Martes, 05 de junio de 2012

La poesía hebrea descansa en el paralelismo, no en la rima ni en el ritmo. Esto es, busca la repetición y la secuencia de los pensamientos. Por eso se habla de la búsqueda paralela o analógica en el intento de comparar, indagar en el símil, para mostrar la maravilla del acto poético. Resulta mucho más fácil traducir un símil de una lengua a otra que el ritmo o la rima de un poema. ¿Quién no puede entender la metáfora de una gallina protegiendo a sus polluelos? ¿O el de un ciervo que brama por las aguas? ¿O tal vez el refugio que ofrece un castillo, el cuidado de un pastor con sus ovejas, o el del santuario donde habita la presencia de Dios?


Al comenzar a leer el salmo 91, nos encontramos con una introducción a dos grandes conceptos teológicos. El que habita al abrigo del Altísimo, nos conduce primeramente hacia uno de los nombres de Dios. El Altísimo aparece por primera vez en las Escrituras cuando Jehová se le apareció a Abraham como el Dios Todopoderoso: [’ēl šadday], El Shaddai. Ese Dios es el que le prometió un hijo a él junto a su mujer también de edad avanzada, ya que Él es el Señor de lo imposible. De esta forma, puede cumplir todas sus promesas, pues no hay nada que sea difícil para él. Su Majestad, El Abundante, El Altísimo, calificativos que Dios mismo se da para introducirse ante el elegido y darle forma y vigor a sus promesas. Serás padre de muchas naciones...una gran nación y reyes saldrán de ti...mi pacto será por siempre...la tierra de Canaán será de eterna posesión, promesas todas relatadas en el libro del Génesis. Hubo un cambio de nombre en el encuentro entre el Altísimo y Abram, como se llamaba antes. Ahora su nombre significaría padre de multitudes (Abraham), con mira a sus descendientes.

El segundo gran concepto es el de abrigo o refugio. Sēṯer es un lugar escondido, donde nos guardamos del peligro, así como el Nuevo Testamento anuncia que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3). Entonces, estas dos figuras introducidas desde la primera línea del salmo mueven nuestros cimientos para que aprendamos a confiar. Estamos ante la presencia del Todopoderoso y bajo su refugio. Si alguien habita al abrigo del Altísimo, por consecuencia morará bajo la sombra del Omnipotente. La sombra puede recordar la cercanía del refugio, como enuncia el verso 4 de este salmo: Con sus plumas te cubrirá, Y debajo de sus alas estarás seguro. Tal vez se habla de la sombra de las alas de las aves cuando cubren a sus crías para darles calor, protección y confort. Bajo la sombra de las alas las avecillas no temen el terror nocturno, ni las saetas que vuelan en el día, pues ni siquiera logran ver nada de ello ya que están bajo el abrigo de las alas.

La vida espiritual está protegida por la gracia divina contra las asechanzas de Satanás -los lazos del cazador. La vida del creyente está resguardada de la peste destructora -el contagio agobiante del pecado. Recordemos un momento la parábola del hijo pródigo, cuando el joven se aleja de su hogar y termina su jolgorio en medio de los cerdos -animales inmundos- comiendo de sus algarrobos. El pecado llegó a agobiarle tanto que recordó las benevolencias en la casa de su padre, por lo cual emprendió el camino de regreso a casa. Ese hijo desobediente mantenía en su memoria la sombra de las alas, el calor, confort y alimento obtenido gratuitamente en la casa de su padre.

Por esta razón, los que hemos hallado el consuelo del refugio del Señor, deseamos que los demás puedan hacer lo mismo. Se promete gran seguridad a los creyentes en medio del peligro. Esa protección implica sabiduría que impide asustarnos sin causa alguna, así como fe para que el susto real no sea desmedido. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra (Salmo 91: 11-12). Ya no tenemos razón para temer, pues el mismo Dios de Abraham es quien cubre estas promesas. Recordemos que hay un tiempo para todo, tiempo de guerra y tiempo de paz (Eclesiastés), tiempo para la dificultad y tiempo para ser librado de ella. Por eso, la vida del creyente es preservada en la tierra mientras la sabiduría divina lo crea conveniente.

Satanás tentó a Jesús y utilizó estos versos recién mencionados como argumento para validar su petición: tírate por esta colina, pues a sus ángeles mandará para que tus pies no resbalen. Jesús le respondió con las Escrituras: escrito está: no tentarás al Señor tu Dios (Mateo 4). En estas palabras hay sabiduría, pues presuponen que la promesa implica inteligencia para comprender su contexto. La promesa de Dios no tolera el quebrantamiento de sus normas, de manera que no es posible vivir irracionalmente por el hecho de contar con su protección. Es mejor padecer por su nombre que por malhechor, como enseña el apóstol Pedro.

Pero la promesa es cierta y justa, como parece exponer el autor de Hebreos cuando nos habla acerca de los ángeles: ¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación? (Hebreos 1: 14). Los ángeles nos ministran, nos protegen, como agentes del Altísimo encargados de nuestra custodia. Son espíritus ministradores, por lo cual no podemos verlos, aunque pueden materializarse como también enseñan las Escrituras. Podríamos hacer memoria de la oración de Daniel el profeta, de la manera como fue contestada y de la explicación que el ángel le dio acerca de la lucha tenida con un príncipe de las tinieblas para poder ir hasta él con la respuesta. También los ángeles consolaron a Jesús o a Elías el profeta. El ángel de Jehová se le apareció a Gedeón para darle el ánimo y el entendimiento necesario para luchar por su pueblo. La Biblia contiene numerosos ejemplos de la labor de estos espíritus ministradores.

La poesía hebrea utiliza un lenguaje simbólico que en ocasiones antropomorfiza (da forma humana) a Dios. A veces se le compara con partes del cuerpo humano; otras se le muestra con características y emociones humanas; pero en este salmo 91 se le representa en forma no humana: Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro. Todas estas expresiones de lenguaje no son más que un intento por asir la idea de Dios, por interpretar su divinidad en alguna medida. Dios mismo utiliza estas figuras para darse a conocer, muy a pesar de que él pregunta: ¿A quién, pues, me haréis semejante? (Isaías 40: 25).

La parte final del salmo 91 concluye con una gran esperanza y soporte para las almas que le aguardan: Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre. Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré. Lo saciaré de larga vida, le mostraré mi salvación (Salmo 91: 14-16). En ocasiones Él es como la voz o el aliento: Al soplo de tu aliento se amontonaron las aguas (Éxodo 15:8), o simplemente un Espíritu (Juan 4: 24), y los que le adoran han de hacerlo en espíritu y en verdad. También se le representa como un ser teniendo emociones: y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo (Génesis 2: 2); y se arrepintió Dios de haber hecho al hombre en la tierra, y le dolió en su corazón (Génesis 6: 6). O como ya vimos, nos refugiamos bajo sus alas, como también enseña el libro de Ruth capítulo 2 verso 12. Sea que le veamos como teniendo una mano poderosa (Josué 4: 24), o un brazo que se manifiesta (Isaías 53: 1), o como un ser que se contrista: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención (Efesios 4: 30), declaremos con el salmista (poeta hebreo) lo que mejor nos puede suceder: Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él (Salmo 34: 8). 

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:55
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