Viernes, 11 de mayo de 2012

Quizás el punto común de la mayoría de las religiones del mundo es la incertidumbre ante lo que existe después de la muerte. Muchos piensan que hay una vida después de la vida, algunos incluso han llegado a sugerir experiencias de muerte momentánea y exponen recuerdos de esa realidad. Otros intentan explicar teóricamente lo que se dice acerca del tema en los llamados textos sagrados o inspirados. Se argumenta que a pesar de tanta elucubración, la muerte es una seguridad en cada ser humano.

La Biblia no escapa a tratar el asunto y desde sus primeros libros nos enseña su origen y su final. Al parecer, el pecado dio origen a una consecuencia terrible para la humanidad, cuando en el Génesis se nos relata que Dios le dijo al hombre que no comiera del fruto prohibido, pues el día que de él comiere ciertamente moriría. No obstante, cuando continuamos leyendo, el Génesis no nos muestra la muerte física de Adán ni de Eva en forma inmediata a su pecado, pero de cierto ocurrió la muerte espiritual. La actitud de las primeras criaturas fue la vergüenza por causa de su desnudez. Esa realidad fue también una metáfora de la exhibición de su error, ya que la desobediencia al Creador dejaba a la humanidad a la intemperie, expuesta al pago del pecado: la paga del pecado es la muerte.

Cuando Caín asesinó a su hermano Abel, ocurrió el primer homicidio en el planeta. Hasta ahora esos actos no se han detenido, sino siguen sucediéndose como muestra de la tragedia humana.

Pero la muerte también toca a las personas que no son necesariamente violentas, a los hombres simples, a las mujeres piadosas. Es un hecho que cuando deja de existir un ser querido, nosotros repensamos la vida y su carácter efímero.

El hombre es como la flor del campo, que nace y crece pero luego desaparece. En los relatos del Antiguo Testamento, encontramos claras referencias a la muerte como el inicio de una nueva realidad. Ciertamente ella no es el fin absoluto de la vida, sino la transición hacia otro destino. Eso puede gustar o disgustar, pues lo que le espera a la humanidad es una nueva vida o una muerte eterna. ¿Y qué es la muerte eterna? ¿Acaso no basta con la muerte temporal? La Biblia nos enseña que existe una segunda muerte, ya que ha sido establecido para los hombres que mueran una sola vez y después de esto el juicio. ¿Parece esto una contradicción? En absoluto, pues el morir una sola vez hace referencia al castigo físico como consecuencia del pecado, pero el morir por segunda vez atañe a la muerte espiritual.

Bienaventurados los que toman parte de la primera resurrección, pues la segunda muerte no tiene potestad sobre ellos (Apocalipsis 20: 6).  Esa es la esperanza del cristiano, del creyente que ha sido elegido desde antes de la fundación del mundo para salvación. Jesucristo vino a traer la victoria sobre la muerte, por lo cual Pablo exclamó: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?  ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.  Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Acabado el efecto eterno del pecado en los que hemos sido representados en la muerte vicaria de Jesucristo, deja de existir el triunfo del sepulcro sobre las almas redimidas. El mismo apóstol Pablo expuso que para él el vivir era Cristo y el morir ganancia.  ¿Cuál era esa ganancia que se ofrecía a través de la muerte? La de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1: 21-23).  Al ladrón en la cruz le fue dicho que ese mismo día de su muerte estaría con Jesucristo en el paraíso. En la transfiguración, Jesús se mostró con Moisés y Elías, pues Dios no es Dios de muertos sino de vivos. Por esa misma razón se habla desde el Antiguo Testamento del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Resulta natural que un Dios que quiso tener comunión con sus criaturas las haya redimido para interrumpir la enemistad impuesta por el pecado. Esa comunión no se hace en forma temporal acá en la tierra, dentro de nuestra brevedad, sino que se perpetúa mucho más allá de la muerte. La vida eterna es conocer al Padre y a Jesucristo quien fuera enviado por el Padre (Juan 17). La vida eterna es conocimiento infinito que no va a comenzar en un punto de la eternidad, sino que ha comenzado desde nuestra redención: si el Hijo os libertare seréis verdaderamente libres. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios. Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye (1 de Juan 5: 12-14).

Es en la garantía de esa vida eterna que ya tenemos que podemos decir confiadamente que la muerte ha sido derrotada. La segunda muerte no tiene potestad sobre los redimidos. Por eso se nos recomendó a no entristecernos, como los que no tienen esperanza, sino a gozarnos en esa transición que supone la muerte física. Se nos compara al grano de trigo que debe morir para dar fruto, de tal forma que nosotros también nos deterioramos en esta habitación momentánea, sujeta al espacio-tiempo. Pero aunque este edificio se deshiciere, tenemos de Dios una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos.  Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida (2 de Corintios 5: 2-4). El texto continúa explicándonos que Dios nos hizo para este propósito de vida eterna, por lo cual nos dio la garantía suprema, las arras del Espíritu.

La consecuencia de tener el Espíritu de Cristo es vivir confiadamente siempre, en el conocimiento de que mientras estemos en el cuerpo estamos ausentes (físicamente) del Señor, si bien quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Desde esa perspectiva la muerte introduce la noción de alivio de las penas del creyente, porque al mismo tiempo se deja ver que la vida continúa en otra dimensión, la del espíritu. Y en un momento determinado seremos transformados, con un cuerpo renovado (los muertos en la resurrección), así como Cristo también resucitó. Pero no es de todos la fe, no es de todos el creer.

Mas si confesamos con nuestros labios que Jesús es el Señor, y si creemos en nuestro corazón que Dios le levantó de los muertos, seremos salvos (Romanos 10: 9-10).  Pues con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Esa es la sencillez de la fe, no presupone un laberinto religioso donde haya que hacer proezas y hazañas para ganar un trofeo. La fe que nos ha sido dada es tan sencilla como lo son los niños, basta con creer y confesar la verdad enseñada en las Escrituras. ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? se preguntó una vez el profeta Isaías. La pregunta sigue en pie, vigente, esperando por la respuesta sencilla y atrevida del alma que en su angustia e incertidumbre no tiene otro camino adonde proseguir, y se sosiega en el alivio de la sencillez del evangelio: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:26
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