Martes, 19 de junio de 2012

Alimentar cerdos ha sido un trabajo vergonzoso para cualquier judío, porque según la ley de Moisés los cerdos son considerados animales impuros. Jesús en una parábola colocó este ejemplo para demostrar hasta donde era posible que un hijo pudiera caer. El hijo más joven le dijo a su  padre que le diera su herencia, pues quería independizarse. El padre procedió a hacer como se le pidió, guardó silencio y esperó a ver lo que sucedería. El énfasis colocado en el hijo por parte de los que anexaron subtítulos en los capítulos de la Biblia ha hecho que el lector minimice la importancia de la bienvenida hecha por el padre.

Hay quienes sostienen que bien podría llamarse La parábola del hijo mayor, quien expresa su odio y amargura por el arrepentido.  Pero ambos hermanos subestimaban la gracia y el amor de su padre. Por un lado, el hijo menor no entendía el carácter ilimitado del amor de quien le había engendrado y levantado, el cual le aguardaba. Él solo pensó en los jornaleros de su casa que se alimentaban bien, y quiso regresar para ser uno más de ellos, pues comprendía que su pecado era imperdonable. De otro lado, el hijo mayor no entendía que para su papá era de suma importancia tener una relación restaurada entre todos los miembros de la familia.

Pero la gracia tiene esa cualidad, la de ser mayor de lo que cualquiera merece. Para el hijo pródigo (porque prodigó, gastó en demasía todos sus bienes) era natural que tuviese que recibir algún castigo, y entendía que nada podría castigarlo tanto como ser separado de la relación familiar. Por eso pensó en pedir que lo colocaran como a uno de sus jornaleros. Dos sentimientos se cruzaban en su espíritu: sentía que no era digno de ser llamado más hijo, pero al mismo tiempo sabía que tenía que ir a su padre. Esta pugna entre el ser (mal hijo) y el deber ser (regresar a casa) generó gran tensión en su corazón, cuando en medio de los cerdos recordaba las riquezas y benevolencia de su casa.

Es curioso que este joven nunca pensó en su hermano mayor. No lo entendía como una dificultad, aunque tampoco como un soporte emocional. Ese hermano trabajador que nunca había dilapidado siquiera un corderito con sus amigos (si es que los tenía) no había dejado ninguna huella de confianza en el pródigo. En ocasiones, cuando la gente hace algo indebido en el hogar, se recurre a algún miembro de la familia para tratar de calmar la posible furia de los padres. Un puente de afecto resulta de vital importancia en casos de extremo dolor. Sin embargo, el hijo pródigo recordó que todavía era hijo y que aunque no lo merecía no tenía más adonde ir.

¿Qué hubiese sucedido si este joven hubiese acudido a su hermano, el legalista? ¿Qué habría pasado si en vez de ir a su padre, dispuesto a soportar el castigo de ser rechazado como hijo, hubiera acudido a su hermano mayor en busca de auxilio? Nuestra imaginación vuela para dar cualquier respuesta. Resultaría indudable que en tal caso, el hermano mayor se habría convertido en una alcabala impasable contra el atrevimiento del hijo pródigo. Su amargura se habría volteado contra él, le habría enrostrado el hecho de que él era un gran trabajador que jamás había dilapidado ni su tiempo ni la riqueza de su padre.

Pero el hijo pródigo conocía a su papá mucho mejor que su hermano. Lo conocía tanto que se atrevió a pedir su herencia para irse de casa. Lo recordó en el chiquero de los cerdos, pues sabía del buen trato que su papá le daba aun a los jornaleros de su casa. Por supuesto, no conocía el tamaño de su gracia ni de su amor, pues pensó que para él ya estaba perdida la relación padre-hijo, y aceptaba en su espíritu la relación de padre-jornalero.  Dice el relato que su padre lo vio venir a lo lejos, porque de seguro era un padre expectante, un padre que aguardaba el regreso de su hijo.

Jesucristo le dijo a sus discípulos que ya no les llamaría más siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su Señor, sino que los llamaría amigos. También les dijo que iría a la casa de su Padre a preparar lugar para ellos (y para nosotros, por extensión). El apóstol Juan señaló en su Primera Carta, capítulo 3, verso 1, lo siguiente: Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios. Ese amor es ilimitado, poseedor de consecuencias eternas. Aunque no seamos merecedores de ser llamados sus hijos, cuando estamos conscientes de nuestra naturaleza pecaminosa entendemos que solamente la gracia de Dios es lo que ha hecho posible ser llamados sus hijos. Y la gracia es algo que no se merece, en cambio el pago es lo que se recibe por un trabajo, por una obra.

La paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús (Romanos 6: 23). Este texto señala los dos extremos eternos, muerte y vida. El hijo pródigo estaba muerto pero volvió a la vida: porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado (Lucas 15: 24). Muertos y perdidos hemos sido revividos y hallados. En esta parábola nos encontramos todos los que hemos nacido de nuevo, pues al igual que aquel hijo menor todos hemos estado descarriados como ovejas, apartados del camino. El Espíritu se contrista en nosotros, como consecuencia de nuestros errores, pero los ángeles del cielo se regocijan cuando un pecador se arrepiente.

Siempre la dualidad se muestra como una constante en los relatos de la Biblia. El camino ancho y el angosto, la puerta estrecha frente a la otra. Los deseos de los ojos, de la carne, del mundo, frente a las cosas de arriba donde está nuestra ciudadanía. Es cierto que en ocasiones nos entretenemos con los cerdos y llegamos a probar de las algarrobas. La hediondez de los chiqueros nos conduce por contraste a añorar la buena vida en la casa del Padre. Porque somos hijos volvemos, aunque sepamos que no merecemos sino sufrir las consecuencias de nuestra testarudez.

El Padre expectante salió corriendo a recibir al hijo que regresaba, mostrándole mucha compasión y lo estrechó en sus brazos y lo besó. Si le tuvo compasión es porque al verlo supo por su apariencia que no le había ido muy bien. Si había regresado era porque todavía el hijo lo sentía como su padre. El hijo confesó su pecado, pero el padre ordenó a sus siervos que le colocaran ropa nueva, le dieran un anillo y zapatos para sus pies. También hizo una gran fiesta y mató a un becerro gordo para celebrar el regreso de su hijo muerto y perdido.

Si este padre terrenal (el de la parábola), siendo malo, pudo mostrar compasión porque entendió lo que le había acontecido a su hijo,  ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11: 13). El hijo que regresó a casa reconoció que había pecado contra el cielo y contra su padre. De manera que el ejemplo es de un padre terrenal, porque de lo contrario no se habría hecho la referencia de pecar contra el cielo y contra el padre, en forma separada. Pero por la analogía de la parábola sabemos que ese padre representa al Dios bueno, Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios (Marcos 10: 18); Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían (Nahum 1: 7). El hijo pródigo tenía la referencia de la bondad de su padre a través del trato dado a sus jornaleros y a través del recuerdo de su antigua relación de hijo en la casa donde había vivido. Esa bondad de Dios es la que nos atrae y seduce para volver por los caminos rectos, por las sendas antiguas, porque siete veces caerá el justo y siete veces volverá a levantarse (Proverbios 24:16), Jehová sostiene su mano (Salmo 37:24).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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