Viernes, 25 de mayo de 2012

Muchos se preguntan de dónde viene tanta maldad en medio de la humanidad. La razón fundamental se encuentra manifestada en la Revelación Divina, en lo que se conoce como la Biblia. El hombre se constituyó como pecador por su relación con Adán. El Salmo 51 declara que hemos sido formados en maldad y concebidos en pecado. En el libro de Romanos se habla de la maldad inherente a la humanidad, como producto de su naturaleza: todos se han extraviado, todos están destituidos de la gloria de Dios.
A muchos esto no les resulta ningún problema, pues suponen que eso es materia de religión. De verdad que este asunto de la gloria de Dios trasciende el hecho religioso. El estar destituido de su gloria es lo que hace que por naturaleza al hombre no le importe conocer o desconocer de qué trata la gloria del Dios invisible. El pecado es tan devastador que basta uno pequeño para estar enemistado con Dios. De manera que creer o no creer en Dios es un asunto relacionado con su gloria; para entender la verdad hace falta ser de la verdad; para creer en Dios es necesario que el Padre haya generado en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.
Dado que el hombre está muerto en sus delitos y pecados, está cegado y corrompido. Es un ser captivo en las garras de Satanás. El ser humano actúa libremente de acuerdo con su naturaleza pecaminosa. Es libre para el mal, aunque en este punto hay que reconocer que aún al malo hizo Dios para el día malo, de manera que la susodicha libertad para el mal, como producto de su naturaleza maligna, no lo hace independiente de Dios. Todo lo contrario, el ser humano está tan incapacitado que no entiende lo que es la libertad. De manera que hablar de la libertad para el mal o para pecar es un sinsentido, es simplemente una metáfora relacionada con la naturaleza pecadora del hombre. La única manera de ser libre es conociendo la verdad.
Pero Jesucristo dijo que él era la verdad y la vida, que nadie vendría a él a menos que el Padre que le envió lo trajere hacia él. Por supuesto, el que va a Cristo no será echado fuera, porque nadie puede ir a él si el Padre no lo enviare (lo arrastrare, como dice el texto griego). De manera que nadie es libre, porque nadie puede ser independiente del Creador. Cualquier intento por separarse de él es parte del plan perfecto y eterno como inmutable que tiene acerca de su obra creada. El sigue siendo el Alfarero y nosotros el barro en sus manos. Cierto es que todos los seres humanos somos un conglomerado formado de la misma masa, pero solamente la voluntad y el propósito del Alfarero es lo que ha permitido que existan unos vasos para honra y otros para destrucción.
Llegados a este punto muchos se preguntan ¿por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido su voluntad? Ese es el anuncio del evangelio, ese es el centro del enunciado bíblico: nadie escapa del dominio del Dios viviente. Por eso leemos en la Biblia que Dios se propuso la salvación de algunos y no de toda la raza humana. De la misma forma, quiso preservar a un grupo de sus ángeles para que no cayesen en el pecado, pero al resto que fue arrastrado a la sublevación no le fue permitido el arrepentimiento para perdón de pecados.
Esto asombra, pues el hombre que es menor que los ángeles tiene la oportunidad de la redención. Decimos que el hombre la tiene, si bien sabemos por las Escrituras que no cada miembro individual de la raza humana la tiene. Cristo dio su vida por los muchos, por los escogidos, por su pueblo, por las ovejas. No la dio por las cabras, no la dio por Faraón, ni por Judas, ni por los Esaú. Tampoco por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Antes de aventurarse a suponer que esta realidad sea grotesca, simplemente debemos mirar el lado bueno del asunto. Hay esperanza en Jesucristo, pues los que miraron a él no fueron avergonzados. Si alguno confiesa con su boca y cree en su corazón que Jesús es el Señor, este será salvo. Pero nadie puede ir a él a menos que sea enviado por el Padre. Nadie puede nacer de nuevo, a no ser por voluntad de Dios, para entrar en el reino de los cielos.
Todo parece obedecer a un plan eterno e inmutable, pues la Biblia está repleta de textos que anuncian la predestinación, la preordinación de todas las cosas. Las mismas profecías no son otra cosa que la prueba ineludible de que existe un plan anticipado, desde los siglos. Dice el apóstol Pedro que el Cordero de Dios estaba preparado desde antes de la fundación del mundo. ¿Cómo es esto posible, si el hombre todavía no había sido creado? Simplemente que la caída de Adán fue preordinada, pues de lo contrario Jesucristo no hubiese estado preparado como Cordero Salvador. Pero hay más, Pablo habla en Romanos 9 que Jacob y Esaú fueron escogidos antes de que hiciesen bien o mal, y sabemos que el hombre desde su embrión está formado en maldad, como lo afirma David en varios salmos, en especial en el 51. Entonces, si ellos fueron escogidos antes de existir la oposición del bien y el mal, antes de hacer bien o mal, se implica que fueron escogidos antes de que existiese el pecado en el mundo.
Dice el libro de Apocalipsis, en capítulo 13: 8 y 17: 8 que la bestia será adorada por aquellos cuyos nombres no estén inscritos en el libro de la Vida del Cordero desde la fundación del mundo. Y dice que Dios puso en los corazones de los hombres el dar el dominio y el poder a la bestia. Con esto en mente y en los textos bíblicos, no nos queda sino humillarnos ante la poderosa mano de Dios en el entendido de que él hace como quiere, que no tiene consejero y que nadie escapa de su mano. Sin embargo, nadie puede alegar que es forzado a actuar en el mal o en el bien. Lo que Dios hace es perfecto, porque el hombre actúa por naturalidad. La maldad proviene de su naturaleza pecaminosa, y la bondad viene del corazón de carne implantado en los escogidos. Lo demás es un matiz de relatividad que depende de cómo se mire la actuación del hombre. Jesucristo afirmó que el hombre es malo y sabe dar buenas dádivas a sus hijos, de manera que en esa relatividad se puede valorar el bien frente al mal. Pero no tiene poder el ser humano para dejar de pecar, o para pagar por su pecado, pues la paga del pecado es muerte.
Jesucristo se entregó en rescate por muchos y ha visto el fruto de su aflicción. Pero el rescate hecho por Jesucristo no es por toda la humanidad, sino por los que el Padre le dio. De allí que no rogó por el mundo, sino por los que el Padre le había dado. Cristo intercede por los que él representó en la cruz (Juan 17: 1-2, 6-12, 20-21, 24-26). Cristo intercede por la misma gente por quien se ofreció asimismo como sacrificio (Hebreos 7: 24-27; 9: 12). Jesucristo entró al lugar santísimo como sumo sacerdote eterno, intercediendo por su pueblo (no por Judas, ni Faraón, ni Esaú, ni el gran etcétera del mundo). De allí que el sacrificio de Cristo es efectivo o eficaz, pues justifica (Isaías 53:11). El soportó y cargó todas nuestras iniquidades, de tal manera que su muerte, resurrección e intercesión es una incontrovertible razón para la no condenación de su pueblo. El apaciguó la ira del Padre, pues eso se conoce como ¨propiciación¨. Jesucristo compró con su muerte un nuevo corazón para su pueblo, así como fe y arrepentimiento. Jesucristo murió para establecer el nuevo pacto que fue una promesa de fe, arrepentimiento y conocimiento de Dios (Jeremías 31: 33-34; Ezequiel 36: 26-27). Aquellos a quienes Dios se propuso redimir son los que hoy tienen fe salvífica, son los que creen (Juan 3: 16).
Existe un conglomerado inmenso de gente salvada de toda nación, de cada clase humana, pero cuando se habla de todo el mundo o de todos los hombres se hace referencia a un pueblo particular, celoso de buenas obras. Pues si Dios se hubiese propuesto con la muerte de Cristo apaciguar su ira en todos los hombres, no existiría el infierno para ningún humano. De allí que la palabra mundo a veces signifique muchos o los elegidos (léase Juan 3, en el contexto de Jesús hablando a Nicodemo, explicando quiénes son el mundo amado, aquellos que son nacidos de nuevo y que lo son por voluntad divina, no humana).
Si Dios hubiera expiado en Cristo los pecados de toda la humanidad, entonces no sería justo que castigara a algunos en el infierno. Y si como algunos sostienen que Cristo murió por todos los hombres pero algunos no creen y se condenan, entonces hay que considerar en forma especial el pecado de la incredulidad. Cuando Cristo cargó nuestros pecados, fueron todos los de los elegidos, de manera que el pecado de incredulidad también está incluido. Sin embargo, alegar que algunos no creen y por eso se condenan, a pesar de que Cristo murió por ellos, es una incongruencia lógica con el hecho de que cargó con todos nuestros pecados. Esa carga incluía también el pecado de incredulidad. De esta forma, los incrédulos no deberían ir al infierno por cuanto ellos fueron representados en la cruz por Jesucristo, incluyendo todos sus pecados -es decir, el de incredulidad también.
Para evitar la incongruencia justo es entender que la representación de Cristo en la cruz fue hecha por su pueblo, por las ovejas extraviadas, por los elegidos de su Padre. Si fueron representados y sus pecados expiados, ninguno puede perderse, pues nadie puede arrebatar a las ovejas de las manos de Cristo, pues el Padre es mayor que todos. No obstante, ha de deducirse que los que se pierden no eran de nosotros, como lo afirma el apóstol Juan, aunque andaban con nosotros. La eterna ira de Dios contra el impío significa que sus pecados no fueron propiciados por Jesús en su muerte. Bueno es traer a la memoria el trabajo de John Owen denominado La muerte de la muerte en la muerte de Cristo, en el cual expone algunos principios básicos de lógica teológica. Dice Owen que el Padre impuso su ira sobre su Hijo representando las siguientes posibilidades:
1) El Hijo cargó con todos los pecados de toda la humanidad;
2) El Hijo cargó todos los pecados de algunos hombres;
3) El hijo cargó algunos de los pecados de todos los hombres.
Si la proposición número uno es correcta, todos los hombres tienen todos los pecados perdonados, por lo cual no hay un ser humano en el infierno. Si la segunda proposición es la correcta, entonces Cristo pagó por todos los pecados de los elegidos en todo el mundo (lo cual es cierto). Si la proposición número tres es la correcta, todos los hombres tienen todavía algunos pecados sin pagar, por lo cual todos van al infierno. De manera que si alguien alega que Cristo murió por todos los pecados de todos los hombres pero algunos no creen, eso implicaría que Cristo no expió el pecado de incredulidad, lo cual sería un absurdo bíblico y una mentira. Equivaldría a decir que no murió por todos los pecados.
Con tantos textos bíblicos que señalan la soberanía de Dios en la elección y la salvación humana, así como en la condenación de muchos, deberíamos entrar en razón como lo propuso Owen. Lo contrario implica tener un razonamiento torcido, como también supone torcer las Escrituras para su propia perdición. De allí que Jesús un día dijo que examináramos las Escrituras, porque en ellas suponíamos que estaba la vida eterna y ellas daban testimonio de él.

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:13
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