Lunes, 28 de mayo de 2012

El pecado no fue un accidente, y la redención no fue una simple reacción de parte de Dios. El Señor trabaja cada cosa para sí mismo, aún al impío hizo para el día malo (Proverbios 16: 4). Mucha gente dice creer en Dios, pero en realidad no lo conoce. Prueba de ello son los falsos sistemas teológicos que anuncian a un Dios conforme a una razón desviada. Ya que no soportan la teología expresada en las Escrituras, construyen una muy semejante, cuidándose de mantener los mismos nombres de las figuras, pero sutilmente llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno. La gente no tolera la absoluta soberanía de Dios, sino que quiere exigir una parte de la libertad humana para que el hombre siga siendo la medida de todas las cosas. Solamente la labor del Espíritu permitirá que el ser humano abandone todo vestigio de sí mismo y se postre ante la soberanía absoluta de Dios. Es desde esa asunción que desaparece la ofensa causada por el Dios que hace como quiere.
A los creyentes mencionados en Juan 6 les pareció dura de oír esa palabra. Jesús les preguntó entonces: ¿Esto os ofende? Porque sabía que murmuraban entre sí y que se sentían ofendidos. Los reprobados ante Dios no se crearon a sí mismos, sino que fueron hechos por Dios. Asimismo, los escogidos para salvación lo son por gracia soberana, formados por Dios, no creados por ellos mismos. No es por obras, a fin de que nadie se gloríe, sino por el que llama, para que permanezca el propósito de la elección. A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí, antes de que hiciesen bien o mal. Esa es la palabra de la cruz que ofende más que cualquier otra: la gente resume que acepta el sacrificio de Cristo, pretende comprender que sin su ayuda estaríamos perdidos, pero se niega a aceptar que murió en representación de los elegidos del Padre (no ruego por el mundo -Juan 17).
Si no hay un llamado universal de parte de Dios, entonces Dios es injusto. Esto es lo que se llama un comunismo teológico, por supuesto demagógico. Pero aun habiendo creído en Jesucristo muchos lo dejaron porque se sintieron ofendidos con el asunto de la predestinación. Nadie viene a mí si el Padre que me envió no le trajere, fueron las palabras ofensivas de Jesús. A pesar de sus milagros, a pesar de haber comido de los panes y los peces, de haber escuchado sus prédicas, de creer en él como el Hijo de Dios, se fueron apesadumbrados porque se sintieron ofendidos por esa dura palabra de oír.
Muchos prefieren la confusión lógica antes que el orden de la creación. Dios decretó quiénes serían los reprobados antes de mirar en sus pecados, antes de hacer bien o mal (Romanos 9). La Biblia enseña que la reprobación es incondicional, así como la gracia también lo es, y le compete a Dios el haber creado a unos para vida eterna y a otros para condenación eterna. Los que reviran en este punto piensan que ofenden a Dios si aceptan las palabras reveladas en las Escrituras, pero en realidad se ofenden a ellos mismos y tuercen lo revelado para su propia perdición, pues para eso también fueron destinados. En el ejemplo de Juan 6, Jesús se volvió a su pequeño grupo y les preguntó si ellos querían irse también. El sabía a quiénes había elegido, y que uno de ellos era diablo, el que le habría de entregar. Los otros, que también habían presenciado sus milagros y discursos se retiraron ofendidos y murmurando, porque les pareció dura de oír esa palabra, como hoy en día le sucede a millones de personas llamadas cristianas. Sabemos que Jesús no les rogó que se quedaran, sino que los confrontó y dejó que se fueran de su lado, porque nunca les había conocido. De igual forma sucederá con aquellos que se ofenden con la doctrina de la predestinación absoluta y soberana de Dios.
Esto es repugnante, dijo Arminio, el célebre Remonstrant de la Reforma Protestante. Eso lo repiten sus discípulos de cualquier denominación, pues no toleran que se irrespete el absoluto libre albedrío del hombre. Ellos ignoran que el albedrío es esclavo de la misma predestinación o destino que Dios ha decretado. Los arminianos sostienen que si hubo predestinación esta debió hacerse después de la caída humana, confundiendo con ello lo lógico con lo histórico. La lógica bíblica asume y prueba que Dios decretó la caída del hombre para poder cumplir con el decreto de la reprobación. De igual forma cumpliría con el decreto de la redención, pues que el Cordero de Dios estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, como afirma el apóstol Pedro. ¿Cómo es que estuvo preparado desde antes de la creación del mundo, si Dios no hubiese preparado la caída objetiva de la humanidad?
Pero asumir lo que la Biblia propone es ofensivo, y resulta un eufemismo enfermizo pretender decir que eso ofende a Dios, cuando quien objeta contra el Hacedor es el que está horrorizado por sus decretos soberanos. Es lógico y bíblico que el decreto de la elección y de la reprobación ocurriere antes del decreto de la caída de la humanidad. Porque Dios es de orden y no de confusión, porque su mente es lógica y su sabiduría no tiene límites. Dios no es un jugador de naipes para esconderse la carta del Cordero debajo de su manga, por si acaso el hombre llegare a caer. Eso es lo que pretenden creer quienes niegan la absoluta soberanía de Dios, pues pretenden en su ligereza de mente asegurar que en su ejercicio soberano Dios quiso dejar un espacio o lugar en donde el hombre tome su decisión acerca de su destino. En otros términos, soberanamente le entregó parte de su soberanía al hombre para que decidiera. Tal Dios no merecería llamarse así, pues sería otro muy distinto al de las Escrituras y chocaría con la lógica que una mente sana ha de tener. Al menos los creyentes (elegidos) tenemos la mente de Cristo para poder razonar en forma adecuada.
Dios es glorificado por los elegidos en la salvación, y por los reprobados en la condenación. Véase Isaías 43: 6-7, cuando Dios clama al norte y al sur para que traiga a sus hijos e hijas, desde los términos de la tierra, cada uno de los que son llamados por su nombre, a los cuales Él creó para su gloria, a los cuales formó e hizo.
Ahora bien, Dios puede alcanzar y rescatar a uno de sus elegidos en cualquier tiempo, y bajo las circunstancias que Él haya decidido escoger. A Juan el Bautista le dio el Espíritu Santo desde antes de nacer, pero al ladrón en la cruz se lo impartió justo momentos antes de morir. Esta realidad que maravilla lleva a muchos a desvariar pues en el segundo caso, el del ladrón en la cruz, presuponen que no le fue necesaria ninguna teología, ni antes ni después de creer. De ser cierto esto, la teología o la doctrina bíblica es secundaria y lo que interesa es que se reconozca que la salvación pertenece al Señor (Jonás 3:9). Y como la salvación depende del Señor no depende de la teología.
Sin embargo, este razonamiento es falaz y por lo tanto peligroso. Si no se cree en el evangelio no se es salvo (Marcos 16: 16); el evangelio revela la justicia de Dios (Romanos 1: 17); por mucho celo que se tenga de Dios, si se ignora la justicia de Dios revelada en el evangelio tampoco se es salvo (Romanos 10: 3). Si esto es cierto, y lo es porque es palabra revelada, entonces el ladrón en la cruz debió creer toda esta doctrina. ¿De qué tiempo dispuso para creer todo esto? ¿Acaso tuvo en sus manos los papiros del Viejo Testamento? ¿Escuchó la predicación de algún apóstol? Sabemos por su contexto social que fue un criminal que estuvo preso, y allí en su cárcel no le llegó la información apostólica en forma directa. Pero el ladrón creyó en la sangre sacrificial y la justicia imputada de Cristo solamente, sin añadirle obras de la ley (que tampoco tuvo tiempo de hacerlas). También creyó que Dios es el que justifica. Comprendió en su momento de muerte que el trabajo de Cristo, solamente, hacía la diferencia entre la salvación y la condenación. Toda esta actividad doctrinal le fue mostrada por obra del Espíritu, quien es el que hace nacer de nuevo. Recordemos que a Juan el Bautista le fue dado el Espíritu antes de nacer, pero al ladrón en la cruz en el momento de su muerte. Es por obra del mismo Espíritu que se logra comprender la verdad doctrinal de la cual hablan las Escrituras.
Si alguno no cree en el evangelio, si ignora la justicia de Dios revelada en el evangelio, si no entiende que solamente el trabajo de Cristo es suficiente para imputársele como garantía de la salvación, entonces está absolutamente perdido, por más celo de Dios que manifieste (Romanos 10: 1-3).
Dios no salva a alguien para dejarlo en la ignorancia de lo que es el evangelio, pues ¿qué es la regeneración, sino el nuevo nacimiento donde se le imparte un corazón de carne para eliminar el de piedra, de manera que se pueda comprender y seguir el mandato divino? ¿Y cuál es ese mandato, sino comprender que es por gracia, y no por obras, a fin de que nadie se gloríe en su presencia en cuanto a la salvación? Pablo le dijo a Timoteo que se ocupara de la doctrina, pues de esa manera se salvaría a sí mismo y ayudaría a otros. La doctrina (teología) es tan importante, que sin ella el celo por Dios es inútil (Romanos 10). Sin embargo, no se coloca la carreta delante del caballo. El conocimiento doctrinal o teológico viene como consecuencia del nuevo nacimiento, pues el hombre no regenerado ¿cómo podrá discernir las cosas espirituales, si está muerto en delitos y pecados, y para él son locura?
El Espíritu Santo no va a regenerar a una persona para dejarla en la ignorancia respecto a lo que es el evangelio. Por ejemplo, no va a tomar a un mormón para renacerlo y dejarlo en la ignorancia que presupone la doctrina mormona. Asimismo, la doctrina importa tanto que debemos ocuparnos de ella, pero a ésta la llegamos a comprender cuando hemos nacido de nuevo. Es una consecuencia inevitable, y aunque no es causa de la salvación es su inmediato fruto. La verdad nos hace libres, pero debemos conocerla primero. Jesucristo es la verdad, conocerlo a él presupone haber nacido de nuevo. Ese fue el enredo de Nicodemo (Juan 3) quien era un fariseo preocupado por las cosas del Señor, pero que no entendía aquello del nuevo nacimiento. La razón de su entuerto fue que no había nacido de nuevo, de manera que su celo de Dios era sin entendimiento, no conforme a ciencia (Romanos 10).
Ciertamente el evangelio está escondido en los que se pierden (2 Corintios 4), pero Dios nos ha dado la luz del conocimiento de la gloria de Dios en Jesucristo (2 Corintios 4: 3-6). Miremos a Romanos 6: 17-18 por un momento y nos daremos cuenta de qué conocimiento se trata: que hemos obedecido en el corazón la forma de doctrina que nos fue enseñada, por lo cual nos hemos convertido en siervos de la justicia, ya libres del pecado.
César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:30
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