S?bado, 09 de junio de 2012

Ese fue el llamado de Juan el Bautista, con ese imperativo pregonaba su mensaje. El llamado continuó con los apóstoles de Jesucristo, pues sin arrepentimiento y sin creer en el evangelio no hay salvación. A pesar de la predestinación, de la elección desde antes de la fundación del mundo, somos conminados a pregonar este mensaje para todo ser humano. De la misma manera los Diez Mandamientos les fueron dados al pueblo de Israel y por extensión a toda la humanidad; aunque ese código normativo y moral de parte del Creador puede resultar un imposible de cumplir para el hombre natural, su mandato permanece apegado a la letra.

El hecho de que el hombre natural no pueda discernir las cosas espirituales, no nos impide predicar el evangelio a toda criatura. Es el deber de los seres humanos el buscar a su Creador, y así como los que hemos creído lo hemos hecho a través de la palabra predicada, ya que ¿cómo oirán si no hay quien les predique?, también es obligación de los creyentes el seguir pregonando este anuncio: Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:20).

Fueron los llamados hiper-calvinistas quienes al reflexionar acerca de la predestinación y la naturaleza humana pensaron que no era necesario, por imposible, el llamado al arrepentimiento y a creer en el evangelio. No olvidemos nunca que el que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios. Los mecanismos para percatarse de la salvación del alma y del espíritu fueron también preordinados para alcanzar a los elegidos, para generar el olor de vida en los que se salvan.

¿Cómo predicarán si no fueren enviados? Jesucristo dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio. El evangelio es la buena nueva de salvación, la noticia de que Jesucristo vino a morir por su pueblo y se dio en rescate por muchos, por sus ovejas. Algunos dirán filosóficamente que es un sinsentido el significado del evangelio (la buena nueva de salvación), pues para muchos es una mala noticia al no haber sido preordinados para tal fin. Sin embargo, el llamado al arrepentimiento presupone que existe una culpa universal cometida por cada individuo de la especie humana. La Biblia dice que todos se descarriaron como ovejas, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien haga lo bueno. Todos han venido a ser como trapos de inmundicia.

Si esa es la condición humana frente a su Creador, si existe enemistad entre Dios y sus criaturas, entonces urge una justificación, una tregua, una pacificación. Eso fue lo que vino a ser Jesucristo con su muerte en la cruz, pues él fue la propiciación por nuestros pecados, de manera que nos representó en el madero y fue el sustituto en nuestro castigo. Jesucristo es la justicia de Dios, de manera que como el hombre no puede por sí mismo hacer justicia ni ser justo ni justificado ante el Creador, basta con el sustituto como mediador por su pueblo.

El Mesías vino a ser nuestra sustitución y llevó nuestros pecados, ya que expió la culpa que no podíamos limpiar y anuló el acta de los decretos que nos era contraria (Colosenses).  Al pregonar ese evangelio, los muchos, de los cuales habla el profeta Isaías, habrán de oír, y los demás oirán a medias y no entenderán, o simplemente no creerán o nunca escucharán. Pero dentro de los que oyen, dentro de los llamados, están los escogidos desde antes de la fundación del mundo, para los cuales este evangelio viene a ser una muy buena noticia.

El profeta Isaías dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?  (Isaías 53: 1). Pablo advierte que el Señor vendrá en llama flameante para vengarse de los que no conocen a Dios, y de los que no obedecen el evangelio de Jesucristo (2 Tesalonicenses 1: 8).  Con estos textos se prueba, una vez más, que es imperativo el predicar el evangelio, ya que algunos obedecerán a pesar de que otros desobedecerán. Urge anunciar lo que la Biblia predica, pues este mundo pasará y nuestra existencia es fugaz en comparación con la eternidad.

Pero el apóstol Juan dijo que el que es de Dios entiende que el mandamiento es de él. Jesucristo también le dijo a unos judíos que ellos no creían en sus palabras porque no eran de él. No todos se salvarán, pero nadie puede salvarse si no escucha el evangelio de Cristo, ya que Jesús mismo dijo: Nadie viene al Padre sino por mí. El asunto es que ahora como antes la humanidad prefiere las tinieblas en vez que la luz, porque sus obras son malas. Es desde esta condición de destrucción que provoca la naturaleza humana que se hace necesario el arrepentimiento y el creer en la justicia de Dios que es Cristo.

Al entender que nosotros no estamos capacitados para aportar un ápice de nuestra justicia de manera que satisfaga a la justicia de Dios, comprenderemos que nos hace falta un apaciguamiento de la ira divina. Es allí que cobra sentido Jesucristo como nuestra pascua, en nuestra miseria, ya que ha sido por gracia que Dios se dispuso a salvar a su pueblo. No hay nadie que haya podido salvarse por otra vía que no sea la dádiva divina de la justicia de Dios que es Jesucristo.

En su inconmensurable amor se manifestó al hombre para cumplir la promesa del Génesis 3: 15, y nos envió a su Hijo para redimirnos. La pregunta de Isaías sigue vigente, pues seguimos averiguando ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Quién ha creído el evangelio?  La respuesta es muy personal y la pregunta un universal. Pero el que es de Dios las cosas de Dios oye. Recordemos a un hombre que le dijo al Señor: creo, ayuda a mi incredulidad. De igual manera el ladrón en la cruz no tuvo tiempo para mucha disertación teológica, pero le creyó a Dios, comprendió que Jesucristo era el único camino al Padre. Reconoció que él era merecedor del castigo que recibía, pero que Jesús no merecía en Sí mismo semejante trato. En otros términos, se arrepintió, ya que clamó: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

Esa fue una circunstancia extrema, al final de la vida. Para otras personas el evangelio les es anunciado desde temprana edad, desde niños inclusive. Incluso, Juan el Bautista tenía el Espíritu desde que estaba en el vientre de su madre. Pero para todos los que oyen y creen en su nombre, Jesucristo ha venido a ser su esperanza para la vida eterna, el amigo en las circunstancias de la cotidianidad, el salvador de su alma.

La importancia de la predicación del evangelio es tal que el apóstol Pablo escribió:  Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1: 16-17). La necesidad de arrepentirse y creer en el evangelio es imperativa, porque éramos esclavos del pecado y ahora hemos sido libertados del pecado y pasamos a ser siervos de la justicia (Romanos 6: 17-18).

La predestinación de los medios que lleva a la consecución del fin nos remite a la premisa paulina: ¿cómo oirán, si no hay quien les predique? Al parecer, la Biblia urge a predicar a tiempo y a destiempo, de manera que el hiper-calvinismo no tiene espacio como doctrina cristiana. El anuncio es el mismo: arrepentíos y creed en el evangelio. Vuélvanse de sus pecados, cambien de mentalidad (metanoia) y crean que Jesucristo es la justicia de Dios para salvar a su pueblo (ovejas, elegidos) de sus pecados.

Somos guiados por el Espíritu de adopción por el cual sabemos que somos libres de la servidumbre al pecado. Y el Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, por lo cual clamamos ¡Abba, Padre! (Romanos 8: 14-16). El creyente compara y discierne las cosas espirituales con lo espiritual, si bien el hombre natural no puede discernir las cosas que son del Espíritu de Dios, pues le parecen locura (1 Corintios 2: 12-14). Y es que Cristo ha pasado a ser para nosotros la sabiduría de Dios, la justificación, la santificación y la redención, por lo cual nos gloriamos en el Señor (1 Corintios 1: 30-31).

Sabemos que a pesar de nuestra predicación habrá muchos que no creerán, porque el evangelio está encubierto para los que se pierden, ya que el dios de este siglo les cegó el entendimiento a los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio. Pero en nosotros, Dios hizo resplandecer la luz en nuestros corazones, para conocer la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4: 3-6).

La necesidad del arrepentimiento es un imperativo por cuanto él nos dio vida a nosotros, cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, en los cuales anduvimos en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás (Efesios 2: 1-3).  La necesidad del arrepentimiento y creer en el evangelio sigue vigente, por cuanto sabemos que los injustos no heredarán el reino de Dios. Entonces necesitamos hacernos justos, y eso sólo es posible si Dios nos ve escondidos en Cristo. Dice la Biblia: No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6: 9-11).

Justificados por la fe, tenemos paz para con Dios. La fe en Jesucristo, quien es la justicia de Dios. Ciertamente, todos los elegidos para salvación son llamados por la predicación del evangelio, pero no todos los llamados son elegidos. De manera que el llamado puede ser general, pero la elección es particular. El ladrón en la cruz tal vez  oyó algo acerca del Mesías que hacía maravillas, pues la noticia de Jesucristo no fue ningún secreto en las ciudades en que con gran poder se anunciaba el reino de Dios. Además, estuvo al lado del Cordero, lo vio agonizar, fue movido por el Espíritu de Dios conforme a su designio eterno. Incluso él no fue salvado sino a través de la palabra de Dios, Jesucristo el Verbo hecho carne. El tenía fe en que Jesús era el Señor, lo confesó con su boca porque lo creyó en su corazón, por lo cual dijo: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.

A ese malhechor le fue dicho: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. El apóstol Pablo exclamó que para él el vivir era Cristo y el morir era ganancia, porque le era mejor partir y estar con Cristo. Dios dijo que él es un Dios de vivos y no de muertos, de manera que cuando los profetas hablaban acerca del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob hablaban de un Dios de vivos (porque aquellos también estaban con él en su presencia). En esta premisa descansa el hecho de que los que llegamos a creer en el evangelio somos grato olor de vida en Cristo, pero los que no creen son también olor, pero de muerte.

En síntesis, hay un orden dentro del amor eterno de Dios por sus elegidos. Isaías dijo: Por su conocimiento justificará mi siervo a muchos. Ese conocimiento no es el intelectual sino el del sentido bíblico: tener comunión, amar. De manera que cuando Pablo habla de aquellos de quienes se dice que Dios conoció, está diciendo lo mismo que Isaías: aquellos a quienes Dios amó. En el decreto eterno de Dios, Dios amó a su gente en Cristo, desde antes de la fundación del mundo. Pero como también Dios sometió la creación a vanidad, por causa de aquel que la sujetó a esperanza, asimismo fuimos sometidos todos a su ira. Pero es por la justicia de Cristo que escapamos de su ira, una vez que somos llamados y depositamos nuestra fe en su Hijo (justificados por la fe tenemos paz para con Dios). Hay un orden de las cosas: Dios llama, Dios justifica y Dios glorifica. Antes de la llamada nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás, por cuanto todos somos hechos de la misma masa (Romanos 9: 21). Y esto, a pesar del decreto eterno de Dios de querer amarnos desde antes de la fundación del mundo.

De esta forma, se concluye que aún los elegidos tienen que someterse al histórico establecido por el Hacedor de todo. El hecho mismo de ser de la misma naturaleza que los demás implica que no hay excepción dentro del espacio-tiempo. Sin embargo, una vez operado el nuevo nacimiento, por medio de la predicación del evangelio y la actuación soberana del Espíritu de Dios, el que ha sido amado desde la eternidad llega a creer la palabra predicada, llega a depositar su fe en el Hijo de Dios (la justicia de Dios) y llega a ser de esta manera justificado (véase Hechos 13: 39 y Romanos 5: 1-2).

La fe es tanto un instrumento para la justificación como un resultado de ella. ¿Cómo es esto posible? Porque la fe es un regalo de Dios y no es de todos la fe. Entonces, si la fe es un don de Dios, se implica que no es un prerrequisito conseguido por y en nosotros, sino que es parte del paquete de la redención y el nuevo nacimiento. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2: 8).

La glorificación refiere a la redención final, si bien vamos de gloria en gloria.  (El Señor Jesucristo) transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Filipenses 3:21). Nuestra glorificación es tan segura que en la mente de Dios ya es un hecho, no obstante, en nuestro histórico estamos sometidos al espacio-tiempo y debemos esperar un orden en nosotros: en el pasado eterno fuimos predestinados; en la historia nuestra Cristo nos justificó, pero esa justificación se torna eficaz en nosotros cuando creemos por el nuevo nacimiento operado en nosotros: justificados, pues, por la fe. Y la glorificación es un hecho que sucederá en nuestro futuro, cuando seamos transformados a la semejanza de Cristo. La glorificación sucede en y con la redención final.  

Entendemos que cuando Juan escribe en su primer capítulo de su evangelio: mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, está implicado que esa actividad suceda en el tiempo, en nuestro histórico. A pesar de haber sido elegidos para salvación desde antes de la fundación del mundo, para que el propósito de la elección permaneciese por el que llama, somos llamados a recibir a Jesucristo como nuestro salvador, a creer en su nombre. Por eso, una vez que hemos creído en su nombre, se nos da el poder de ser hechos hijos de Dios (porque antes éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás).

Las palabras de ayer tienen eco hoy en día: arrepentíos y creed en el evangelio.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:08
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