Jueves, 14 de junio de 2012

El infierno estaría repleto por nuestra inhabilidad manipulativa para convencer a la gente de ir al cielo. Por fortuna no depende de nuestro poder de convicción sino de la elección hecha desde antes de la fundación del mundo. Podríamos comparar el poder de la convicción humana con la divina, lo que nos llevaría más tarde a comparar fe humana con fe divina.

Jesucristo vino a la tierra y habló muchísimo con mucha gente, en especial con los fariseos y conglomerado judío. No obstante, los suyos no le recibieron, los de su raza, los que habían escuchado a los profetas y conocían de los milagros por los relatos de sus padres. Su poder humano de convicción no le daba fruto. Digo esto con mucha discreción, casi con ironía, pues no pretendo suponer que Jesucristo no sabía lo que hacía. Simplemente quiero recalcar que no hizo esfuerzo alguno por convencer a nadie, sus discursos eran una denuncia casi siempre contra el sistema religioso. Sus milagros convencían a algunos, pero muchos solamente lo admiraban como a un hacedor de maravillas, como relató Flavio Josefo. Incluso, los que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces se retiraron espantados cuando le oyeron decir que nadie podía ir a él si el Padre que le había enviado no lo llevare hacia él.

Pero por fortuna, el convencimiento divino, con el cual también hablaba Jesús, era el que operaba el nuevo nacimiento (Juan 3). No dependía de voluntad de varón, de voluntad humana alguna, sino de Dios. Y el Espíritu hace como quiere, en palabras de Jesús a Nicodemo. Entonces el poder humano para convencer al hombre caído de que vaya a Dios es tan inútil como hablarle a un muerto. Los creyentes (los que están vivos y resucitados con Cristo) no tienen poder alguno para hacer que un muerto les oiga. Sin embargo, el Espíritu Santo puede revivir o resucitar o hacer nacer de nuevo a quien el Padre haya predestinado para tal fin. Eso no impide cumplir con la gran comisión, ir a predicar el evangelio, pues ¿cómo oirán si no hay quien les predique? (Romanos 10).

Nos queda entonces la fe humana y la fe divina. Con esta última no me refiero a que Dios tenga fe, sino a que Él es el dador de la fe. Dice la Biblia que sin fe es imposible agradar a Dios, pero también señala que él es dador de la fe, pues la fe es un don de Dios:  Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2: 8). Por otro lado leemos que Jesús es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12: 2), por lo cual hago referencia a la fe divina. En cambio, la fe humana es la que mostramos en los hechos notorios de nuestra cotidianidad. Salimos a la calle y confiamos en que podemos caminar libremente, nos montamos en un auto y no nos angustiamos por saber si sus frenos andan bien, vamos a la escuela y suponemos que vamos a aprender. Al llegar al abasto con dinero creemos que podemos hacer el mercado, y si en un día soleado vamos a la playa confiamos en que la pasaremos bien. Eso es fe humana, en la cual estamos educados para múltiples operaciones, necesaria para los actos de cada día. Pero esa fe no salva ni protege del pecado.

Para poner la fe en Jesucristo uno tiene que negarse a uno mismo, abandonarse en él, y eso requiere una fe súper natural, la que jamás perece porque es un don de Dios.

La salvación sin seguridad es una distorsión de la misma. En 1 Pedro 1: 3-9 leemos:  Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.

Diversas pruebas. Recordemos cuando Satanás pidió a Pedro para zarandearlo como a trigo. En ese caso Jesús oró para que su fe no fallase. ¿No fue ese zarandear del diablo una gran prueba para Pedro? ¿No fue esa prueba el haber sido lanzado en el pecado? Jesucristo no impidió que cayera en el pecado (la negación y maldición que hizo Pedro referente al Señor) pero rogó para que su fe no faltara.

Pedro cayó de la forma más triste que todos podemos caer. Pero  Pedro es un ejemplo de un verdadero creyente -recordemos cuando dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y Jesús le respondió: Bienaventurado eres, porque esto no te lo reveló sangre ni carne, sino mi Padre que está en los cielos. Sin embargo, cayó en muchas oportunidades: Pablo tuvo que reprenderlo, porque lo que hacía era de condenar (Gálatas). Pedro le dijo al Señor: que esto no te acontezca y el Señor le respondió: apártate de mí Satanás, porque me eres tropiezo. Sabemos de la reiterada negación al Señor (tres veces), asustado cobardemente, abandonando a su mejor amigo, cuando maldecía y se confundía entre la gente para que no lo reconociesen como un seguidor del Señor.  Pedro le había dicho al Señor: dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte (Lucas 22: 33). Su fe humana falló, no le fue suficiente, pero su fe protectora superó su caída y fue guardado para que ésta no fuese para siempre: que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe.

Quién más podía escribir algo así sino una persona que, además de habérsele revelado que lo escribiera había pasado por semejante prueba y tenía la evidencia de que lo que decía era la más absoluta verdad. Pedro no hubiese caído si el Señor no lo hubiese permitido. Pero el Señor le anunció lo que le vendría y rogó para que su fe no fallara. Hoy día intercede por los suyos, por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7: 25). Lo que hizo Pedro es suficiente para perder la salvación -según algunas doctrinas humanas- pero como su fe era súper natural, divina, un don de Dios, entonces esta fe permaneció en él para ser suficiente y guardarlo por el poder de Dios. Lo que supone esta fe permanente en nosotros es que vamos apuntando a la santificación, a la perfección sin que todavía seamos perfectos, porque todavía tenemos caídas. Pero hay algo muy importante, no nos gozamos en el pecado.

¿Cómo viviremos aún en el pecado? preguntaba Pablo (Romanos 6: 2), pues no podemos. Estamos habilitados para pecar, porque nuestra vieja naturaleza permanece aún en nosotros, pero no permanecemos en el pecado, no practicamos el pecado. Recordemos lo que sucedió después que Pedro miró el rostro del Señor: lloró amargamente. Pedro se arrepintió y gracias a esa fe que le fue dada desde antes, gracias a la intercesión del Señor, prevaleció sobre la caída. No le sucedió lo mismo a Judas, a quien nunca le fue dada fe desde lo alto, por lo cual su remordimiento lo condujo hacia el suicidio.

El Cristo resucitado confrontó a Pedro y le preguntó si lo amaba. Su respuesta fue producto del trabajo de Jesús y de las pruebas que tuvo que confrontar el apóstol con su pecado. Fue una respuesta producto de las maravillas que veía hacer al Señor. El Señor las sigue haciendo, de tal manera que nosotros nos tenemos que preguntar ¿quién es el que está haciendo tales cosas? Sabemos que Jesús sigue a nuestro lado todos los días hasta el fin del mundo y además intercede por nosotros, como Sumo Sacerdote para siempre. Pedro lo negó tres veces, pero el Señor lo interrogó tres veces hasta entristecerlo y hasta que pudo responder: tú sabes todas las cosas, tú sabes que te amo.

En tú sabes todas las cosas Pedro reconocía que el Señor supo que le iba a negar, porque se lo dijo antes, y porque Dios conoce todo aún antes de que una palabra salga de nuestra boca. Conoce de nuestras promesas de seguirlo en medio de las pruebas y conoce nuestros miedos que nos hacen negarlo, o huir de los enemigos de Dios para que no nos agredan con la burla. Conoce de nuestra cobardía, pero conoce que nuestra fe nos protege porque ha venido de lo alto. No es fe producida por condición humana alguna, sino una fe que dura para siempre. Por medio de esa fe llegamos a ser fortalecidos hasta convertirnos en testigos de Cristo, a pesar de nuestros miedos. Estamos protegidos por la fe divina que nos preserva para la salvación final.

El Espíritu intercede por nosotros (Romanos 8), Jesús intercede por nosotros (Hebreos 7), la voluntad del Padre es que de todo lo que le dio al Hijo no pierda nada, sino que Jesucristo lo resucite en el día postrero. Por eso nos fue dada fe suficiente para perseverar hasta el final.

Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos (Romanos 8: 27). El que persevere hasta el fin, ése será salvo (Mateo 24:13); pero el que ha sido salvo perseverará hasta el fin, porque la fe salvífica es permanente por ser un don de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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