Jueves, 21 de junio de 2012

La doctrina de Arminio sostuvo que Dios prevé todas las cosas porque en su poder omnisciente todo lo puede conocer. El problema es que ignoraba la manera en que Dios conoce, pues daría la impresión de que se preguntara si habría conocimiento en el Altísimo.  Por la previsión parece que no hay ningún conocimiento en Él de manera que tiene que aprenderlo en el futuro, en las acciones de los hombres. Es así como logra profetizar, como cualquier vidente que mira en una gran bola de cristal el futuro del universo, el futuro de la humanidad, en este caso lo que Él mismo creó. ¿Y cómo creó algo que nunca conoció? Tal vez porque lo miró en otra bola de cristal tiempo atrás, lo cual hace suponer que Dios está sometido al tiempo, como si se viera afectado por él. Pero Dios no creó al mundo en el tiempo sino con tiempo, como bien respondiera Agustín de Hipona: Non in tempore sed cum tempore, creavit Deus caelum et terram.

Sabemos que Dios no es afectado por su creación en el sentido en que sea sorprendido o dañado en parte alguna por ella. Por esta razón Él creó el tiempo pero no se sometió al tiempo. Dios no envejece, por ejemplo, ni cambia, ni tiene sombra de variación. Ahora bien, pasemos a mirar la inconsistencia arminiana en al menos un punto, la salvación y cómo ésta una vez conseguida por voluntad humana se puede perder de igual forma por voluntad humana. Dios se propuso, dicen ellos, salvar en Jesucristo a aquellos quienes, a través de la gracia del Espíritu Santo, creyeran en este su Hijo Jesús, y perseverasen en la fe, por medio de esta gracia, hasta el fin. Aunque parece bíblico tiene su muñeco de paja como argumento. Se supone que existe una gracia habilitante que permite al muerto en delitos y pecados escoger creer en su Hijo Jesús, para luego perseverar en la fe y ser salvos. Pero un momento, ¿no dice la Biblia que el que persevere hasta el fin será salvo? Sí, pero no dice que se es salvo por perseverar sino que quien es salvo perseverará. De otra manera la gracia ya no es gracia, sino que seríamos salvos por obras, la obra de la perseverancia de mi libre albedrío.

En su Artículo 5 -el quinto punto- dicen: Pero si ellos pueden, por negligencia, abandonar los primeros principios de su vida en Cristo, retornar al presente mundo malo, apartarse de la santa doctrina que se les entregó, perder una buena conciencia, [y] tornarse privados de la gracia, esto debe ser determinado a partir de la Santa Escritura, antes de que nosotros mismos podamos enseñarlo con plena persuasión de nuestras mentes.  En su primer punto o Artículo, los Arminianos dijeron que Dios escogió para salvación desde antes de la fundación del mundo a los que vio que iban a tener fe verdadera y perseverancia hasta el fin, pero en el Artículo 5 no están seguros de si van a perseverar hasta el fin.  Y eso que en este quinto punto ellos citan el texto de Jesucristo que está en Juan 10: 28 y que dice así: ni nadie las arrebatará de mi mano.

Dios escogió a A para ser salvo porque previó que A iba a creer. Pero ¿cómo puede A perder la salvación, si ya Dios lo hubo escogido? ¿Será que Dios no previó que la iba a perder? Entonces queda una respuesta: Sabía que lo iba a aceptar y que lo iba a rechazar después, por lo cual lo incluyó y lo destituyó.

Esta respuesta deja un entramado de dudas acerca de la obra redentora y restauradora del Espíritu. También acerca de la obra intercesora de Jesucristo. Ambos han fracasado en ese sujeto A, pues 1) intercediendo por él en sus oraciones, Jesucristo como sumo sacerdote, a la diestra del Padre, no es oído por el Padre; 2) la gracia del Espíritu es quebrantada, por cuanto no tiene fuerza suficiente para hacerlo mantener en el camino de la salvación alcanzada, por lo cual viola el texto de Romanos 11: 29 que dice: Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.

Pero deja otro sabor amargo acerca de la personalidad de Dios. (Jehová no cambia, ni tiene sombra de variación, todo lo que quiso ha hecho y no hay quien detenga su mano, ni quien se libre de ella; A Jacob amé mas a Esaú aborrecí, diciéndolo antes de que hiciesen bien o mal; Padre, no ruego por el mundo, sino por los que me diste), textos que refieren a un ser eterno e inmutable, el cual es imposible que caiga en la trampa puesta por la inescrupulosa voluntad humana, la cual cambia de acuerdo a todo viento de doctrina.

¿Dónde estaba el hombre cuando Jehová creaba la tierra? ¿Quién es el hombre para que tenga de él memoria, o el hijo del hombre para que lo visite? ¿Podrá decirle el vaso de barro a su Alfarero, por qué me hiciste así? La potestad del Alfarero no se niega en la Biblia, al contrario, se afirma y se resalta. Cuando Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados y yo os haré descansar, ¿estaba hablando con Judas, con el Faraón, con Herodes, con los fariseos, con los réprobos en cuanto a fe de los cuales la condenación no se tarda? No, estaba hablando con los que iban a ir a él, que son los mismos que le fueron dados por el Padre, que son las mismas ovejas por las cuales él puso su vida. No estaba hablando por aquellos que no eran de sus ovejas y por lo tanto no podían entender su lenguaje ni creer en él (Juan 10:26).

Los que se oponen a este muro de la palabra revelada están en franco tropiezo con la piedra angular, porque no tienen claridad de espíritu, de manera que el enemigo de las almas les ha cegado el entendimiento para que crean a la mentira. No hay tal cosa en las Escrituras como creer en la verdad pero creer simultáneamente una doctrina equivocada (Pablo a Timoteo: ocúpate de la doctrina, porque te salvarás a ti mismo y ayudarás a otros). Torcer las Escrituras es creer en Jesucristo como el salvador y creer que somos libres para decirle sí o no; sostener que Dios no es absolutamente soberano en materia de salvación, que no ha hecho como quiere, que al que desea endurecer no lo puede endurecer y del que quiere tener misericordia no la puede tener sin su consentimiento, y que se le puede decir ¿por qué, pues, va a inculpar si no podemos resistir su voluntad?

Creer en Jesucristo como el salvador pero simultáneamente creer una doctrina opuesta a su soberanía y libertad llega a ser una dualidad esquizoide y mortal. Lo mismo les pasó a los judíos, como se revela en Romanos 10: 2-3, que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia, no conforme a entendimiento. Esta gente ignora la justicia de Dios -la cual es Cristo como propiciación por el pecado de sus ovejas, de los muchos, de su pueblo- y por lo tanto intentan establecer su propia justicia: yo acepté a Jesucristo tal día, yo hice la oración salvadora de arrepentimiento, yo sí me di cuenta de que era mejor recibirle que rechazarle, no como aquellos que se pierden. Esa propia justicia no les permite sujetarse a la justicia de Dios que es Cristo, quien soberanamente murió por su pueblo, sus ovejas, sus escogidos. Claro, la diferencia entre cielo e infierno la hace el hombre cuando dice sí a Cristo, no la hace Dios cuando con su gracia soberana reparte como quiere. Pero ese extraño dios que se han fabricado tiene que tener una característica fundamental para que sea aceptado como válido: que haya muerto por todos por igual. Entonces, dicen, es el libre albedrío el que hace la diferencia.

En sus fábulas artificiosas se han ideado un constructo sutil: que existe una gracia habilitante. En otros términos, como no se puede negar la evidencia textual de que la humanidad está muerta en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios, la gracia soberana de Dios habilita a cada ser humano por unos instantes, o por muchos, para que le llegue la claridad celestial del evangelio y de esta forma cada uno decida. Como de igual manera la predicación del evangelio no le llega a todos por igual, argumentan que lo que importa es el corazón del hombre, no la doctrina. De allí que el ecumenismo es una autopista ancha donde circulan sin tropiezo religioso.

¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? Dios conoce porque Él todo lo abarca, y nada escapa a su control. Es el Hacedor de todo, de manera que cuando profetiza a los hombres está anunciando desde antes (en nuestro espacio-tiempo) lo que se ha dispuesto que acontezca. No acontece nada que no sea su voluntad, aun lo bueno y lo malo, de lo contrario otra deidad superior o semejante competiría con Él, lo cual daría el triunfo a la doctrina dualista del bien y el mal.

Por otro lado, Dios no puede conocer nada nuevo, pues todo está en su mente y no hay nada que pueda llegar a manifestársele como sorpresa. El pecado de Adán no lo sorprendió, ni Jesucristo fue una tarjeta de salida de la cárcel, como parte de un plan B. Ya estaba preparado desde antes de la fundación del mundo (antes de crear a Adán y a Eva) y no porque sea un Dios previsivo por si acaso algo malo sucediese, sino porque es un Dios que programa exactamente cuanto acontece. ¿Hay alguna duda de esto cuando miramos lo que profetizó acerca de su Hijo? ¿Acerca de su nacimiento, vida, muerte y resurrección? Cerca de 40 profecías se cumplieron solamente en torno a la crucifixión de Jesucristo, y todo fue programado por el Padre. Escupir a Jesús, darle golpes, azotarlo, humillarlo públicamente, clavarlo en un madero, darle a beber hiel por agua, traspasar su costado, son todos pecados concretos. Estas cosas fueron profetizadas siglos antes porque así lo programó Él, pero no porque Dios viera en los hombres que eso iban a hacer y entonces sacó provecho de su intención y lo mandó a escribir a sus profetas. Tal cosa sería el producto de la libre voluntad humana que por libre pudo estar sujeta a cambio, de tal manera que el dios arminiano debió haber corrido con mucha suerte porque nadie cambió su guión originario.

Al contrario, Dios programó al detalle esta crucifixión de su Hijo, y nada le sorprendió porque todo lo conoce en tanto todo lo abarca. ¿Adónde huiremos de su presencia? exclamaba David en uno de sus cantos. ¿Acaso no endurece al que quiere endurecer, acaso no tenía preparado al Cordero antes de la fundación del mundo, lo cual presupone que él no iba a ser su justicia para todos los hombres? ¿Acaso no dijo que odiaba a Esaú antes de que hiciera bien o mal? ¿El escoger a un grupo para salvación no presupone el dejar a otro para condenación? Si al grupo para salvación lo escogió desde antes de la fundación del mundo, no se presupone que los no escogidos lo fueron por argumento en contrario para condenación? (véase Apocalipsis 13: 8 y 17: 8).

Lo que sucede es que esta doctrina parece dura de oír y ofende a muchos (Juan 6:60-61), de allí que muchos intentan convertirse en presentadores de una doctrina de mercado más viable. Sí, quieren facilitarle el trabajo a Dios, por lo cual procuran decirle al mundo una gran mentira: que ellos pueden si quieren. No obstante, cabría otra interrogante dentro del plan de salvación arminiano: Si Dios ya sabía que A o B se iban a condenar (puesto que Él es Omnisciente) ¿por qué los creó? ¿No hubiese sido mejor crear solamente a los que se iban a salvar? Tal Dios sería muchísimo más justo en la óptica arminiana, para que no tengan que torcer las Escrituras.

Se alega que si ya todo está escrito, entonces ¿para qué evangelizar? Porque a pesar de la predestinación la gente elegida se salvará por la predicación del evangelio, porque ¿cómo oirán si no hay quien les predique? Id por todo el mundo y predicad el evangelio. Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí (Jesucristo). Porque el Dios que predestinó el fin también predestinó los medios. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!  Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén  (Romanos 11: 33-36).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com       


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:49
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios