Viernes, 15 de junio de 2012

Los creyentes estamos legalmente justificados (Colosenses 2:14), no porque seamos buenas personas sino por la gracia de Dios: somos justificados, llamados, santificados, para ser conformes a la imagen de su Hijo. Hay muchas promesas en las Escrituras que Dios no podría mantener a no ser que sea soberano. Por ejemplo, el Salmo 23 nos declara varios de los compromisos de Dios para su gente: Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.  Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

¿Cómo podría Dios ofrecer tanto si no es un fiel cumplidor de sus promesas? ¿Y cómo cumpliría Él si no está en absoluto control de todo cuanto acontece en el universo? Dios mantiene y cumple sus promesas porque Él es soberano, lo cual significa que está en control de todas las cosas, desde las más grandes hasta las más pequeñas. Todo está en forma dependiente de su Creador, aún al impío ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16: 4). ¿Y qué dice Dios acerca del impío? Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días (Salmo 7: 11).

Hemos oído el evangelio y eso es una ventaja sobre los que no lo han oído jamás. Pero es una ventaja en tanto hayamos sido elegidos para salvación, de manera que el evangelio llegue a ser en realidad una buena noticia. El haber oído el evangelio es tan solo un indicio de nuestra salvación. ¿Cómo oirán si no hay quien les predique? (Romanos 10: 14). Apenas un indicio porque no todos los que lo oyen lo reciben con gozo, sino que más bien se les convierte en una mala noticia (en aquellos cuyo olor es de muerte para muerte). Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1: 12-13). He allí la clave de nuestra salvación, la clave de la buena noticia: oír el verdadero evangelio, creerlo, recibir a Jesucristo como el Hijo de Dios, justicia de Dios. Ah, pero esto tiene un comienzo que está invertido en el texto: no hemos sido engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Cuando Jesús hablaba con Nicodemo le dijo que no se maravillara de que le hubiera dicho acerca de la necesidad de nacer de nuevo. En realidad este acto no es humano o no obedece a nuestra voluntad. Así como no tuvimos nada que ver con que nuestros padres nos engendraran por intermedio de la unión del espermatozoide y el óvulo, porque eso fue un acto que escapó absolutamente de nuestra voluntad (no existíamos), de igual forma el que seamos engendrados por Dios es un acto ajeno a nuestra voluntad. Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3: 5-6).

Si Dios es soberano y es fiel para mantener sus promesas, estas dos cualidades suyas se conectan con una habilidad exclusivamente suya: la predestinación. Él es el único capaz de predestinar, porque todo lo que se propuso ha hecho, todo le obedece y nada escapa de su control. Predestinar significa determinar de antemano. Proorizo es el vocablo griego que conlleva la idea de horizonte, de donde viene historia. Dios hace que la historia ocurra en la forma en que es. No hay tal idea en Él de que no quiera que su mundo creado no esté como esté. Cuando la Biblia habla de que Dios se arrepintió de haber creado al hombre, refiere a un discurso antropomórfico que indica lo terrible que es la humanidad ante sus ojos. Cuando las Escrituras anuncian que Él soporta con paciencia los vasos de ira preparados por Él mismo para el día de la ira, usa una figura de discurso humana. Sí, Dios soporta con paciencia lo que Él mismo ha creado y ordenado que suceda.

De igual forma ordenó que el Faraón tuviese dureza de corazón, que no hiciese caso a los milagros mostrados a través de Moisés, pero a través de actos semejantes manifiesta su gloria y su poder, y su bendición sobre su pueblo elegido. Dios ha determinado que todo acontezca desde la eternidad, desde antes de la fundación del mundo, cuando no existía ni siquiera el tiempo, de tal forma que no depende de nuestra voluntad o de nuestros actos para que las cosas sucedan. Al contrario, las cosas ocurren porque así lo ha ordenado Él. Si no fuera así, entonces Dios dependería de la voluntad humana, de los hechos de la historia, por lo cual no podría sostener su palabra. ¿Qué hubiera pasado si Faraón no hubiese endurecido su corazón? ¿Qué hubiese sucedido si Moisés se hubiese encontrado con un Faraón arrepentido, desobedeciendo la intención de Dios en cuanto al endurecimiento de su corazón? Dios no sería Dios, no sería de fiar y tampoco tendría la capacidad para predestinar.

 He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias... Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 42: 9 y 46: 9-10). Hay muchísimos otros textos acerca de la predeterminación de todas las cosas: por ejemplo, véase Apocalipsis 13: 8 y 17: 8 y podrá entender que aún respecto de los impíos también estos hacen como les ha sido ordenado.

Efesios 2: 1-3 nos muestra que estábamos muertos haciendo cosas. Entonces esa muerte es ciertamente espiritual, no física. Juan 3: 19 nos declara que los que no han sido salvados aman más las tinieblas que la luz, por causa de sus malas obras. Romanos 6: 17-20 nos asegura que nosotros éramos esclavos del pecado. De tal forma, no podíamos hacer nada bueno, ni siquiera entender la diferencia entre lo bueno y lo malo. Éramos gente sin justicia, sin aquella justicia exigida por Dios. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Romanos 3: 10-12). Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2: 14).

Muchos creen que están muy bien con Dios, pero no es así. Hay que tener mucho cuidado con lo que uno dice haber creído. El evangelio cuando viene a nosotros lo hace no solamente en palabras sino en poder (el poder de Dios para salvación). El poder del evangelio cambia la vida, pero no podemos cambiar nuestra vida para suponer que tenemos el poder del evangelio en nosotros. La carreta va detrás del caballo, no adelante.  Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1: 16-17).

Estas palabras fueron escritas por Pablo, pero son palabra de Dios. De manera que Dios está declarando que su justicia se revela en el evangelio, en la buena nueva de salvación (tanto a judíos como a griegos), aunque no necesariamente a cada miembro de la raza humana. ¿Por qué? Porque también hay condenados, porque los hombres aman más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas. Porque a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí (esto, mucho antes de que naciesen e hiciesen bien o mal-Romanos 9). Predicar este evangelio debe alegrarnos, y poco importa que la gente lo rechace, porque estará rechazando a Dios, no a nosotros. Pero muchos falsos profetas y falsos maestros andan por el mundo predicando otro evangelio, para que no sea rechazado sino aceptado por la mayoría. Un evangelio diferente, colectivo, de la manada grande, del camino ancho y de la puerta enorme. En ese sitio poco importan las diferencias, lo que interesa son las coincidencias. Dios ya no es el Dios de una nación (a quien Él quiso revelarse), sino el Dios de los musulmanes, de los judíos, de los hindúes, etc. En ese evangelio cabemos todos, porque todos tenemos la idea de un Dios, y eso es lo que importa.

Pero ese no es el evangelio de poder del que habla la Biblia. Ese es el evangelio de la ignorancia, el que no es conforme a ciencia (Romanos 10: 2). Pero en el evangelio que es poder para salvación la justicia de Dios es revelada, su estándar es revelado. Pero ¿es revelado en quiénes? Ciertamente en los que se salvan, pues en los que se pierden parece ser que el evangelio está encubierto, esto es, no es revelado. Y el evangelio lleva su fruto de poder a través del Espíritu de Dios, pues Él nos ha sido otorgado como arras de nuestra salvación, pues sin Él tampoco habría ocurrido el nuevo nacimiento. La regeneración implica que el Espíritu Santo ha quitado el corazón de piedra y ha puesto uno de carne en nosotros. Porque el que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él (Romanos 8: 9).

Muchas veces intentamos sustituir el poder del evangelio por el poder nuestro, y allí nos volvemos arrogantes, con vanas palabrerías. El evangelio es poder de Dios para salvación, no poder de elocuencia en el predicador para convencer. Eso equivaldría a intentar sustituir el poder soberano de Dios por la libertad humana en la elección, una falacia que la Biblia no predica. En resumen, el hombre es culpable desde Adán y está muerto en delitos y pecados. A no ser que Dios intervenga en su favor, el evangelio le está encubierto. Pero si el evangelio le es revelado es porque ha resplandecido en él para salvación. Quizás lo primero que le enseña el evangelio es a entender que en su condición de muerto su propia justicia es inútil y sucia ante la justicia de Dios. Esta conciencia desesperante nos inclina ante el Dios soberano para quien nada es imposible. Somos llamados a predicar el evangelio a toda criatura, y aquellos que creen que Jesús es el Hijo de Dios, y que es la justicia suficiente de Dios, lo confesarán con su boca. Acordémonos de las palabras de Juan: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. La Biblia nos recomienda creer en el nombre de Jesús, y cuando así lo hacemos nos damos cuenta de que esto ha sido posible porque hemos sido engendrados por Dios, no por sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1: 12-13).

Gocémonos en el poder del evangelio, no nos avergoncemos de haber recibido semejante llamamiento, pues la buena noticia es que por Jesucristo fue anulada el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, (Colosenses 2: 14).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:13
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