si bien nos parece válido entender que el hombre es libre frente a otro hombre. Me explico, uno toma decisiones frente a otras personas que también toman decisiones, y eso nos brinda la ilusión de libertad. Cuando uno elige comprar un objeto determinado tiene la sensación de libertad de escogencia, jamás se pregunta acerca  del plano metafísico que mueve a que uno elija uno y no otro objeto.

Cuando Adán y Eva decidieron comer del fruto prohibido, no pensaron metafísicamente con el deseo de indagar si su acción era o no era movida por su Creador. Más bien prosiguieron con sus instintos y deseos por la curiosidad de lo prohibido, de tal modo que transgredieron el mandato divino. Sin embargo, detrás de su acto estaba la implacable inteligencia de Dios moviendo las condiciones para que en su orden eterno su plan siguiera el destino trazado.

Al menos eso lo entendió muy bien el apóstol Pablo, cuando en su carta a los romanos dijo que Dios había escogido a Jacob y a Esaú desde antes de que hiciesen bien o mal, para que su propósito de la elección permaneciese por causa del elector y no por causa de las obras humanas.  La Biblia dice que Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. También declara que en Él vivimos, nos movemos y somos. Y agrega que Él hizo al malo para el día malo (Proverbios 16: 4). Uno de sus profetas enuncia su control extensivo en la esfera de lo malo de la siguiente manera: ...¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3: 6).

Cuando decimos que somos libres entre nosotros es porque desconocemos todas las variables que entran en juego cuando tomamos decisiones. Si las conociéramos por completo, entonces tendríamos que admitir que existe determinismo, pues dadas ciertas condiciones la escogencia ya no se manifiesta libre sino forzada. El ejemplo se ve mejor cuando hablamos de la suerte como un eufemismo de nuestra ignorancia de lo que va a suceder. En un juego llamado de azar, si el jugador conociera todas las variables físicas y emocionales que intervienen en el lanzamiento de sus dados, de seguro podría predecir con exactitud la forma en que ellos se mostrarían. Por el desconocimiento de las mismas se habla de azar, lo cual no es más que un eufemismo de la ignorancia de cada circunstancia a intervenir. De igual forma sucede con la libertad en nuestras relaciones, pues suele ser un término eufemístico para ocultar el desconocimiento del conjunto de factores que intervienen en la relación humana.

Sin embargo, con respecto a Dios, tal eufemismo es inútil, pues estamos en terreno de la metafísica, donde otros valores en juego entran.  La mente natural se pregunta por qué Dios inculpa, pues ¿quién ha podido resistir su voluntad? No obstante, parece ser que esta es la constante a lo largo de la Biblia, ver a un Dios que hace como quiere, que ordena los acontecimientos y declara que Él lo predijo mucho antes de que aconteciese. Agrega el Autor de los siglos que no hay quien detenga su mano para que le diga ¿qué haces ...antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve.  Yo anuncié, y salvé, e hice oír, y no hubo entre vosotros dios ajeno. Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios.  Aun antes que hubiera día, yo era; y no hay quien de mi mano libre. Lo que hago yo, ¿quién lo estorbará? (Isaías 43: 10-13).

Hay otros textos que revelan que el hombre tiene libertad de decisión, que es dueño de su voluntad. Pero así como se ha escrito que Dios se arrepintió de haber creado al hombre, o que Jesús lloró por Jerusalén o ante la tumba de Lázaro, debemos encontrar la razón de tales elocuciones. El hombre decide entre la vida y la muerte, “ He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición: la bendición, si oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, que yo os prescribo hoy,  y la maldición, si no oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y os apartareis del camino que yo os ordeno hoy, para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido” (Deuteronomio 11:26-28).

Pero, ¿de qué vida y muerte está hablando? De nuevo, debemos referirnos a los dos planos posibles, al de nuestro espacio-tiempo y al metafísico. Desde nuestra realidad, vemos a un Dios que comanda y advierte, que da la oportunidad de elegir entre el buen camino y el desviado. Promete bendición o maldición de acuerdo a como hayamos actuado. Pero en el plano metafísico ya hemos visto que Dios condena aún antes de que se le desobedezca, pues dice que antes de hacer bien o mal ya Esaú era odiado por Él, no conforme a lo que haría, sino a su propia voluntad. No obstante, existe un llamado para todos los hombres al arrepentimiento, a creer el anuncio de la buena noticia de la salvación, sin que tengamos que indagar la metafísica de ese llamado. Además, está hablando con Israel, su pueblo, quien ya conocía de sus promesas y hazañas. Esta bendición era terrenal y la maldición también. Pero más allá de la elección que el pueblo hiciera de estos dos caminos está la parte metafísica que mueve a elegir. Es allí donde el Dios soberano hace como quiere, y controla las circunstancias y mueve los corazones de los hombres como lo hace con las aguas, inclinándolo a todo lo que quiere.

Pero Dios se arrepiente de haber hecho al hombre, y decide destruir lo malo que ha creado, de la misma manera que lo hace un moldeador de arcilla con sus ollas de barro. Las tira y las quiebra porque les parece defectuosas.  Lo hace para mostrarnos cuánto detesta la maldad humana, así como para honrar su propia justicia. En Génesis 6: 6-7 se puede leer lo que Dios está haciendo con la obra de sus manos: reconoce que lo que Él destruye lo ha creado también. Por eso dice el autor de Proverbios que Dios hizo al malo para el día malo. No hay incoherencia en lo que dice ni en lo que hace, simplemente sigue su trazado soberano. De allí que Pablo retoma la idea por el Espíritu y resalta que el Alfarero hace como quiere con la misma masa, unos vasos para honra y gloria y otros para mostrar su justicia y destrucción.

Nuestro problema histórico lo resolvemos con el hacer o no hacer, el obedecer o desobedecer, más allá de que tengamos o no capacidad para ello. Se nos ha ordenado, como a Adán, a obedecer el mandato. Así como Adán no se planteó el plano metafísico de lo que movía su falta de obediencia, nosotros tampoco nos preguntamos a cada instante si lo que hacemos es movido por Dios. No obstante, cuando reflexionamos metafísicamente, entendemos que nada escapa a su voluntad y hacemos exactamente como estaba planeado.

El problema grande estriba en que no hay quien acuse eficazmente a Dios. El es soberano. ¿Quién eres tú para que alterques con tu Creador? ¿Podrá la olla de barro decirle a su Alfarero, porqué me has hecho así? ¿O no tiene el Alfarero potestad para hacer un vaso para honra y otro para destrucción? (Romanos 9). Esa es la respuesta del Espíritu a nuestra objeción natural. Jesús lloró ante la muerte de Lázaro cuando escuchó el murmullo de la gente frente al dolor de la muerte, porque Jesús estuvo también en la historia como humano, con sentimientos. Así lo hizo por Jerusalén, pues desde nuestra perspectiva parece ser que el dolor abunda cuando se observa el pecado en su dominio terrenal. No obstante, Dios sigue siendo soberano y no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta, lo que Él dice lo hará y lo ejecutará. (Números 23:19).

En conclusión, cuando nos acercamos a contemplar la grandeza y la magnificencia de Dios comprendemos mejor nuestra finitud. ¿Quién es el hombre para que Dios se acuerde de él, o el hijo del hombre para que lo visite? Somos como nada, y como menos que nada delante de sus ojos. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Pero aún antes de eso quiso tener misericordia de muchos y se configuró un pueblo, repleto de las ovejas de su prado, por lo cual envió a su Hijo para redención nuestra y para declararnos su paz, a través de su propia justicia. Jesucristo se convirtió en nuestra pascua, y ahora nuestros pecados han sido cubiertos. El corazón de piedra fue cambiado por uno de carne, capaz de oír y aceptar el mandamiento de Dios, muy a pesar de que nuestra vieja naturaleza todavía reclama su derecho a pecar.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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