Domingo, 03 de junio de 2012

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen (Mateo 7: 6). Es curioso que Jesucristo estuvo hablando en su sermón relatado por Mateo acerca de cuidarnos de hacer juicios a los demás. No juzguéis para que no seáis juzgados (Mateo 7: 1), es el inicio del capítulo, pero su continuación no es más que un llamado a realizar juicios justos. Seremos juzgados con el mismo juicio con que juzgamos a los demás y a todas las cosas. Eso parece lógico, por cuando la manera como vemos el mundo no es más que un juicio que hacemos de él. Cuando algo me agrada o desagrada se presupone que hago juicio acerca de ese objeto del discernimiento. ¿Cómo puedo saber qué es lo santo para no darlo a los perros, o qué es una perla para no echarla delante de los cerdos? (verso 6). Para ello debemos hacer justos juicios (Juan 7: 24).

Para guardarme de los falsos profetas que vienen como lobos rapaces ocultos en sus vestidos de oveja, debo tener un sano juicio. No podría discernir entre un lobo y una oveja si mi juicio está perdido. El texto de Mateo 15-20, aunado a los versos iniciales, me dicta pautas para hacer juicios coherentes, aunque al mismo tiempo me está diciendo que no debo ser un criticón de los hermanos. Aunque a muchos les parece más fácil juzgar en materia de conducta (recordemos el caso de la mujer adúltera traída ante Jesús), la Biblia habla mucho más de hacer juicio en materia de doctrina. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, le dice Pablo a Timoteo. No deis lo santo a los perros, recomienda Jesús a sus seguidores. El hombre natural no discierne las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y tampoco puede, pues han de ser discernidas espiritualmente. Pero el que es espiritual juzga todas las cosas, y él no es juzgado por nadie (1 Corintios 2: 14-15).

En este texto de Pablo a los Corintios se destaca un paralelismo entre dos acciones representadas por dos verbos: discernir y juzgar. El ser humano tiene que hacer juicios a diario, pues eso es parte de nuestro raciocinio y de nuestras necesidades cotidianas. Debemos discernir qué nos conviene y qué nos resulta impropio, tenemos que juzgar qué nos hace bien y qué nos causa daño. Pero cuando en la Biblia se menciona la oposición entre el hombre natural y el espiritual se hace en base a un fruto evidente: discernir o no discernir las cosas del Espíritu de Dios. Para el común de las personas esas cosas son locura, pues no las entienden, pero para los hijos de Dios son una delicia.

La naturaleza depravada percibe como locura el camino de Dios, pero el hombre recto (nacido del Espíritu) comprende que la puerta estrecha, el camino angosto, la manada pequeña, son los espacios por donde debe entrar, andar y donde debe permanecer. El pueblo de Dios está capacitado para juzgar todas las cosas, para juzgar los corazones de todo el mundo. Esto les parece chocante a muchos religiosos que presumen de humildes y declaran que dejan que Dios sea el que juzgue todas las cosas. Sin embargo no es eso lo que declara la Biblia pues Jesús nos habla de no echar lo santo a los perros ni las perlas a los cerdos, y nos advierte que hemos de identificar a los lobos disfrazados de ovejas para guardarnos de los falsos profetas.

En las Escrituras encontramos un mandato que se une a lo enunciado anteriormente: No os unáis en yugo desigual con los incrédulos (2 Corintios 6: 14). Para obedecer esta norma he de juzgar con justo juicio quién es incrédulo y quién no lo es. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de él (Romanos 8: 9). Ese texto es fundamental para comprender quién es un incrédulo, según las Escrituras. Pero hay más enlaces a este precepto: Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo (1 Juan 4: 1). Vemos que en la Biblia se nos encomienda a juzgar, a valorar, a probar qué y quién proviene de Dios o del mundo.

Jesucristo nos enseñó con un ejemplo de la naturaleza creada que hemos de mirar a los frutos producidos por los hombres. Un árbol bueno no puede dar malos frutos y uno malo no dará los buenos, pues de la abundancia del corazón habla la boca. (Lucas 6: 44-45).  ¿Qué es lo que habla la boca que delata el corazón del hablante? No son frases esporádicas y sin contexto, sino manifestación de lo que se cree, la doctrina asumida como verdad a pregonar. Es cierto que se nos exhorta a no proferir palabras corrompidas por nuestra boca, sino las que sean necesarias para la buena edificación de los oyentes. Pero esas palabras no son necesariamente el buen fruto o el mal fruto, ya que cualquiera puede moderar su lengua en base a un registro moral aprendido dentro de sus parámetros culturales.

¿Cómo vamos a reconocer si alguien es creyente o incrédulo? No es en base a si dice o no palabras corrompidas por su boca, o si dice palabras edificantes. Los fariseos judíos eran un modelo de moral social en su comunidad, pero aún eso no les ayudaba en su relación con Dios, pues no lo hacían conforme a ciencia (Romanos 10: 2-3). No es en base a si peca públicamente o se guarda de los pecados sociales, pues Juan nos dice que si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Juan 1:8); además agrega que si confesamos nuestros pecados él es fiel y justo para perdonarnos (verso 9). La forma de reconocer si alguien ha creído o permanece en incredulidad radica en escuchar aquello que dice haber creído. Ese es el fruto de su corazón, la doctrina que pregona.

En 2 Juan 9, el apóstol dijo que cualquiera que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo no es de Dios; y Pablo escribió a los Gálatas que si alguien predica otro evangelio distinto al que ellos habían recibido sería anatema o maldito (Gálatas 1: 9). El ser ignorante de la justicia de Dios, para establecer su propia justicia, es no tener conocimiento de la verdad. Jesucristo dijo que Él era la verdad, de manera que quien no reconoce que Cristo es la justicia de Dios no permanece en la verdad. El sacrificio de Jesucristo fue suficiente para la liberación de la esclavitud y de la maldición del pecado, por lo cual no podemos añadir nuestra justicia a la de él, porque eso significaría ignorar el conocimiento de Dios (Romanos 10: 2-3). ¿Cree usted que su decisión por Cristo le ayudó en su salvación? ¿Cree usted que la justicia de Cristo no sería suficiente a no ser que usted voluntaria y libremente le haya dicho sí a su evangelio? Si así cree, entonces está añadiendo su justicia a la justicia de él.

Jesucristo no representó a toda la humanidad en la cruz, sino a los que el Padre le dio. El vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1: 21), no rogó por el mundo (Juan 17: 9) pero salvó a muchos (Isaías 53: 11): Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. ¿De quién llevó Jesús las iniquidades? De muchos, no de todos los de la raza humana, como bien lo afirma este texto de Isaías y toda la Escritura.

No debemos hablar con liviandad diciendo paz, paz, cuando no hay paz (Jeremías 6: 14). Eso es lo que hacen aquellos falsos profetas que anuncian que Jesucristo murió por todos en la cruz, pues con ello pregonan que ya Dios estableció su paz sobre cada miembro de la raza humana. El verdadero creyente no cree ni confiesa o tolera un falso evangelio. El verdadero creyente juzga todas las cosas y no es juzgado de nadie:  ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8: 33-34).

Si Cristo murió por todos entonces todos son salvos y justificados, y nadie podrá condenarlos. Eso es lo que se desprende de lo escrito por Pablo en Romanos 8, cuando habla de que Dios es el que justifica. No obstante, el apóstol no se refiere a todos los hombres sino a los elegidos de Dios, a aquellos por quienes Cristo intercede.  Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son (Juan 17:9). De allí que el escritor bíblico se pregunte: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? y se responda:  Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8: 35,38-39).

Los perros, cerdos y falsos profetas reseñados por Mateo en la enseñanza de Jesús son aquellos que pregonan otro evangelio diferente al que muestran las Escrituras. El evangelio diferente hace que nosotros nos ayudemos en nuestra salvación, que vivamos inseguros de su certeza, que busquemos expiar nuestras culpas con el tormento de nuestra mente. A aquellos debemos denunciar y contra ellos debemos de guardarnos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:29
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