Mi?rcoles, 27 de junio de 2012

Si algunos han sido preparados para la gloria, otros lo han sido para el endurecimiento. Algunos son traídos a la luz mientras otros son dejados en las tinieblas. Algunos ven la gloria de Cristo, pero otros no encuentran atractivo alguno en él. En este sentido, la palabra de Dios no vuelve a él vacía, sino que hace aquello para lo que fue enviada. Entonces surge la interrogante, ¿cómo me afecta el evangelio a mí?

Sabemos que el corazón humano es engañoso, más que todas las cosas y perverso (Jeremías 17:9), pero que Dios ha prometido quitar ese corazón de piedra y colocar uno de carne. Una vez más la pregunta se levanta: ¿Ha cambiado Dios mi corazón de piedra por uno de carne? (Ezequiel 36:26). El objetivo divino al realizar tal operación es  poner dentro de nosotros su Espíritu, y hacer que andemos en sus estatutos, y guardemos sus preceptos, para ponerlos por obra. Esta actividad puede interpretarse como la santificación, que no es otra cosa que la separación del mundo.

Santificar es separar, por eso urge que no tengamos amistad con el mundo, para que no seamos llamados enemigos de Dios. El mundo ama lo suyo y aborrece a Jesucristo, por lo cual es de esperarse que aborrezca a los seguidores de Jesús. En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). ¿Cuál es esa aflicción prometida?  Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros (Juan 15:18). La aflicción es el aborrecimiento, el rechazo, el no encontrar cabida en la gran mayoría de la gente. Somos considerados como inferiores porque les parecemos intolerantes, dogmáticos, fundamentalistas retrógradas. Por ejemplo, si nos atrevemos a condenar el matrimonio homosexual es porque somos trogloditas y no estamos con el progreso, porque nuestro dogmatismo no nos deja comprender las opciones ofrecidas por la naturaleza. ¡Ah!, pero la explicación de Jesucristo fue la siguiente: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece (Juan 15:19).

El mundo todavía tiene el corazón de piedra y no puede estar en condiciones de guardar el pacto con Dios, ni de cumplirlo. En consecuencia aborrece todo aquel que se interponga en su camino, y el creyente es la sal de la tierra, la luz del mundo, la voz que clama en el desierto. Cuando somos luz, sal y voz ante el mundo, la implicación que se infiere es que somos como un cuchillo de carnicero. La razón, dijo Jesucristo, descansa en que el mundo no conoce al Padre.

Sigamos con la interrogante inicial: ¿Cómo me afecta el evangelio? Si genera el gozo del Señor entonces es sinónimo de haber sido amado con amor eterno (Jeremías 31:3), traído con cuerdas de amor (Oseas 11:4), o seducido como el profeta: Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste... (Jeremías 20:7). Recordemos que Jeremías exclamó tales palabras pero seguidas de un profundo lamento por lo que le acontecía. Entonces tal seducción de amor estuvo cercada de la agresión del mundo: cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí...porque la palabra de Jehová me ha sido por afrenta y escarnio cada día (Jeremías 20: 7 y 8).

Pero si el evangelio genera endurecimiento de corazón entonces es un mal signo porque Dios no tiene placer en la maldad, ni el malo habitará con Él (Salmo 5: 4). Jesús dijo que ninguno podía ir a él si no le fuere dado por el Padre (Juan 6: 65). En la parábola del Sembrador leemos que la semilla caía en diferentes tipos de tierra, hasta que por fin cayó en tierra fértil o buena y creció la planta en forma adecuada dando frutos. No obstante, al seguir el curso simbólico de la parábola, podemos valorar que cada semilla tiene que pasar un tiempo en tierra para descomponerse y lograr su objetivo: que germine la planta. Tal vez por eso usted supone que necesita tiempo, que el endurecimiento no es definitivo. Lo que sí importa es comprender que si el Padre no ha preparado esa tierra, la semilla podrá dar a luz una planta pequeña que puede asfixiarse con los espinos y perecer sin fruto alguno. Solamente las que cayeron en buena tierra prosperaron.

La buena tierra puede compararse al nuevo nacimiento, porque en ambos casos la acción voluntaria escapa del embrión en el útero o de la semilla en la buena tierra. Las condiciones para que aparezca un embrión van más allá de la voluntad del embrión o del feto; de la misma forma la buena tierra la prepara el Padre, no el cadáver espiritual generado por los delitos y pecados. Es cierto que esta doctrina molesta al mundo, pero no por eso deja de ser la doctrina de Jesucristo. Jesús pondría su vida por las ovejas, pero los que oyeron tal declaración declararon que él tenía demonio; otros que escucharon algo parecido argumentaron que esa palabra era dura y dudaron de que alguien la pudiera oír (Juan 10: 20 y 6: 60).

En Juan 10:15 leemos que Jesús también hablaba de su soberanía, en relación a que pondría su vida por las ovejas. Los que le oyeron le acusaron de estar endemoniado y de estar fuera de sí. Era mejor no oírle, ¿por qué le oís? (Juan 10: 20). Sucedió igual a lo relatado en Juan 6:60, pues los que le escuchaban argumentaron que la palabra era dura y exclamaron: ¿quién la puede oír? Es el mismo argumento de siempre que se repite aún hoy día, 2000 años más tarde. En otro contexto siguió con la misma prédica ante otras personas, pero la respuesta fue la misma cuando él les planteaba el asunto de las ovejas y lo que el Padre hacía. Tuvo que increparles con las siguientes palabras:  pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10: 26). De inmediato les recalcó con palabras similares a las que había pronunciado ante otro grupo: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,  y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.  Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos. (Juan 10: 27-30). La consecuencia fue similar: se voltearon para apedrearle, porque le rechazaban.

Jesús fue enfático en su doctrina: existía una causa por la cual la gente no creía. ¿Cuál era esa causa? El requisito de ser oveja. Se es oveja primero, luego se cree. Por eso dijo que venía a las ovejas perdidas de la casa de Israel, aunque después declaró que tenía otras ovejas que eran de otro rebaño. Pero siempre habló de sus ovejas, quienes oyen su voz y le siguen y no conocen la voz del extraño, por lo cual no seguirán al extraño. Es vital entender este argumento, porque el Señor expuso que no podía el árbol malo dar fruto bueno ni el árbol bueno dar fruto malo. La sustancia del árbol es anterior a su fruto: de tal árbol tal fruto. Si bien todos somos hechos de la misma masa, ha sido el Alfarero quien ha hecho la diferencia en el destino de su creación. Confeccionó unos vasos para honra y gloria y otros para ira y destrucción (Romanos 9). Son los predestinados para gloria, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1: 5) quienes son las ovejas por las cuales él Hijo murió en sustitución y rescate. En Isaac te será llamada descendencia, es la promesa hecha, por lo cual no todos los que descienden de él son el Israel de Dios sino los que son llamados de acuerdo a la promesa.

¿Y quién llama a un muerto hacia la vida? No es otro muerto, por cierto, sino sólo el Dios soberano que da vida a quienes Él quiere y de quienes Él quiere tener misericordia. Este es el centro del evangelio, el sacrificio de Jesucristo por su pueblo (Mateo 1:21), Cristo como justicia de Dios (Romanos 3:21-26 y Romanos 10), Cristo como nuestra pascua (1 Corintios 5:7). Es a través de su sangre sacrificial que Dios pasa por alto nuestros pecados, pues de la misma manera sucedió con el ángel exterminador en Egipto, quien pasó por alto todas aquellas casas que tenían la marca de la sangre de un cordero en los dinteles de entrada a sus casas. Ese pasar por alto es la pascua, cuya etimología significa precisamente eso: pasar por alto. Los que son llevados por el Padre a Jesucristo son recibidos por él sin echarlos fuera, para resucitarlos en el día postrero. Nadie podrá arrebatarlos de su mano, porque el Padre es mayor que todos. Esa es la gran seguridad de nuestra salvación, pues no depende de nosotros sino de su voluntad eterna e inmutable (Juan 10: 29).

Mucho se ha escrito para desviar el sentido de las palabras. Que si esta gracia nos echa más bien al pecado, porque donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. Sacadas las palabras del natural contexto, nada de eso es cierto y al igual que Pablo nosotros también somos acusados de promover hacer males para que vengan bienes (Romanos 3: 8).  Para los que nos acusan de que al predicar la seguridad de la salvación predicamos vía libre al libertinaje, veamos la respuesta de Pablo: ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? (Romanos 6: 1-2). ¡Ah!, pero mucho cuidado han de tener los que nos acusan, pues el apóstol cuando esgrimió que los creyentes somos señalados de promover hacer males, es decir, pecar, por cuanto tenemos la seguridad de la salvación, argumentó contra los tales que su condenación era justa (Romanos 3: 8)  ¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros decimos): Hagamos males para que vengan bienes?

En resumen, ¿cómo me afecta el evangelio a mí? ¿Cómo le afecta a usted? La predicación del evangelio pone de manifiesto el olor del conocimiento de Cristo. Para Dios somos grato olor en Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. Pero a éstos olor de muerte para muerte, mientras que a aquéllos olor de vida para vida.  ¿Y quién es suficiente para el olor de vida para vida? Pues no andamos falsificando la palabra de Dios como lo hacen muchos (2 Corintios 2: 14-17). La forma en que el evangelio le afecte es un indicio de lo que sucede con su vida y con su destino.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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