Domingo, 15 de julio de 2012

Si la adoración en ignorancia del objeto adorado no fuese un impedimento para la validez de la misma, el apóstol no hubiese tenido necesidad de predicar a Jesucristo. Los atenienses adoraban a un Dios desconocido, pues ellos como buenos religiosos le tenían un altar de adoración, por si acaso. Sin embargo, como la ignorancia espiritual es mortal, Pablo les dijo que les venía a hablar de ese Dios, el que hizo los cielos y la tierra, del cual somos linaje como uno de sus poetas había señalado. Pero en la introducción de su discurso hizo un resumen de lo que había observado en sus santuarios, un altar al Dios no conocido. De inmediato hizo el siguiente alegato: Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.

Un paralelismo con el texto se encuentra en lo enunciado por Jesucristo a la mujer samaritana. El Señor le dijo a ella que los samaritanos adoraban lo que no sabían. En otros términos, adoraban en ignorancia de la verdad. Agregó Jesús que el Padre requería adoradores en espíritu y en verdad, dos cualidades fundamentales para que la adoración fuese eficaz. De la misma manera, Pablo escribió a los romanos en referencia a la fe de los judíos, quienes tenían celo de Dios pero fundamentado en la ignorancia. En Romanos 10: 2 dijo que su celo no era conforme a ciencia, por lo cual agregaban su propia justicia al ignorar o desconocer la justicia de Dios. ¿Y cuál es la justicia de Dios? Pablo les había dicho que se encontraba en el evangelio: Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1: 17).   ...la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él (Romanos 3: 22).

Los atenienses del Areópago hacían algo parecido a lo de la mujer samaritana, pues adoraban lo que no sabían. Llámese judío de la Ley, samaritano del reino de Israel, o ateniense que tenga altar al Dios no conocido, todo el que ignore la justicia requerida por el Creador no puede adorarle en espíritu y en verdad. Se puede tener celo de Dios, conocer sus mandamientos y tratar de guardarlos, adorarle incluso, y a ninguna parte conduce al ignorar su justicia (Romanos 10: 2; Juan 4: 22-24; Hechos 12: 23).

¿Cuál es la razón de todo lo dicho? Sencillamente que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, no puede buscar al verdadero Dios, por lo cual todas sus obras son como nada o como menos que nada delante de Él. Además, Jesús dijo que nadie vendría al Padre sino a través de él; al mismo tiempo señaló que nadie podría ir a él a menos que el Padre lo trajese. Prometió, en consecuencia, que daría protección por siempre a los que el Padre le enviase, ya que nadie sería capaz de arrebatarle alguna de sus ovejas de sus manos. De esta forma seremos resucitados en el día postrero.

La implicación que sigue es que si Dios es el que salva, nada podemos hacer para nuestro rescate. No obstante, se nos ordena que nos arrepintamos y creamos en el evangelio. El hombre caído es impotente espiritualmente, pero de igual forma permanece responsable. El debe responder por su animadversión para con su Creador. Nunca ha sido necesaria la libertad para la responsabilidad en materia del espíritu. Existen más bien agravantes, ya que algunos recibirán mayor condenación por haber escuchado el evangelio y no haberlo creído: Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado (2 Pedro 2: 21). Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación (Marcos 12: 38-40). También existen atenuantes, si bien no la excusa absoluta: Y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma, que para aquella ciudad -donde se anuncie el evangelio y no se reciba dicho anuncio- (Lucas 10.12).

El argumento en contra de lo expuesto en la Biblia será siempre el mismo. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién puede resistir su voluntad? Con estas palabras se pone en evidencia que el ser humano no es libre ante su Creador, pues no es capaz de resistir su voluntad. No obstante, también queda claro que sigue siendo responsable ante Él, ya que recibe su carga incriminatoria por el pecado o corrupción moral y espiritual.  Dios inculpa al hombre de pecado, aunque sabe que su criatura no es libre ante sus actos soberanos. Ha escogido a un pueblo para Sí mismo y a otro lo ha dejado fuera, en su maldad. El método utilizado para el rescate de los suyos fue la expiación hecha por Jesucristo en la cruz, quien ha venido a ser su justicia.

En la expresión del Cristo, Muchos son los llamados y pocos los escogidos, se aprecia el resumen de la doctrina soberana de Dios en la salvación. 1) No todos son llamados sino muchos; 2) solamente unos pocos de los llamados son escogidos; 3) por implicación del número dos (2) se obtiene que todos los escogidos han de ser llamados. No hay excusa para suponer que los que nunca han escuchado el evangelio pueden llegar a ser miembros del pueblo escogido de Dios, pues los escogidos necesitan ser llamados. Este llamamiento se hace a través de la locura de la predicación, por medio de la cual quiso Dios salvar al mundo.

Si alguien todavía sigue adorando al Dios no conocido de nada le sirve. La prueba irrefutable se encuentra en la continuación del libro de los Hechos con la información acerca de los que creyeron después del mensaje de Pablo a los atenienses. Si les hubiera valido como algo bueno el adorar al Dios no conocido, no les hubiese sido necesario llegar a creer. Si la adoración en ignorancia hubiese sido suficiente, todos los atenienses que hicieron ese acto serían salvos (Hechos 17).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:23
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