Martes, 08 de mayo de 2012

En la carta a los romanos, el apóstol Pablo señala que unos hombres fueron creados con el propósito del honor mientras otros lo fueron con el objetivo del deshonor. Unos para honra y otros para deshonra. Pero el acto implícito del Creador presupuso una voluntad soberana que decidió mucho antes de la fundación del mundo, con el propósito simple de que la elección permaneciese, para que triunfase la gracia y las obras no fuesen el instrumento de la salvación.  La obra humana, en general, es el resultado de la naturaleza del hombre. La Biblia había señalado siglos atrás que el corazón del hombre era perverso, más que todas las cosas, pero al mismo tiempo el profeta anunciaba en otro contexto que llegaría el momento en que Dios quitaría el corazón de piedra para colocar en cambio uno de carne.  Este corazón sensible podría seguir los mandatos divinos y gozarse en ellos.

De tal forma que la obra humana no precede sino que sigue al corazón que la gobierna y la produce. Del corazón humano salen las fechorías, las fornicaciones, las malicias, las inmundicias. No obstante, en el hombre regenerado por el poder de la gracia las buenas obras han sido preparadas de antemano para andar en ellas. Nuestras obras muestran el honor o el deshonor que tengamos. Nuestras obras no salvan,  simplemente anuncian lo que somos. Surge entonces la gran pregunta: si Dios ha hecho como ha querido, ¿por qué, pues, inculpa? ¿Somos marionetas en sus manos, sin libertad alguna para tomar decisiones? ¿Es la libertad un requisito para la responsabilidad?

La respuesta encontrada en el texto bíblico declara que somos menos que marionetas, somos masa en manos del Alfarero. La masa de barro es moldeable y puede ser construida y destruida al antojo de las manos que la moldean. La marioneta apenas pende de unos hilos que la mueven al antojo de unos dedos, con limitaciones presupuestas. Sin embargo, el barro se moldea para la edificación de un vaso de honra o un vaso de deshonra (Romanos 9).

Dentro de la mentalidad divina enunciada en las Escrituras vemos a un Dios que soporta con paciencia su obra preparada para ser objeto de su ira, con el propósito de hacer notorio su poder.  Al mismo tiempo hizo vasos de misericordia, preparados para gloria, a quienes ha llamado de entre los judíos y los gentiles.  La predestinación no niega ni la regeneración ni la conversión, mucho menos el llamamiento ni el anuncio del evangelio, pues ¿cómo creerán si no hay quien les predique?  ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? El fin último y los medios fueron cónsonamente preordinados por la gracia y soberanía divina.

En Efesios 1: 4 Dios nos declara que Él nos escogió en Cristo, antes de la fundación del mundo. Sin embargo, muchos teólogos tuercen las Escrituras para su propia perdición, pues sugieren que esa elección la hizo en su sapiencia eterna, en su conocimiento previo de quién le iría a rechazar y quién le iría a recibir. No obstante, la Biblia es clara en cuanto a la soberanía de Dios. El mismo texto de Efesios añade que el propósito de la elección ha sido para que seamos santos y sin mancha. Entonces, esto implica que no nos escogió porque fuésemos santos y sin mancha, sino para que lo seamos. De la misma masa de toda la creación, el Alfarero confeccionó unos vasos para ira y otros para misericordia (para que fuésemos santos y sin mancha).

En la carta a los romanos, Pablo añade por el Espíritu que semejante elección ocurrió desde antes de la fundación del mundo, mucho antes de que el hombre hiciese bien o mal. Esto es, si el hombre es malo por naturaleza (en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre, dijo David en el Salmo 51; asimismo, en el libro de Job se menciona que hemos sido formados del barro, que Dios no rinde cuentas a sus criaturas -Job 33: 12-13), entonces no pueden las obras del hombre ser buenas. Pero Dios amó a Jacob porque así lo dispuso como objeto de su voluntad, aunque al mismo tiempo aborreció a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal.  No dice la Escritura que lo hizo porque sabía lo que haría cada uno, sino que lo hizo mucho antes de que hiciesen bien o mal, para que el propósito permaneciese por la elección y no por las obras.

Esto es el colmo de la soberanía divina. Nada escapa al control de la divinidad y no existe nada que actúe en forma independiente de su Creador.  Aun al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4). Si Dios determina cada cosa que acontece, no existe libertad alguna como presunción de responsabilidad. Seguimos siendo responsables de nuestros actos, muy a pesar de que ellos se suceden como consecuencia de nuestra naturaleza. En el día del poder de Dios Él quita el corazón de piedra y coloca uno de carne para que escuche y siga sus mandatos con placer, pero ese día de su poder es a cada instante en que el Espíritu produce el nuevo nacimiento en los elegidos.  Ese fue el propósito de Jesucristo cuando vino a este mundo, pues así lo reveló el ángel a José: Él salvará a su pueblo de sus pecados.

No dijo que salvaría a todo el mundo sino a su pueblo.  Jesucristo no rogó por el mundo, sino por los que le fueron dados (su pueblo) y dentro de ellos estaban los que habrían de oír la palabra por intermedio de la predicación de aquellos primeros (Juan 17). Es una larga cadena con muchos eslabones, pero aunque muchos son llamados no son todos escogidos.  Por ello Jesús declaró que nadie vendría a Él si el Padre que le envió no le trajese, de tal forma que muchos de sus discípulos se fueron de su lado exclamando: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?

Y es que la palabra de Dios es dura para escucharla con agrado, a no ser que se tenga el corazón de carne. Es con ese corazón con el que se puede discernir que unos fueron creados para honra y otros para deshonra. El honor y el deshonor ocurren a diario, pero todo es obra de Dios. Entender ese principio desde la perspectiva de un Dios soberano nos acerca a la comprensión de la sabiduría de Dios.  Desentender tal realidad implica tropezar en la piedra cabeza del ángulo, la cual es Cristo. No por obras, para que nadie se gloríe, a fin de que nadie se jacte en su presencia (Efesios 2: 9 y 1 Corintios 1: 26-29).

La Biblia es muy clara y no tiene sentido torcer su contenido. Que eso guste a unos y a otros moleste es una realidad, pero no podemos hacer nada para cambiarla. El principio de la sabiduría es el temor a Jehová. Oponerse a ella redunda en la destrucción del hombre.  Jesús un día que anduvo predicando acerca de la predestinación entendió que murmuraban por lo que les enseñaba, y de inmediato les preguntó: ¿esto os ofende? De seguida muchos le dejaron bajo el argumento de que esa era una palabra dura de oír. Él se volvió a los doce y les preguntó: ¿queréis vosotros iros también?  Por supuesto que conocía que Judas le iba a entregar, y debía permanecer junto a él para tal fin, pero hubo uno que se volvió y exclamó: ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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