Jueves, 12 de abril de 2012

Una queja de Jesucristo a su iglesia es que ella había perdido su primer amor, ese que permitía hacer las obras de sufrimiento y paciencia con alegría. El primer amor es aquel que nos impulsa como a niños en una fe sencilla que se sostiene como viendo al Invisible. Ese amor primigenio nos convirtió en niños que todo lo creen del Padre de las luces, sin sombra de duda y bajo la convicción de la veracidad de la palabra dada. ¿Quién duda del otro en el primer amor? En ese terreno todo se soporta, todo se sufre, todo se cree; al mismo tiempo, el amor nunca deja de ser.

Pero, ¿habrá contradicción alguna en eso de que el amor nunca deja de ser? (1 Corintios 13). Si nunca perece, entonces ¿por qué la queja de Jesucristo? Ciertamente es muy distinto el amor general y sempiterno del primer amor.  Muchos creyentes se quejan de que ya no son como antes, de que se les enfría el entusiasmo y se vuelve cuesta arriba mantenerse en espíritu de lucha con la oración y la meditación de la palabra. Otros se han atorado en un trabajo repetitivo, ritualista, en las iglesias institucionalizadas. A veces les resulta cómodo este sistema, porque aquel primer amor ya no les retumba para sacudirse de las viejas levaduras.

Mucha culpa tiene la institución eclesiástica (Ap. 2: 4), pero como quiera que la iglesia se compone de miembros o individuos, nosotros tenemos nuestra cuota de responsabilidad.  En el mensaje de Cristo a Laodicea (Apocalipsis 3: 14) el Señor le habla a una iglesia democrática, la que se rige por decisión mayoritaria y no por lo que el Espíritu dice en su palabra. Laos significa pueblo y diké quiere decir justicia.  Con ello se quiere indicar que es la iglesia que se gobierna a sí misma, que alcanza la justicia por el pueblo, por la mayoría. Por supuesto, tal iglesia para serlo tuvo que haber perdido ese primer amor. De esta forma, Jesucristo se refirió a ella como tibia, desventurada, pobre, ciega y desnuda. Tal congregación produce náuseas, al punto que el mismo Jesús afirma vomitarla de su boca.

El mensaje concluye con el mandato de ser celoso y arrepentirse, asimismo con un llamado unipersonal: un Jesucristo que está a la puerta (fuera de ella) con un llamado para que aquel que lo escuche y abra la puerta pueda cenar con el Altísimo. La admonición previa había sido que el Señor reprende y castiga a los que ama. En síntesis, se nos conmina a dejar la tibieza y a ser calientes en la fe. Algunos serán plenamente fríos, apáticos, con lo cual demuestran que están en el frío de la muerte.

Pero la Biblia nos enseña que por gracia somos salvos a través de la fe, y esto no es de nosotros, pues es un don de Dios (Efesios 2:8). La fe es la certeza y la confianza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos). No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y  -Efesios 2: 8.  Por eso debemos ser librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe. Y si no es de todos entonces es de unos pocos, y siendo un regalo no es un derecho adquirido ni algo que se consigue por mérito nuestro. Además, al parecer a cada uno de los creyentes les es dado una medida particular: a unos más que a otros.

Pero mucha o poca, la fe ha de ser depositada en el autor y consumador de la fe. Es en ese lugar y en ese refugio en donde cobra valor y poder, ya que si descansamos en quien ha prometido darnos todas las cosas que necesitamos somos más que vencedores. El Padre no escatimó al Hijo, sino que lo entregó por su pueblo para liberación de los pecados: ¿cómo no nos dará con él también todas las cosas? Por fe andamos, no por vista y sin fe es imposible agradar a Dios. De esta manera sabemos que aquellas personas a quienes no les fue otorgada fe no pueden agradar a Dios, por lo cual Dios está airado contra el impío todos los días de la vida (Salmos 7: 11).

Romanos 12:3 nos recomienda a comportarnos con una estima sujeta a la medida de fe que nos ha sido dada. De allí que necesitemos a la iglesia, pues sucede a menudo que algunos son constituidos con mayor fe que otros. De esta forma el más débil se nutre de la fortaleza de su prójimo. No se trata de admirar y seguir al de mayor fe, sino de comprender que Dios en su soberanía reparte como quiere para que cada uno acople con el otro y todos seamos un cuerpo útil. Así como la paz se prueba no en la ausencia de problemas, sino con la tranquilidad en medio de ellos, la fe bien colocada resulta beneficiosa para su poseedor. Un ave solitaria en medio de un mar tempestuoso se refugia en una roca que encuentra en la inmensidad del océano. El ave sigue cantando porque está segura, aunque sabe que todavía no puede volar por causa de la tempestad.

Nuestra roca es Cristo y está en medio de las tempestades y tormentos del mundo. Fuera de esa roca nuestras habilidades son infructuosas y corremos el riesgo, lo mismo que los demás, de sucumbir a las angustias. Pero la Biblia nos recomienda no desesperar en la angustia. La poca o mucha fe cuando se acompaña del conocimiento de la doctrina bíblica se hace suficiente para refugiarnos en esa roca. Recordemos que la fe viene por el oír, la palabra específica de Cristo. Si escuchamos su voz, si leemos su palabra y el Espíritu remueve un texto que resulta apropiado para nuestras circunstancias, se produce la fe necesaria y suficiente para anclarnos a la roca.

En las arenas movedizas del mundo el Príncipe de las potestades del aire se ufana de ver cómo se hunden miles y miles a diario en las angustias reales de la existencia. Cada vez la maldad tiene nuevas vertientes y el amor de muchos se enfría. Los cristianos a veces nos enfriamos y perdemos el primer amor. Las iglesias se han anquilosado por la rigidez burocrática de la institución; sus pastores son asalariados que buscan mantener un equilibrio con su público, apuntando a un justo medio que les dé dividendos. El amor se enfría y entramos a los sepulcros los domingos, cantamos como zombis las canciones dirigidas y aguardamos el reloj para volver a casa con la conciencia más calmada por haber cumplido con una actividad religiosa. Eso equivale a comer comida chatarra cuyos nutrientes no alcanzan para eliminar las propias toxinas consumidas en sus bocados.

Mientras más entendemos las Escrituras mucho más llegamos a creer. Jesucristo dijo que las escudriñáramos pues en ellas nos parecía que teníamos la vida eterna. La poca o mucha fe que nos ha sido otorgada se reactiva con el entendimiento de la palabra de Cristo. 1 de Corintios 12: 9 nos asegura que a unos nos ha sido dado por el Espíritu la palabra de sabiduría, a otros la palabra de conocimiento, y a otros fe por el mismo Espíritu. Pero el Espíritu no trabaja solo, sino que se apoya las más de las veces en las palabras inspiradas por Él mismo. Recordemos que las palabras dadas por Cristo son vida.

Llegar a comprender la verdadera dimensión de la soberanía divina permite penetrar en la médula de la palabra, aquella que nutre y edifica los cuerpos. Nos ocupamos mucho de las cabras que se acercan a las iglesias; nos ocupamos de la cizaña que crece junto al trigo. Pero sería muy diferente si pudiéramos ocuparnos de las ovejas y ayudarlas a comer verdes pastos. Las cabras comen cartón, latas, cualquier vegetación. Viven aisladas en las montañas buscando sobrevivir, pero la oveja necesita buen brebaje y verdes pastos. Esa ha sido la promesa del Buen Pastor, y esa es la tarea de nosotros como ovejas colectivas, ayudarnos unos a otros a consumir dichos pastos.

Jesucristo dijo que él era el pan de vida y el agua por la cual nadie más tendría sed. Las cabras no lo entienden, precisamente por lo que dijo el Señor: vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. El mundo agobia y confunde, nos hace ingerir débiles nutrientes y enfermamos espiritualmente. Basta con sacar el alimento diario de la despensa espiritual dejada en forma de palabra para recobrar nuestra confianza y recuperar el amor que debemos sentir por los hermanos. En eso se conocerá que somos discípulos del Señor.

Todo ha sido preparado para nosotros, aún las buenas obras para que andemos en ellas. Dios permita que se nos devuelva el ánimo del primer amor para solventar el enfriamiento y resfriado producidos por las bacterias contaminantes del pecado. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16: 33) ...No ruego por el mundo, sino por los que me diste (Juan 17: 9).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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