Jueves, 28 de junio de 2012

Sería prudente preguntarse cuanta inteligencia se necesita para comprender el principio quien puede lo más puede lo menos; y por vía en contrario o de reversa quien no puede lo menos no puede lo más. Pongamos un ejemplo simple que todos comprendamos, desde el más culto hasta el iletrado. Imaginemos una piedra de 100 kilos. Un hombre acostumbrado a levantar pesas y a hacer ejercicios físicos es capaz de moverla. Digamos que el más iletrado de los hombres está frente a ese evento y se maravilla por la gran fuerza demostrada. Lo más seguro es que sonreirá cuando frente al atleta colocan una piedra de 50 kilos. Todos saben que bajo las mismas circunstancias la puede mover. No se necesita mucha inteligencia ni mucha doctrina atlética para estar seguro de ese razonamiento: quien puede lo más puede lo menos.

Veamos otro ejemplo. Ese mismo iletrado está mirando atentamente a otro atleta que fracasa en su esfuerzo por mover una piedra de 30 kilos.  El atleta, después de su fracaso, se dirige al escenario para intentar mover la piedra de 100 kilos, pero todos los presentes dan un grito de rechazo a semejante disposición. El iletrado también entiende sin equívoco alguno que ese atleta no podrá mover la piedra de 100 kilos. La razón es la misma dada antes, pero en sentido contrario: quien no puede lo menos no puede lo más.

Estos dos argumentos, de mayor a menor y de menor a mayor, constituyen parte de la manera como razonamos los humanos. No se requiere instrucción académica para intuir lo que resalta el sentido común. Entonces, están errados quienes sostienen que se requiere una inteligencia y un estudio especial para entender que si Dios puede con lo más podrá con lo menos. Ese tipo de teología también encaja en el sentido común. El concepto de divinidad, al menos en la gran mayoría de las religiones, demuestra que el dios celebrado es uno que tiene poder sobre sus cosas creadas. Ese dios puede sobre todo aquello de lo cual es causa. Es por eso que se le teme, pues a una divinidad débil ¿quién habrá de hacerle caso?

Si Dios pudo hacer al hombre sin preguntarle al hombre si podía hacerlo, si lo colocó en el huerto y sometió a su creación a vanidad, ¿quiénes somos nosotros para impedírselo? Ahora bien, si ese Dios de la Biblia no puede con tan poca cosa como controlar las decisiones humanas, entonces de seguro no podría con las cosas mayores, como sostener el universo con su palabra.

Sin embargo, pareciera ser que para ir en contra del sentido común se requiere mucha inteligencia y academia. La razón estriba en que hay que argumentar cerebralmente para tratar de convencer a la lógica de nuestra mente. En otros términos, hay que intentar torcer la lógica para vencer con los argumentos que se confrontan con el sentido común. La dirección que toma el pensamiento dependerá de la calidad del argumento. Si durante años se nos ha educado en una interpretación antinatural, contra sentido, entonces se manifestará la señal del proceso cognitivo adquirido.  Pero cuando aquella impresión hecha en nosotros se confronta con el sentido común comienza un conflicto que podemos llamar crisis.

Algo anda mal, decimos, por lo cual quedan al menos dos caminos: o nos confrontamos con la verdad o seguimos en el idilio de la ilusión conocida. Muchas veces tememos desilusionarnos, porque su consecuencia es la aflicción producida por la dificultad en tomar un camino diferente. La crisis se agrava si la confrontación se hace contra un pensamiento, criterio o ideología compartido por la mayoría. El argumento ad populum o de mayoría nos seduce porque queremos el apoyo de la galería y suponemos que esta siempre tiene la razón.

En los relatos bíblicos la mayoría casi nunca tiene la razón. Jesucristo habló de manada pequeña, escogió a 12 discípulos y uno era diablo para que la Escritura se cumpliese. A esos once restantes encomendó la gran tarea de iniciar la predicación del evangelio. Logísticamente hubiese sido mucho mejor si una legión de ángeles se hubiesen encargado de anunciar su evangelio desde los aires, a gran voz y con mayor persuasión. Pero el Señor no buscaba mayoría sino a sus ovejas. Por supuesto, en la sumatoria final Juan vio a una gran multitud que adoraba en el cielo; no obstante, en la tierra somos individuos aborrecidos por el mundo.

Al confrontarnos con la verdad sentimos que esta nos hace libres. La verdad es sentido común, pero parece ser que el sentido común es el menor de los sentidos. Es decir, la gente se ha habituado por el uso a las falacias, a los razonamientos ilógicos pero que seducen y son de respaldo mayoritario. En teología bíblica, entender que Dios es absolutamente soberano debería ser sentido común. Es lógico inferir como su consecuencia, que su creación le está totalmente sujeta. Aceptar su revelación como un axioma que por su origen se presume cierto es otra norma lógica. Lo que sigue sería verificar lo que esa revelación dice a sus destinatarios.

Decimos que hay verdades que matan, porque destruyen muchos argumentos y muchas supuestas verdades. Por ejemplo, somos comparados a ollas de barro en manos del Alfarero. Se nos ha dicho que toda la humanidad ha sido confeccionada de la misma masa, barro común. No hay distinción en la masa sino en la obra hecha por el Alfarero. Unos vasos son hechos para honra y gloria y otros para ira y destrucción. Frente a este argumento o axioma de revelación el hombre natural salta de su silla a objetar su veracidad. Pero la respuesta del expositor bíblico es tan plana como violenta: es un argumento ad hominem el que se nos propone con la interrogante acerca de quiénes somos nosotros para entablar cualquier discusión con el Alfarero.

Pienso que la mente humana rechazará este argumento una y otra vez porque es lapidario. Equivale a lanzar un aluvión de piedras contra un indefenso ser humano que solo ha querido argumentar. Pero la respuesta bíblica sigue intacta, sin cambio alguno. Ella es como un bloque de metal firme y denso que resulta impenetrable a los intentos de cualquier armamento en contra. Reconocer que esa respuesta dada por Pablo (o por el Espíritu) al objetor de su tesis es lapidaria y violenta no afectará en nada la validez del argumento. Precisamente, el tipo de respuesta implica la cualidad y magnitud de la aseveración.

Somos comparados a ollas de barro frente a su Hacedor. Se podría decir que la argumentación no es propia por cuanto una olla de barro no siente ni razona. Un ser humano sí lo hace, de manera que resultaría ofensiva dicha comparación. Pero el Espíritu (o Pablo) no quiso decir otra cosa sino lo que está dicho: somos simples ollas de barro hechas por las manos del Alfarero. La magnitud del contraste es tal que nuestra bajeza queda dibujada en esa imagen elocuente que genera al menos dos conductas: el rechazo absoluto a la ofensa, o la humillación absoluta por nuestra impotencia.

La manera como respondamos al argumento del barro en manos del Alfarero puede ser un indicio de cómo nos ha afectado el evangelio. Si seguimos disputando con nuestro Hacedor nos queda el lamento del profeta: ¡Ay del que pleitea con su Hacedor!  !el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? ... Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos ... Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé ... él edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos ... Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes ... Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso ... Yo soy Jehová, y no hay otro (Isaías 45: 9-19).

A Dios se le niega el derecho de hacer lo que quiera con lo que es suyo (¿No me es licito hacer lo que quiero con lo mío? -Mateo 20: 15) pero esta negación viene cubierta con un argumento falaz. No se trata de que no pueda sino de que no quiere violentar la libertad humana (lo cual oculta otra mentira: que la libertad es necesaria para que exista responsabilidad -doctrina de la compatibilidad). De esta forma, Dios eligió o escogió desde antes de la fundación del mundo, no porque Él haya sido libre de hacerlo, sino porque Él pre-conoció en su Omnisciencia lo que el hombre iría a hacer. En otros términos, Dios no es arbitrario sino respetuoso de la voluntad humana.

Déjenme decir que tal aseveración ofende a Dios por varias vías: 1) se le llamaría arbitrario si ejerce en pleno su soberanía; 2) se le llama negligente, pues no planifica, ya que tiene que mirar lo que van a hacer sus criaturas para poder hacer sus profecías; 3) en consecuencia de lo anterior (2) Dios es un engañador y plagiario, pues nada ha hecho en nuestra historia que se haya propuesto, sino que ha estado sujeto a lo que puedan hacer sus criaturas. Tales argumentos derivan otras consecuencias: A) que Dios tiene mucha suerte, porque siendo sus criaturas libres éstas mantienen sus criterios sin cambio ni variación alguna, de manera que sus profecías se cumplen; B) la crucifixión de Jesús fue realmente un plan B por parte del Creador, y estuvo sujeta a que los hombres pudieran cambiar el guión en cualquier momento; C) Dios es un mentiroso por lo que dice en su Escritura: que todo lo que quiso ha hecho, que no hay quien detenga su mano y le diga: ¡epa!, ¿qué haces?, que la humanidad le es como nada y como menos que nada, que es como trapo de mujer menstruosa. Pues no se entiende como afirma tales cosas acerca de nosotros y al mismo tiempo necesita que mantengamos nuestros propósitos para que sus profecías (plagios) se cumplan. Tal Dios da mucha tristeza, con razón sus predicadores imploran desde los púlpitos pidiendo un poco de misericordia para su Creador, pues dicen que él está llamando por ti, que hizo su parte pero que ya no puede más pues no quiere violentar tu derecho de libertad. Por favor, exclaman, acéptalo hoy. Estas expresiones muestran que el hombre es el que pretende salvar a Dios de una gran soledad y de una gran tristeza por su fracaso en la cruz. El ya hizo su parte pero depende de nuestra benevolencia para que su trabajo sea eficaz. Y se sigue argumentando que en realidad hemos sido buenos con Él, pues en la medida en que sumamos voluntades su éxito se hace mucho más palpable.

Semejante Dios va contra el sentido común, pero peor aún es una ficción (de los fabricadores de imágenes de Isaías 45). En nada se parece al Dios bíblico. Tal vez la tesis del Hacedor frente a la masa de barro haciendo vasos para ira y destrucción y otros para honra y gloria haya llevado a las ollas de ira a preparar esta leyenda teológica como respuesta a sus angustias.  El capítulo 9 de Romanos enardece y endurece a los vasos de destrucción, al punto que la temperatura de cocción sube al máximo cuando leen que a Jacob amó y a Esaú aborreció, antes de que hiciesen bien o mal.

El otro evangelio atenta contra el sentido común también. Veamos lo que dice acerca de la muerte universal (expiación universal en potencia) de Jesucristo. Como Dios pre-conoció en su Omnisciencia quien le habría de recibir y quien le habría de rechazar, entonces predestinó (esto en sí mismo es ya un absurdo). Pero más absurdo parece ser que Jesucristo haya tenido que morir en la cruz por todos, representando a toda la humanidad, por cuanto si ya el Padre sabía quiénes eran los redimidos -los que libremente le recibirían- no tiene sentido que envíe a morir a su Hijo por aquellos de quienes ya sabía que le rechazarían. Esto nos muestra a un Dios que no sabe lo que hace: 1) miró por la ventana del futuro para ver qué harían sus criaturas; 2) se dio cuenta de que unos pocos o muchos querían a un salvador; 3) aprovechó el plan B y les envió a su Hijo Jesucristo; 4) a pesar de saber a ciencia cierta, por cuanto lo pudo constatar en esa ventana hacia el futuro por donde miraba, que no todos aceptarían su plan B, envió a morir por todos a su Hijo.

Acá entramos en otro terreno por derivación de argumento. El significado de la muerte de Cristo: expiación, substitución, representación... Si eso es lo que significa, entonces fue en vano hacerlo por todos, en especial por los que ya sabía que le rechazarían.

Se podrían derivar algunas conclusiones:

1) El otro evangelio ha fabricado una imagen de un dios que no es el Dios de la Biblia.  Por lo tanto debe llamarse anatema a quien lo traiga, esto es, maldito. El Sínodo de Dort intentó hacer eso, y calificó de herejía la tesis de ese otro evangelio. Pero curiosamente hoy día, el 86% de los evangélicos norteamericanos comparten ese evangelio. Ellos sostienen que Dios ayuda a los que se ayudan, lo que es lo mismo que ayúdate que yo te ayudaré. La inferencia que se haga en el resto del planeta es obvia, pues este otro evangelio es el que más se ha propagado con su política de evangelización por doquier junto a sus tácticas de manipulación para mover el interés del público.

2) No se puede creer en el trabajo de Cristo si uno desconoce su trabajo o si uno tergiversa su trabajo y su efecto. El trabajo de Jesucristo implicó que hiciera una expiación, por cuanto realizó un sacrificio o una penitencia, sufrió un castigo, por una culpa o delito que se imputó; una substitución implica un cambio de persona: él se puso en lugar de sus ovejas. Es lo que se llama un sacrificio vicario (Isaías 53: 5; Lucas 22: 19-20; Juan 10: 11,15; Romanos 5: 17-19 y 8: 32; 1 Corintios 5: 7 y 11:24; 2 Corintios 5:14; Gálatas 2:20; Efesios 5: 2,25; Tito 2:13-14; Hebreos 2: 9; 9: 26, 1 Pedro 2:21 y 3: 18). Su trabajo implicó una imputación, un cargo legal asumido en el que llevó todos los pecados de sus ovejas (Isaías 53: 4-12; 2 Corintios 5:21; Gálatas 3:13; Hebreos 9: 28; 1 Pedro 2:24), una redención que significa una compra, el pago del precio estipulado para poseer y poder rescatar o libertar a su posesión (Mateo 1: 21; 20: 28; Marcos 10:45; Hechos 20:28; Romanos 3:24; 5:9; 1 Corintios 6:20; Gálatas 1:4; 3: 13; 4:5; Efesios 1:7; Colosenses 1:14; 1 Tesalonicenses 1:19; 1 Timoteo 2:6; Tito 2:14; Hebreos 2:15; 1Pedro 1:18-19; Apocalipsis 5:9). En la cruz hubo una propiciación y reconciliación: propiciar significa aplacar, pacificar, mientras que reconciliar implica restablecer la relación, hacer la paz con quien se había perdido dicha paz. De esta forma, la ira de Dios fue totalmente aplacada por el trabajo de Jesucristo por su pueblo, por sus ovejas (Isaías 53: 5-12; Romanos 3:25; 5: 10-11; 2 Corintios 5: 18-19; Efesios 2: 14-17; Colosenses 1: 20-22; 1 Juan 4:10; 1 Pedro 3: 18; 1 Juan 2:2). La consecuencia de la propiciación es la reconciliación con Dios: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 5:1).

Si Cristo se dio en rescate por todos (en forma absoluta y distributiva) entonces todos son salvos y no se explica cómo hay gente que todavía va al infierno. Eso se debe a que ese cristo del otro evangelio no puede cumplir nada de lo que promete. Si Cristo aplacó la ira de Dios entonces no se explica cómo ésta está todavía encendida contra el impío o contra los vasos de ira preparados para el día de la ira.

La única respuesta sensata y de lógica o de sentido común es que la aplacó en quienes representó, en sus ovejas. La respuesta del Espíritu a ese otro evangelio es la siguiente:  Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema (Gálatas 1: 8),  el que se junta con necios será quebrantado (Proverbios 13:20), muéstrame, oh Jehová, tus caminos; enséñame tus sendas.  Encamíname en tu verdad, y enséñame, porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día (Salmos 25: 4-5). Si los judíos erraron porque tenían fe pero no conforme a ciencia, esta verdadera ciencia o conocimiento es muy importante para el Espíritu, pues agrega: Vete de delante del hombre necio, porque en él no hallarás labios de ciencia (Proverbios 14:7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:34
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