Jueves, 05 de julio de 2012

Esta es quizás la expresión más emblemática acerca de lo que se supone es el eje del proyecto de salvación humana. Predicar el evangelio implica anunciarlo a voces en el mundo que por naturaleza rechaza a Cristo. Si el sacrificio expiatorio y representativo de Jesús viene a ser el núcleo del evangelio, sin la predicación nadie sería salvo. No agradó a Dios en su revelación anunciar otra vía sino la palabra hablada o escrita para captar a sus elegidos y endurecer más a los réprobos en cuanto a fe.

Pero ¿por qué Pablo habla de la locura de la predicación? El apóstol de la gracia lo comprendió en su esencia y no calló al respecto. Si nos ponemos a pensar en la omnipotencia divina y en que su voluntad siempre se ha cumplido, entonces uno logra entender un poco al apóstol. Ciertamente, un Dios omnipotente puede levantar de entre los muertos a quien así desee, y Él mismo ha podido dar luz a sus escogidos sin que medie palabra humana anunciando a Jesucristo. Él mismo dijo un día que si los discípulos callaran, las piedras hablarían (Lucas 19:40).

El mismo apóstol expresaba su pesar por Israel y testificaba en contra de los judíos que tenían celo de Dios, pero no conforme a ciencia. En el capítulo 10 de su carta a los Romanos expuso que ese conocimiento del que carecen muchos (Jesucristo como la justicia de Dios) ha de ser anunciado para salvación. Al mismo tiempo nos hace la pregunta acerca de ¿cómo oír el evangelio si no hay quien lo predique? Pues al parecer todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo (la invocación es mucho más que un rito vociferado, es la respuesta de la comunión con Él), pero ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? Pues la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios (Romanos 10: 17).

La gente culta de la época apostólica, representada por los griegos, pedía sabiduría; pero en la sabiduría de Dios el mundo no le conoció (a través de la creación y su armonía divina, pues lo que de Dios se conoce es manifiesto por la obra creada).  Algo parecido acontece hoy en día, los intelectuales demandan una explicación coherente con sus proposiciones filosóficas e ideologías políticas para poder creer. Si en aquel entonces, cierto grupo de personas necesitaba ver señales, ya que no le bastaba con los milagros hechos por Jesús pues querían más y más, otros desean hoy día pruebas fehacientes del Dios invisible. Sin embargo, a Dios agradó salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Corintios 1: 21).

Ni la sabiduría de Dios exhibida en el universo creado, ni las señales milagrosas realizadas por el Cristo, fueron suficiente recurso para hacer creer a la humanidad cautiva en el pecado. Pero Dios tenía preparado un recurso diferente, tan poético como demente, el resorte de la predicación. La insania de la predicación presupone el estigma de un desorden emocional y de conducta que requiere una intervención psiquiátrica. La predicación en sí misma puede ser objeto de análisis de la psiquiatría, pero le toca al predicador recibir el castigo del análisis. Anteriormente se prefería el Ágora para discutir y dialogar con la gente, el espacio público para las asambleas en la antigua Grecia, donde también se realizaban  los intercambios mercantiles. Hoy día, el discurso religioso se da usualmente dentro de una iglesia, como si fuese el recinto de un sanatorio mental. Allí se reúne gente extraña, tal vez enajenada, a escuchar las arengas de un predicador que expone sus palabras de verdad; no obstante, el acto es considerado locura por el apóstol Pablo. Se le canta al Dios invisible, se lee un libro considerado su palabra revelada a los hombres y se anuncia a los visitantes la buena noticia de la salvación.

Pero esta noticia ha venido a ser tropezadero y locura para el mundo, mas para los llamados este evangelio ha venido a ser Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios (1 Corintios 1: 24). Tal vez el examen teológico realizado por el apóstol de los gentiles lo llevó a esta derivación de la locura de la predicación. Pero resulta indudable que el Espíritu de Dios fue quien lo inspiró, por lo cual cobra mayor fuerza la elocución hecha. Si Dios ya sabe quiénes se salvarán y quiénes se perderán, ¿para qué predicar el evangelio? ¿Acaso los que se van a salvar dejarán de ser salvos si no se les predica? ¿No es esto una locura? Si Dios es quien prepara los corazones (como lo muestra la parábola del sembrador y muchos otros textos de la Biblia) para que sus elegidos crean, entonces ¿por qué no los hace creer en forma directa con su Espíritu? ¿Acaso Lázaro tuvo que escuchar el evangelio para ser resucitado? Simplemente le fueron dichas las palabras por el autor de la vida y se levantó de entre los muertos. Dios ha podido continuar de la misma forma con sus escogidos y ahorrarse esta insania de la predicación.

Parece ser que a Dios le agradó salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Aquella sabiduría del mundo, la filosofía, la razón de las cosas, la retórica con sus adornos y metáforas, todas adaptadas a las razones naturales o carnales del hombre caído, fueron dejadas de lado, para dar paso a la insania de la predicación.  Se ve como insania el sometimiento de la creación a vanidad por causa de aquél que lo sujetó a esperanza. Un mundo cargado de tinieblas que aborrece la luz porque sus obras son malas, pero la luz que resplandece en las tinieblas se convierte en el anuncio. A los pobres de este mundo es anunciado el evangelio para que sean ricos en fe. Lo necio del mundo escogió Dios para deshacer lo que es, lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte, lo vil y lo menospreciado escogió Dios, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1: 27-29).

La locura también se refleja en el hecho de que fue Dios quien escogió, nunca se le atribuye tal capacidad al hombre. Si amamos a Cristo es porque él nos amó primero, afirmaba Juan el apóstol. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, dijo el Señor. Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no le trajere. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen. Entonces tenemos que decirle al mundo este conjunto de verdades que le van a sonar locura, y más cuando van vehiculadas por un sistema llamado locura. Si a Jesucristo le dijeron que tenía demonio (quizás la expresión más apropiada para señalar a un loco, pues un poseso no tiene control de su mente), la modernidad nos dirá que estamos locos y con razón. Pero el discurso de la locura no lo termina Pablo en la locura misma, sino que añade que por causa del autor de ese sistema denominado la locura de la predicación, por causa del evangelio, estamos nosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (verso 30).

Las señales que los judíos ansiaban no eran sólo milagros, sino evidencias directas del cielo que les probara que Jesús era el Mesías. Los griegos buscaban una demostración filosófica del cristianismo, pero Dios se les mostró a todos por la predicación. De un lado, el mundo considera locura el que un Dios se haya hecho hombre para morir crucificado, sin haber demostrado que se podía salvar a sí mismo. Pero esa creencia era inevitable, al punto que Pablo la definió en la misma carta a los Corintios, 1: 18: la palabra de la cruz es locura a los que se pierden.

La gente llamaba μωρία [moria] (locura) al evangelio predicado, en oposición a lo que se consideraba sabiduría σοφια -sofía. Pero Pablo hace un juego fonético de palabras con la sofía y la moría, tal vez para ilustrar como se intercambian los conceptos en las dos esferas contempladas: el cielo y la tierra. Lo que acá se considera locura es la sabiduría de Dios en los que se salvan, pero sigue siendo locura en los que se pierden. Y lo sabio del mundo ha venido a ser lo que Dios destruyó: Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos (1 Corintios 1: 19).  Pareciera ser que hay dos tipos de sabiduría: la de Dios y la del mundo. Pero la sabiduría terrenal no puede entender la divina, por eso Dios quiso salvar a los creyentes por la locura de la predicación: frente a sofía -sabiduría, tenemos moría -locura.

De manera que lo que parece insensato en Dios es más sabio que los hombres mismos, porque salva a los creyentes. Y lo que suele verse como su debilidad (Cristo crucificado) es más fuerte que los hombres, porque es la salvación hecha realidad en los creyentes (véase el verso 25 de 1 Corintios 1). El mensaje del evangelio es locura para el mundo, y el método de su expansión también lo es: la predicación. Un Salvador crucificado no es bienvenido en el mundo que pide señales o demanda sabiduría humana. Por eso, si no hubiese habido un remanente dejado por y para Dios, nadie sería salvo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 23:47
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