Lunes, 11 de junio de 2012

Cuando el apóstol Pablo expresó su deseo y anhelo de salvación por Israel lo hacía apoyado en la base de ser un testigo de oro, pues conocía que los judíos tenían celo de Dios, pero no conforme a ciencia. El apóstol sostuvo que la razón de lo que decía se apoyaba  en que este pueblo ignoraba la justicia de Dios, procuraba establecer la suya propia y por lo tanto no se sujetaba a la justicia divina. Resulta obvio que si oraba por la salvación de ese pueblo es porque no lo consideraba salvo. Este hecho es clave para comprender la importancia de sujetarse a la justicia de Dios.

La justicia de Dios es Jesucristo, y lo que hacía que Israel no comprendiera esa realidad era que anteponía su propia justicia frente a la de Dios. Pero uno puede preguntarse por qué los israelitas actuaban de esa manera, y el apóstol encuentra que es por ignorar la justicia de Dios. Ese hecho no puede tomarse a la ligera, ya que esta ignorancia lleva en sí misma el veneno de la muerte. Y es que el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.

Los judíos no creían que Jesucristo era el Mesías, por eso rechazaron a Jesús. Sin embargo, seguían exhibiendo su propia justica para su jactancia, se sometían a la ley de Moisés aunque no pudieran cumplirla. Pero la razón fundamental residía en que eran ignorantes de la justicia de Dios.

Terrible error el no comprender qué quería Dios como justicia. La ley era el Ayo que llevaba a Cristo, pero ellos se quedaron con el símbolo y no con el referente (el objeto real al que aludía el símbolo). Los corderos en sacrificio no eran más que un símbolo de lo que habría de venir, eran la sombra del Cordero de Dios. El único hombre sin pecado, sin fallas ante la ley de Dios, fue condenado a una muerte por crucifixión, para beneficio de su pueblo. Jesucristo llegó a ser la justicia exigida por su Padre, permitió la pacificación entre Dios y su pueblo elegido, representó a sus ovejas en el madero y cargó con el pecado de muchos judíos y de muchos gentiles.

Cuando logramos comprender que nada de lo que tengamos puede ser un aval para ganar la salvación eterna, vamos por buen camino. A pesar de que eso pueda desesperar, es el inicio de la comprensión de lo que es el evangelio: entender que no tenemos nada que ofrecer en favor nuestro, pero que aceptamos la justicia de Dios que es Cristo. Esto implica que entendamos nuestra inhabilidad total para merecer u obtener parte en el reino de los cielos.

Como descendientes de Adán, estamos bajo una culpa federativa. La advertencia del Génesis lo dicta así: la desobediencia conllevaría a la muerte. Lo que sucedió en ese mismo instante en que el hombre cayó de su inocencia fue la muerte espiritual, seguida tiempo después por la muerte física. La maldición de Dios entró a su creación y hasta ahora ésta gime y clama por la manifestación gloriosa de los hijos de Dios, por causa de aquel que la sujetó a esperanza.

La esperanza humana radica en el milagro de Jesucristo, quien expió nuestras totales culpas y clavó en la cruz el acta de los decretos que nos era contraria. No hay esperanza para quien sostenga que puede aportar aunque sea un ápice de su voluntad en el hecho de recibir a Jesucristo como su salvador. Esto obedece a que espiritualmente el hombre está muerto en sus delitos y pecados. Por todo esto necesita del poder del Espíritu Santo para que se produzca el nuevo nacimiento, pero esto no es producto de voluntad humana sino de Dios.

He allí el problema para muchos: Si Dios no tiene la voluntad de cambiar nuestros corazones de piedra por unos de carne, entonces no hay esperanza. No obstante, el llamado es igual para todos: arrepentíos y creed en el evangelio. Es el deber de la creación humana caída arrepentirse, creer en Jesucristo como la justicia de Dios. Pero esto no se puede hacer al estilo judío: tener un gran celo de Dios no conforme a ciencia o a entendimiento. No puede ser al estilo de Saulo de Tarso, quien con celo de Dios perseguía a la iglesia. ¿Y cuál es el celo de Dios que se supone conforme a entendimiento?  Es llegar a comprender que solamente Jesucristo es la justicia de Dios. Cristo es nuestra justicia, nuestra pascua, cuando no anteponemos como los judíos nuestra propia obra o nuestra propia ayuda. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:36).

Hay muchos hoy día que enseñan un evangelio diferente al mostrado en las Escrituras. Ellos pregonan que Cristo murió por todos, lo cual nos hace presuponer que la expiación es universal. Para no caer en tal extremo, han creado una variante en la cual la palabra final queda en poder de los muertos. Sí, es el espiritualmente muerto en delitos y pecados quien decide si acepta o no la expiación universal. De esta forma su célebre libre albedrío es respetado. Otra variación de este modelo es la que sostiene que gracias a la Omnisciencia -atributo divino según el cual Dios conoce todas las cosas desde antes de que existieran- Dios pudo predestinar. Es decir, gracias a que Él sabía quiénes habrían de aceptar su oferta pudo escogerlos para salvación.

Quienes así predican ignoran el significado de la expiación o representación de Cristo en la cruz, en sustitución por sus ovejas, por su pueblo, por los muchos (Juan  10:15; Mateo 1: 27; Isaías 53:11). Justo es mencionar que cuando Juan en su primera carta hace mención que Cristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, no se está refiriendo a la expiación universal. Simplemente que está incluyendo a dos grandes grupos de personas: a los judíos (por los nuestros, puesto que el apóstol se refería a los judíos de su iglesia) y a los gentiles. Por otro lado, quienes así predican olvidan que el conocer bíblico refiere en la mayoría de las veces a tener comunión con. Cuando el texto bíblico declara: a los que antes conoció, a estos también predestinó, está diciendo que Dios tuvo comunión desde antes con sus elegidos. Nunca se atreve a decir el texto bíblico que es gracias a la buena voluntad de los hombres que hay gente salvada. El nuevo nacimiento se hace sobre gente muerta en delitos y pecados, es una resurrección espiritual. Afirmar que Jesucristo expió el pecado de toda la humanidad implica sostener que ya toda la humanidad está libre de la ira de Dios y por lo tanto ha sido redimida. En otros términos, equivale a decir que Jesucristo fue un mentiroso cuando dijo que pondría su vida por las ovejas y no por las cabras, que no rogaba por el mundo sino por los que el Padre le había dado, que existe un infierno de fuego, donde el gusano no muere y sus llamas no se apagan, el cual será de tormento eterno para aquellos que no le han conocido. Sería Jesús un mentiroso cuando predijo que en el momento final diría a un grupo de personas: apartaos de mí, malditos, al lago de fuego...nunca os conocí.

¿Cómo puede ser posible que un Dios omnisciente no conozca a un grupo de personas que condena al infierno? La razón de ello es porque conocer, en este y muchos otros contextos bíblicos, presupone tener comunión con. Otra razón sería que Jesucristo no los representó en la cruz cuando expió el pecado de muchos, de su pueblo, de sus ovejas. Nunca pudo el apóstol Juan exponer la incongruencia de la expiación universal, cuando escribió que Jesucristo era la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, pues hay que entenderlo en el contexto de la carta: dos grandes grupos, judíos y gentiles. En el mismo capítulo que escribió eso dijo esto: Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. Y esto: Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2: 23 y 19). Entonces: si Jesucristo expió los pecados de cada uno de los de todo el mundo, ¿cómo es que hay hijos de Dios que no tienen al Padre y que niegan al Hijo? ¿Cómo es que hay tantos anticristos en el mundo que han salido de nosotros pero que no eran de nosotros?

En resumen, quienes afirman que hubo una expiación universal no comprenden las Escrituras. Desestiman que Jesucristo afirmó: nadie viene a mí, si el Padre que me envió no le trajere. Desestiman que el Espíritu dijo: no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia...A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí...(ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama) -Romanos 9.

Tener celo de Dios y predicar la expiación universal en cualquiera de sus variantes es irrespetar lo dicho en las Escrituras, significa torcerlas, implica una gran ignorancia que equivale a un conocimiento no conforme a ciencia. En otros términos, es caer en la piedra de tropiezo y en la roca de caída. La sinceridad moral del pueblo de Israel en cuanto a religión y vida cívica era resaltante entre los demás pueblos de la tierra. Guardaban los mandatos religiosos casi al pie de la letra, tenían castigos terribles para los que desobedecían la ley. Respetaban las festividades religiosas ordenadas en sus Escrituras, pero todo aquel celo por Dios era sin entendimiento. Uno de sus más fieles representantes fue Saulo de Tarso, fariseo, de la tribu de Benjamín, docto en cuanto a la ley, celoso de sus mandatos, y perseguía hasta la muerte a los nuevos creyentes de entonces. Sin embargo, el Señor en su soberanía y misericordia se le apareció y le dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

No nos equivoquemos para que no nos salgamos del camino. Cualquiera que predica un evangelio diferente al mostrado en las Escrituras, sea anatema (Gálatas 1: 9). La ignorancia es mortal en materia espiritual, por lo cual Jesucristo advirtió: Erráis, ignorando las Escrituras. Lo que mejor debemos hacer es conocer la justicia de Dios, someternos a la suya y no buscar nuestra propia justicia. El texto de Romanos 10: 1-3 nos muestra una perfecta ecuación establecida en las premisas y en la conclusión. El que ignora la justicia de Dios (y) busca establecer su propia justicia, (entonces) no se somete a la justicia de Dios. De esta forma, al ignorar la justicia de Dios no se somete a la misma. La ignorancia hace que no haya sumisión sino rebeldía (no sometimiento).  Podemos preguntar, 1) ¿De qué conocimiento carecían estos religiosos y celosos de ese Dios al que servían?, 2) ¿Quién era ese Dios del cual estaban enamorados para ser tan celosos y devotos?

Podemos responder para 1) que desconocían a Jehová: En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23: 6).  Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Corintios 1: 30). O Jesucristo satisfizo la justicia exigida por el Padre o lo hace el hombre. Pero ¿qué diremos a lo que dice la Biblia?  Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas (Romanos 10: 5). Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gálatas 3: 10).  

Marcos 16: 16 nos declara que hay solamente dos posibilidades: el que creyere será salvo, el que no creyere será condenado. El problema se revela en la siguiente manera: Si alguien ignora la justicia de Dios que es Cristo, ignora el evangelio. Como lo ignora no lo puede creer, pues ¿cómo creer en algo que no se conoce? Por consiguiente, al ignorar la justicia de Cristo y al comprender que Dios exige justicia, el ignorante intenta reemplazar aquella justicia exigida por otra.  En el caso de Romanos 10: 3, los celosos de Dios buscaban la justicia propia (hacer y no hacer, aceptar y no aceptar).

Ahora bien, para dar respuesta a la segunda pregunta hecha, 2) ¿Quién era ese Dios del cual estaban enamorados para ser tan celosos y devotos?, o ¿en cuál Dios creen los que ignoran el evangelio de Cristo? afirmamos que no es Jehová, aunque a su dios le hayan dado el mismo nombre, aunque utilizaran su mismo libro, aunque repitieran los mismos ritos enseñados en sus letras. Reuníos, y venid; juntaos todos los sobrevivientes de entre las naciones. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45: 20). Hay un universo de idólatras, y a pesar de que los israelitas se jactaban (y se jactan) de no adorar ídolos, por su dogma monoteísta, hacían y hacen lo mismo que hace cualquiera que adora ídolos. Un ídolo es una imagen de un dios, y poco importa que esa imagen muestre mucha semejanza con el Dios de la Biblia. Por eso Dios dijo que no debíamos hacernos ninguna imagen de él. Además, agregó: ¿a quién me hacéis semejante? Dios es real y es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad. Pero ¿cómo adorar a alguien a quien no se conoce?

Como muchos no conocen a Dios, pero creen conocerlo, intentan conformar una imagen de él.Porque según el evangelio y toda la revelación bíblica, no hay casilla vacía. No existe un término medio, un sitio neutro donde reposar a la espera. La realidad espiritual es binaria: o se es oveja o se es cabra, o se es trigo o se es cizaña. O se adora al Dios vivo o se adora a un falso dios. Lo dijo Jesús a la Samaritana que buscaba agua en el pozo. Ella conocía el libro, conocía los pergaminos en alguna medida. Ella era de ese grupo del reino dividido. De un lado estaba Judá y del otro Israel. Los samaritanos provenían del lado de Israel, por lo tanto también tenían un conocimiento cercano a lo que decían las Escrituras. Sin embargo, Jesús le dijo: vosotros adoráis lo que no sabéis, porque la salvación viene de los judíos.

Se puede adorar lo que no se sabe, pero eso implica ignorancia mortal. Cualquier otro dios fuera de Dios no puede salvar: Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí (Isaías 45: 21).  Dios está en los cielos y ha hecho todo lo que ha querido hacer. Los ídolos son plata y oro, obra de manos de hombres (o configuraciones mentales, ideas acerca del Dios verdadero). Tienen boca pero no hablan, ojos pero no ven, orejas pero no oyen. Incluso tienen narices que no huelen, manos que no palpan, pies que no andan, y su garganta no profiere palabra alguna. Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos (Salmo 115). Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? (Daniel 4:35).

César Paredes

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