Jueves, 31 de mayo de 2012

El perdón puede definirse de muchas formas, pero quizás sea necesario retener al menos una de ellas.  Es el acto de no retribuir las ofensas con el castigo merecido. Salah es el vocablo hebreo para perdonar, y se aplica al acto divino de perdonar los pecados. No es el mismo vocablo que se usa entre humanos para perdonarse las faltas unos de otros. En el Levítico se observa la manera en que el sacerdote ofrecía el sacrificio por el pecado de las personas para que fuesen perdonadas. Existen los pecados y perdones corporativos: si se humillare mi pueblo...yo oiré desde los cielos y perdonaré sus pecados (2 Crónicas 7: 14). No obstante, no se incluían en el sistema de sacrificios aquellos delitos de condena de muerte, como el adulterio, el asesinato, la hechicería y otros más.

Dado que los sacrificios del Antiguo Testamento eran una sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas (Hebreos 10:1), se implica que el perdón ofrecido se concedía sobre la base del sacrificio de Cristo, destinado desde antes de la fundación del mundo, como un Cordero sin mancha y sin contaminación, manifestado en los postreros tiempos (1 Pedro 1: 18-20).

Si bien la ley de Moisés contemplaba castigos de muerte para ciertos pecadores, existen pruebas de perdón especial concedido por Jehová -más allá de la Ley- ante los corazones contritos y humillados. Vienen a mi mente en forma inmediata tres casos muy conocidos: 1)David y su pecado de asesinato y adulterio, quien fue perdonado y mantenido como rey de Israel; 2) el caso del rey Manasés, quien se dedicó a asesinar a los niños pasándolos por el fuego de Moloc, incrementó la hechicería de su pueblo con las divinidades paganas, pero fue alcanzado y restituido como rey por la misericordia de Jehová; 3) el ladrón en la cruz, reconocido criminal y sedicioso que merecía el castigo, pero que fue perdonado en su ofensa espiritual, pues está gozando de las delicias eternas.

Tal vez el más bárbaro de los tres sea Manasés, quien, siendo rey de Judá sucesor de Ezequías su padre,  siguió una política religiosa opuesta a la norma bíblica, pues toleró los cultos asirios, incluso en el templo de Jerusalén, así como elementos sincréticos en el culto a Jehová, incluyendo la invocación a los muertos y los sacrificios de niños, lo que suscitó las protestas de los profetas, que le anunciaron el castigo divino. Diríamos que para él no habría perdón ni esperanza. Sin embargo, Dios puede humillar a los más soberbios, pues el Señor trajo contra ellos a los asirios, los cuales llevaron a Manasés en grillos hasta Babilonia. Después de su agonía clamó a Dios y fue escuchado para su beneficio y perdón absoluto.

El Salmo 86: 5 declara: Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador. Nosotros hemos tenido redención por la sangre de Cristo, el perdón de pecados (Efesios 1: 7; Colosenses 1: 14). Una consecuencia inevitable del perdón de Dios en nuestras vidas es el perdón que hacemos a nuestros semejantes: Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores...Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas (Mateo 6: 12-14).

LA BASE DEL PERDON

Jesús es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, decía Juan el Bautista (Juan 1: 29). Y llamará su nombre Jesús, pues él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1: 21). De manera que queda explicado por la Biblia que el mundo del cual el Cordero quita el pecado es el de su pueblo, de otra forma no tendría sentido una expiación universal con un infierno de fuego para los pecadores no redimidos.

Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale (Lucas 17:3, 4). Esta es la consecuencia colateral del perdón: el perdón a nuestros hermanos en forma absoluta. También lo es el perdón a los demás (incluye a los que no son hermanos) porque dijo el Señor que perdonáramos a nuestros deudores. En ellos puede tener otro efecto, el de amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza, pero en nosotros el efecto es maravilloso: la terapia del amor, sin odio ni rencores, y olvidándonos de las faltas en forma absoluta.

¿No dice la Biblia que Dios echó nuestros pecados al fondo del mar, y que nunca más se acordará de ellos? El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados (Miqueas 7: 19) ... porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado (Jeremías 31: 34). Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados (Isaías 43: 25). En Hebreos 10: 17 se repite que el Señor nunca más se acordará de nuestros pecados y transgresiones, por lo tanto debemos gozarnos porque nuestras transgresiones han sido borradas y cubierto nuestro pecado.

No se trata de un perdón temporal ni condicional, sino de un perdón absoluto, por cuanto la base para el mismo fue el sacrificio representativo de Jesucristo en la cruz. El llevó el pecado de su pueblo y de su trabajo verá fruto y quedará satisfecho. Eso lo dice la Escritura en múltiples pasajes (véase el libro de Isaías y los cuatro evangelios).

LA PRACTICIDAD DE ESTA DOCTRINA

De un lado estamos seguros, pues no hay ninguna condenación para los que estamos en Cristo Jesús (Romanos 8: 1), y del otro sabemos que el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (Hebreos 12: 6). Acordémonos de lo que le pasó a Manasés, a David y al ladrón en la cruz. Fueron azotados como consecuencia de sus transgresiones, pero fueron igualmente perdonados y están en la presencia del Señor. Jesucristo no vino a buscar sanos sino enfermos. Vino a buscar lo que se había perdido. Es por eso que el profeta Isaías exclama: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. ¿Quién puede oír su voz y no endurecer su corazón? Aquel a quien el Padre lleva hacia el Hijo, pues ninguno puede ir a Jesucristo a no ser que el Padre lo lleve (Juan 6:44).  Pero una vez llevado existen garantías absolutas: el perdón de pecados, nadie nos puede arrebatar de las manos de Cristo, Cristo no le echa fuera, será resucitado en el día postrero, tenemos el Espíritu de Cristo como arras.

Todo esto nos lleva a comprender que a los que a Dios aman todo ayuda a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8). Otra consecuencia necesaria del perdón de Dios es el que nos dediquemos a buscar las cosas de arriba, poniendo la mira no en las de la tierra. Es que hemos muerto y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 2).

Por lo tanto, si Dios no se acuerda más de nuestros pecados no deberíamos permitirnos el lujo morboso de recordar nosotros el mal que hemos hecho. Dejando lo queda atrás hemos de proseguir a la meta del supremo llamamiento. Si nuestros pecados reposan en el fondo del mar, ¿por qué hemos de ir a ellos en un buceo desenfrenado de nuestro espíritu? De igual forma, si los pecados de nuestros hermanos yacen en lo profundo del mar, ¿hemos nosotros de remover las aguas para intentar que aparezcan en la superficie los trapos sucios?

Nuestra tarea es quedarnos en el reposo de Dios, donde hemos entrado por la gracia concedida en la elección, en la expiación representada de Cristo, en la sustitución de nuestro castigo por su castigo. El llevó nuestras transgresiones, de manera que por la fe en su palabra hemos de entrar en el absoluto reposo. Sabemos que Cristo todavía intercede por nosotros, que el Espíritu nos ayuda en nuestras oraciones, pues en ocasiones no sabemos ni lo que hemos de pedir. Además, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, Cristo nos oye y sabemos que tenemos las cosas que hayamos pedido. De manera que liberémonos de la atadura del morbo del pecado, del morbo del recuerdo de los mismos. ¿Acaso no estamos sentados con Cristo en los lugares celestiales?

Todas estas cosas han sido escritas para nuestro conocimiento y beneficio. Sucede que muchos de nosotros hemos pasado demasiado tiempo detrás de una pantalla televisiva, o metidos en un cine, consumiendo el alimento del odio y del rencor, de la venganza. Nuestras lecturas de la prensa diaria nos impulsa a recordar que en el mundo existen guerras y rumores de guerras, dictadores, gobiernos opresores, la maldad aumentada. Quizás nuestro inconsciente busca refugio en la literatura o en el cine que nos muestra una cara de la justicia: la venganza hecha por el héroe. Afianzados en esa idea nos cuesta recibir la terapia del perdón enunciada en la Biblia. Ya hemos sido perdonados, pero el héroe vengativo busca escarbar en lo profundo de nuestros corazones para torturarnos por los pecados cometidos.

Si invirtiéramos más tiempo en la lectura de la palabra de Dios, estoy seguro de que sanaríamos más rápido de las heridas que nosotros mismos nos infligimos. Nos gusta sumergirnos al fondo del mar para repasar los pecados y afianzarnos en la idea de lo malo que hemos sido. Con esa idea en mente el héroe vengativo intenta fustigarnos para que perdamos el reposo. Pero todo es una ilusión vana, ya que la palabra de Dios es absoluta, es totalmente veraz. Hemos sido perdonados y el Señor no se acordará nunca más de nuestros pecados. ¿Por qué hemos de insistir nosotros en recordarlos?

Alegrémonos en la bendición del perdón, pues nuestro pecado ha sido cubierto con la sangre de Cristo. Entrar y quedar en el reposo de Cristo es tan sencillo y posible como entender que hemos sido perdonados por su trabajo representativo en la cruz. Murió por sus ovejas, por su pueblo, por los elegidos. A nosotros nos dijo: no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre os ha placido daros el reino. De nuevo, no temamos por nuestros pecados, pues no solamente hemos sido perdonados sino que Dios ha prometido que nunca más se acordará de ellos. Sería una vergüenza estar en su presencia y que Él se acordara de nuestras transgresiones. Ese perdón otorgado en la cruz sería parcial, en parte inútil, pues sufriríamos eternamente reconociendo que nuestro Dios tiene en sus mentes nuestras faltas. Pero para beneficio de la mente del Señor, y de la mente nuestra, ha querido no recordarlos más. La figura metafórica que usa es fuerte: el pecado pesa tanto que se hunde fácilmente en el fondo del mar. Sabemos que es imposible para nosotros llegar a lo más profundo del océano y comenzar a hurgar en él. Si Dios lo ha dicho, ha de ser cierto.

En esta certidumbre se alimenta nuestro descanso.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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