Mi?rcoles, 23 de mayo de 2012

Para el mundo judío Jesucristo no vino como Mesías, porque no cumplió las expectativas que tenían del hombre esperado. Resulta indudable que existe una alternativa a esta situación planteada: si Jesús no es el Mesías, el universo cristiano ha creído una mentira, pero si es el Mesías entonces son los judíos los que están en rebelión contra Dios. Esto no se restringe solamente al ámbito judaico, sino al planeta entero.
El Mesías que habría de venir, según las Escrituras, era Dios mismo, como lo afirmó el evangelio de Juan: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios... En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció (Juan 1). De igual forma en el Antiguo Testamento el Salmo 110:1 exclama: Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Recordemos que el mismo Jesús planteó a sus enemigos acerca de cómo David pudo escribir estas líneas si el Mesías que vendría no sería Dios mismo. El salmista reconoció en sus versos al Mesías como su Señor.
La mejor forma de mostrar a Dios o de Dios mostrarse a Sí mismo es a través de un modelo idóneo. No pueden las cosas finitas o creadas ser la imagen de lo infinito o del Creador. Eso lo asegura el libro de Romanos, cuando enuncia que los hombres cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de cosas corruptibles, como reptiles, aves, cuadrúpedos y humanos (Romanos 1). Aunque el apóstol Pablo aseguró que la creación misma sería suficiente prueba objetiva para reconocer al Creador, el hombre pervirtió la visión sobre el autor de la vida y de todo cuanto existe. De allí que el Mesías enviado tendría entre tantos propósitos el de ser imagen fiel y exacta de la divinidad, pues era Dios hecho hombre. Jesús lo confirmó una vez más: Antes que Abraham fuese, Yo soy (Juan 8: 58).
A pesar de las pruebas bíblicas y milagros de Jesús, los suyos (los judíos) no le recibieron. ¿Qué esperaban ellos del Mesías? Quizás lo mismo que aguarda el mundo hoy día respecto a un cambio drástico en la humanidad, en las condiciones sociales y políticas del planeta. Muchos piensan que si la Jerusalén de entonces hubiese sido redimida del yugo romano, se hubiese disipado la duda acerca del mesianismo de Jesús. Sin embargo, la visión que tiene Dios del mundo es diferente de lo que un humano espera. Fue mejor para Daniel y su mundo circundante, y para nosotros favorecidos con su testimonio, el que fuese lanzado al foso de los leones. Pero en una visión enfocada en un punto específico y estrecho hubiese sido mejor que Daniel no hubiese sufrido ese trauma. No es el estado de un imperio o de una ciudad cualquiera lo que prueba que somos salvos, sino la voluntad de Dios revelada en las Escrituras.
Si el mundo fuese una especie de paraíso político socioeconómico, no garantizaría la justicia de Dios para salvación. De manera que debemos mirar ese otro efecto de la venida del Mesías: la redención de su pueblo. El paraíso político conseguido en la Palestina de Jesús no sería garantía suficiente en la historia sucesiva: después de los romanos vinieron otros, los de Bizancio. Más tarde, y antes del imperio Otomano, estuvieron los Cruzados. De manera que una liberación política no aseguraría el propósito ulterior pretendido por el Creador: la redención de su pueblo (Mateo 1: 21). Si Israel hubiese quedado liberada del imperio Romano de entonces, nosotros los gentiles no tendríamos esperanza, y los judíos estarían lamentando la debilidad de su Mesías que satisfizo un período de su historia pero no todo su trayecto en la línea del tiempo en la tierra.
Isaías proclama el acierto del Mesías a venir: Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11). El Mesías es el centro del evangelio, pues tendría que vivir una vida sin pecado y sufrir una muerte de criminal, de forma que estableciera la justicia que satisfaría la exigencia de Dios en su ley perfecta e inflexible. De esta forma, los pecados del pueblo de Dios le fueron imputados a Jesús, por lo cual se predica que Jesús murió por los pecados de su pueblo, que justificó a muchos y no a todos, que salvó a los escogidos del Padre. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5: 21).
Esta no es una salvación temporal sino eterna. No es una redención restringida al ámbito judaico sino amplificada al mundo gentil: con muestras de toda lengua, tribu, pueblo y nación. Sencillamente porque la justicia establecida por Jesucristo salva al pueblo de Dios de la pena que merece el pecado. Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados (Hebreos 10: 4), de manera que un toro no tiene la misma naturaleza que un ser humano. Sin embargo, Jesucristo es Dios encarnado, con la naturaleza humana, el Verbo hecho carne, pero sin pecado, para poder satisfacer la justicia exigida por nuestros pecados. De allí que a Jesucristo se le llame también el Mediador entre Dios y los hombres, Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo (Hebreos 2: 17).
Pero además de este gran propósito mostrado en el evangelio, el Mesías vendría según las profecías para cumplir otros propósitos también históricos. Veamos algunos de ellos: 1) El mundo se volvería a Dios -Para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación (Salmo 67:2); Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra (Isaías 49: 6). Esto no implica que se refiera a cada individuo de cada nación, en forma distributiva, sino de manera colectiva, pues muchos son los llamados y pocos los escogidos. Ni siquiera son todos los llamados, sino muchos y los escogidos pocos. 2) Restaurar el reino de David, asunto acometido, ya que Jesús es descendiente de David según la genealogía humana (Salmo 132: 11). 3) El año sabático y el jubileo, para el descanso del pueblo de Dios, como lo anunciaba el Levítico (25: 8-12) Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas (Hebreos 4: 9-10).
Por cierto, que el reposo de Dios conseguido en Cristo se realiza gracias a la justicia por medio de la fe. Pues aparte de la ley se ha manifestado la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Como todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, hemos sido justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Sencillamente Dios lo puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. No queda espacio para la jactancia, pues el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley, lo cual es nuestro máximo reposo (Véase Romanos 3: 21-28).
Dios es justo y salvador, las dos cosas al mismo tiempo. Por eso Cristo es la justicia de Dios, para salvar a su pueblo de sus pecados. Entremos en ese reposo, con la conciencia clara de que el Mesías prometido vino a este mundo para salvar lo que se había perdido. No vino a salvar sociopolíticamente a su pueblo, sino a redimirlo de sus pecados, a amistarlo con Dios, a meterlos en su reposo. En ocasiones el mundo real engaña y asusta, por lo cual las cosas espirituales hay que discernirlas espiritualmente. El poderoso no fue el rey que ordenó meter a Daniel en el foso de los leones, sino el Dios de Daniel quien lo libró de sus colmillos. Esaú asustó a Jacob, pero no pudo hacer nada en su contra; lo mismo le sucedió a la reina Jezabel, en su intento de asesinar al profeta Elías. Recordemos el enfrentamiento entre Faraón y Moisés, en donde el más débil exhibió la bendición de Dios, o David frente a Goliat, o frente al rey Saúl que procuraba matarle. En el enfrentamiento del mundo real o físico frente al espiritual las apariencias suelen engañar: nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad. La Biblia está cargada con ejemplos de débiles frente a los poderes del mundo, pero que tienen la bendición de Jehová y por eso vencen y se mantienen en el reposo. Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza (Isaías 30:15), estad quietos y conoced que yo soy Dios (Salmo 46: 10).

César Paredes
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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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