Lunes, 09 de abril de 2012

En espíritu y en verdad es necesario adorar al Padre, pues el Padre tales adoradores busca que le adoren. Pienso que esta es la clave de la alabanza, cuyos étimos hebreo y griego se refieren al animal de cuatro patas que ladra. El perro es el ejemplo prestado a la etimología de este vocablo para ilustrar lo que debería ser una verdadera alabanza. Este animal mueve su cola aún cuando esté amarrado, con sed y hambre, siempre y cuando reconozca al amo que se le acerca. Pudo haber sido castigado por mala conducta, pero siempre estará dispuesto con su mirada a la contemplación de quien le da el alimento. Además, desde lo lejos, su olfato le permite orientarse hasta encontrar a esa persona querida para lanzarse hacia su cuerpo en demostración de afecto y rendición.

La adoración a Dios es mucho más que un ritual colectivo hecho los domingos a una hora determinada. Es más que una reunión familiar con bostezos y un reloj que nos indica que pronto acabará. Tampoco puede ser obra de un team de alabanza, de cantores pagados para el servicio en las iglesias. El Padre busca que le adoren en espíritu y en verdad.

Dado que Dios es Espíritu, su adoración ha de ser en espíritu. Se refiere más al ofrecimiento del alma que al del cuerpo, al del corazón que al de los labios. Si miramos un poco a lo que constituía la adoración en el Antiguo Testamento, observaremos que existía una cultura anclada en un proceso ornamentado con rituales: había un tabernáculo como estructura física, un sacerdocio especial con sus vestiduras uniformadas, candelabros e incienso, instrumentos de música, días festivos específicos, sacrificios de animales con ofrendas. Esta estructura era consolidada con los sentidos físicos o carnales del ser humano. En el Nuevo Testamento se apunta más al sentido espiritual humano. Los creyentes constituimos el nuevo tabernáculo o templo de Dios, todos nosotros somos sacerdotes que ofrecemos sacrificios espirituales (1 Pedro 2: 5,9).

En la carta a los Efesios, en capítulo 5 verso 19 leemos:  hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones. Por otro lado, nuestras oraciones son como el incienso, al decir de Apocalipsis 5: 8. Esta actividad espiritual también presupone una relación física, pues ¿cómo cantaríamos tales salmos y cánticos espirituales? Además, en Hebreos 13: 15 leemos: Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Esto también presupone una actividad corporal.

Recordemos que en el Antiguo Testamento sucedieron cosas que eran sombra o figura de lo que habría de venir: Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan (Hebreos 10: 1). Y Cristo está presente en los cielos, su verdadero tabernáculo no hecho de manos, en calidad de sumo sacerdote de los bienes venideros (Hebreos 9: 11-12), ya que entró una vez y para siempre en el Lugar Santísimo, por los méritos de su propia sangre y no de los machos cabríos o becerros, pues ya obtuvo o compró nuestra redención. De esta manera la adoración ofrecida por las ovejas, por los elegidos, ha de ser en reconocimiento de esa realidad. Eso quiere decir adorar en espíritu y en verdad. Al reconocer la verdad del evangelio, que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados, nos conduce a adorar a veces en soledad o en la compañía de los hermanos, pero nunca en presencia de terceros. Un tercero es una parte no interesada, no involucrada en el interés del evangelio. No cobra ningún sentido una adoración hecha a Dios con un colectivo incrédulo, pues aún las oraciones y ofrendas de los impíos son abominación a Dios  (Proverbios 15: 8).

Cuando Jesucristo enseñó a la mujer samaritana que vendría el momento en que se adoraría a Dios en espíritu y en verdad, quiso decir que ya aquello que era sombra de lo por venir sería suplantado con lo que estaba viniendo.  Él era el pan de vida para las ovejas, por las cuales dio su vida en rescate. No rogó por el mundo sino por los que el Padre le había dado, así como por aquellos que habrían de creer por la palabra de éstos (Juan 17). Por supuesto, todo ese conjunto de personas han sido siempre sus ovejas, cualidad única para poder creer. Por eso dijo en forma aclaratoria a un grupo de judíos que le seguían: vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas (Juan 10: 26).

Cuando Pablo se refirió a comer dignamente la cena del Señor, lo hizo para enfatizar en el contenido simbólico del pan y del vino. Era y es necesario discernir el cuerpo del Señor, saber lo que se hace al comer el pan y el vino. Por eso dijo que nos examináramos a nosotros mismos, de tal forma que pudiéramos discernir lo que hacíamos. Eso no es más que actuar en espíritu y en verdad al anunciar la muerte del Señor hasta su venida. No es un simple acto religioso o mágico, como algunos perciben. No se trata de no haber pecado ese día para ser dignos en la cena, pues ¿quién deja de pecar aunque sea un solo día? El asunto está en el discernimiento de lo que se hace, pues muchos acudían a comer y a beber, e incluso se emborrachaban. De esa forma no prestaban atención al simbolismo del pan y del vino.

Así como la cena del Señor presupone discernimiento, la alabanza, los cánticos, los salmos, han de realizarse con entendimiento, en espíritu y en verdad. Pues ha llegado la hora en que los verdaderos adoradores adoren al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren (Juan 4: 23). Es maravilloso que el Padre busque tales adoradores, que por cierto no lo anda buscando entre los impíos, de los cuales aún sus ofrendas son abominación. Los busca entre sus hijos. Leer y escudriñar las Escrituras nos impulsa a comprender su soberanía absoluta y a exclamar con el apóstol Juan: Mirad cual amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios. Si alguien logra comprender la magnitud de ese amor (1 Juan 3: 1) entonces irá a adorar en espíritu y en verdad.

La teología monergista (la del trabajo completo y unilateral de Dios) produce tales adoradores. La teología sinergista (en donde el hombre es colaborador del proceso salvífico de Dios) no permite tal adoración. La razón estriba en que con la segunda el hombre que adora se adora a sí mismo, pues él es constructor junto con Dios de su propia salvación. Con la primera teología (la monergista) el hombre es objeto de la gracia de Dios y nunca sujeto. En esta teología se reconoce que si le amamos a él es porque él nos amó primero. Acá se reconoce que si no se es oveja no se puede creer, que si no se es  escogido para salvación se permanece muerto en delitos y pecados, que si no somos parte de los Jacob creados antes de la fundación del mundo es porque seríamos de los Esaú, y esto mucho antes de que hubiésemos hecho bien o mal (Romanos 9).

Frente a esa avalancha de textos que anuncian la soberanía absoluta e indiscutible de Dios, el hombre puede convertirse en un verdadero adorador en espíritu y en verdad. La verdad teológica va de la mano con el espíritu redimido. De lo contrario seríamos como la mujer samaritana, que adoraba lo que no sabía. Seríamos semejantes a los judíos referidos en Romanos 10: 2, con celo de Dios pero no conforme a ciencia. Ocuparse de la doctrina nos conduce a la comprensión de la verdad, la cual nos hará libres.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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