Mi?rcoles, 25 de abril de 2012

Cuando uno piensa en el trabajo realizado por Jesucristo, cuando ya desde antes de la fundación del mundo sabía que tenía que venir a esta tierra para morir por su pueblo, uno se maravilla y canta la alabanza de los ángeles. Sin embargo, estos seres celestiales no alcanzan a comprender por experiencia el canto de la redención. Ellos entienden y se gozan en asuntos del arrepentimiento humano, pero no lo hacen porque hayan sido redimidos.

Ninguno de los ángeles dejados para eterna perdición ha sido redimido. Ninguno de los escogidos para sufrir eterno castigo puede siquiera tener la esperanza de la salvación. Esto no ocurre con los hombres sobre la faz de la tierra. Entre nosotros late la esperanza cierta de la redención alcanzada en la cruz, cuando Cristo murió por su pueblo.

No obstante, no todos los humanos están sujetos a esperanza. Sometió Dios el mundo a vanidad por causa de aquél que lo sujetó a esperanza, dice el texto de Romanos. Pero el mundo como totalidad no está bajo esperanza, sino apenas la manada pequeña, el pueblo escogido, la nación santa, el linaje de reyes y sacerdotes, las ovejas de su prado, los que alcanzan a entrar por la puerta estrecha y a caminar por el camino angosto. El Señor que predestinó el fin hizo lo mismo en cuanto a los medios.

En consecuencia, es una falacia suponer que el predestinado para salvación se salvará a pesar de vivir una vida de extravío y desconocimiento del evangelio. Eso sería caer en uno de los errores del hiper-calvinismo, ya que la Escritura enseña que hemos sido escogidos para ser glorificados y santificados, para que por medio de muchos sufrimientos entremos en la vida eterna. Acá debemos tener cuidado, pues reina un perfecto equilibrio entre la gracia y las obras. No hay obra humana que pueda ayudar en la salvación del hombre, pero no hay gracia divina que olvide los medios elegidos por el Padre para la salvación de su pueblo.

En otros términos, el Padre salva a través de la expiación del Hijo, bajo la operación del Espíritu, a aquellas personas elegidas desde antes de la fundación del mundo para tal fin (Efesios 1). Es más, la elección la hizo mucho antes de que hiciésemos bien o mal, para que nadie se jacte en su presencia (Romanos 9). El puro afecto de su voluntad permitió que construyese un pueblo para sí mismo, para su beneplácito, sometido al poderío sempiterno del Hijo.

Por todo lo cual el apóstol Pablo se pregunta ¿cómo oirán si no hay quien les predique? De manera que la predicación de la buena nueva de salvación no se niega sino que se propone y se torna una exigencia, un requisito sine qua non para alcanzar a los elegidos. El hiper-calvinismo queda destruido con la multiplicidad de textos que tejen la teología soteriológica bíblica.

La parábola del sembrador enseñada por Jesucristo, en su exhibición pedagógica cuando estuvo en carne entre los hombres, ilustra el propósito de la propagación del evangelio. Solamente la tierra bien abonada por el Padre permite que la semilla esparcida dé fruto a treinta, a sesenta y a ciento por uno. Las demás semillas se perdieron, porque hubo una cantidad de circunstancias que se encargaron de impedir su fructificación. A pesar de que algunas de ellas retoñaron, fueron ahogadas por los problemas del mundo, por las preocupaciones propias de esta vida. Otras semillas las comieron las aves del camino, quienes representan al maligno que arrebata lo implantado en los corazones que oyeron la palabra sin entenderla.  Lo cierto es que el sembrador es el Señor mismo (Mateo 13: 18), y él escogió el método de las parábolas para que muchos no vieran, oyeran ni entendieran.  Pero Jesús dijo también que serían bienaventurados los que vieran y oyeran. Su actividad soberana es la que permite dar vida a los muertos en delitos y pecados. A unos llama de la tumba para que se levanten, como lo hizo con Lázaro, pero a otros deja en sus sueños ilusorios de vida que llevan a camino de muerte.

No en vano el apóstol Pablo, al tomar la perspectiva del objetor, se preguntó un día: ¿Por qué, pues, inculpa, pues quién ha resistido a su voluntad? El Espíritu que lo dirigió a hacer la pregunta le dio la inmediata respuesta: ¿Y tú quién eres, oh hombre, para que alterques con Dios? ¿Podrá la olla de barro decirle a su Alfarero por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el Alfarero para hacer un vaso de honra y otro para deshonra? (Romanos 9). Hay teólogos que critican esta visión bíblica y patinan hacia los despeñaderos, tropezando con la roca que es Cristo. Así parece que le sucedió al ¨príncipe de los predicadores¨, al hombre elocuente que se hizo dos autobiografías, al célebre expositor inglés Spurgeon, a quien llaman el defensor del calvinismo. Su soberbia y falta de entendimiento se ocultaron en el verbo excesivo para abjurar de tal Dios. Tal Dios, dijo Spurgeon, sería más parecido a un tirano que al Dios que él predicaba (véase Jacob y Esaú, predicación de Spurgeon).

A pesar de su desliz y de escuchar la voz del extraño (la de John Wesley, la de Roma y la de muchos que chocan con la piedra que es Cristo) la Biblia es contundente con presentar a Dios como el Despotes, el Señor que no tiene consejero y que hace como quiere, el que ha hecho todo lo que ha querido. ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3: 6). Parece ser que en estos textos muchos tropiezan, como lo hicieron algunos discípulos que se escandalizaron de la palabra de la predestinación y se sintieron ofendidos, por lo cual exclamaron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  (Juan 6).

Estoy seguro de que quien la pueda oír es el mismo de la parábola del sembrador, aquel quien oyó y vio porque fue un bienaventurado destinado para esto. Uno que fue sacado de las tinieblas a la luz, uno a quien le fue dada vida y que fue levantado de entre los muertos, uno que fue nacido de nuevo, no por voluntad humana sino de Dios (Juan 3).

A unos ángeles no se les dio redención, sino que fueron destinados para perdición eterna. Otros de entre ellos fueron preservados de la caída para permanecer eternamente salvos de la ira de Dios. Pero a la humanidad se le permitió la caída para que experimentando el pecado y la desobediencia, unos fueran llamados a vida y otros dejados en la desobediencia por voluntad del Creador. De allí que no todos los que digan Señor, Señor serán salvos, sino aquellos que han sido escogidos para vida eterna. Pero estos son elegidos para una vida sin mancha ante el Padre, para experimentar caídas y derrotas con la garantía de que nunca serán dejados en tierra. Dios sostiene la mano de sus elegidos, y él es sus brazos eternos. Somos llevados de gloria en gloria, siendo santificados (separados del mundo) en una experiencia sin igual. Cada uno de los elegidos tiene sus luchas pero sabe a ciencia cierta que ha sido llamado a llevar una vida de perfección y se esmera en alcanzar la meta. Tal vez su naturaleza pecaminosa no le permite la experiencia de una vida absolutamente ausente del pecado, pero sabe que lo aborrece y que clama por más santificación.

Esa es la lucha del creyente, contra su concupiscencia y contra el mundo, porque sabe que allí ya no pertenece aunque está en medio de él. Como el hijo pródigo, algunos claman a su Padre para que los saque del chiquero, pues no soportan los algarrobos como alimento para su alma. La seguridad del Padre expectante la tienen en su corazón y están seguros de que cuando emprendan el camino de regreso a casa serán vestidos y atendidos como hijos.

Es por esta razón que Juan exclamó su gran texto poético en una de sus cartas: Mirad cual amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Juan 3: 1).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:24
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