Viernes, 01 de junio de 2012

La primera señal milagrosa que hizo Jesucristo en la tierra fue convertir el agua en vino. Eso sucedió en Caná de Galilea. Como la Pascua estaba cerca se fue a Jerusalén, pero cercano al templo vio a una muchedumbre haciendo negocios con bueyes, ovejas y palominos. Al mismo tiempo la casa de oración se había convertido en una mesa cambiaria, lo cual provocó en él su primera gran reacción de violencia, pues volteó las mesas de los cambistas y les dijo que su casa era de oración y no de negocios.  Eso cumplía una profecía que decía: el celo de tu casa me consume (Salmo 69:9). Los judíos le pidieron señales corroborativas de su autoridad por la cual hacía estas cosas, y Jesús les dijo: destruyan este templo y lo reconstruiré en tres días (Juan 2:19). Esta fue una gran metáfora, pues hablaba de la señal de Jonás, de su muerte y resurrección. Por supuesto, no le entendieron.

Sin embargo, mientras estaba en Jerusalén en el tiempo de la celebración de la Pascua, muchos creyeron en él, porque veían las señales que hacía (otros milagros, por supuesto). Un milagro es una señal extraordinaria, algo no habitual hecho por métodos no comunes. Esos actos sobrenaturales que le acompañaban movieron el corazón de muchos a seguirle y a creer en él. Pero el milagro del signo no es una garantía de ser oveja, a pesar de que mueva a la gente a creer. Jesús no confiaba en el creer de esta gente, porque conocía a toda la humanidad. No necesitaba el testimonio de alguien para saber si era o no cierto que creían en él, porque él conocía y conoce lo que hay en el corazón del hombre (Juan 2: 23-25).

Es interesante que esta actitud la mantuvo siempre durante su ministerio en la tierra. A la mujer samaritana le dijo que ellos adoraban lo que no sabían, porque la salvación venía de los judíos. Recordemos que los samaritanos venían de la división del reino de David, por lo tanto estaban al tanto de las Escrituras, de que era necesario obedecer la ley de Moisés. No obstante, adoraban lo que no sabían, como le sucedía a los judíos del momento, que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia o conocimiento (Romanos 10).

La perversión farisaica lo acusaba de sanar a un paralítico en un día sábado. El sábado era más sagrado para ellos que el Dios del sábado. En otros términos, habían convertido ese día de la semana en un ídolo. Pero Jesús respondió ante tales reclamos con un argumento de autoridad: Mi Padre hasta ahora trabaja, así como yo también trabajo. Si Dios trabaja en el día de descanso, ¿por qué razón no habría de hacerlo el Hijo? ¿Violentaba esta actitud el mandamiento de guardar el sábado como reposo? No, sino que aquellas cosas ordenadas eran figura de lo que habría de venir (Hebreos), de manera que lo que se implicaba con el sábado era el reposo en el cual los creyentes habrían de entrar. Nuestro reposo es Jesucristo, si realmente hemos creído como ovejas en el Pastor.

Jesús manifestó que su testimonio era mayor que el de Juan el Bautista, ya que hacía las obras encomendadas por el Padre. Esas obras maravillosas daban testimonio de que él había sido enviado por el Padre. También les dijo que no tenían la palabra de Dios dentro de ellos porque no habían creído en quien el Padre había enviado. Esa gente que estaba a su alrededor vivía en continua contradicción de espíritu: oían su palabra, le seguían por sus milagros, se maravillaban, algunos estudiaban las Escrituras porque les parecía que daban testimonio del Mesías, pero rechazaban ir a él para tener vida. Jesús sabía que ellos no tenían el amor de Dios en ellos, por lo cual podían recibir a cualquiera que viniera en su propio nombre. La razón de todo este asunto que le sucedía a esa gente alrededor de Jesús se hallaba en que ellos buscaban la gloria humana pero no la de Dios. Estaban tan aferrados a la ley de Moisés que aunque se maravillaban con las señales de Jesús no le creían, pues para ellos la ley era superior al evangelio anunciado. Malinterpretaron las Escrituras, pues si realmente hubieran creído en Moisés también habrían creído en el Mesías (Juan 5: 46).

Las Escrituras son las que atestiguan de Jesucristo. Si no se examinan no se puede creer en el Mesías anunciado. Jesucristo siguió con su ministerio y sucedió lo que se conoce como el milagro de los panes y los peces. Cerca de cinco mil personas fueron alimentadas en base a cinco panes y dos peces. La multitud creyó que ese era el Profeta anunciado para el mundo. Al día siguiente, la multitud se metió en unos botes y viajaron a Capernaún para buscar a Jesús. Al verlo le preguntaron: Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?  Pero Jesús no buscaba seguidores, como lo hacen muchos activistas religiosos. El les declaró que le seguían porque habían comido suficiente, ni siquiera lo hacían por el milagro mismo sino por ganas de hartarse (Juan 6: 26). Ellos le preguntaron qué debían hacer para hacer las obras de Dios, pues habían escuchado de él que debían trabajar por la comida que no perece, por la que permanece para vida eterna.

Pero la respuesta de Jesús fue simple y sigue siendo la misma hoy día: Esta es la obra de Dios, que crean en quien él ha enviado. Pero la testarudez judía no tenía límite, como sucede hoy día con los incrédulos. Le pidieron una señal que pudieran ver para creerle. Se remitieron a lo que sus ancestros habían atestiguado, el maná comido en el desierto. Se regocijaban de que sus padres habían comido el pan del cielo. Pero Jesús de inmediato les volteó el argumento: les afirmó que Moisés no les había dado el pan del cielo, sino que su Padre les colocaba ante ellos el verdadero pan del cielo. Pues el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo. La multitud quedó impresionada con estas palabras y le pidieron muy respetuosamente que les diera a comer ese pan siempre.

En otros términos, los seguidores de Jesús querían comer ese pan del cielo, querían esa vida eterna. Tenían celo de Dios en alguna medida, estaban orgullosos de su pasado con Moisés y el maná comido en el desierto. Habían visto y sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces. Pero Jesús les dijo que a pesar de todo lo presenciado ellos no eran creyentes. Pero yo les digo que aunque me habéis visto no habéis creído (Juan 6: 36). Jesús les agregó lo siguiente: Todo lo que el Padre me da, viene a mí, y al que a mí viene no le echo fuera...Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que él me diere no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero (Juan 6: 37 y 39).

Los judíos comenzaron a murmurar molestos porque les había dicho que ellos no creían en él.  Como quedaron al descubierto intentaron racionalizar la razón por la cual no habían creído: ¿no es este Jesús el hijo de José?  Pero Jesús no les consoló para nada, sino que les dijo que dejaran de murmurar, y les recalcó la razón por la que murmuraban: Nadie puede venir a mí, a no ser que el Padre que me envió lo traiga. Y yo le resucitaré en el día postrero. Está escrito entre los profetas: Y ellos serán enseñados por Dios. Cualquiera que haya oído al Padre y haya sido enseñado por él vendrá a mí...Cualquiera que crea tendrá vida eterna. Yo soy el pan de vida (Juan 6: 44-48).

Ante la reiteración de Jesús de que ellos no creían en él, se volvieron literales, tratando de encontrar incoherencia en sus palabras. ¿Cómo puede este hombre darnos a comer su carne? (Juan 6: 52).  Les sucedió algo parecido a lo de Nicodemo, quien no entendía cómo era posible nacer de nuevo. ¿Será que hay que volverse a meter en el vientre de la madre? El absurdo de la metáfora se busca en la superficie de sus palabras, para desviar el sentido de ella. Jesús siguió hablándoles para causarles mayor rareza: ahora añadió la necesidad de beber su sangre y no solo de comer su carne. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él (verso 54). Jesús les declara que él es el verdadero pan del cielo, no el simple maná con el que sus padres se alimentaron en el desierto.

La gran sorpresa para el lector de la Biblia es lo que sigue: Cuando muchos de sus discípulos oyeron esto, dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (verso 60). Jesús sabía todas las cosas y por eso les preguntó retóricamente: ¿Esto os ofende? (verso 61)...Es el Espíritu el que da vida, la carne no ayuda para nada ...Porque hay algunos entre vosotros que no creen (Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar). (versos 63-64).  Lo mismo le había dicho a Nicodemo, que el nuevo nacimiento venía de arriba, de voluntad de Dios y por operación del Espíritu (Juan 3). Pero remata con una sentencia reiterativa de todo la razón por la cual no creían: Por esto es que os he dicho que nadie puede venir a mí a menos que sea garantizado por el Padre (verso 65).

Después de estas cosas muchos de sus discípulos se regresaron y no caminaron más junto a él. El paralelismo entre estos eventos y lo que acontece hoy día en las iglesias y fuera de ellas es asombroso. Recordemos que Jesús dijo estas cosas en la sinagoga de Capernaún. Si alguien enseña esta misma doctrina en un templo cristiano se encontrará con un grupo numeroso con igual reacción. Solamente once de entre todos sus discípulos que ya habían conocido su palabra y anhelaban comer del pan de vida eterna creyeron verdaderamente en su palabra. A esta doctrina de Jesús la llaman repugnante, pero de igual forma le cantan himnos y le tributan adoración. ¿Es esa adoración en espíritu y en verdad? ¿Acaso adoran lo que no saben? ¿Acaso tienen celo de Dios no conforme a ciencia?

Hoy día, como entonces, se ha construido un ídolo que suplanta al Dios viviente. Es la forma humana y racional de como percibimos que ha de ser el Dios sobre el que hemos escuchado hablar. Algunos más atrevidos leen las Escrituras y las tuercen, para su propia perdición, en el intento de configurar un dios a imagen y semejanza de los hombres. Este es el dios de la expiación universal, colectivo y comunitario. No se dan cuenta de que Jesús le huía a la multitud, de que habló de manada pequeña, de que escogió apenas a doce en el inicio de su ministerio, aunque uno era diablo para que la Escritura se cumpliese. Además exhortó a entrar por la puerta estrecha, a caminar por el camino angosto, a no amar al mundo sino a vencerlo.

En el capítulo 10 del evangelio de Juan Jesús es mostrado como el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Él llama a cada oveja por su nombre y va delante de ellas. Las ovejas le siguen porque conocen su voz, y como no conocen la voz del pastor extraño no lo siguen, sino que huyen de él. Yo soy el buen pastor, y yo conozco mis ovejas y ellas me conocen a mí. Así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas (Juan 10: 14-15). No puso su vida por los que no son sus ovejas. A los que le escuchaban y no creían en él les dijo: Ustedes no creen porque no son parte de mi rebaño (Juan 10: 26). Y en Juan 17 Jesús oró por sus ovejas y específicamente dijo que no pedía por el mundo. Entonces, ¿a cuál mundo amó tanto el Padre para dar a su Hijo como Cordero expiatorio? Jesús se lo explicó a Nicodemo, como bien relata Juan capítulo 3. El nuevo nacimiento es obra del Espíritu por voluntad del Padre. Además, nadie puede nacer de nuevo (ir a Jesús) si el Padre que envió a Jesús no lo llevare a él. Jesús puso su vida por las ovejas, pero a unos les dijo que no podían creer en él porque no eran de sus ovejas. Ser oveja es la condición sine qua non para poder creer en Jesús. Esa cualidad del ser viene dada desde los siglos, por el Padre de las luces. Y no hay otro Dios fuera del Dios revelado, y de su mano no hay quien libre ni existe quien le pueda decir: ¡Epa!, ¿qué haces?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:42
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